So Mayer

Traducido por Cristina Jurado

Lyonessas

Ma Morvoren y’n Benbow
Deun alemma, voyd alemma
An tekka yw yn oll Kernow
Kelmys on Ostrali.
— Deun Alemma
En Benbow hay una sirena
Vamos, en marcha
De todo Cornualles la más bella
Rumbo a Australia
— Deun Alemma (1)

Nos dijeron que nuestras piernas no aguantarían, que saldríamos desconcentradas al campo con el pelo en la cara, distraídas por los flashes de las cámaras y las miradas de los fans, a la zaga de nuestras contrincantes y con el rabo entre las piernas. Que, si eso, nos dejarían llevar el agua. Por cierto, ¿éramos realmente mujeres?

No les hicimos caso, excepto por las palabras de nuestra entrenadora, Dory. De cara al resto nos tapamos las orejas con zapatos, barcos y lacre.

Seguir nadando. Tan solo nadar.

‘Ma Morvoren y’n Benbow / Hay una sirena en Benbow.

Y cantar. Cantar cuando nadamos. Sabíamos que seríamos irresistibles.

No vamos a mentir: algunas veces se siente como si anduviéramos sobre filos calientes.

Llegamos tarde a esto de las piernas, a esta separación entre ellas, así que el tiempo necesario para un placaje nos puede descolocar. ¡Zambullida! El césped artificial es menos indulgente que el océano. A veces solo quieres que te trague la tierra, pero eso no sucede, ¿verdad? Porque no tiene garganta, solo rugosidades afiladas. Todas lucimos arañazos y luego comparamos magulladuras en el baño. La marca que la gravilla nos hace en las rodillas no se diferencia de las escamas. Tocamos las depresiones diminutas, echamos sal a las pequeñas heridas y nos sentimos granulosas, como si nos estuviéramos deshaciendo. Pero hay que levantarse y repetirlo todo. Caer derribada y levantarse de nuevo.

Seguir nadando, etc.

Esos sí: no nos llaméis buceadoras. Somos conscientes de que nuestras contrincantes nos consideran blancos fáciles, y quieren engancharnos por las piernas, por abajo. Dicen que son falsas y exageran hablando de nuestra injusta superioridad, de la forma antinatural de nuestro cuerpo. Que somos cínicas, dicen. Pero en el terreno de juego nos mordemos la lengua, aunque entonces nos llaman estúpidas. Se mofan de nuestros cantos y, entonces, si ellas caen, dicen que hacemos trampas. Cuando alguna de nosotras es derribada, las demás la ayudamos a realizar estiramientos, presionando sus extremidades contra el rumor profundo de nuestras entrañas. Sabemos dónde se generan los calambres en los nuevos músculos drenados, entre rechinares y contracturas. Como el coral, nos alimentamos del aire sudoroso que nos rodea.

Otro pase. Adelante. Aún nos estamos asentando, algo a lo que la gravedad ayuda. Se trata de fondear y apuntar hacia arriba. A veces, por arriba para rematar. Nos especializamos en las chilenas, el toque final. Las piernas de nuestra arquera líbera se mueven al unísono. La pelota flota en el aire como espuma del mar.

En primavera, durante alguna marea excepcionalmente baja, es posible caminar entre las islas Sorlingas. Vosotres podéis. Nosotras también. Es posible atravesar el estrecho, The Road, entre las islas St. Mary’s y Tresco.

Lyonesse, la ciudad del fondo del mar, siempre anfibia. Eso significa ser dos cosas y todo lo demás, también. Hablamos de lechos rocosos, islas habitadas por aves, bancos de arena, y salientes del batolito de Cornualles. Roca profunda de hace casi trescientos millones de años, según cuenta la leyenda, narrada de bruja en bruja marina, describiendo la Gran Sublevación. También la llamáis orogenia varisca, por la que el magma originó montañas a partir de las vetas de la futura Pangea. Hoy se extiende desde Galicia al macizo de Bohemia, bajando hasta Turquía y pivotando en el Mont Blanc, y es el cinturón que mantiene unido a Europa, una espina dorsal pétrea replicada a lo largo del Mediterráneo por el Anti-Atlas y, a lo largo del Atlántico, por los Apalaches.

Vamos, en marcha.

Utilizando vuestras palabras, que nos llegan en las profundidades: el agua es un transmisor, un medio para los ecos y las resonancias. Vuestros radares provocan que los cetáceos se desvíen de su camino, torturados por canciones a las que no pueden responder, pues quienes las cantan lo hacen desde la nada, desde ninguna parte. Os habéis convertido en lo que teméis, la voz mortal que seduce a la gente hacia las rocas que no entendéis, esas a las que dais nombres que susurran y crepitan en nuestros oídos oceánicos. Hemos crecido sobre ellas, con ellas, como los percebes. Las brujas marinas dicen que nosotras también, en nuestras formas primigenias, nadábamos al tiempo que la costra de la Tierra se extendía, llevando consigo mareas del magma granítico.

Cuchillos ardientes, enfriados a mil grados centígrados. Las fracturas aparecen a lo largo de las articulaciones verticales. Nos dan lo mismo, aunque las sentimos. Por abajo para rematar, ocultas y expuestas. Allí donde nos rozan las olas, donde emergemos a la superficie, mermamos. Esas formas fantásticas que llamáis colinas, y nuestros cuerpos estacionarios dando toques al balón, desperdigadas pero con nuestro corazón indómito, redondeado y duro, para ser gobernado con cuidado. Lo que llamáis una banda de lesbianas. Barbadas con helechos y líquenes, peñascos cubiertos de musgo, todas juntas y revueltas, con el calor de un día de verano bajo vuestros pies. Aquí, las lesbianas de Lustleigh Cleave, justo debajo de Harton Chest.

Sed aún mis…

Lo que queremos decir es que somos esta tierra, imponente y veteada de magma, enfriada lo suficiente como para erguirse, aun cuando nos quebremos poco a poco bajo la presión. Somos el pie del país, bañado entre el canal de la Mancha y el mar Celta, el pie al aire como en un paso de ballet e Irlanda batiendo la portería abierta que es el Atlántico. ¡GOOOOOOOOOOOOOL!

¿Cómo podíamos fallar?

El St. Blazey Fútbol Club, al otro lado del río Par, fue el primer lugar en el que salimos al terreno de juego. Tal vez el nombre del equipo nos hizo pensar en las fumarolas submarinas que nos forjaron, o quizás fue el empate con el Lostwithiel el que nos atrajo, cantando La ciudad perdida bajo las olas. Puede que solo se tratara de las duchas calentadas a gas. El río Par corre paralelo al campo y baja hasta la bahía de St. Austell. Nos aproximamos bordeando la península Lizard, poniendo rumbo al noreste, con los oídos pitándonos por las ajetreadas rutas marinas que iban al sur desde Plymouth. Hacia arriba, entramos en la bahía Carlton. Car-Lyon. Ya estamos. Allá vamos, allá vamos, allá vamos.

An tekka yw yn oll Kernow / De todo Cornualles la más bella.

El verano de 2019 fue bastante frío y húmedo, como nosotras. Ya a finales de junio, hubo como una chispa repentina y nos vimos atrapadas por una marea de chismes de playa y barcos: #FIFAWWC. Las noticias crepitaron a través de los cables submarinos desde Sennen Cove y Porthcurno, desde Bude y Skewjack, por todo el Atlántico en rumores sin pies ni cabeza. Aquellas voces que iban de un lado a otro del océano, aumentando el consumo de datos y los índices de audiencia, nos laceraron los oídos por primera vez desde 2015. Cuatro años después y, por lo que parece, volvemos a casa. No a Kernow, pues no hay gente de Cornualles entre las leonas, las Lyonessas.

Devolvednos a mi amada.

Logramos nuestro once soñado: Nuestra reina y heroína, Pinoe, la que declaró a la prensa «No se puede ganar sin jugadoras gay», jugaba por orgullo; Gaëlle Enganamouit, la de cabellos verde-alga; Marta, la de labios ardientes; Wendie Renard, que se crece ante cualquier desafío; Vanina Correa, que mantiene el brillo de la Albiceleste; Kadeisha Buchanan, jugadora mágica y la más joven de siete hermanas; Kim Little, la leyenda de Mintlaw; Yuka Momiki, que escribió su tesis sobre el juego femenino; @rasheedatt10, que comparte el tiempo de relax de las Super Falcons en Instagram, y Lucy Bronze, jugadora que fluye como el metal caliente y que es fuerte como una estatua. ¡Uf! Discutimos sobre sus estadísticas y méritos mientras entrenábamos. Éramos, somos, todo músculo, una patada larga y curvada habituada a la actividad frenética de una climatología mundial que empeora por las tormentas veraniegas y los huracanes, pero que tiene que meter algo en una red a la que tenemos que acostumbrarnos.

Hasta el día en que nos paseamos por el Par luciendo nuestros equipos brillantes, cosidos a base de algas verdiazules, St. Blazey no había contado con un equipo femenino. A pesar de tratarse de uno de los clubes más longevos del condado, fundado en 1896, no tenía cabida en la Liga Electrical Earthbound de Fútbol Femenino de Cornualles. Debió de parecerles que no encajábamos, al no ser ni eléctricas ni tampoco terrestres. Pero en la categoría 7, la más baja que hay —más que el lecho marino, la roca madre y los peces abisales—, ¿quién puede discutir? Tanto Helston como Charlestown, Penryn, Illogan, Mousehole, Bude, FXU, RNAS Culdrose, Newquay Celtic, Porthleven y Wadebridge cayeron antes que nosotras en la temporada 2019/20, así como otros santos: Agnes, cuyo pelo crecía y le cubría todo el cuerpo; Breward, la obispo de Jersey, o Teath, la hija de Brycheiniog y compañera de Breaca. He aquí que nos ascendieron a la primera división de la Liga Femenina del Suroeste. Luego vino la Liga Nacional Femenina del Sur de la Asociación de Fútbol, el Campeonato y la Superliga Femenina. Cantar y seguir cantando.

Después de ascender del mar, seguimos escalando acantilados formidables y nos levantamos de nuevo tras cada caída.

Tan solo seguir nadando.

Dividimos el tiempo de los entrenamientos entre la roca expuesta y nuestros secretos dominios submarinos. Son entrenamientos de alta intensidad en la cámara de fotosíntesis del Proyecto Edén, nadando en lo alto cual cometas en el oxígeno que exhalan las plantas tras el cristal. Dejamos nuestras pieles de nereidas en los vestuarios del club, para que se mantuvieran húmedas en aquellas duchas calentadas a gas. Río abajo, y ya en agua salada, se encuentra nuestro mundo metamórfico. Bajo presión.

Nadamos a y desde los partidos de la Liga de Fútbol Femenina tanto como pudimos, rodeando la costa sur, arriesgándonos por las rutas comerciales y haciendo frente a los ferris diarios, para llegar a Bristol y después a Brighton & Hove, donde nos deslizamos hasta el muelle para celebrar nuestra victoria 3-0. Nos dirigimos al este para celebrar un amistoso con el Equality FC en la Dripping Pan, a cinco libras la entrada y gratis para los niños, que jugamos bajo la lluvia torrencial del otoño. Luego sufrimos mucho en el canal New River para jugar contra el Arsenal —un empate sin goles, ya que todas nos encontrábamos fatal por los parásitos del agua—, y conseguimos salvar el fin de semana gracias al peloteo con les Goaldiggers y a la recaudación de fondos que el equipo Lush Lyfe FC hizo para la iniciativa Playing for Kicks: se lograron miles de libras gracias a un tuit del programa The Last Leg.

El canal Grand Union nos condujo a jugar a lo grande contra el Birmingham en Solihull Moors. En el vestuario y con los dedos un poco arrugados, ojeamos el libro Hidden Nature de Alys Fowler, y analizamos su curso de barca típica de Cornualles con nuestros sentidos marinos, encantadas por sus garzas y sus budelias azules y violetas, por su novia y sus remos. Este agua corriente, porque llamarla agua fresca sería una exageración, no es a lo que estamos acostumbradas, pero nos la tomaremos. No nos sabe bien pero la podemos respirar, aunque sea brevemente. Nunca salimos sin un paquete de patatas fritas, ese chasquido que se oye al abrirlo y su contenido crujiente… ¡Cómo echamos de menos el sabor profundo y azul de las patatas Smiths! Siempre las llevamos para equilibrar el nivel de litio, nuestros electrolitos. No bebáis de las botellas que dejamos en el campo porque, para vosotres, son vomitivas, demasiado salinas.

San Blas, el patrón de St. Blazey y uno de los Catorce Santos Auxiliadores, es conocido por curar las afecciones de garganta. Impidió que un niño se ahogara con una espina aun cuando Agrícola, gobernador de Capadocia y Armenia, lo llevaba detenido por orden del emperador Licinio. Agrícola hizo que lo golpearan y desollarán con peines de hierro y que luego lo decapitaran.

Conocemos cómo se siente.

Allí donde vamos nos tiran peines, burlándose de nuestra vanidad o fragilidad. Esperan que nuestro pelo lo atrape a la altura de los hombros, de la cintura, de la rodilla o del tobillo y que tropecemos, dislocándonos al esquivarlos. ¿Eso es juego limpio? Desde hace mucho, en cada vestuario fuera de casa, la superstición provoca que tapen los espejos, como si eso nos desvinculara del mar y nos pudiera hacer desaparecer. Hasta cubren la taza del inodoro con papel transparente y colocan cámaras y espejos para descubrir cómo meamos. Por favor. Somos magma, lo suficientemente ardientes como para derretir el plástico o fundir el cristal. Hemos hecho de nosotras quienes somos, no una parte de esto o de lo otro, pero un todo. Todo.

Lo desgarramos como nuestras pieles de nereidas. Como el agua que corre por la espalda de una foca. Como si fuéramos totalmente impermeables. Como si os lo creyerais. Pero seguid convirtiéndonos en mártires, porque continuaremos alzándonos con la victoria.

Nos enteramos por el Barawa 2018, que jugó en Londres formado por la diáspora somalí. Solo indirectas, susurros de la CONIFA. Cornualles se unió ese mismo año —el mismo del primer partido femenino, Kibris Türk FF contra FA Sápmi, jugado en el norte de Chipre— a la confederación de asociaciones independientes de fútbol. Los Ellan Vannin, anfitriones originales de la Copa Europea CONIFA 2015, quedaron terceros cuando se jugó en Székely Land, y fueron semifinalistas en el partido inaugural de la Copa Mundial CONIFA Sápmi 2014, después de un dramático penalti contra Kurdistán. Ya eran miembros, desde las islas, las parroquias de Jersey y Yorkshire. Solicitamos a la Alianza de Fútbol Kernow que nos reconociese como el equipo del condado, por ser las subcampeonas de la Superliga Femenina 2027, para que nos enviaran como las de Cornualles a la Copa Mundial CONIFA 2029, la primera en ofrecer un torneo femenino.

«Lo que podemos deciros es que nos indiquéis cuál es vuestra identidad para ayudaros a representarla a través del futbol», dijo Paul Watson, Jefe de Desarrollo de Miembros.

CONIFA. A pesar de todos nuestros éxitos locales, se ha convertido en nuestra obsesión, una forma de escapar al Brexit aprovechando los campeonatos europeos de fútbol, los traspasos e incluso las fronteras entre condados. Esto no es lo que somos: nosotras representamos la libertad de movimientos, somos refugiadas de los mares que se calientan. Cantamos, como siempre lo hemos hecho, en las lenguas atlánticas como el gaélico y el britano, como el tamazight y el tashelhiyt, dulces sonidos judeo-bereber desde la costa marroquí. Lo hicimos en los ecos mediterráneos del sardo y del occitano, del gallego y el maltés, y del árabe. Vuestras palabras, nuestras palabras. En el campo gritamos en sabir, la lengua franca de los marineros del Mediterráneo milenario, cargado de genovés, veneciano, catalán o bereber. Se trata de un idioma excelente para realizar juramentos, pues es indetectable, e incorpora un elemento marítimo del lenguaje polari, la prueba definitiva de la hipótesis Sabir-Wharf (2) de que los marineros representan la base estructural de toda lengua franca. Nuestros fans cantan:

Se ti sabir
Ti respondir
Se non sabir
Tazir, tazir (3)
Si sabes
Responde
Si no sabes
Cállate, cállate

*

Te presentamos a Kelly Lindsay, directora de Fútbol Femenino para CONIFA. Pegamos fotos de su carrera en USA por todo el vestuario del St. Blazey, adornando su retrato con conchas y cristales de mar. Animamos al equipo de futbol afgano que ella llevó a la victoria en sus segundos campeonatos de 2033, los Campeonatos Femeninos de Asia Central, después de que la FIFA despojara a su federación de la potestad para supervisar al equipo femenino del que habían abusado sexual, física y legalmente. La capitana Shabnam Mobarez y Mina Ahmadi se convirtieron en nuestras heroínas por no tener pelos en la lengua, sobre todo cuando supimos que Mobarez y otras jugadoras de veinte países lograron un récord mundial al disputar el partido en la altitud más baja posible, en el Mar Muerto jordano. Mobarez vale su peso en sal.

Hubo una vez que surcamos las implacables olas del Mar del Norte hasta Aalborg para ver a Mobarez jugar en casa, recalando, como no, en Klitmøller, antes de rodear el Jammerbugt en Skagen. Claro que sí, y después del partido, nadamos en dirección sur en las aguas de Kattegat, pasando Elsinore por el estrecho de Orësund, para verla, aquella por la que siempre preguntáis, en el embarcadero Langelinie: aún sobre su roca, a pesar de haber volado por los aires una vez y de haber sido decapitada tres.

Que San Blas la bendiga y la guarde. No dispuso de ningún peine para defenderse, solo una cuerda de algas y tal vez, quizás, su disfraz de piel de nereida.

Sí, es nuestra hermana. Él la robó, ese que la puso en un libro, el que la metió en un ballet, aquel que la convirtió en estatua de bronce con los ingresos conseguidos a base de la cerveza paterna. Todos ellos y, ella, una sola. Y sin embargo, hay trece copias autorizadas de la estatua por todo el mundo. En 2029, el mismo año de la primera Copa Mundial Femenina CONIFA, los derechos caducan y podremos traerla de vuelta, entera, a donde pertenece.

En el cuento, el triste y sádico de Andersen la maldice —esta parte escindida de sí mismo, el peine de hierro de su espalda como su propia homofobia internalizada— a ser durante trescientos años un espíritu de espuma del mar —aunque eléctricamente terrenal, obligada a realizar buenas acciones por todos aquellos hombres que la traicionaron—. La estatua lleva allí setenta años.

Volverá a casa.

Cuando vayamos a jugar en Sápmi el año próximo, y lo haremos, ella estará con nosotras, en el equipo: será nuestro talismán con el número 9. No hay red que no pueda rasgar, ni juego aéreo que se le resista. Pero no la llames Ariel, pues le dio nombre una mentira a partir del elemento en el que fue disuelta, el residuo de las lágrimas autocomplacientes de Andersen.

Nadamos en ellas, y la temperatura del mar se eleva a base de todo vuestro triste sadismo humano, castigándoos con respirar monóxido de carbono, comer plomo y mear estrógeno plástico. Todo eso, que nos llega a través de las branquias, lo hemos aprendido a expulsar en las profundidades marinas, en las fumarolas ya tóxicas por el sulfuro. Quién sabe qué nueva especie emergerá cuando por fin se sumerjan las islas Sorlingas. No más estrecho The Road. La marea siempre está alta. Esta vez, cuando pongamos rumbo al norte, lo haremos en aguas templadas repletas de tiburones peregrinos, cangrejos nadadores, gallinetas, espléndidas palometas rojas, y jureles que persiguen su alimento, pequeños crustáceos procedentes del norte, desde Helogoland. En Sápmi, en Staare, nuestros equipos se encontrarán, procedentes de otras islas y ciudades sumergidas, desde lugares quemados y naciones refugiadas. En la Mid Sweden University se jugará y se hablará. Nosotras, las que venimos del mar. Tenemos que estar allí.

Kelmys on Ostrali / Rumbo a Australia.

Si no podemos jugar por Kernow, que ahora solo admite a jugadoras nacidas en Cornualles, jugaremos por el mar, que no conoce nación alguna. Nuestra identidad es insurgente como el magma y fuerte como el granito, y se extiende a lo largo y ancho del planeta. CONIFA: ayúdanos a representar. Aúna nuestra sororidad salina y permite nuestra hermandad pérmica y variscana: marroquí, ibérica, sarda y celta. Como estatuas, nos han silenciado. Como villanas que seducen, nos han castigado. Nos han avergonzado por nuestras colas, diciéndonos que las metiésemos entre las piernas, consideradas de mentira porque las construimos nosotras mismas. Todo ilusión y confusión, y unas mejoras que no nos hemos ganado. Castigos que nos provocamos a nosotras mismas. Penaltis, en cualquier caso.

Cantad mientras ganáis, nos dijeron, provocándonos.

Pregunta a las tierras sumergidas de Lyonesse. El mar siempre gana.

Notas
1. N. de la T: Deun Alemma es una canción tradicional de Cornualles.
2. N. de la T: La hipótesis Sabir-Wharf es un guiño de la autora a la hipótesis Sapir-Whorf que, en lingüística, defiende la idea de que la estructura de nuestra lengua determina la manera de que percibimos el mundo.
3. N. de la T: En la ceremonia turca que aparece en la comedia teatral El burgués gentilhombre (Molière, 1670), uno de los personajes entra en escena cantando estas palabras en lengua sabir.