
Elia Barceló
Ala de mariposa azul
Mateo Miralles salió al jardín con una cerveza en la mano, echó una mirada orgullosa a los amplios terrenos que rodeaban la casa y a la piscina que destellaba al sol como una joya y, con un suspiro de satisfacción, se dejó caer en una de las tumbonas blancas y cerró los ojos un instante. Era feliz. Feliz. Sin más.
Tenía una casa preciosa, un trabajo que le encantaba y que aún le planteaba desafíos de vez en cuando, una mujer a la que seguía queriendo y dos hijos que no les daban ningún problema, salvo las pequeñeces propias de la edad. Casi daba vergüenza cuando, a su alrededor, la gente perdía su trabajo, tenía que abandonar su casa, los divorcios
estaban a la orden del día y los hijos se convertían, apenas llegados a la prepubertad, en desconocidos maleducados y agresivos.
¡Qué suerte has tenido, Mateo!, se dijo como tantas veces. Y, también como tantas veces, empezó a seguir hacia atrás la cadena de acontecimientos fortuitos que lo había llevado precisamente a ese jardín, a esa casa, a Marta y a los niños. Quince años atrás, él era un joven licenciado en Marketing y Relaciones Públicas que había acudido, con pocas esperanzas, a una entrevista de trabajo en Frankfurt, en una de las mayores compañías discográficas de Europa. Una simple casualidad había hecho que conociera a Suzy Q, que entonces era aún una desconocida, y gracias a que él, por un puro capricho, había aprendido algo de chino durante sus años de universidad, se habían puesto a hablar de sus vidas mientras esperaban a que los recibieran: a él, por lo del puesto en el Departamento de Marketing; a ella, porque, después de haber oído su maqueta, querían
conocerla en persona.
En aquella época, Suzy era una chinita más entre muchos millones de chinitas monas tratando de destacar en la selva caníbal del mundo del espectáculo; aún no se había convertido en la superdiva que era ahora, ni él era su mánager.
Todo había sido pura suerte. Ella apenas sabía inglés; él hablaba chino y alemán; los de la discográfica estaban interesados, pero no tenían intérprete a mano, y él, Mateo, acabó por acompañarla, hablar por ella y ayudarla a fijar las primeras condiciones para una posible grabación. Luego todo se fue encadenando como en el proverbial frutero de cerezas. Incluso Marta, su mujer, fue producto de ese encuentro con Suzy, ya que estaba trabajando en la misma empresa como técnica de sonido, y en cuanto se vieron por primera vez, se gustaron lo bastante como para quedar esa misma noche.
Uno puede tener talento, constancia, ganas de trabajar…, pensó Mateo tomando un largo trago de cerveza, pero sin suerte no llegas a ninguna parte. Y la suerte es algo que no se puede influenciar. La tienes o no la tienes. Y lo cambia todo.
El trazador miraba a su cliente tratando de que no le notara ni lo nervioso que estaba ni la admiración que sentía al verla, casi rayana en la veneración; pero era un profesional, el mejor profesional entre los poquísimos que se dedicaban al trazado, y no podía quedarse con la boca abierta solo porque al otro lado de su mesa de despacho se sentara la gran Suzy Q, la cantante más esplendorosa del universo, vestida totalmente de azul, como era habitual en ella, con los ojos muy maquillados y esos pómulos perfectos, construidos, igual que sus labios, por los mejores cirujanos plásticos. Una mujer frágil y delicada como una pequeña mariposa azul. Él había tenido muchos clientes importantes
y poderosos sentados en ese mismo sillón, pero casi todos habían sido políticos, financieros… gente sin ningún tipo de glamour. Y ahora Suzy Q.
—¿Entonces? ¿Qué me dice? ¿Es posible? —preguntó con esa voz cristalina que había embrujado a todo el planeta y que ahora hablaba solo para él.
El trazador guardó silencio unos segundos disfrutando del momento. No sucedía todos los días que Suzy Q lo necesitara a uno y lo mirara como si de sus habilidades dependiera su vida.
Pero es que así era. Quizá no su vida propiamente dicha, pero sí su felicidad. O lo que ella, en esos momentos, pensaba que era su felicidad.
—¡Vamos, no me haga sufrir! ¿Se puede hacer? —Sus ojos violeta brillaban, húmedos, y su mirada no se apartaba de la de él.
—Se puede —dijo por fin, alargando el momento todo lo que creyó posible.
Ella sonrió esplendorosamente, juntó las palmas de las manos a la altura de la boca y se inclinó de nuevo hacia él.
—Explíquemelo.
—Como sabe, he estado estudiando minuciosamente toda su vida, a partir de los materiales que usted misma puso a mi disposición, todo lo que existe en la red sobre usted (y no se puede hacer una idea del volumen de información que eso representa), todo lo que me han contado, con su autorización, por supuesto, muchas personas de su entorno… Y, considerando que no tiene usted hijos todavía (que, como sabe, siempre son el problema número uno) y que prácticamente todos los profesionales que la rodean son sustituibles, no creo que vayamos a tener dificultades para cambiar esa única circunstancia de la que todo parte. He trazado un nuevo camino, he estudiado las posibles ramificaciones de la nueva decisión y puedo afirmar que, con este nuevo trazado, conseguirá usted librarse limpiamente de su esposo.
Los ojos de Suzy Q destellaron.
—Sin daños para él. Lo odio con toda mi alma, pero no quiero tener que sentirme culpable de haberle causado
daños. Ni estoy dispuesta a mantenerlo toda la vida.
—Sin daños para él…, salvo que nunca será su esposo. La hermosa mujer debía de ser más inteligente de lo que el trazador había supuesto porque comprendió de inmediato el cumplido que acababa de hacerle y volvió a sonreír.
—¿Cree que eso sería un daño? —preguntó, coqueta, ladeando la cabeza.
—A mí me dolería —se arriesgó a decir el trazador.
Ella se rio echando la cabeza hacia atrás, con una risa de cristal que parecía un reflejo de sol sobre el agua de un estanque.
—¿Cuándo empezamos? —preguntó en cuanto la risa se agotó—. ¿Qué tengo que hacer?
—Primero tiene que leer esto y autorizar el nuevo trazado. Quizá no esté de acuerdo con mis conclusiones y quiera cambiar otra decisión, en algún otro punto de su vida. Entonces tendría que volver a calcularla.
Ella pasó la vista con rapidez por el documento que el trazador le tendía.
—Esto normalmente lo lleva Mateo —murmuró casi para sí misma—, pero no quiero que se entere nadie de lo que voy a hacer. Nadie —añadió, mirándolo significativamente, como si dudara de su honestidad.
—Yo ya he firmado la cláusula de confidencialidad, puede estar tranquila, Miss Q. Mi honor está en ello.
—Y su provecho económico.
El trazador se envaró.
—Le aseguro que no es usted mi única cliente, Miss Q. Si ha oído hablar de mí y ha llegado usted a mi oficina, es porque alguno de sus conocidos ha contratado mis
servicios y ha quedado satisfecho, ¿no es así?
Ella hizo un mohín y no contestó. El hombre decidió continuar, a pesar de que de un instante a otro ya no la encontraba tan maravillosa.
—Mire —dijo señalando un punto concreto en un diseño que parecía un gran árbol lleno de ramificaciones—. He llegado a la conclusión de que las circunstancias que la
llevaron a conocer a su actual esposo y a casarse con él tienen su origen en este momento, quince años atrás.
—¿Tanto? Solo llevamos tres de casados. Hace quince es cuando yo llegué a Europa.
—Lo sé, pero observe esto. —Empezó a seguir con un pequeño puntero plateado algunas de las rayas que formaban el dibujo—. Se casaron hace tres años, efectivamente. Pero siga los acontecimientos hacia atrás y verá que si no se hubieran dado estas, estas y estas circunstancias aparentemente sin importancia —el puntero iba señalando momentos de su vida pasada—, no se habrían encontrado juntos y solos en aquel hotel de Hawái cuando la erupción del volcán, y posiblemente no habrían decidido casarse.
»Podríamos intervenir también aquí y aquí, pero, después de estudiarlo minuciosamente, he llegado a una conclusión más simple: como su esposo es cinco años menor que usted, y ambos son aún muy jóvenes, yendo muy atrás podemos estar seguros de que, incluso si le conociera por casualidad en otro momento, no sentiría ningún tipo de atracción por él. Mire, todos estos puntos que he marcado con estrellas son cruces posibles en otros trazados. Considerando que él es también músico, del mismo género y de una categoría profesional quizá no tan alta pero similar a la suya, hay muchísimas ocasiones de que coincidan en el mismo festival, en estudios de grabación, en galas benéficas…, pero siempre se trataría de momentos poco propicios al romanticismo, no como en la catástrofe de Hawái. Aun así, observando sus vidas, parece que están casi destinados a encontrarse y a sentirse atraídos el uno por el otro.
—Pero yo lo odio —interrumpió ella, con vehemencia.
—Sí, ahora sí, en este momento, después de que él la haya engañado repetidas veces con otras mujeres e incluso con algunos hombres.
—¿Cómo sabe usted eso? —La maravillosa boca de Suzy Q se había convertido en una curva invertida, un rictus de tiburón.
—Leo las revistas. Y he hablado con muchos de sus conocidos.
—Discretamente.
—Discretamente, por supuesto. —Hubo una pausa—. Escúcheme, Miss Q, va en contra de mis intereses, pero, ¿por qué no se divorcia, simplemente?
Suzy sacudió la cabeza como una niña empecinada.
—Jamás le daré la satisfacción de verme vencida, de tener que luchar para conservar mi dinero, ya que dice que yo gano mucho más y quiere que lo comparta con él. No quiero pasar por la humillación de un proceso, y los buitres de los fotógrafos y los periodistas. Yo lo que quiero es que desaparezca de mi vida, o más bien que nunca haya estado en ella.
—Comprendo, Miss Q. Entonces está usted en el lugar adecuado.
—Dígame, doctor… —El trazador no tenía ningún doctorado, pero no corrigió a la cantante; casi todos sus clientes se sentían mejor llamándolo así—. ¿Puedo estar segura de que para mí todo seguirá igual? Verá…, he estado pensando… y no acabo de comprenderlo. Si usted cambia una pequeña decisión aparentemente sin importancia que tomé en mi pasado, una decisión de la que, sin embargo, dependen tantas cosas, ¿no es posible que el cambiar aquel detalle haga que no llegue a alcanzar la fama, por ejemplo?
Él le obsequió su sonrisa paternal, esa sonrisa que realmente lo hacía parecer un gran médico, que le daba incluso una cierta aura de divinidad.
—No, Miss Q. No es posible. Sencillamente porque yo me ocupo tan solo de usted y de su vida, dejando de lado todas las demás. Yo cuido de que usted sea feliz, de que sus errores desaparezcan. Lo demás no importa.
—¿Eso… eso quiere decir que es posible que otras personas sufran por lo que vamos a hacer?
El trazador hizo un gesto para quitarle importancia a las palabras de su cliente.
—No voy a mentirle diciéndole que no habrá consecuencias para otras personas de su entorno. Claro que las habrá. Pero la ventaja es que ellos no van a notarlo. Es decir, que, igual que usted cuando entre en el nuevo trazado ya no sabrá que estuvo casada con Baby Jack durante tres años, tampoco ellos sabrán lo que han perdido. Y entre sus amigos y conocidos algunos seguirán ahí y otros habrán desaparecido de su vida cotidiana, pero nadie sabrá que antes fue de otra manera. Todos seguirán viviendo sin tener conciencia de que el día anterior a mi nuevo trazado su vida era diferente. O quizá, los más sensibles de entre ellos, tengan una intuición de que las cosas no son como debieran, que han tenido más suerte de la que esperaban, o bien lo contrario, que no se merecían ese revés que les ha llegado de repente o esa nueva vida que están viviendo que, para ellos, claro, es la de siempre.
Suzy lo miraba con los ojos muy abiertos, esforzándose por creer lo que el hombre le explicaba.
—Escúcheme, Miss Q, siempre ha habido trazadores en el mundo; solo que a veces ni ellos mismos se daban cuenta de su capacidad y no habían aprendido realmente a usarla. Otros, muy pocos, lo hacían conscientemente. Es decir que esos deslizamientos han existido siempre. ¿Nunca ha sentido usted misma, o ha oído comentar a otra persona, que hay momentos en los que uno tiene la sensación de que han cambiado las cosas; que lo que iba a suceder, lo que uno sentía con claridad que estaba a punto de pasar, no ha sucedido; que la línea de su vida ha cambiado como cuando se cambian las agujas del tren en una estación y la locomotora enfila otra vía que no era la que estaba prevista?
Ella asintió despacio mientras él cruzaba mentalmente los dedos para que no le preguntara lo que hasta ese momento solo le había preguntado uno de sus clientes: “¿Y si acude a usted otra persona de cuya nueva decisión depende que MI vida cambie, lo hará?”. No quería mentirle, ni tampoco quería decirle que en la base todo era cuestión
de cuánto estuviera dispuesto a pagar el otro cliente y de lo simpático que le pareciera a él.
Tuvo la suerte de que la inteligencia de Suzy Q, al contrario de lo que había creído poco antes, no estaba a la altura de su voz y su presencia sobre el escenario.
—Es difícil creer que sea usted capaz de hacer cosas así —dijo en voz baja, jugueteando con uno de los muchos colgantes que llevaba al cuello.
—Seguramente por eso ningún gobierno me ha contratado todavía. Porque no creen que sea posible — contestó él en tono de broma para aligerar la situación.
—¿Lo haría? —preguntó ella abriendo mucho los ojos.
—Resultaría casi imposible, Miss Q. Demasiadas variables —mintió él, aunque en su mentira había un punto de verdad. Sí que había muchas variables, pero se podría intentar. De todas formas, él estaba contento con su vida; no pensaba arriesgarse a que todo desapareciera al provocar un cambio a nivel gubernamental.
—¿Entonces? —El trazador sonrió a su cliente, ofreciéndole una pluma de esmalte.
—De acuerdo.
Suzy Q escribió su nombre en el contrato con su letra infantil, redonda y trabajosa. Un minuto después, usando un dispositivo electrónico, hizo una transferencia a la cuenta del trazador. Una transferencia de varios millones.
Mateo Miralles abrió los ojos y por un momento se sintió totalmente desconcertado. No recordaba dónde estaba ni qué hacía allí. Giró la cabeza a un lado y a otro, tratando de orientarse, hasta que, poco a poco, los recuerdos fueron volviendo.
Estaba en el piso que acababa de alquilar, por eso no había reconocido nada al despertar. Era la primera noche que pasaba allí. Se sentó en la cama y encendió un cigarrillo antes de saber si le apetecía. Poder fumar nada más abrir los ojos, aún en la cama, era uno de los pocos placeres que conllevaba estar de nuevo solo.
Carmen se había quedado con el piso, con el niño e incluso con el perro que había elegido y entrenado él; eso era lo que más le dolía. El niño… casi agradecía que se lo hubiera quedado ella. Acababa de entrar en esa fase en la que los hijos quieren demostrar por encima de todo que son más hombres que su padre, y su convivencia se había convertido en un infierno.
Se preguntó, como tantas veces, qué era lo que había hecho mal en la vida para encontrarse ahora, quince años después de su primer trabajo, en esa situación: con una exmujer que lo odiaba, un hijo que lo despreciaba, un empleo que no le daba ninguna satisfacción y un estudio amueblado por donde debían de haber pasado docenas de fracasados como él.
Y sin embargo, quince años atrás, cuando se presentó a aquella entrevista de trabajo en Frankfurt, se sentía dispuesto a comerse el mundo. Sabía que estaba destinado a hacer grandes cosas, a encontrar y conservar esa felicidad que a tanta gente se le negaba. Pero él era especial, él estaba seguro de conseguirlo.
Al principio le había ido bastante bien, le habían dado el trabajo e incluso había estado a punto de participar en la campaña de lanzamiento del primer disco de Suzy Q, pero luego el director había cambiado de opinión y lo habían trasladado a Londres. Allí había conocido a Judith, y aunque durante un tiempo habían sido felices, luego ella tuvo que cambiar de ciudad por asuntos de trabajo y poco a poco la relación se fue enfriando, incluso después de que él hubiera dejado su puesto en la discográfica para irse a vivir con ella e intentar salvar su pareja. No lo consiguió y además tuvo que buscarse otro empleo. Desde entonces no había vuelto a trabajar en el mundo de la música.
Unos años y un par de relaciones después, conoció a Carmen, se casaron y tuvieron al niño. Y ahora estaba en una editorial especializada en libros esotéricos de medio pelo, intentando desesperadamente que las ventas fueran suficientes para justificar su puesto y su sueldo. No tenía ni idea de cuánto le duraría, de cuándo decidirían que podían pasarse sin un jefe de Marketing.
Hizo una inspiración profunda, se obligó a sonreír, aplastó la colilla en el cenicero y se rascó la cabeza en un intento inconsciente de estimular la irrigación de su cerebro. Otros estaban peor. Al menos él aún tenía un trabajo al que acudir por las mañanas, aunque su exmujer y su hijo se quedaran la mitad de lo que ganaba.
La radio se puso en marcha a las siete, como siempre, al principio de las noticias, y la voz del locutor lo sobresaltó por un momento. Baby Jack, el cantante de cara de niño que traía locas a las jovencitas del planeta, había sido hallado muerto, apuñalado, en su chalet de Beverly Hills. Su esposa, la famosa actriz Sherry Donovan, diez años mayor que él, acababa de ser detenida y había confesado haberlo asesinado en un arrebato de celos.
Mateo se levantó con un suspiro. Él, al menos, seguía vivo.
Al salir de la ducha Suzy Q estaba cantando una canción que siempre le había gustado: You Can’t Change Your Luck.
Tenía la sospecha de que era una gran verdad.