
Beatriz García Sánchez
Algo más de mí
La mayoría de los cirujanos del siglo XIX estaban convencidos de que nunca podrían operar dentro de la cabeza de un ser humano vivo. Al menos no con alguna probabilidad de éxito. No puede culpárseles. Ellos trabajaban en unas condiciones que hoy nos pondrían los vellos de punta, rodeados de mugre, en salas repletas de estudiantes y curiosos que se apretujaban a su alrededor, volviendo el ambiente asfixiante y el calor insoportable. Es comprensible que les diera miedo hacerse ilusiones con respecto a sus propias posibilidades, pero, como bien sabes, esa postura fue dejando paso a un optimismo que nos acompañó hasta hace bien poco. De hecho, no acabo de entender por qué dejamos de confiar en nosotros mismos. No es justo que nos hayamos dejado vencer tan fácilmente cuando hasta ahora tampoco lo habíamos hecho tan mal.
Quizás lo que nos convenga sea volver la vista atrás y, con la perspectiva que otorgan siglos de trabajo, compararnos con aquellos a quienes les cosían las tripas sin anestesia o les amputaban extremidades con sierras infectas. Nada que ver con los modernos quirófanos, asépticos y dotados de sistemas de climatización que esterilizan el aire. Si fuésemos capaces de comunicarnos con ellos para explicarles cómo es el mundo ahora, se compadecerían de nosotros al tomarnos por locos. No nos creerían. Nos costaría encontrar la manera de convencerlos de que es cierto, de que ya no hay que extirpar tumores porque, gracias a los dendrímeros, el cáncer es solo un mal recuerdo, como antes lo fueron la difteria y la hepatitis. Tampoco sería sencillo hacerles comprender que las cápsulas con nanoporos facilitaron la vida a los diabéticos, pero que fue la impresión de páncreas artificiales la que erradicó definitivamente la enfermedad. Para que pudieran juzgar la importancia que tuvieron los bacteriófagos como sustitutivos de los antibióticos, primero habría que ponerlos en antecedentes y hablarles de un tal Fleming. Y para que pudieran hacerse una idea de lo que supuso la aplicación de la terapia génica en la estimulación del músculo cardíaco, antes habría que proporcionarles unas nociones básicas sobre marcapasos y sensores piezoeléctricos.
Ellos nos tomarían por locos, pero no podemos caer en el error de tomarlos nosotros a ellos por necios. Les sacamos unos pocos siglos de ventaja; solo eso. Con paciencia suficiente y la evidencia de nuestra parte, terminarían creyéndonos y probablemente superándonos.
Por desgracia, no merece la pena preguntarse qué ocurriría si nosotros pudiésemos volver a siglos pasados, o traerlos a ellos al presente. Tenemos la certeza de que eso no es posible y hemos dejado de soñar con viajes en el tiempo, aunque ahora me pregunto si no será el mismo tipo de certeza que tenían ellos cuando se negaban la posibilidad de soñar con cirugías cerebrales. No hace falta que subrayes que esta es una analogía muy cogida por los pelos. Descuida. Reprimiré en lo sucesivo el impulso de asimilar las inmutables leyes de la física y los misterios de esa masa inestable de tejido nervioso a la que llamamos cerebro. Aunque ahora, más de cien años después de que se llevaran a cabo las primeras mediciones de la constante de estructura fina, sabemos que las leyes de la física podrían no ser las mismas en todos los lugares del universo. Me reprimiré porque no sé más sobre el continuo espaciotemporal que la mayoría de mis contemporáneos. Yo, al contrario que tú, no he consagrado mi vida a desvelar la naturaleza del universo. Nunca mostré especial inclinación por nada que no tuviera relación con la gran cuestión humana, supongo que en gran medida debido a la influencia familiar.
Mi padre se dedicaba a mendigar cerebros; mi madre los congelaba o los conservaba en formaldehído antes de rebanarlos. Los dos trabajaban en un biobanco de tejido humano y los dos sabían mucho sobre la mente humana, cada cual a su manera. Uno tenía un don para las relaciones sociales y encontraba sencillo influir en los demás. Esta habilidad resultaba muy útil cuando se trataba de captar donantes para el biobanco. Así era como se ganaba la vida. La otra era completamente diferente; detestaba el contacto con casi cualquier persona a la que todavía no se le hubiera extraído el encéfalo, por lo que pasaba la mayor parte de su tiempo dentro de la sala blanca del laboratorio. Todo el mundo coincide en que yo me parezco mucho más a ella.
Tengo el convencimiento de que su historia sería mucho más apasionante que la mía. Después de todo, ellos presenciaron muchos de los mayores avances en tecnología médica de toda la historia de la humanidad, pero también el desfallecimiento que los siguió. Su generación fue la primera en nacer con una esperanza de vida superior a los cien años. Cuando cualquier órgano es reemplazable por otro cultivado en un embrión híbrido, muy pocas enfermedades pueden poner realmente en riesgo la vida. Claro que muy pocas no es lo mismo que ninguna, así que el gran anhelo humano siguió siendo una quimera. Porque, si un corazón que deja de latir puede cambiarse por otro ¿qué es lo que impide que un cuerpo viva para siempre? Bueno, esa era una de las cuestiones humanas con las que se fustigaba mi madre, curiosamente quien menos interés tenía en mezclarse con los congéneres a los que estaba intentando dotar de inmortalidad.
Antes de nacer yo, los cuerpos humanos ya podían vivir para siempre. Bueno, tal vez no para siempre, pero sí indefinidamente, que ya es bastante. Lo que pretendían mis padres y otras personas como ellos era conseguir que sus cerebros también lo hicieran. Eso resultó bastante más complicado, aunque el desarrollo de la regeneración celular con grafeno ofrecía expectativas halagüeñas. Si todo salía bien, ya no importaría que el tejido cerebral resultara dañado, porque siempre podría ser reconstituido. Siempre que se actuara a tiempo, claro.
En el biobanco en el que se conocieron se llevaban a cabo investigaciones con prótesis neuronales. Introducían silicio y nanotubos en la materia orgánica con la intención de reproducir artificialmente el proceso de transformación de la memoria a corto plazo en memoria a largo plazo. Era un procedimiento que daba muy buenos resultados en pacientes con demencias, sobre todo en sus fases más tempranas. Estas prótesis, que grababan la actividad eléctrica en una especie de hipocampo sintético, funcionaban como bastones cuando el cerebro empezaba a fallar. Era como contar con dos fuentes de código de memoria. Si la que venía de serie dejaba de ser confiable, se podía echar mano de la artificial. Parecía la gran panacea que llevaban décadas buscando, el ariete con el que traspasaríamos la última frontera.
Sin embargo, había algo que seguía frustrando sus expectativas. Podían parchear un cerebro tanto como fuera necesario para que siguiera siendo funcional. Los pacientes con las demencias y los traumas más severos salían adelante, se manejaban en su vida diaria e incluso eran capaces de aprender y de adquirir nuevas habilidades con más rapidez de lo que nunca antes lo habían hecho, pero eso no impedía que la fuente orgánica siguiera deteriorándose. Algunos investigadores como mi madre estaban convencidos de que eso no supondría un problema. Las posibilidades que ofrecían las fuentes suplementarias eran infinitas, así que, a medida que un cerebro orgánico languidecía, las neuroprótesis iban relevándole en todas las funciones que lo requirieran. Recibían y procesaban la información de los sentidos, se hacían cargo del sistema endocrino, regulaban las emociones del paciente y coordinaban sus movimientos. Lo único que no podían hacer era recuperar los recuerdos de la fuente de código original una vez que estos se deterioraban. El paciente recuperaba la capacidad de generar nuevos recuerdos, pero no podía rescatar los que ya había perdido ni albergar esperanzas de conservar los que hubiera creado antes de implantársele las neuroprótesis.
Se probaron algunas terapias que pretendían rescatar esa memoria a través de la fuente suplementaria antes de que se perdieran irremediablemente junto a la original, pero no resultaron muy eficaces. La memoria episódica no trabaja así. Los recuerdos se deterioraban por mucho que se le insistiera al sujeto en que debía revivirlos una y otra vez para que se salvaran en el implante. Es cierto que al menos podían dar cuenta de dónde habían crecido, de cómo se llamaban sus padres y hasta de quién había sido la primera persona a la que habían besado. Pero no podía decirse que realmente lo recordaran. Solo recordaban habérselo contado a sí mismos una y otra vez antes de olvidarlo.
Las primeras voces que se alzaron en contra de los implantes de neuroprótesis fueron, como siempre, las de algunos grupos de fanáticos religiosos. Nadie les hizo mucho caso hasta que alguien tuvo la ocurrencia de demandar a los laboratorios que desarrollaban aquella tecnología. Se trataba de un tipo convencido de que su mujer ―afectada por una rara especie de demencia de origen vascular― lo había abandonado después de la intervención en la que se le habían colocado las neuroprótesis porque había ido dejando de ser ella misma. Se publicaron multitud de chistes y memes al respecto hasta que otros familiares de pacientes implantados se sumaron a su causa y ganaron el juicio.
Mi madre fue una de las personas llamadas a declarar durante aquel proceso. Muchos de sus colegas de profesión la acusaron de haber sido la responsable del fallo que tanto daño le haría a un proyecto en el que llevaban décadas trabajando. Tenían razón, claro, porque fue su testimonio el que inclinó la balanza de la justicia, pero olvidaron que no mintió en ningún momento.
Ella era consciente, al igual que sus colegas, de que su labor no difería demasiado de la cualquier especialista. Sustituían órganos enfermos condenados a apagarse por otros con una vida útil tan prolongable como se desease. En algunos casos, cuando no quedaba más remedio porque ya no restaba apenas fuente orgánica, había que hacerlo de manera drástica. Les llegaban cascarones vacíos que ni siquiera habrían podido mantener sus constantes vitales durante unas pocas horas más de no haber sido por las prótesis. Otras veces, el curso de los acontecimientos se demoraba un poco más o se dividía en fases más o menos distinguibles, pero el desenlace era siempre el mismo: la fuente original sucumbía irremediablemente y la suplementaria pasaba a desempeñar todas las funciones necesarias para mantener el organismo con vida.
Que el deterioro de la fuente original no guardaba ninguna relación con la introducción de las prótesis fue algo que no se demostró hasta unos cuantos años más tarde, así que mi madre no pudo negar tajantemente esa posibilidad, por remota que fuese, porque no tenía la absoluta certeza de que fuera así. Otros en su lugar habrían obviado ese insignificante resquicio de duda que desaparecería poco después, pero ella no fue capaz. Tampoco lo fue cuando le preguntaron si podía garantizar que los pacientes siguieran siendo ellos mismos una vez que sus fuentes originales morían y todas las funciones pasaban a ser desempeñadas por las suplementarias. De hecho, en un arranque de sinceridad, tuvo la terrible idea de sugerirle al juez que le hiciera esa pregunta a alguien especialista en filosofía y no en neurociencia. No se estaba burlando de nadie, pero esa fue la sensación que transmitió.
Las neuroprótesis no dejaron de emplearse, obviamente, pero aquella sentencia le dio un impulso muy fuerte a quienes se oponían a ellas. A los grupos religiosos se fueron sumando los entusiastas de las terapias no científicas, los tecnófobos y multitud de oportunistas que vieron en aquella batalla un filón por explotar. Las demandas se multiplicaron y el desarrollo de las memorias suplementarias sufrió una notable ralentización. A los retos intelectuales que ya implicaba la investigación, se sumaron los legales y los económicos.
Solo los enfermos desahuciados aceptaban recibir implantes, y aun cuando lo hacían, muchos empezaban a reclamar la posibilidad de estos fueran retirados una vez que sus memorias biológicas se extinguieran. Eso conllevaba necesariamente la muerte del sujeto, pero era la única manera de asegurarse de que nunca dejarían de ser ellos mismos. O lo que sonaba aún peor, que no se convertirían en organismos controlados por láminas de silicio y grafeno.
Pese a lo problemático que era determinar a partir de qué momento podía afirmarse que no quedaba nada de la fuente original, estas cláusulas de confianza se volvieron muy populares. Casi nadie, por muy desesperado que estuviese, pasaba por el quirófano sin firmar antes un contrato en el que se especificase que las neuroprótesis solo se mantendrían activas mientras fuesen la fuente de memoria suplementaria, no la principal, y desde luego nunca la única.
Algunos científicos, entre ellos mi madre, encontraban ridícula esa condición. Las personas cambian a lo largo de la vida. Los recuerdos, las ideas y las capacidades de una persona no permanecían inmutables, sino que desaparecían, cambiaban, se enriquecían o deterioraban de forma natural. Incluso las creencias lo hacían. Unas dejaban paso a otras con más facilidad de lo que la gente se figuraba. La cuestión de la personalidad era un poco más compleja y abría la puerta a debates interminables que, según la opinión de mi madre, eran irrelevantes porque, en sus propias palabras, «¿quién no preferiría estar vivo a seguir cayéndole bien al vecino?».
Debo advertir que yo todavía no había nacido cuando tuvo lugar toda esta polémica, pero no me cuesta demasiado imaginarme a mi padre ―al que se le daba mejor tratar con la gente― agachando la cabeza y cubriéndose la cara con la palma de la mano abierta después de escuchar afirmaciones como aquella. Tampoco había nacido cuando se patentaron las fuentes de memoria supletorias fetales y aun así no tengo una. No sabría decir si eso me ha beneficiado más de lo que me ha perjudicado a lo largo de mi irrelevante vida. Mis padres debieron hacerse la misma pregunta en su día.
Lo que se pretendía con las memorias supletorias fetales ―neuroprótesis que se injertaban antes del parto― era finiquitar la controversia acerca de si un paciente podía seguir siendo considerado la misma persona después de que su fuente de memoria biológica hubiera quedado inservible y la artificial se hubiera hecho cargo de todas las funciones cerebrales. En realidad, era como contratar una especie de seguro de vida. La neuroprótesis comenzaba a funcionar como fuente de código de memoria desde el mismo momento del nacimiento, así que ya no tendría sentido cuestionarse qué ocurría con la conciencia humana tras la pérdida de los recuerdos de la fuente biológica. Las dos fuentes creaban código al mismo tiempo y merced a las mismas vivencias, modelando así la personalidad del sujeto desde su infancia como si fueran una sola. Sin una fuente principal y otra secundaria, no habría razón por la que debiese advertirse modificación alguna de la conducta una vez que la parte orgánica empezase a fallar. Colocar las neuroprótesis al nascitūrus, a quien iba a nacer, en verdad carecía de relevancia médica. Se hacía más bien para evitar disputas legales posteriores y debates bizantinos. La fuente sintética no solo formaría parte del individuo desde el mismo instante de su nacimiento, sino antes incluso. Nadie recuerda de modo natural su propio nacimiento, ni tampoco su primer cambio de pañal ni el sabor de su primera papilla, pero así no se podría alegar que el receptor perdía una parte significativa de sí mismo junto con la memoria biológica.
Prácticamente todo eran ventajas, porque, además, los primeros ensayos apuntaban a que los receptores tempranos de estos implantes se beneficiarían de ellos desde el mismo instante en que se activasen y no solo en caso de perder sus fuentes originales. Contar con una fuente generadora de código tan potente abría posibilidades infinitas para la humanidad y zanjaría, de una vez, controversias absurdas.
Parecía que a los grupos que se oponían a las neuroprótesis se les iban a acabar los argumentos. Pero solo lo parecía. El primero que encontraron para mantener su postura fue que no se trataba de una tecnología accesible para toda la humanidad, y eso no era algo fácil de rebatir. El coste de la cirugía fetal y de los implantes era todavía demasiado alto. Muy pocos sistemas sanitarios los cubrían para la totalidad de la población, así que solo los más privilegiados podían permitírselos.
Mi padre encontraba que no era un argumento en absoluto desdeñable. Desde su punto de vista, las desigualdades ya eran suficientemente graves sin necesidad de acrecentarlas más. No es que mi madre no tuviese conciencia social, pero estaba demasiado ocupada intentando dar con la manera de abaratar los costes de producción de los implantes como para prestar atención a aquellas quejas. Supongo que los dos se debieron sentir muy aliviados cuando se aprobó la comercialización de los materiales biocompatibles de quinta generación. Aquello redujo drásticamente el precio de las neuroprótesis, a la vez que multiplicó las posibilidades de éxito de las intervenciones quirúrgicas.
No puede decirse que las reticencias se esfumasen así como así. Fueron muy pocas las familias que decidieron dotar a sus retoños de estos avances, pero enseguida quedó claro que aquellos niños no iban a ser como los demás. No era lo pretendido, aunque tampoco sorprendió a nadie que, antes siquiera de llegar al jardín de infancia, aquellos mocosos superasen a sus hermanos mayores. No tardaron demasiado en dejar también atrás a sus propios padres y a sus maestros. Hubo quien se entregó a una euforia un tanto excesiva y quien habló de singularidades y saltos evolutivos. También hubo quienes trataron de quitarle hierro al asunto poniendo en tela de juicio la validez de los estudios clínicos. Y hubo quienes sintieron miedo y envidia. Esos fueron la mayoría, especialmente cuando las tomografías confirmaron lo que ya se venía sospechando desde hacía tiempo: la actividad de las fuentes biológicas en estos niños era meramente residual, ya que las neuroprótesis se bastaban para hacer todo el trabajo.
Deberían haber esperado a escucharlos a ellos cuando llegaran a la madurez, pero nadie lo hizo. Los que abrazaban el optimismo más incondicionalmente desoían las objeciones de quienes no lo compartían. ¿Qué más daba que la fuente original fuese prescindible si ya no era la principal? Todos los recuerdos que definían el comportamiento del sujeto se preservarían gracias a la fuente sintética, así que ese resto orgánico y gelatinoso que ocupaba la mayor parte de la cavidad craneal era tan prescindible como un uñero. Ese fue exactamente el símil al que recurrió mi madre para tratar de convencer a la opinión pública de que aquello solo podía conllevar ventajas para la especie humana. Comparó el cerebro con una infección de las cutículas. Tú la conociste. Era una buena persona. Te salvó la vida, a ti y a otros como tú, pero nunca fue buena intentando persuadir a nadie para que abrazara su causa.
Lo que unos veían como la demostración definitiva de que había esperanza, para los otros era el signo más evidente del horror que estaba por llegar. Cuando las posturas son tan opuestas, no hay posibilidad alguna de llegar a un acuerdo intermedio que las reconcilie. Una de las dos partes suele erigirse vencedora y la otra debe asumir su derrota después del berrinche, aunque lo más habitual es que todas acaben perdiendo.
A mis padres les tocó perder. Y ocurrió en el peor momento imaginable. Las buenas perspectivas les habían hecho tomar la decisión de gestar uno de los embriones que conservaban en nitrógeno líquido desde hacía décadas. Confiaban en estar, al fin, en disposición de poder traer al mundo a una criatura con alguna posibilidad real de perdurabilidad. Nunca lo habrían hecho de no haber sido así. Por eso se llegaron a cuestionar qué sentido tenía llevar adelante el embarazo cuando se ordenó la suspensión de las intervenciones fetales hasta que se resolviera definitivamente la controversia.
Podrían haberlo hecho de todas formas. Podrían haberme puesto las neuroprótesis. Contaban con los conocimientos, los medios y los contactos necesarios, pero habría sido prácticamente imposible que no se descubriese tarde o temprano y ninguno de los dos se atrevió a dar el paso. Creo que nunca dejaron de preguntarse si hicieron o no lo correcto, porque la prohibición se levantó solo un par de meses después de nacer yo. Claro que fue a un precio muy alto que quizás no hubiesen estado dispuestos a hacerme pagar.
Antes dije que, cuando las posturas son tan opuestas, es imposible dejar satisfecho a todo el mundo. Lo que no es difícil es dejar insatisfechos a todos. Y eso fue lo que sucedió. Los que defendían la necesidad de prohibir las neuroprótesis se sintieron contrariados porque los gobiernos dejaron la decisión final en manos de los propios sujetos o de sus familias. Los que confiaban en ellas como la llave que nos conduciría a la inmortalidad vieron sus esperanzas echadas a perder cuando se hizo público que, a partir de entonces, para que a cualquier individuo pudiera reconocérsele personalidad jurídica, sería un requisito indispensable que su fuente de memoria principal fuese biológica.
Han pasado años y la polémica acerca de esta cuestión sigue levantando sarpullidos. Los porcentajes necesarios para ostentar los derechos más básicos se han ido modificando a lo largo de ese tiempo. También lo han hecho las fórmulas de cuantificación y los procedimientos aceptados como válidos; aspectos sin importancia que sirven para mantener a todos los contendientes distraídos sin tener que volver a abrir la caja de los truenos.
A día de hoy casi nadie se arriesga a implantarse una neuroprótesis suficientemente potente como para que pueda llegar a hacerse cargo de demasiadas funciones cerebrales. Los casos en los que se recurre a la cirugía fetal son aún más raros, aunque existen algunos, claro. Están aquellos niños prodigiosos de la primera generación. Los que siguen vivos son un poco mayores que yo, pero parecen mucho más jóvenes. A ellos se les aplicó la resolución con efecto retroactivo, así que la única opción que les quedó a los que no quisieron perder su estatus fue desactivar su fuente sintética. Ninguno lo hizo. Habría sido el equivalente a un suicidio cerebral. También ha habido casos de activistas que sí se atrevieron a colocar las neuroprótesis a sus hijos antes del nacimiento o poco después. Muchos lo hicieron con la esperanza de que la resolución fuese derogada en cuanto los gobernantes recuperaran la razón. No se trataba de recuperar la razón, sino de política. Y la política, paradójicamente, no atiende a razones.
Otros ya daban por sentado que sus hijos nunca serían considerados seres humanos de pleno derecho, pero lo prefirieron con tal de ofrecerles una oportunidad de vivir tanto como deseasen. Los medios fueron dejando de prestar atención a aquellas pocas familias de disidentes. Se les tenía por casos perdidos que había mutilado a sus hijos sin pensar en las consecuencias. Para la mayor parte de la opinión pública, lo que hacían era sacrificar a bebés inocentes para cederle su cuerpo a algo que no era ni remotamente humano. Se les podía odiar, pero no quedaba demasiado espacio para el drama. En ese sentido, daban mucho más juego las historias de niños con daños cerebrales demasiado severos como para que sus progenitores no se plantearan la posibilidad de darles una segunda oportunidad gracias a las neuroprótesis. A esos padres no se les podía odiar sin más; antes había que compadecerse de ellos. Los que serían sus hijos, esas criaturas que habitaban una carne que no les pertenecía, una piel con la que no habían nacido, sí podían ser objeto del desprecio más frenético.
Nunca se me escapó que, más que miedo, lo que inspirabais era resentimiento, porque nuestros ojos lucen apagados frente al destello inteligente de los vuestros, nuestras palabras suenan zafias frente a la sofisticación de vuestro lenguaje y nuestra insolencia resulta grotesca frente a vuestra elegante serenidad. Cada latido de tu corazón, cada inhalación, cada pestañeo, nos recuerda que nosotros tendremos que irnos tarde o temprano, y lo haremos como lo han hecho casi todos los seres humanos desde el principio de nuestra historia: con dolor, aferrándonos indignamente a una vida para la que no hemos sido concebidos y que se nos escurre entre los dedos. Nosotros nos iremos, pero vosotros seguiréis aquí, y llegará el día en el que esta vida sea vuestra vida y este mundo sea vuestro mundo.
Mis padres murieron, como sigue haciéndolo todo el mundo antes o después, pero antes tuvieron la oportunidad de poner su grano de arena para cruzar la que, desde hacía décadas, se había convertido en la última frontera. A veces creo que, de no haber sido ellos mismos víctimas de una clase parecida de resentimiento, sí se habrían atrevido a darme la oportunidad de ser como vosotros. A veces creo que es lo que deberían haber hecho. A veces me sonrío cuando pienso en lo mucho que se parece mi vida a la suya, porque yo también hallé el consuelo de la compañía donde menos se esperaba que lo hiciese. Resulta curioso que sea precisamente ese consuelo el que me empuje a no conformarme. Por desgracia, ese consuelo se ha convertido también en el recuerdo doloroso de lo que podría haber sido y no fui.
Me ilusiono con la fantasía de que, a lo mejor, todavía no es tarde para mí. Tengo derecho a hacerlo. También tengo la necesidad, como todos los seres conscientes de su propia intranscendencia. Imagino que alguien retoma esta vía que hemos dado por muerta y encuentra la manera de poner a salvo nuestra frágil memoria humana, pero luego caigo en la cuenta de que ya han quedado atrás los tiempos de los héroes solitarios. Quiero confiar en el futuro, pero no puedo hacerlo si quienes han de guiarnos son muchos, pero están todos heridos de muerte por el odio y el rencor.
Vosotros no tenéis miedo. Vosotros, impecables en medio de la barbarie, esperáis imperturbables, sin prisa, conscientes de que el tiempo juega en nuestra contra. En vuestro favor. Mientras tanto, tomáis nota de nuestros errores, no para hacernos pagar por ellos cuando llegue el momento, sino para evitar repetirlos. Al menos eso es lo que me respondes cuando te pregunto, pero se me antoja una respuesta simple y condescendiente, como la que le daría un adulto a un niño demasiado pequeño para comprender la verdad indubitable, clara y sin tergiversación. Me miras con ternura y me vuelvo tan vulnerable como la más débil de las criaturas, como le ocurre a cualquiera que haya amado y haya sentido el gozo de ser amado. Luego estudio con detenimiento el destello en tu mirada y reprimo el impulso de volver a preguntar. Prefiero no pensar en ello, porque cuando lo hago viene a mi mente gelatinosa la imagen patética de un simio tratando de resolver una ecuación y me lleva días dejar de darle vueltas al enigma de qué puedo ofrecerle yo a alguien como tú. A algo como tú.
Yo sí tengo miedo, pero no de vosotros, sino de lo que pueda resultar de mis propias elecciones. En mi caso, al contrario que en el tuyo, nadie puede decidir por mí. Mis padres ya no están y tu voluntad no tiene validez en nuestro mundo. Por fortuna, tengo edad más que suficiente como para comprender que yo ―eso que he sido y lo que ahora mismo soy― carezco de porvenir. Si hay algo de mí que pueda salvarse, tendrá que ser lo que esté por llegar, y para apostar por ese fragmento de incertidumbre debo aceptar que el resto ―la memoria del tiempo que fue y la conciencia del que está siendo― se apagará.
Lo bueno es que no sentiré alteración alguna. Mi fuente de memoria original dejará de funcionar algún día. Puede que lo haga de repente, por culpa de algún traumatismo o de algún accidente, o puede que vaya secándose poco a poco. Espero que falte bastante para que llegue ese día, porque confío en que así habrá algo más de mí en lo que sobreviva gracias a la nueva fuente. Esa parte mía que me sobreviva no compartirá los recuerdos que ahora mismo atesoro, ni tampoco los que ya he perdido por el camino. Podrá situar en un mapa la ciudad en la que nací, conocerá los nombres de mis padres y procuraré revivir una y otra vez lo que sentí la primera vez que te di un beso para no perderlo del todo, pero nunca podrá recordarlo, porque todavía no estaba ahí cuando ocurrió.
Y sin embargo confío en esa parte de mí que me sobrevivirá, porque será más parecida a ti y a los que son como tú. No sentirá odio ni rencor, aunque ahora, gracias a ti, sé que podrá desarrollar otras emociones más nobles. Confío, también, en que, al nacer de mí, siga amándote y merezca tu amor. Soy optimista. No hay ninguna razón para no serlo, porque llegará el día en el que esta vida sea vuestra vida y este mundo sea vuestro mundo.
Nuestra vida. Nuestro mundo.