Krzysztof Matkowski, Krzysztof Rewiuk

Traducido por Agata Wójcik

LOS SANTOS DE VUKOVAR

Petar me habla en un idioma que tan solo estoy empezando a entender después de la tercera ronda de rakia. Escucho atentamente las palabras, en su mayoría croatas, pero también inglesas y alemanas. Observo lo que revela el cuerpo: cómo se encorva la columna, cómo las manos sobrecargadas gesticulan cada vez más vivamente, cómo la cicatriz del rostro se va ahogando en un mar de arrugas prematuras. En algún momento, con el quinto «¡Salud, živjeli!», sus palabras se intensifican gracias a las lágrimas.

—Murió —dice Petar con palabras, gestos y llanto.

—¿Quién? —pregunto en polaco, pero él no entiende—. ¿Quién? —vuelvo a preguntar en el idioma que estoy aprendiendo de él. Repito la misma palabra en los idiomas que conozco, intento transmitir algo a través de la lengua de signos.

—Mi Vuko —responde Petar.

—¿Quién era Vuko? —pregunto.

—Ven, te lo mostraré.

Salimos de casa. Hasta ahora, he asociado Croacia con la calidez, así que una vez más me sorprende lo frías que pueden ser aquí las tardes de octubre. Recuerdo que mi viaje no ha hecho más que empezar. Omiš es solo una parada, un lugar sin nada de particular donde me encontré al final de la tarde y donde encontré hospitalidad en casa de Petar. Quiero huir más lejos, a Grecia, luego a Asia o a África, más lejos de mi vida anterior, más lejos de ser Krzysiek. Ahora soy Kristofor: es una forma adaptada, así me llama mi anfitrión. Más tarde, cuando esté listo, cuando esté muy lejos, abandonaré mi nombre para siempre.

Vamos a la parte de atrás. La oscuridad ha despojado al mundo de color, y ahora solo vemos formas: en primer plano, higueras; al fondo, una montaña con una pendiente tan pronunciada que tengo que estirar la cabeza para ver la cima. Sin embargo, Petar me dice que mire a los pies.

La tumba de Vuko es un pequeño montón de piedras. Sin cruz.

—¿Hijo?

Petar habla demasiado, no consigo entenderle. Señala el suelo, pisotea con furia. Agita los brazos, trazando algo en el aire. Va hacia el árbol y golpea el tronco con la mano abierta. Luego maldice, todavía llorando. Actúa como si tuviera rencor contra todo el mundo.

No me siento incómodo a su lado. Al contrario, tengo curiosidad.

Es el tipo de curiosidad que te hace mirarte en el espejo con más atención que antes. Petar y yo tenemos muchas diferencias, pero, al mismo tiempo, mucho en común. Yo soy polaco, él es croata. Yo todavía no tengo treinta años, él tiene, al menos, medio siglo de vida a sus espaldas. Y yo estoy en movimiento, sin hogar, aunque solo desde hace poco, mientras que él permanece arraigado en su lugar. Aun así, siento que tenemos muchas semejanzas. No tengo lágrimas en la cara en este momento, pero eso no significa que nunca llore, como hace ahora mi anfitrión. Me gustaría ayudarlo.

Sin embargo, todavía no entiendo cuál es el problema. ¿Qué conecta la tierra, los árboles y las formas dibujadas en el aire?

Nos vamos a casa, bebemos. El anfitrión repite: «Vuko, Vuko, Vuko». A veces pronuncia lo que entiendo como la forma completa: Vukovar. Rodea este nombre con un enjambre de otras palabras. En algún momento, se arrodilla en el suelo, apoyándose sobre las manos. Vuko es un animal, un cuadrúpedo. ¿Gato o perro? Un chupito de rakia. Palabras ininteligibles, gestos más comprensibles.

—Comprendo, un perro. Entonces, ¿de dónde viene toda esta desesperación? —Hago esta pregunta en voz alta, con gestos y lágrimas fingidas.

—De todas partes —responde Petar, moviendo los brazos en círculos.

Bebemos de nuevo, luego el anfitrión se levanta. Mueve el brazo para que lo siga, luego me lleva a una habitación que nunca había visto antes. Es el estudio de un artista y el taller de un artesano al mismo tiempo. Mesas atestadas de herramientas, esculturas inacabadas, de los sólidos amorfos emergen formas humanas: me llama la atención una cabeza en una corona o un halo. La suciedad cubre el suelo: polvo, arena, astillas, migas.

Petar toma las herramientas, me dice que mire. Está de pie junto a un bloque de roca sólida y dura que parece que acabaran de arrancar del cuerpo de la montaña. Señala primero el material, luego los pies, la tierra. Sonríe a modo de disculpa y niega con la cabeza. Coloca el cincel, levanta el martillo, golpea.

Y una parte del mundo, frente a mis ojos, se rompe con un suave crujido, como si alguien se hubiera dejado la puerta entreabierta y se hubiese colado una ráfaga, como si alguien se hubiera ido en medio de una discusión. No queda nada donde solía estar el bloque. Solo las motas de polvo, que circulan por el estudio como semillas de diente de león. Petar señala en qué se ha convertido la roca.

Ovo je my život —dice en croata.

Y en el idioma que hablamos antes, agrega mucho, mucho más, temblando, sollozando y riendo amargamente por lo bajo.

La resaca me vuelve indiferente a lo que vi ayer. Y vi algo que debería conmover a un hombre.

Ningún material obedeció al cincel de Petar, como si fuera contra las leyes de la física. El mármol se resquebrajaba a la menor presión, el granito se doblaba como una esponja y no era posible arrancar una sola astilla de la madera. La mayor tragedia para un escultor es no poder dar a la materia la forma deseada.

Pero, en este momento, nuestra tragedia es la resaca. Nos obligamos a desayunar en silencio. Ahora, durante el día, entran en juego los hábitos. Observo a mi anfitrión como si fuera uno de mis viejos pacientes, solo que con una enfermedad que no está escrita en ningún libro de texto. Lo hago contra mí mismo, porque quisiera acabar con el pasado.

Tiene la piel curtida, el pelo gris y corto, las manos duras; parece más un pescador que un artista. Mientras lleva los platos al fregadero rebosante, me doy cuenta de que cojea. También veo cicatrices, a veces asomando por debajo de la manga, detrás del cuello. No sé si tiene más debajo de la ropa, pero puedo adivinar de dónde vienen: en algún lugar de todo el desorden en el que se ha convertido la casa, vislumbré condecoraciones militares.

—Te mostraré los alrededores —ofrece Petar.

Debería seguir adelante ahora, pero no tengo prisa. De todos modos, es demasiado tarde para mí.

El paseo no dura mucho, porque no hay demasiado por aquí. Aparte del río Cetina y la fortaleza pirata, Omiš no es diferente de los demás pueblos croatas a lo largo de esta parte de la costa; parece como si alguien lo hubiera enhebrado en un camino que discurre entre la montaña y el mar. El final de la temporada despojó las calles de turistas. No puedo juzgar si los lugareños están contentos de poder descansar, al fin, o si no les importa, del mismo modo que esos turistas le son indiferentes al paisaje. El mar tiene el color azul que tendría en verano. Las rocas son blancas y amarillas bajo esa luz cruda.

Sentados en el puerto, nos calentamos al sol. Suenan las campanas del ángelus. En un momento dado, Petar me pregunta si he notado algo.

—¿Que si he notado qué?

—Las tallas —responde con palabras, una señal de la cruz y otros gestos.

No se presta mucha atención a las tallas. Le digo esto sinceramente y él asiente, como si esperara esa respuesta.

—¿Quieres ver mis santos? —pregunta, y hace un ademán significativo alrededor de su cabeza.

Petar me guía por callejuelas estrechas. Giramos de repente, tomamos un camino más largo que evidentemente es un rodeo, como si quisiéramos despistar a un perseguidor o evitar el campo de acción de los francotiradores que acechan desde tejados y balcones. La asociación aparece de la nada, no puedo evitar que se produzca. Miro las paredes de los edificios en busca de señales de la última guerra. Si alguna vez las hubo, han sanado hace más de un cuarto de siglo.

Un nuevo giro del croata. Salimos del camino de tierra y bajamos por un sendero cubierto de maleza. Me pregunto si el círculo que dibujó alrededor de su cabeza realmente significaba «santos» o más bien «locos». Nos abrimos paso entre arbustos secos, pasamos cerca de un asno aburrido, cruzamos un muro de piedras blancas. Salimos a una plaza quemada por el sol que está rodeada de cosas de las que no se muestran en las guías turísticas. Un vertedero salvaje de basura. Aceitunas marchitas. Un montón de escombros del que sobresalen armaduras. El contorno de los cimientos, como el fantasma de un edificio nunca terminado. Los sueños olvidados de alguien acerca de una casa. Tierra no sometida, un jardín abandonado.

Y una capilla en una esquina.

Normal, de pueblo, como las de mi país. Una torrecilla de ladrillo emerge entre las rocas, una forma de un rojizo pálido contra un blanco desvaído. En la hornacina, veo una figura de madera: un hombre robusto con un sombrero de ala ancha, sosteniendo un bastón. Un viajero, como yo. El santo aparta el ala de su abrigo con la mano izquierda, mostrando la rodilla y el muslo. A través del sucio vendaje de su pierna, se filtra la sangre tallada. Más arriba se hincha algún bulto: inflamación. Cuanto más miro, más detalles veo. Junto al hombre hay un perro, un mestizo de pelaje revuelto y mirada astuta. En el fondo, arden algunos edificios. ¿San Florián?

Sveti Rok —dice Petar.

¿Rok? Significa «niño» en polaco, pero también el tipo de música. ¿Año, quizá? Puede que quiera decir piedra, roca. Lo miro y creo que entiendo «Eres una roca». Asiento con la cabeza y extiendo la mano primero hacia la capilla y luego hacia Petar.

—Petar. Roca. ¿Eres tú? —pregunto en polaco, olvidando el idioma común—. ¿Y Vuko? —Señalo al perro.

Agita los brazos violentamente, como si quisiera borrar lo que acabo de decir.

—Petar, no. Vuko, sí —me corrige.

Vuelvo a mirar hacia la ciudad tallada en madera. Entre los edificios destruidos distingo una torre en forma de seta. La señalo con el dedo y miro a Petar con curiosidad.

Él vacila por un momento y luego, imitando el gesto del santo que no lo quiere ser, se sube el pantalón. Tiene la piel del muslo cubierta de cicatrices de quemaduras.

Vukovar, explica.

Petar me lo cuenta, y yo me acuerdo de todas las guerras que he visto. En fotos, en series y en videojuegos.

Es bueno que todavía estemos en este lugar abandonado. Nadie ve cómo el viejo croata escenifica ante mí una pantomima de su vida. Al principio me siento incómodo, quiero que pare. Pero no escucha, se pierde en un arroyo de palabras y una avalancha de gestos.

Imitando el sonido de un rifle, finge disparar a sus enemigos circundantes. Imagino a estos atacantes con uniformes alemanes, porque en las películas eran alemanes. Los enemigos caen. Petar se esconde detrás de un árbol y señala con miedo las nubes que pasan por el cielo. Me hace señas para que me refugie a su lado, pero no me muevo. Él esquiva los disparos que, en sus recuerdos, todavía estallan. Huye, se arroja detrás de unos cimientos y vuelve a disparar, esta vez en mi dirección. Y yo estoy de pie, rígido en el centro de su campo de batalla, y rezo sin saber muy bien por qué, al santo de la capilla para que Petar haya terminado. Trato de contener una risa nerviosa, porque sé que, si me río, será el fin. Nuestros caminos se separarán, él se quedará con su maldición y yo comenzaré una nueva huida.

El croata por fin se pone en pie. Levanta las manos en señal de rendición, se acerca, me agarra por la muñeca y se coloca mi mano en la cabeza, como si fuera una pistola. Nos quedamos así durante un momento, el verdugo y la víctima. Nos miramos a los ojos. Mi mano se vuelve pesada, fría y, aunque sé que es solo mi imaginación, peligrosa. Antes de que suceda algo malo, Petar emprende la huida. Corre hacia el santo.

Y se detiene a mitad de camino. Me mira, me alienta con un gesto. Doblo el brazo derecho por el codo, extiendo el brazo izquierdo hacia adelante y grito:

—¡Tatatatatá!

Petar cae.

Lo primero que lamento es mi grito tonto de un juego infantil, fuera de lugar en la narración de una verdadera guerra. Luego, una ola de ira me invade por haberme dejado atrapar por esta historia. Finalmente, veo a Petar. Está allí, donde cayó, y no se levanta.

Corro hacia él, me arrodillo, y él levanta la cabeza y me acaricia la mano. Petar dice: «Vuko, mi Vuko». Sonríe y se apoya en mi hombro. Intento levantarlo, pero no puedo. Petar señala hacia la talla. Así que nos arrastramos en esa dirección, supongo que para dar las gracias por haber salvado a Vukovar y por haber enviado al perro milagroso que sacó al soldado herido de la ciudad.

Llegamos a los pies del santo de madera. Petar alcanza algo entre las piedras, y extrae una vela. Saca cerillas de su bolsillo e intenta encender la mecha con las manos temblorosas. Una vez, dos veces, tres veces: no lo logra. Repite que algo, no sé si las cerillas o la vela, está pokvarena, estropeada.

«Probablemente estén mojadas», digo yo. Petar sacude la cabeza y muestra que todo alrededor está seco. Recuerdo sus intentos de tallar del día anterior. El mundo no responde a las acciones de Petar. La materia se rebela, aunque sea selectivamente. Después de todo, vi cómo mi anfitrión cortaba pan, queso, salchicha. ¿Qué tienen en común las cosas que, en las manos del escultor, se oponen a las leyes de la física?

Entonces veo algo que antes me pasó desapercibido. No es que la capilla surja de la estructura de piedra, sino que más bien la absorbe la roca, la succiona hacia el interior de la tierra. Miro alrededor, busco algunas flores. Al final, me acerco al arbusto, arranco una rama de olivo y dejo esa rama de paz como ofrenda sobre las piedras. Las hojas verdes se arrugan inmediatamente, se enrollan en tirabuzones, se vuelven negras.

Petar señala la escultura y dice:

Vidiš? Pokvarena je.

Sí, veo. Y entiendo cada vez más. De las palabras, gestos y emociones se forma una imagen de eso que aflige a mi anfitrión. Lo veo tallar en el aire. Talla en nada, talla de nada, no talla nada. Vuelve a estallar en llanto. Lo agarro del brazo, prometo ayudarlo. Para mí, en estas capillas no hay nada importante, pero me doy cuenta de cuánto significan para Petar.

—Lo arreglaremos —digo en polaco.

«Lo arreglaremos», digo también en nuestro idioma, no con palabras, sino con el tono de mi voz, que espero que él oiga cargado de comprensión.

El santo tallado nos mira desde debajo de su sombrero y Vukovar todavía arde detrás de él. En algún lugar entre las ruinas y el fuego, veo algo más. Pequeñas líneas en la madera que podrían ser un río. También podría ser un error, un accidente del artista.

Le pregunto a Petar si todos sus santos provienen de la misma ciudad.

Primero encuentro a San Roque. Es de noche, estamos sentados en casa, bebiendo, esta vez no es rakia, sino karlovačko. La habitación está bañada en la débil luz ámbar de la bombilla. Afuera se escucha algo, no sé si es el viento o el mar.

Escribo en el navegador del móvil: «santo con perro». Leo sobre el protector de los enfermos, el sanador que creía que bastaba con buenas intenciones y sacrificio. El hombre al que quizás yo mismo debería orar. También leo sobre el perro maravilloso, el amigo enviado en el momento más difícil, y me pregunto qué suerte corrió ese animal después de la muerte de Roque. Los enlaces debajo del artículo me llevan a la página de Guinefort, el galgo santo, guardián de los niños enfermos, venerado en secreto durante siglos, a pesar de las prohibiciones de la Inquisición. Finalmente, encuentro la leyenda de San Cristóbal, mi homónimo, pero en una versión no canónica, que habla de Réprobo, un hombre perro que busca a su amo.

Petar me mira por encima del hombro mientras me da un golpecito en la espalda y repite: «Vuko, Vuko». Está claramente satisfecho con lo que estoy haciendo. Me gustaría estar solo para reflexionar y entenderlo todo, pero sé que después de permitirme acceder a sus recuerdos, no puedo pedirle que se vaya. Cierro la página acerca de mi patrón y busco información sobre las batallas en Vukovar.

Leo sobre una ciudad atacada por tierra y aire durante tres meses, donde había veinte atacantes por cada defensor. Petar asiente con la cabeza. La mención a los doce mil proyectiles que caían a diario sobre las casas y los habitantes me recuerda a las escenas de esta tarde, nuestra guerra representada. Internet está lleno de imágenes de calles cubiertas de escombros como hojas podridas, paredes cubiertas de marcas de disparos, y restos de coches. Y gente que se arrastra, ni soldados ni civiles, con botas altas, pantalones de camuflaje, sudaderas deportivas, abrigos; con rifles al hombro y bolsas de comercios en las manos.

Encuentro la torre de agua, ese edificio con forma de champiñón que vi en la capilla: una copa desgastada, llena de heridas en la piedra, que todavía se mantiene en ese estado, como un monumento para el recuerdo, una ruina como una advertencia. También aparecen extrañas fotos del hospital, que parece una instalación artística. Los pacientes y el personal están moldeados en escayola, vestidos, colocados en posiciones naturales, pero sin rostros. Y, finalmente, esas famosas fotografías de fosas llenas de cuerpos humanos comprimidos, de otra guerra y de otro lugar. Junta a las imágenes, recuerdo algo sobre una masacre de pacientes indefensos, pero no estoy seguro de si fue aquí, o en Bosnia o quizás en Ruanda.

Oigo detrás de mí cómo Petar contiene la respiración. Cambio rápidamente la pantalla. No miro atrás.

Mi anfitrión se acerca al aparador, abre las puertas, saca un paquete de tarjetas y las extiende sobre la mesa como si fueran cartas de juego. La primera fotografía muestra a un grupo de jóvenes llevando uniformes incompletos, sonriendo, fumando, posando frente a un tanque derribado. Petar señala a uno de ellos y luego a sí mismo. Sin su ayuda, no habría podido reconocerlo.

En la foto siguiente, ese mismo hombre, ya sin bigote, lleva la parte superior de un pijama y tiene una pierna vendada desde el pie hasta la rodilla. Debajo de la cama metálica en la que está sentado, me mira un perro de san Roque, aún sin nombre, callejero. Intercambio una mirada con Petar, él confirma con una inclinación de cabeza.

Veo la tercera fotografía. El hombre, cada vez más parecido a este con el que estoy bebiendo cerveza, sonríe de nuevo. Abraza a una mujer delgada y de cabello negro con un niño en brazos. Me alegra que algo haya salido bien para él. Quiero preguntarle por sus nombres, pero de repente recoge las fotografías de la mesa, las junta con la cuarta que siempre ha estado sosteniendo como un as, se da la vuelta y sale de la habitación.

—¿Y qué pasa con el siguiente santo? —grito tras él.

Jutro —responde.

Mañana.

Soñé que estaba en casa. Me encontraba en la puerta de la cocina, mirando a mis padres y a Marta sentados en la mesa. Pero cuando daba un paso hacia ellos, todo se desmoronaba, como una piedra bajo el cincel de Petar. No se desmoronaba en pedazos que pudieran ser pegados de nuevo. Solo había arena, y yo estaba ahogándome en ella.

Una mano dura me saca del sueño.

«Levántate», dice Petar. «Vamos a ver a la madre».

El sol apenas está saliendo detrás de las montañas cuando cruzamos el puente sobre el Cetina. Tiemblo de frío y sueño con un desayuno caliente. Miro con nostalgia hacia el Konzum, pero a esta hora todas las tiendas están cerradas.

—Kristofor. —Petar señala el río—. Sveti Kristofor, allí.

—¿Mi patrón? —pregunto, tocándome el pecho.

—Pero no iremos hoy —dice—. Ahora debemos apresurarnos.

Bajamos al muelle, lleno de puentecillos y barcas modestas. Una de ellas nos espera. Blanca, con dos remos escondidos bajo una lona. Petar me dice que suba, luego trata de desamarrar el barco. La cuerda se retuerce en sus dedos de una manera peculiar: los bucles desatados se cruzan de nuevo, se enrollan, como si algo quisiera detenernos en tierra.

Help —dice Petar en inglés, con desprecio en la voz.

Es temprano por la mañana, así que yo también me enojo fácilmente.

—¿No puedes pedir ayuda de manera un poco más educada?

Šta?

—Nada, nada.

Ništa, da

Le ayudo. La cuerda se suelta con facilidad. Petar se sienta en el banco transversal, inserta los remos en los toletes.

Help? —pregunto.

Me mira como si fuera un idiota. Comienza a remar. Nos alejamos de la orilla y nos adentramos en el mar. Pienso en ese intercambio tonto de palabras, en el sueño, en la mano dura que me sacó de él y que al mismo tiempo no puede hacer muchas otras cosas. Cambio de postura, no puedo encontrar una posición cómoda.

«Si tienes que vomitar, hazlo por la borda», indica Petar con gestos.

—No, no es mareo —respondo.

—¿Y qué es entonces? —pregunta.

Y quizás no esté preguntando en realidad, quizás esa pregunta solo esté en mi mente. No sé si ha inclinado la cabeza intencionadamente, como señal de curiosidad o solo es su postura al remar. Veo sus ojos entrecerrados y una suavidad en su cara arrugada. Trato de leer en él. Me engaño a mí mismo diciendo que conozco nuestro idioma en común. Qué ese idioma en realidad existe. ¿Qué importa que el contenido de todas las complejas cuestiones que tratamos de discutir quede distorsionado? El significado se filtra entre las palabras croatas, polacas, inglesas, entre los gestos ambiguos, entre las expectativas. Pero hablamos.

—Siempre me ha molestado que alguien exija ayuda —digo—. La ayuda no se puede exigir, la ayuda se debe rogar.

Petar mira sin decir nada. Esta vez utilizo principalmente mi idioma, sin preocuparme por buscar palabras que el croata pueda reconocer. No sé si él entiende. Probablemente, no. No sé si realmente quiere entender. Sin embargo, yo quiero hablar y él parece querer escuchar.

Le hablo de mí; primero de las cosas más fáciles. Me quejo de las cosas de las que me avergonzaría quejarme ante mis allegados: de la decepción con mi trabajo, de la ira por la ingratitud de mis pacientes, del desgaste prematuro que podría haber supuesto un exceso de energía. La realidad me dio un golpe en la cara, como a todo el mundo, pero decidí que no todo el mundo tiene que ofrecer la otra mejilla.

  Por eso hui.

Petar rema. Guarda silencio. Nos alejamos de una orilla y nos dirigimos hacia la otra, hacia la isla de Brač.

Cada vez me preocupo menos por la elección de las palabras y confío más en que el tono de mi voz sea suficiente. La parte restante de mi historia también está llena de decepciones y falta de adaptación. A diferencia de mí, todos mis amigos se sentían como peces en el agua en la vida adulta. Esos temas tan ajenos a mí continuaban apareciendo en las conversaciones sociales: bodas, coches, créditos, hijos pequeños, hijos mayores, casas más baratas, casas más caras. Por eso hui.

También hui con vergüenza, aunque no hui a causa de la vergüenza. Mi voz se quiebra, la historia se vuelve más difícil. Se puede renunciar a un trabajo, pero ¿abandonar a los amigos?

La expresión de Petar se nubla. Quizás sea por el cansancio de remar o quizás sea por un desprecio que no puede ocultar. Acaso por compasión, por haber vivido experiencias similares.

De repente, habla como si entendiera todo lo que digo, y especialmente aquello a lo que todavía no he llegado.

Roditelji? —pregunta—. Žena? Djeca?

Respondo que mis padres están vivos y también tengo una hermana. No tengo esposa ni hijos.

Titubeo al hablar sobre las cosas más difíciles, pero Petar me interrumpe. Además, percibo que quiere recuperar su papel como la persona más perjudicada. Creo que se lo merece más que yo: mi papel es el del que causa el daño.

Recoge los remos y señala hacia el sur.

—Viven cerca de aquí, detrás de Makarska —dice—. Marija y Lucija. Mi esposa e hija. —Luego apunta hacia donde navegamos—. Construí la capilla por ellas.

Agarra los remos y los mete con tanta fuerza en el agua que la lancha tiembla. A pesar del frío, aparecen gotas de sudor en su frente arrugada. Nos acercamos a la orilla de la isla. Veo playas rocosas y, entre ellas, rompientes donde las olas se estrellan. Nos acercamos a un pequeño acantilado excavado por el agua y el tiempo.

Veo a mi madre.

Se me aparece cada pocos segundos y, a pesar de que está cubierta de protuberancias, reconozco enseguida su rostro, tan parecido al mío. Es de piedra y se mantiene serena, sin prestar atención a las olas que la golpean. Cuando el agua desciende, ella se muestra por completo: la figura de una mujer en el nicho del acantilado. Luego desaparece de nuevo, oculta otra vez por un pedazo del Adriático.

—Solo se ve con la marea baja —dice Petar.

Su voz y sus gestos deberían despertarme y quitarme las ilusiones, pero todavía veo el rostro de mi madre. Me doy cuenta de que es absurdo. No es posible que Petar la conozca. Además, ¿cuántos detalles pueden transmitirse en un pedazo de piedra del tamaño de un puño, así de pequeña es la cabeza tallada, y cuántas formas creadas hace años por el cincel habrán perdurado? ¿Cuánto ha borrado el mar embravecido? Miro con atención. Veo un aura, veo un vestido sencillo en el que suele representarse a la Virgen María. Encuentro otra similitud.

Veo a Marta.

—Me inspiré en mi María —dice Petar—. Pero ahora también se parece a Lucija. Ya es una mujer.

«Me resulta familiar», pienso, aunque callo.

Es mi rostro el que revela que la figura de la capilla me recuerda a alguien cercano.

—¿A quién ves? —pregunta Petar.

—A mi madre —respondo—. Y a mi hermana.

—Muchas personas ven a las mujeres más importantes de su vida. Las veían. Ahora ya poca gente viene aquí. Nadie se acuerda.

Tal vez esté diciendo algo diferente, pero eso es lo que interpreto de su respuesta: la sonrisa inicial que se desvanece rápidamente, la señal de la cruz y la negación con la cabeza, el conteo con los dedos hasta cero, hasta el puño.

—¿Cuándo construiste esta capilla? —pregunto.

Esta vez la respuesta es más larga. La interrumpo a menudo para aclarar algo hasta donde es posible. Nos comunicamos con palabras y gestos hasta que tenemos la certeza de que nos entendemos lo suficientemente bien.

Del mar, una y otra vez, surge una capilla y, de nuestra conversación, el pasado de Petar. Después de Vukovar, quería volver a una vida normal, pero rápidamente descubrió que la guerra solo termina sobre el papel, mientras que en las personas todavía persiste. Junto con otros compañeros de armas que sobrevivieron, dejó su tierra natal y se mudó a la costa. Supuestamente, el ruido del Adriático le permitía dormir, y a la sombra de las montañas se sentía seguro. Se dedicó a diferentes trabajos y a diferentes mujeres. Bebía por la noche con algunos hombres, pero solo bebía bien con aquellos que habían sobrevivido a lo mismo que él. Luego apareció Marija y dejó de beber.

Gracias a ella se dedicó completamente a lo que mejor hacía: modelar. Al principio ayudaba a reparar, enderezando lo torcido. Luego, cuando los turistas comenzaron a llegar a Croacia, a crear recuerdos: pequeños, bonitos e inútiles. Sin embargo, esculpir era lo que más le gustaba, por lo que con el tiempo fue tallando cada vez más.

—Sveti? —pregunto, señalando la capilla.

—Sí, pero no solo eso —responde.

Habla de las obras que hizo por encargo y también de las que realizó por impulso, solo para él. Señala el mar, donde supongo que se hundieron algunas de esas esculturas. Por su voz, sé que las tallas eran las más importantes. Esculpió a la Madre de Dios como agradecimiento por formar una familia. Se sube la manga y muestra algunas cicatrices. Se lastimó tallando en lugares incómodos, cerca de las rocas.

Pregunto si la Madre de Dios es una de las santas de Vukovar.

Esa pregunta le causa desasosiego.

—Pokvarena

Asiento con la cabeza en dirección a la figura que emerge de las olas.

Él también asiente. Luego agarra los remos y nos dirigimos hacia el acantilado. Me pide que asegure el bote. Cuando llegamos, meto la mano en una grieta de roca y la mantengo sujeta para que no nos alejemos. Mientras tanto, Petar se acerca a la capilla. Extiende las manos hacia la Madre de Dios y trata de desprenderle las bellotas de mar.

Las capas superpuestas, que desde lejos parecían duras y frágiles, se pegan a los dedos del escultor, se estiran como chicle. El mundo no permite limpiar la capilla. Petar intenta liberar sus manos, pero las flores de roca, transformadas, se adhieren a su piel como sanguijuelas.

Suelto la roca y me desplazo por la borda. Ya estoy a punto de agarrar esa cosa elástica y pegajosa que crece sobre la talla, ya lo voy a ayudar, después de todo, logré deshacer el nudo, cuando de repente me invaden las dudas. ¿Y si la maldición es contagiosa? ¿Y si el mundo deja de obedecer también a mis manos?

Encuentro la mirada de Petar.

No pide. Solo espera, con confianza. Prometí ayudar ante San Roque. Repararemos la capilla, eso le prometí.

Cuando toco las flores extendidas, estas liberan a Petar y regresan a su forma original. Luego, sin mirar a mi compañero, llego hasta una de las capas y trato de desprenderla. Cede, como debe ser. Quiero hacer lo mismo con la segunda, revelar a la Madre de Dios, madre y hermana, pero entonces la balsa se aleja. Miro por la borda. El agua que nos separa de las rocas se abre, como el mar ante Moisés. El líquido elemento nos aleja de la capilla.

—¿Qué está pasando? —pregunto.

Petar está pálido, no responde. Jamás le había ocurrido nada parecido.

La fisura en el Adriático se agranda, un metro, dos, tres, cuatro, hasta que por fin se detiene. Miramos con horror el fondo desnudo, las medusas negras, los peces que se ahogan en el aire. Si saltara por la borda, podría acercarme a la capilla, limpiarla por completo, como si estuviera adecentando la tumba de mi abuelo. Pero el mundo, o al menos parte de él, me lo impide.

Y si algo así acaba de suceder, ¿qué culpas atormentan a Petar?

—¿Qué has hecho? —pregunto.

—¿Y tú? —responde con otra pregunta, y luego comienza a remar y nos lleva de vuelta a tierra.

Ya no bebemos. No lo necesitamos para entendernos. Aunque, para ser sincero, ya hablamos poco, como si ambos estuviéramos reuniendo fuerzas antes de responder a la última pregunta.

La ciudad me resulta familiar. Los últimos turistas y los locales que solo abren aquí en temporada ya se están yendo. Cada mañana hago compras en Konzum, pago el pan y las salchichas con el dinero de Petar. La chica tras el mostrador me reconoce y me dice algo. Es simpática, un poco seca. Le sonrío, me responde de la misma manera. Le doy las gracias en croata, me pongo la gorra prestada y salgo a la calle, tropiezo en el umbral.

—Polako, polako! —escucho en tono alegre detrás de mí. Ya sé que significa «despacio, despacio».

Paso por la pizzería, la tienda de recuerdos y el cambio de moneda. Todo está cerrado. Ni siquiera me di cuenta de cuándo desaparecieron los carteles publicitando viajes a las islas. Giro alrededor del mural que celebra Hajduk Split. El viento frío me golpea directamente en la cara, acelero el paso para llegar a casa lo antes posible. Me estoy acostumbrando poco a poco a la idea de que me quedaré aquí durante un tiempo.

La cocina huele a cebolla frita. Petar, pese a todos estos años en la costa, no ha aprendido a apreciar la comida de los pescadores de Dalmacia. Está ante la encimera y corta la salchicha con un gran cuchillo. Miro su figura encorvada, los brazos fuertes y marcados que se aprecian debajo de la camisa. «¿Qué hiciste?», pienso por enésima vez.

Petar levanta los ojos rojos de la cebolla. Señala la bolsa de compras y me hace un guiño.

—Katariiina —dice, estirando la vocal y dibujando con la mano las formas generosas de la vendedora—. Cuidado, le gustas —agrega.

—No digas tonterías —le respondo.

Se pone serio, me mira con atención, no como un compañero, sino con una preocupación sincera. «¿Qué hice yo?», me pregunto a mí mismo.

En silencio, comemos salchichas de cordero frita, masticamos el pan. Luego devoramos los börek de carne picada. No apuro a Petar; sé que, cuando esté listo, comenzará a narrar su historia. Tal vez hoy, tal vez dentro de una semana. No tenemos prisa. De todos modos, es demasiado tarde.

Deja el tenedor, se seca la boca con la mano.

«Tuve un hijo», comienza.

Subimos la montaña. No es que estemos arrastrando una gran piedra en nuestro ascenso, pero el viento fuerte es suficiente penitencia. Y la historia contada.

—Lo traía aquí —explica Petar.

Nos detenemos en una curva para recuperar el aliento. Miro hacia abajo: Omiš parece un puñado de bloques de juguete abandonados por un niño. Los tejados de las casas se amontonan entre la base de la roca y el río y el mar.

—Me pregunto si esto es todo el mundo —dice Petar.

Le respondo que no, pero que desde aquí se ve todo lo más importante del mundo.

El viento me arroja en la cara el polvo de la carretera. Aparto la vista. Seguimos adelante.

A medida que subimos, el Zdravko de los recuerdos de Petar va creciendo. Me le imagino corriendo con la camiseta de Šuker después de las clases, jugando con Vuko, pasando las noches en el muelle con los chicos, bebiendo cerveza caliente Ožujsko y apostando sobre cuál de sus padres mató a más serbios durante la guerra. Yendo a Vukovar en una excursión escolar y luego hablando con Petar durante horas hasta que Marija entra en la cocina y les dice a ambos que se vayan a dormir. Experimento sus tardíos regresos a casa, las reprimendas de su madre, las peleas con su novia por alguna razón desconocida, las puestas de sol, nariz rota, cientos de ideas para el futuro. Quisiera que redujéramos la velocidad, que nos detuviéramos por un momento, porque sé que en la cima hay otra capilla esperándonos.

Petar dice que su hijo se fue a estudiar a Zagreb, y por un momento tengo esperanza de que todo salga bien, de que haya otro mundo detrás de esta montaña. El viento continúa empujándonos hacia abajo, hacia Omiš, hacia el mar y el río. Pero miro a Petar, veo cómo avanza con obstinación inclinado hacia adelante, evalúo la distancia que nos queda por recorrer y sé que no será bueno.

¿Qué mal puede acontecerle a un joven en la capital? Miles de cosas.

Por ejemplo, puede enamorarse. De una chica de Serbia. No decirle nada a su padre, sólo confesárselo a su madre.

La roca bajo mis pies es blanca y resbaladiza como el hueso. Tengo buenas botas, pero Petar cada vez se tambalea más. Levanto la vista y veo que solo quedan unos pocos pasos hasta la cima.

—¡Espera! —grito. Creo que no entiende, porque aún acelera—. Polako, polako —pruebo de otra manera.

Se detiene, me mira desde arriba, sin sonreír. No puedo evitar leer lo sucedido en sus palabras, su tono y su cara.

Fue a conocer a los padres de la chica un fin de semana, sin avisar a su propia madre. Era de noche. Al regresar, condujo demasiado rápido. Llovía mucho.

Petar se gira y, en silencio, supera esos pocos metros que faltan. Lo sigo. La bandada de gaviotas brilla al sol, como un puñado de hojas arrancadas de un libro y arrojadas al viento.

Más allá no hay nada. Las mismas montañas blancas, sembradas de grupos de pinos raquíticos. Sin carreteras, sin casas, sin personas; tan sólo un río que se desliza hacia el mar. Las sombras de las nubes más altas se desplazan por las laderas.

Busco una talla a mi alrededor, pero no veo ninguna. Me acerco a Petar.

Está mirando al suelo.

A nuestros pies yace una estatua rota. El tronco está en tres piezas, sin brazos ni piernas. Es de piedra blanca, más blanca que la propia roca, limpia de musgo. La cabeza se ha alejado un poco, yace boca abajo. Me agacho al lado, tiendo la mano hacia ella, miro a Petar, que no protesta. Trato de girar la bola de mármol, de mirar los ojos, pero mis manos no encuentran resistencia. Se sumergen en la piedra y sólo se encuentran entre sí. Retiro las manos, lo intento de nuevo. No lo consigo.

Ubili —oigo. Entiendo la palabra, pero no entiendo a Petar. Porque sé que no se trata de la escultura.

—Fue un accidente —digo—. Accident.

No accident! Ubili! —lo grita más alto que el viento.

—¿Quién? —pregunto, como en nuestra primera conversación—. ¿Quién lo mató?

Jebeni srpski liječnici! —Liječnici?

—Doktori!

Me levanto de un salto.

—No. —Niego con la cabeza—. Imposible.

Nemoguće? —pregunta, señalando la escultura intangible debajo de mis pies—. Nemoguće? No estuviste en Vukovar, no sabes lo que es posible.

Hay más nubes sobre nosotros. Manchas grises corren por el cielo, por la tierra y por la cara de Petar. El mundo se vuelve negro y blanco.

«Pero los médicos no son responsables», le explico. «No es culpa de ellos. Era de noche, dijiste. Él conducía deprisa. Llovía…».

—Llegó vivo al hospital —dice—. Murió tres días más tarde. Antes de que yo llegara. Antes de que Marija me lo dijera.

«No es culpa de los médicos», repito, como si estuviera defendiéndome a mí mismo. «Hicieron lo que pudieron. No siempre pueden ayudar».

Él sacude la cabeza y se aferra a su opinión.

To je bila 12rpska bolnica i srpski doktori.

—¿Y qué hay de eso?

—Srbi su ubojice. Svi.

Los serbios son asesinos. Todos.

Lo dice con convicción, como si su vida dependiera de ello.

De nuevo nos enfrentamos el uno al otro, listos para defender nuestras sagradas creencias. O nuestros pecados. Las primeras gotas caen del cielo. Se filtran en la roca blanca, pero ella sigue muerta.

—Soy médico —digo—. Pero no puedo ayudarte.

No sé si entenderá que no es culpa de nadie. Tampoco sé si podré soportar su carga con él cuando veo que no se le aligera. ¿O tal vez se puede hacer más, solo que no sé?

Petar se queda inmóvil bajo la lluvia y no responde. Escucho, en cambio, cómo la calavera de piedra se ríe hacia el interior de la tierra.

Me doy la vuelta y hago lo que mejor sé hacer. Huyo de nuevo.

Corro hacia abajo y el viento sopla contra mi espalda. Si me hubiera dado más impulso y hubiera extendido los brazos, habría volado directamente hasta al mar, pero no tengo tanta fuerza, así que corro hacia la ciudad. Me precipito sobre ella, dejando atrás la montaña. La lluvia elimina los restos del brillo turístico de Omiš. Ahora es tan solo una ciudad normal y húmeda.

En mi cabeza suenan palabras croatas, palabras que sonarían igual en serbio. Pienso en el odio entre dos naciones; en el odio a pesar de la comprensión mutua de su idioma. También pienso en Petar y en mí. Ya no en lo que dijo sobre los médicos, sino en que nunca nos entenderemos. Vencimos la barrera del idioma, pero eso es muy poco para llegar el uno al otro. No puedo penetrar en su mundo, del mismo modo en que no pude alcanzar el interior de Marta.

Llego a la casa de Petar. Las puertas están abiertas, como siempre. Entro en la cocina, me quito la pesada sudadera mojada y la cuelgo en una silla para que se seque un poco mientras empaqueto. Mis cosas están por todas partes: en los últimos días se han dispersado por las esquinas, se han metido en los rincones, han crecido en el hogar como raíces. Ya no era un huésped de una noche. Vivía aquí

Meto en mi mochila un saco de dormir, ropa, navaja, chanclas, productos de higiene. No puedo encontrar mi cuaderno, en el que tomé apuntes. Busco debajo de la cama, en los cajones. Miro en el baño y el taller. Finalmente, revuelvo la cocina. Abro las puertas del armario y unas fotos caen de su interior.

Las recojo del suelo y, en lugar de devolverlas a su lugar, me despido de la historia que contienen. Petar en la guerra, Petar en el hospital, Petar con su familia. La última foto no muestra a mi amigo. Un joven, aún un muchacho, con el cabello revuelto, posa con un cráneo en la mano, vestido con una arrugada bata blanca. La foto la tomó Marta cuando estaba en mi primer año de estudios, cuando tan solo se intuía lo que le iba a pasar a mi hermana, cuando aún creía estúpidamente que podría evitar su enfermedad. Que podría ayudar.

No pude. No se pudo ayudar a Marta. Me ilusioné pensando que algún día entendería su problema, esos cambios de humor cíclicos. Había meses en los que se volvía insoportable. Y luego meses en los que era ella la que no podía soportar el mundo. Ninguno de los dos mundos: había otro allí mismo, inaccesible para nosotros, un mundo de voces extrañas, miradas críticas, personas que no existían. A veces pensaba que sería mejor que esos delirios se la llevaran por completo; sin embargo, solo la arrastraban un poco, la desgarraban, la despedazaban. Tenía conciencia de su enfermedad y eso la consumía desde adentro. A ella, a mí, a toda la familia.

Pero vivimos.

Miro la foto. Sé que no debería estar aquí, estoy seguro de que no la traje conmigo. De hecho, la había olvidado. Solo me sorprendo un poco, ya que en los últimos días también han sucedido otras cosas que no puedo explicar. Quizás la foto no esté aquí. Quizás me haya vuelto loco.

Miro la cara del joven Krzysiek. La sonrisa un poco forzada. Nunca me gustó posar, pero en sus ojos hay algo que hace tiempo no veía en mí mismo.

Siento cómo las emociones se deslizan, escapan. Ahora solo tiemblo de frío. Me avergüenza haber querido irme sin despedirme. Como antes. Pongo agua a hervir, llevo la mochila, me pongo ropa seca. La tetera silba. Preparo el té y miro el reloj.

Petar tarda demasiado en regresar.

Lo encuentro al pie de la montaña. Tiene las manos heridas y la mirada fija en las nubes que se alejan. Está apoyado en una piedra y recuperando el aliento. Me viene a la mente que debió de haber sido así cuando resultó herido durante el bombardeo de Vukovar. ¿Tal vez también miró hacia el cielo y rezó, aceptando la muerte? ¿A qué santo pidió una buena muerte entonces?

De repente, me ve.

Kristofor.

Estoy aquí, respondo.

Ne. —Sacude la cabeza—. Sveti Kristofor.

Sveti. El santo, deduzco. Él señala hacia el río y se levanta. Ahora veo que no está herido gravemente. Solo se torció el tobillo y se lastimó las manos al resbalar de la montaña. Trato de convencerlo de que regresemos a casa, nos calentemos y descansemos, pero él insiste en el nombre de mi santo patrón. Comienza a cojear hacia la orilla. Al cabo de un rato, paso su brazo por mi cuello y lo ayudo a caminar.

Llegamos. La barca tiene algo de agua, pero Petar dice que aún nos mojaremos más. Esta vez no salimos al mar; remo río arriba. La corriente es fuerte y el Cetina parece haber ganado más fuerza con la lluvia.

—¿Por qué regresaste? —parece preguntar la cara de Petar.

Callo, pero mi cuerpo responde por mí. Dice: «no quiero cometer el mismo error otra vez. Ya hui una vez tan lejos que no encuentro el camino de regreso. Me perdí, como tú, y, si ambos tenemos que vagar, al menos hagámoslo juntos».

Remar me hace entrar en calor. Petar tiembla. Busca algo en la orilla rocosa y empinada del río. En un momento, su dedo ensangrentado señala algo sobre mi hombro. A medida que me acerco, el bote se desplaza más lentamente. Como si el río quisiera expulsarnos, empujarnos hacia el mar. De repente, oigo un ruido: estamos encallando contra el fondo rocoso, nos estamos anclando en el lodo. Solo entonces veo que hemos llegado a un lugar donde el Cetina es alimentado por un arroyo que sale de una cueva.

Desembarcamos directamente en el agua fría. La corriente intenta arrebatarnos el bote, libre de nuestro peso, pero logro atraparlo en el último momento. Ato la cuerda a un tronco que sobresale entre las rocas. Petar está de pie en la entrada de la cueva, apoyándose en la pared, mirando hacia el interior oscuro. El arroyo lo moja hasta las rodillas.

—No puedes ayudarme —dice Petar. Pero gracias por quedarte y conocer a todos mis santos. Tanto los buenos como los malos. Este es el último.

La forma en que dice «último» también puede sugerir: el peor, el menos importante, el menos santo.

Lo sostengo mientras nos adentramos. El nivel del agua sube, nos llega hasta la cintura; la fuerte corriente hace que sea difícil avanzar hacia la capilla. Petar parece un saco de carne; tengo que arrastrarlo detrás de mí, porque él no ayuda mucho. En un momento pierde completamente las fuerzas, quizás por el frío, quizás por el dolor, quizás por la fatiga. Comienza a balbucear sin sentido, y entre sus palabras suele repetir el nombre del perro: Vuko, Vuko, Vuko.

Se hace demasiado profundo, demasiado estrecho y demasiado oscuro para seguir adelante. El agua está helada. Mi corazón late fuerte, pero estoy más preocupado por el de Petar. Trato de hacerlo volver en sí, lo sacudo, lo llamo.

—He estado allí otra vez —dice de repente—. Por un momento he vuelto a Vukovar.

Y aunque el agua zumba, aunque él murmura, aunque no veo gestos, lo entiendo mejor que nunca. Sé que de alguna manera entró dos veces en el mismo río: se sumergió en el pasado, vivió algo de nuevo.

—Debemos de estar junto a la capilla —respondo.

Solo que no se ve. Seguramente desapareció, se rompió por completo, como otras. Tenemos que salir de aquí.

—Espera —dice.

Así que me quedo y lo sostengo. Escucho cómo comienza a hablar de nuevo sobre Vukovar.

El perro llegó cuando Petar estaba en el hospital y lo sacó de allí. Era un animal más sabio que las personas. De esa manera, salvó a un joven de la masacre que pronto afectó a otros heridos. Lo llevó entre los escombros y las cenizas, entre los cráteres de las bombas, entre casas con paredes agujereadas como una malla. Pasaron por la torre en la que algún héroe colgó la bandera croata y lo pagó con su vida. Petar, en ese momento, no pensaba en sus compañeros: ni en los que habían muerto, ni en los que aún morirían. Quería escapar de aquel infierno, y el perro callejero, como enviado por Dios, ladraba y lo hacía apresurarse, le mostraba el camino. Finalmente llegaron a la orilla del Danubio, donde se asentaba una aldea como muchas otras; una aldea que en la historia se registrará con números y en la memoria de los croatas y serbios con trágicas historias silenciosas.

Me recuerda la capilla de San Roque: la ciudad en ruinas, en llamas, y una línea fina que di por supuesto que era un río.

—Pensé que todo había terminado —cuenta Petar, y su voz se refleja en el eco—. Pensé que ya lo había logrado, que había escapado de Vukovar. Solo tenía que meterme en el Danubio, nadar un poco a contracorriente. Así es como me llevó Vuko: a contracorriente. Y yo confié en él. Me dolían las heridas cuando las sumergí en el agua. Pero, con la ayuda de Vuko, lo logré. Unos cientos de metros más allá, salimos a la orilla. Y es allí donde lo encontramos.

A medida que escucho la historia, el frío deja de molestarme. Ya me he congelado por él, me he quedado inmóvil, me he convertido en piedra. La vista se me acostumbra a la oscuridad: ya veo los contornos del rostro de un amigo, sus lágrimas; también veo las paredes de la cueva, que brillan en algunos puntos debido a la humedad.

Petar continúa hablando: era más joven que yo. Llevaba un uniforme yugoslavo demasiado grande para él, como un saco. Debió de alejarse del grupo para hacer sus necesidades, sin armas. Si hubiera gritado, habrían venido corriendo. Un momento después, mi cuerpo habría flotado por el río, por todo ese camino que recorrí huyendo. Me vio justo después de que yo lo viera a él.

Ya sé lo que viene a continuación. Bajo la mirada, miro al agua oscura. Veo las siluetas de dos cabezas: la mía y la de él.

—Lo maté con mis propias manos —dice Petar—. Ni siquiera se defendió. Solo me miró, aturdido. Me miró hasta que perdió la conciencia. No le cerré los ojos. Lo dejé flotar con la corriente del Danubio.

Quiero decir «hiciste lo necesario para sobrevivir» o «era una guerra, en la guerra no hay más remedio que matar», pero no hay palabras adecuadas. Miro a Petar y veo claramente todo ese pasado grabado en su rostro, tan tenso que se romperá antes de relajarse. Petar parece una estatua hecha de odio, ira y dolor. No puedo entender ni sentir eso, pero sé que está ahí, profundamente enterrado en él.

También hay algo más: su propia incomprensión. ¿Por qué fue salvado primero y luego castigado? ¿De dónde vino Vuko, el perro milagroso? ¿Por qué, años después, la imposibilidad de esculpir y honrar el pasado en las capillas? ¿Murió Zdravko porque su padre mató a un joven serbio? Petar baja la cabeza, mira su propio rostro, que se refleja cada vez más claramente en el agua. Espera.

Pregunta. En silencio, sin movimiento. Solo con su postura. La pregunta es: «¿y tú?».

¿Y yo? Yo tampoco lo entiendo. Comienzo a hablar, pero no sé ni en qué idioma. Vuelvo a contar todas las desilusiones, todas las veces en que me rendí, aunque no debí hacerlo. Confieso los pequeños pecados en voz baja, para que Petar no los escuche demasiado claramente, ya que una confesión así sirve para purificarse a uno mismo, pero ahora la cueva amplifica incluso los susurros más leves. Finalmente, llego hasta mi mayor vergüenza.

—Marta —digo, y la voz se me atasca en la garganta—. Estaba enferma. —Me toco la cabeza—. No se pudo curar. Durante años intenté tratamientos diferentes. Todos lo intentamos, toda la familia. Marta también lo intentó. No pude soportar ver, impotente, lo que le pasaba. La dejé allí, los dejé a todos. Sabían que me iba, pensaron que sería por poco tiempo, que volvería, que antes me despediría, que seguiría comunicándome con ellos.

Bajo la vista. Cierro los ojos, los aprieto. Ya lo entiendo. Lo he entendido desde el principio, pero no quería admitirlo. No se puede salvar a Marta. Solo es posible ayudar. Yo no podía curarla, ni sanarla, nadie habría podido. Sería un milagro y los milagros no suceden o suceden muy raramente. Dios, demasiado a menudo, mira hacia otro lado. Lo que sí podía era estar con ella y vivir con todas estas enfermedades, decepciones, tragedias y maldiciones que el mundo nos arroja, pero fue demasiado difícil para mí. Por eso hui, por eso no regreso, por eso no abro los ojos, no miro mi reflejo.

Tampoco curaré a Petar. No puedo ayudar a un hombre al que ni siquiera los santos permiten que los venere. Santos ausentes, inaccesibles, sordos a las plegarias. No hay a quién acudir. No hay a quién orar.

El agua nos baña, nuestros cuerpos están débiles y helados. Siento que Petar pronto se colgará de mí. Lo sostengo, nos quedamos de pie con la cabeza gacha. Es el río el que pasa a través de nosotros.

Finalmente abro los ojos.

La aureola brilla pálida y dorada alrededor de la cabeza de la persona a la que miro. Por un momento no lo reconozco. Me recuerda a alguien que vi hace mucho tiempo en viejas fotos. Incluso puedo recordar una de ellas, algunos detalles: el cráneo, el batín blanco, la sonrisa forzada, algo en los ojos.

Es mi cara. Miro mi rostro reflejado en la superficie del arroyo que fluye a través de la cueva. En algún lugar sobre mí, en la bóveda, brilla una forma ovalada. Levanto la cabeza y ya veo la capilla: todas las paredes están cubiertas de relieves. Reconozco la fortaleza pirata de Omiš y también la torre de agua de Vukovar. Debajo de la primera corre la serpenteante Cetina y, al lado de la segunda, el suave arco del Danubio, profundamente grabado en la roca. Hay lugares aquí que no conozco, y sobre todo gente a la que nunca he conocido. Adivino quién es la esposa de Petar, quién es su hija, quién es su hijo. Tampoco falta el perro-salvador.

Solamente falta un santo.

Echo un vistazo a Petar. La vida ha vuelto a él; ahora se parece a un niño en una tienda de dulces, aturdido y entusiasmado. Inclina la cabeza, luego la levanta. Y es entonces cuando me doy cuenta: cualquiera que entre en la capilla se convierte en parte de ella, en su santo, en San Cristóbal cruzando el río. Solo tienes que detenerte en el lugar adecuado, esperar a que tus ojos se acostumbren a la oscuridad y mirarte en el espejo.

Radi —dice Petar.

Funciona. La capilla funciona.

Miro mi rostro reflejado en el agua. Me rindo a la ilusión de que mi cabeza está rodeada por una aureola, que en realidad es solo algo así como un mosaico en el techo. Petar comienza a hablar, de nuevo lo entiendo peor, pero de los gestos y las palabras familiares deduzco un sentido general: era su soledad. Venía aquí para hablar consigo mismo. Venía cuando las oraciones fallaban, cuando la gente lo decepcionaba. Pero desde hace algún tiempo ni siquiera eso ayudaba. La capilla de San Cristóbal ya no funcionaba.

—La repararemos —digo. No sé cómo. No sé si mi nombre tiene algo que ver. No sé si lo crucial fue que llegáramos juntos (yo lo arrastré a él, él me guio a mí) y que juntos dejáramos salir el pasado, y el agua nos limpiara.

Petar no entiende. Solo es feliz porque su obra es visible de nuevo. Por ahora, esto es suficiente para él. Sin embargo, aún tenemos que regresar. No cruzamos el río como el santo Cristóbal, no es tan fácil. Avanzamos contra la corriente hasta que tenemos que seguir la corriente. Luego, de nuevo hacia atrás y de nuevo hacia adelante. Hacia el pasado y el futuro. Ir y regresar.

Abandonar y regresar.

Volvemos al punto de partida.

Está oscureciendo y probablemente no llegaremos antes de que se haga de noche. No tengo fuerzas para remar, pero la barca fluye sola, solo tengo que guiarla para no chocar con la orilla. Pasamos la sombra de la montaña por la que bajé esta mañana mientras llovía. Petar se encoge de frío en la balsa. Aparecen las primeras casas de Omiš. Detrás de ellas, en los escombros cubiertos de maleza, se alza la capilla de San Roque. Hay cada vez más casas: en la oscuridad más densa se puede ver el puente. Detrás de este, el río se funde con en el mar. Dejo el remo por un momento, sumerjo la mano al otro lado de la borda, el agua que la baña continuará su camino y golpeará la orilla de la isla donde espera la figura de una mujer solitaria.

Pero nosotros vamos a casa. Amarramos cerca del puente, ayudo a Petar a salir a tierra. El dique de hormigón brilla tras la lluvia, la luz de la farola crea aureolas vacías en la oscuridad. Caminamos con dificultad por las calles desiertas, fríos y mojados.

Las puertas están abiertas, tal y como las dejé. En la mesa hay dos vasos con té frío y fotografías esparcidas. Nos quitamos los zapatos y nos derrumbamos en nuestras camas.

Omiš ya está durmiendo, arrullado por el sonido del mar y del río. La fortaleza pirata duerme sobre nosotros. Seguramente todas las capillas de Petar también estén durmiendo.

Cuando me despierto por la mañana estoy solo en casa.

Me ducho, me pongo ropa limpia, recojo la mesa. Rituales sencillos para retrasar el momento de la verdad. Me siento en una silla y cuento hasta diez.

Luego salgo al sol. Sé que encontraré a Petar detrás de la casa, en el jardín.

La lápida de Vuko es un pequeño montón de piedras sin cruz. La tumba de un perro.

Jedini svjedok —dice Petar.

El único testigo. Él es el único que vio lo que sucedió en el bosque, sobre el río, cerca de Vukovar. Petar no le habló a nadie sobre eso, ni siquiera a Zdravko, ni siquiera a Mariji. Quería olvidar, pero al mismo tiempo quería recordar a su manera. Por eso comenzó a tallar historias sobre la vida. Descubrió que la piedra puede engañar un poco. Si esta dijera la verdad, debería estar llorando.

Solo la mirada del perro le recordaba que el pasado ya estaba tallado. Cuando Vuko se fue, Petar intentó luchar contra eso. Perdió el control de sus mentiras. Y fue entonces cuando la piedra se rebeló.

Recuerdo el cincel penetrando en el granito como si fuera mantequilla, sin dejar rastro, otra roca que estalla bajo un suave toque, una mole de mármol blanco se derrama por el suelo del taller.

—Ahora yo soy tu testigo —digo, pensando en cuando estábamos en la capilla de San Cristóbal y mirábamos la aureola tallada hace muchos años.

Petar parpadea, como si despertara de un sueño. Me mira primero a mí, luego al montón de piedras a sus pies. Entiende, pero todavía no puede creer que sea tan fácil.

Recojo una piedra del suelo y se la entrego. La gira en su mano y la coloca en el montón junto a las demás. Se inclina, pero permanece donde la ha puesto.

—Es un buen comienzo —digo.

Pero Petar está impaciente, quiere comprobarlo de inmediato, me apura para que lo siga. Envidio su cercanía a casa, a mí me espera un camino muy largo por delante. Vamos directos al taller. Solo cuando estoy dentro descubro que él también está perdiendo las dudas. Juega con el tiempo, se pone un delantal de tela, busca con manos temblorosas entre las herramientas. Finalmente, se acerca al bloque de mármol con un cincel y un martillo. Coloca la hoja metálica en la piedra.

El primer golpe.

El sonido del golpe en falso resuena en las paredes. La piedra tiembla, intacta. Pero se comporta como una piedra.

Petar se vuelve hacia mí. Asiento con la cabeza.

Ajusta el agarre y golpea de nuevo. El sonido es más fuerte, pero claro. Un pedazo de roca desprendida cae al suelo. Petar se alegra como quien vuelve a casa después de un largo viaje. De nuevo puede hacer lo que mejor hace. Ha recibido otra oportunidad, ignoro cuántas ha tenido ya. Sé que no es la segunda, porque esa fue la que le dio Vuko. ¿O tal vez no la haya «recibido»? ¿Tal vez la ha tomado él mismo? Yo solo lo llevé a través del río, pero fue él quien rezó, esta vez a sí mismo, no a los santos del pasado.

Nunca sabré qué lo curó de verdad. Tampoco sabré si realmente lo ayudé. Y no sabré lo que tallará; me iré antes de que termine. Pero este bloque de mármol es lo suficientemente grande como para dos figuras humanas.

Las calles de Split se vacían. Los habitantes de la ciudad corren hacia sus hogares, gritan algo en croata, pero no intento entenderlo. Miro la pantalla de mi teléfono y verifico cómo llegar a Dugopolje, a la entrada de la autopista, desde donde podría hacer autostop, aún no sé si hacia el norte o el sur. Hay más de mil kilómetros hasta mi casa, pero podría saber fácilmente si me he curado, como Petar. Solo necesito llamar, ya tengo el teléfono en la mano. Podría volver con mi familia en este momento aun estando en un país extranjero.

Creo que elegiré el camino más largo.

Levanto la vista de la pantalla. Justo al lado de mí corren dos niños. Desde la ventana de un edificio cercano, una mujer se asoma y los apresura con gestos energéticos, grita. Reconozco una palabra: Vukovar.

Miro a mi alrededor. Las calles están desiertas. La antigua ciudad está vacía, no hay nadie tomando fotos del palacio de Diocleciano. Ya no hay turistas, los habitantes han vuelto en sus hogares. A través de las ventanas entreabiertas se filtran voces, que rápidamente forman un coro unísono: el de los televisores. Todos se han reunido ante las pantallas. ¿Una guerra? ¿Un partido? ¿Ha muerto alguien importante?

De repente veo una figura solitaria. Un hombre está sentado en los escalones que conducen al porche. Se mira las manos como si estuviera buscando algo en ellas, mientras yo miro su cara y solo encuentro arrugas, no cicatrices.

El hombre advierte mi presencia. Nos quedamos en silencio. Finalmente, señala hacia una de las ventanas del otro lado de la calle, abierta de par en par. Al pasar junto al desconocido, me detengo en el porche y miro dentro de la casa ajena.

Hoy no es el aniversario del final de la batalla, pero en la televisión todavía hablan de Vukovar. Es la única palabra que capto entre un mar de palabras. Los subtítulos son borrosos, miro con atención y lo único que veo es la figura de un joven periodista. Es noviembre, hace menos de treinta años que el asedio estaba en su apogeo, lo recuerdo. Doce mil proyectiles al día, los atacantes eran veinte contra uno, los muertos se contaban por números de dos dígitos y los heridos fueron incontables. Pero eso es el pasado, es historia, ¿para qué juntarse ante las pantallas?

Luego, el joven periodista desaparece y es reemplazado por el símbolo de Vukovar: la torre de agua perforada. Por todos los agujeros causados por los proyectiles, por esas heridas en la tela de piedra, fluye el agua. Se rompe en la base y luego se extiende en oleadas, como si fuera a inundar la ciudad, lavarla de la suciedad, limpiarla de los acontecimientos pasados. La torre sangra, la torre llora, la torre cura la tierra sobre la que fue construida.

Intento entenderlo, justificarlo de alguna manera, pero no puedo. Por un lado, supongo que hace años, ese día, Petar huyó de Vukovar. Al mismo tiempo, sé que en realidad nunca salió de allí hasta que fui con él a la última capilla. ¿Cómo podía el destino de una sola persona tener un impacto tan grande en todo el país?

El mundo me habla en un lenguaje que empiezo a entender. La torre no sangra, no llora, no cura. Libera agua como una fuente. La tierra donde se produjeron miles de tragedias celebra la curación de un solo hombre.

O quizás el mundo no me dice nada, solo me lo imagino.

Miro al hombre sentado en los escalones, que no quiere ver el milagro; él observa sus manos, las cicatrices y las heridas que no se ven. Todos los demás contemplan el monumento de Vukovar, el agua que fluye, como si alguien desconocido hubiera aparecido, algún santo, tal vez Dios en persona, pero, desde luego, no un hombre.