Dirk Strasser
Conquista

«Porque mis hombres sufren de una enfermedad que solo cura el oro.»

Hernán Cortés

«Aunque las nieves de los Andes se tornaran oro, no tendrían suficiente.»

Manco Inca

Lo que sigue es la primera traducción al inglés de cuatro fragmentos, que parecen formar parte de una crónica mucho más extensa, que han salido a la luz en un archivo del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, de Lima. Cristóbal de Varga es un personaje histórico contrastado, primo lejano de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro y que, a diferencia de Pizarro y de muchos otros conquistadores de su época, era hombre de letras. Es precisamente su

soltura con las palabras la que da credibilidad a los que afirman que estos fragmentos, y la obra de la que derivan, no son más que invenciones febriles de un hombre frustrado por la falta de éxito durante una era en la que otros labraban su fortuna.

Nota del traductor

La víspera del Domingo de Trinidad del año de Nuestro Señor 1542, yo, Cristóbal de Varga, humilde servidor de Su Majestad Imperial Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano, conduje a mis cuatrocientos conquistadores a través de la entrada a un mundo nuevo. He decido escribir sobre las maravillas de este mundo que se encuentra más allá de Nueva España con la esperanza de que otros que también descubran la entrada que se encuentra en las montañas de Perú lo hagan con el conocimiento pleno del que les participo. Solamente de esta manera los que nos sigan serán capaces de finalizar lo que nosotros hemos comenzado para mayor gloria de Nuestro Señor y del Imperio sobre el que nunca se pone el sol.

Permítidme primero que os hable del momento en que cruzamos a este mundo nuevo y hermoso, cuya extrañeza sobrepasa incluso la de Nueva España. Supimos de inmediato que el aire mismo había conspirado para cambiar mientras instábamos a los caballos y los perros a cruzar la cortina resplandeciente que pendía del cielo, formando pliegues verticales, como finas láminas de nieve que atravesaban aquel desfiladero estrecho. Todos percibimos la sensación de que el intenso y familiar frío andino se teñía de un amargor insólito que, por unos segundos, se nos clavó hasta la médula. Luego, en un instante, pareció que habíamos entrado en un paraje sobre el que brillaba un sol distinto, pues el cielo se había tornado de un color rojo muy intenso. Y, aunque las mismas montañas se alzaban a nuestro alrededor, las nieves habían abandonado las cimas, como si hubiera transcurrido una estación de manera repentina, y de las cumbres y fisuras remotas surgían humo y chispas y centellas brillantes.

A medida que, en fila de a uno, emergían de la entrada mis jinetes, infantes y ballesteros, desde el punto de los que ya nos encontrábamos en este mundo extraño, parecía que todos estos hombres aparecieran milagrosamente de la nada. Una vez la habíamos atravesado, no podía verse cortinaje blanco de tipo alguno, y cabeza tras cabeza sin cuerpo de caballo parecía flotar brevemente, antes de que se le uniera el cuerpo. Y fue por buena la razón que aquel mismo día bautizamos a esta cortina «entrada»,  pues una vez la hubimos atravesado, no pudimos regresar. Cuando el último de mis hombres y caballos emergió, quise hacer un reconocimiento desde los Andes de Nueva España, a fin de explorar la naturaleza de lo que percibía como un portal, pero no pude sino descubrir que no se trataba de tal portal, sino de una entrada de dirección única.

Aquellos que escuchéis mi historia podéis creer que en aquel momento un gran temor penetró en los corazones de estos humildes servidores del Imperio. Mas yo, Cristóbal de Varga, debo de deciros que los que creéis esto desconocéis el verdadero corazón de un conquistador. Nuestros corazones sienten miedo, pues solo un necio negaría una de las emociones más humanas, pero el corazón de un conquistador pulirá este miedo y lo convertirá en acción. Fue el corazón del conquistador el que llevó a mi compatriota Hernán Cortés a destruir su propia armada y a derrotar los sacrificios inicuos de los aztecas Manco Inca con una compañía menor aún que la que tenía a mi mando. Y era el corazón del conquistador el que ahora nos impulsaba, por la gloria de Dios, a salir al encuentro de lo desconocido y lo asombroso, en lugar de intentar huir de ello.

Siguiendo instrucciones mía, mi capitán más leal, Luis Velásquez, plantó la enseña de la Cruz de Borgoña en el duro suelo y declaré esta tierra, en el nombre del Emperador, Virreinato de Nueva España, y reclamé en nombre de Su Majestad Carlos I una quinta parte del oro que hallara durante la expedición. Los carpinteros fabricaron una gran cruz y la emplazamos en el punto en que la entrada nos había conducido a este nuevo mundo. Nuestro sacerdote, el padre Bartolomé Núñez, bendijo el lugar, aunque temía que pudiera ser obra del diablo, y comenzamos la expedición hacia lo desconocido, con la intención de adentrarnos en esta tierra extraña.

Al tercer día nos asaltó un grupo de enanos con cascos altos, hombres menudos y robustos, de barbas descuidadas y mirada torva. Nos atacaron con horcas de tres puntas, lanzas de un acero oscuro y resplandecientes que eran capaz de penetrar nuestras corazas y, de no ser por su evidente temor para con nuestras monturas y el mordisco de nuestros mosquetes, nuestra historia podía haber terminado con aquel primer encuentro. Peleamos con este nuevo atacante, totalmente distinto a los indios de Nueva España, con furia y pericia, y logramos capturar a uno antes de que los que quedaron vivos huyeran al interior de las fisuras humeantes de la montaña, de las cuales habían surgido.

El enano cautivo al principio no quería hablar, no lanzando más que miradas y silencio, parapetado detrás de su barba, y el padre Núñez expresó temor de que él y su gente fueran demonios. Le imploré, en el nombre de Nuestro Señor, que solamente queríamos paz, y le ofrecimos a este pequeño hombre tortas de maíz, panceta y abalorios en señal de buena voluntad. Cuando finalmente accedió a comer, comenzó a hablar con el tono de un perro que gruñe. Los traductores incas que viajaban con la compañía dijeron que la lengua no era quechua ni aimara, ni nada relacionado con aquellaas dos lenguas incas. Entonces comprendimos que realmente estábamos en un nuevo mundo, más allá del Nuevo Mundo.

Examiné el casco emplumado del enano y, para mi alegría, vi que tenía incrustaciones de lo que parecía ser oro de la mayor calidad. Lo sostuve ante él, diciendo: «Oro, oro», con la esperanza de que entendiera la palabra española para el oro. Pareció entenderme casi de inmediato, pero me giró la cara y rehusó mirarme a los ojos. Interpreté que sabía qué buscábamos, y que conocía su valor. A partir de ese momento estuve seguro de que habíamos encontrado una fuente de oro que superaría la riqueza que había hallado Pizarro en la capital inca de Cuzco.

Nos llevamos al enano, que más tarde averiguaríamos se llamaba Halín, con nosotros al reemprender la expedición. Aunque aprendía español rápidamente, nunca perdió el miedo hacia los caballos y los perros, y se negaba a marchar a su lado. Lo tratamos bien, con la esperanza de ganarnos su confianza y que pudiera ayudarnos en nuestra empresa pero, aunque en ocasiones hablamos libremente, mantuvo una actitud arisca y se negaba a hablar del oro.

Tenía mucho interés en descubrir quién gobernaba este territorio, al que llamamos simplemente Nueva Tierra, y si contenía grandes ciudades y reyes poderosos. Halín hablaba de los reyes como si fueran cosa del pasado, y se mostraba receloso cuando le hablaba de Su Majestad. El enano nos hablo de los dos pueblos de Nueva Tierra, empleando las palabras españolas para referirse a ellos, pues observaba la superstición pagana de que los nombres verdaderos no debían divulgarse. Los enanos, como él, construían sus hogares en las laderas de las montañas, en valles ocultos o en las profundidades de la tierra. Los otros pueblos, los duendes, eran más altos que los españoles y estaban hechos, en palabras de Halín, «de alas y luz». Las dos razas parecían encontrarse en un estado de conflicto permanente sin resolución, aunque en los últimos tiempos se encontraban en una especie de tregua de condiciones vagamente definidas.

Durante mis conversaciones con Halín, traté de descubrir el origen del conflicto entre enanos y duendes, pues sabía que podría utilizarlo a favor nuestro. Había aprendido las lecciones de Cortés y Pizarro, y cada día intentaba sonsacarle información que pudiera emplear, pero Halín hablaba como si las palabras fueran moneda y no deseaba pagar más de la cuenta. El padre Bartolomé Núñez le habló a Halín de la necesidad de someterse a la voluntad de dios, y de aceptar la compasión de Cristo nuestro Señor, y abandonar los ídolos que adoraba. Aunque Halín mostró interés en las palabras del padre, no las dio por ciertas, y manifestó que él no adoraba ídolo alguno.

Durante el vigésimo día bajo el sol rojo oscuro de Nueva Tierra, nos adentramos en un valle de cuestas empinadas y, cuando empezaba a caer la noche, nos vimos rodeados de repente, en ambas laderas, por las llamas de diez mil antorchas. En medio del silencio temeroso que nos embargó, escuchamos el estruendo de un único tambor. Aunque nuestro coraje estaba más allá de toda duda, comenzamos a temblar ante el sonido de aquel lúgubre redoble en aquel valle, lejos de Nueva España. Los caballos retrocedieron y llenaron con su aliento el frío ocaso, mientras que los perros se encogieron y gimotearon como cachorros.

Desenvainamos las espadas y cargamos mosquetes y ballestas. Di orden de que los cañones tuvieran lista la carga de pólvora, mientras el tambor sonaba bajo aquel cielo amenazador. Le ordené a Halín que gritara un mensaje de paz hacia lo que, al resplandor de las antorchas, podíamos ver ya que se trataba de un ejército de su pueblo, totalmente acorazado y blandiendo las brillantes horcas de tres puntas. El eco de su voz resonó por todo el valle pero, aunque él había aprendido español con rapidez, ninguno de nosotros conocía la lengua enana y no podíamos estar seguros de cuál era el contenido del mensaje.

—Quieres que regreséis a vuestras tierras —tradujo Halin, una vez nos llegó respuesta desde la oscuridad

Respondí que traíamos saludos de nuestro rey y que tan solo deseábamos presentar nuestros respetos a sus líderes, y comerciar con su oro. Ofrecí regalos y honor a una delegación de enanos que se prestara a discutir nuestra presencia en sus tierras.

Conforme la noche avanzaba en negrura, el tamborileo cesó finalmente y varias de las luces que habían en la cuesta este comenzaron a moverse en nuestra dirección. La delegación enana insistió en reunirse lejos de nuestros caballos y perros. Su líder, Tagón, cuyo rostro estaba casi totalmente cubierto por una poblada barba, portaba un casco puntiagudo que destacaba por encima de los de los demás, y empuñaba una horca de tres puntas que tenía el doble de su altura.

Tras proclamar ambos, gracias a la intercesión de Halin, ser personas de honor, volví a hablar de la amistad de un rey poderoso y lejano, y de nuestro deseo de comerciar por su oro. Tagón dijo que había pocas cosas que su pueblo apreciara más que el oro, y que si lo buscábamos, en sus tierras no podíamos esperar más que conflicto. Comprendí entonces, mientras observaba hablar a este enano de ojos enloquecidos, que si queríamos llevar a cabo nuestra misión no nos quedaba otra opción que tomar el oro de este mundo por la fuerza, arrancándolo de las codiciosas manos de los enanos. Esta conclusión no me produjo placer alguno, más allá del que trae la certidumbre, pues no soy un salvaje sin civilizar y mis únicas motivaciones eran la gloria de España y la de Nuestro Señor.

Entonces el padre Núñez se aproximó a Tagón, con un crucifijo en una mano y una biblia en la otra, y dijo que los enanos debían someterse a la Palabra de Dios en ella escrita y renunciar a sus dioses. El interprete Halín dijo que intentaría comunicarle el sentido de las palabras del padre a Tagón, pero que las palabra “Dios” y “dioses” no tenían correspondencia exacta en su lengua. El padre Nuñez puso las Sagradas Escrituras en las manos de Tagón, y le exigió arrepentirse de sus pecados y declarar su amor por Nuestro Señor. Tagón abrió la biblia y, a la luz de las antorchas, paso los ojos entornados por varias páginas. Declaró que estas palabras no le decían nada y le ofreció el libro al padre de vuelta. Cuando el padre Nuñez rehusó aceptar esta devolución y, en lugar de eso, clavó la mirada fijamente en los ojos del enano, ambos se quedaron quietos, en lo que parecía un combate mortal e inmóvil, hasta que finalmente Tagón soltó la biblia y dejó que callera al suelo.

El padre Nuñez declaró que los enanos eran demonios, tal como sospechaba, y que no podían salvarse. No me quedaba otra alternativa que ordenar la captura inmediata de la delegación. Afortunadamente los enanos no esperaban que rompiéramos las reglas de nuestra reunión, y su lenta reacción a nuestro ataque hizo posible evitar más derramamiento de sangre.

En un intento de evitar una batalla encarnizada, di orden a mi leal capitán, Luis Velásquez, de disparar una bala de cañón contra una loma desnuda que se encontraba a la entrada del valle, como demostración de fuerza. Un rugido atronador reverberó por todo el valle, y el olor acre de la pólvora impregnó el aire. A través de Halín, les ofrecí la paz y conminé a los enanos a someterse a nuestro rey.

Que no haya duda de que temíamos ser aniquilados, pues por cada noble conquistador había cien enanos, tridente en mano en las cuestas que, a este y oeste, se alzaban sobre nosotros. Yo mismo temblaba cual infante y a duras penas podía sostener la ballesta. Más teníamos la certeza depositada en Nuestro Señor y la firme convicción de que llevábamos a cabo Su voluntad.

De tal modo, cuando el tambor solitario reemprendió su compás lúgubre y resonante, supimos que nuestras vidas estaban en manos de Dios. Ofrecimos nuestras plegarias al Todopoderoso mientras las luces de los enanos comenzaban a concentrarse cuesta abajo, en dirección nuestra, y sus temibles gritos de guerra se nos clavaban en el corazón como cuchillos dentados.

Los ballesteros alcanzaron objetivos sin número, pero fueron los mosquetes los que nos dieron ventaja tras el ataque inicial. Claramente los enanos no sabían cómo defenderse de las armas de fuego, y estas destrozaron sus primeras filas, lo que dificultaba a avanzar a los que venían detrás. Los cañones sembraron un caos atronador entre las apretadas bandas de enanos, aunque la ventaja de la artillería se redujo a medida que los enanos cerraban la distancia.

Una vez llegaron los primeros enanos hasta nuestra posición, nuestra ventaja se redujo considerablemente. Luchaban con la furia y la fuerza de los demonios que ahora creíamos que eran, y blandían las horcas afiladas en fuertes brazos con una determinación brutal. Su armadura estaba a la par que la nuestra en resistencia, y tuvimos que recurrir a lanzar estocadas a las partes de la cara que sus cascos dejaban expuestas, e intentar herirles las piernas. De no ser por los perros y los caballos, no hubiéramos resistido aquel primer embate de la batalla cuerpo a cuerpo. Aquellos enanos que tan valientes parecían contra nosotros, temblaban a la vista de los perros de guerra. Y las monturas permitían a la caballería cargar y retirarse una vez tras otra; una táctica que destruía cualquier ritmo que los enanos pudieran imprimir a la batalla.

Aunque, gracias sean dadas a Dios, nos defendimos con pericia y valentía de aquella arremetida inicial, nos vimos tan sobrepasados en número que no pudimos lanzar un contraataque, por temor a dejar nuestras defensas desguarnecidas, y nos vimos obligados a defendernos desde una posición descubierta en mitad del valle. Conforme crecían las bajas de los atacantes, nos dimos cuenta de que les habíamos tomado la medida y adquirimos confianza en la labor de nuestro acero. Aunque estos pequeños hombres eran tan bravos como cualquier otro soldado con el que me hubiera cruzado, estaba claro que no eran capaces de cambiar de táctica a medio combate, de manera que rechazamos el ataque antes del alba, pero estábamos demasiado agotados para dar caza a los enanos que se retiraron del valle llevándose sus muertos consigo.

Enterramos a nuestros muertos y restañamos nuestras heridas, y la de nuestros caballos, con la grasa de los enanos caídos que no se habían llevado, ya que nuestros suministros médicos eran limitados y temíamos que la campaña podía ser larga. Perdimos veinticuatro hombres buenos y dos perros durante el ataque, pero las bajas de los enanos eran difíciles de estimar. Después de que el padre Nuñez celebrara sacramentos para los camaradas caídos y levantáramos una cruz, rezamos pidiendo fuerzas para continuar. Junto con Luis Velásquez y mis demás capitanes, hablé con Tagón, el líder capturado, quien nos aseguró a través de Halín que sus compatriotas no firmarían paz alguna sin continuábamos marchando por sus tierras, que aprenderían de las derrotas y volverían a atacar. Al principio me tome esto simplemente como el orgullo de un líder capturado, pero Halín confirmó que eran un pueblo tozudo que se aferraba a un curso de acción, aunque este resultara en el sinsentido más horrible.

Tres de los capitanes aconsejaron que debiéramos buscar una manera que regresar a Nueva España pero accedieron cuando argumenté que todavía no sabíamos nada de los otros habitantes de esta tierra, los duendes, y que aliarse con ellos era la manera. Interrogué a Tagón al respecto de esta gente alta que Halín había descrito como “de alas y luz”. Me informó que vivían en las regiones que se encontraban más allá de estas montañas y de que, a diferencia de su pueblo, cambiaban de opinión constantemente y no se podía confiar en ellos. Le pregunté si poseían objetos de oro labrado, y dijo que tenían muchos objetos así, y que los valoraban por su poder espiritual más que por el oro en sí. Le hablé de la grandeza de Dios Nuestro Señor, pero la única palabra que pudo encontrar en su lengua para dios se acercaba más a la palabra española mago, o hechicero.

Abandonamos el valle el día siguiente, pues temíamos que volvieran a rodearnos en las cuestas este y oeste. Cuanto más hablaba con Tagón, que tenía ganas de aprender sobre nuestra gente y nuestro Dios, más percibía en él un espíritu afín. Sentía que solamente tenía que explicarle completamente nuestras creencias para que consintiera a ser bautizado en el nombre de Nuestro Señor. El padre Núñez se mantuvo suspicaz, pues afirmaba que los enanos eran demonios incapaces de aceptar a Cristo como su Salvador, y que Tagón solo pretendía descubrir flaquezas al preguntar por nuestras costumbres y creencias.

El día cuadragésimo tercero bajo las cimas humeantes y cielos rojo sangre, mientras cruzábamos un paso elevado y estrecho, los enanos volvieron a atacar, tal como Tagón había dicho. Habíamos permanecido comiendo y durmiendo con las armas listas, sin quitarnos la armadura en anticipación de otro ataque, mas nada podía habernos preparado para el  número y la furia que encontramos. Tal como nos habían avisado, habían aprendido de nuestro primer encuentro, y habían escogido un campo de batalla en el que resultábamos más vulnerables y limitaba la ventaja de los caballos. Los vientos de la montaña nos azotaban al tiempo que los enanos ascendían en tropel por las laderas, entre grandes gritos de guerra y blandiendo sus horcas. Esta vez se empeñaron con tozudez en derribar los caballos y los atacaron con furia, e hirieron de muerte a varios de ellos antes de que pudiéramos adentrarlos dentro de nuestra formación para protegerlos. Al perder esta ventaja, y aunque los perros continuaban defendiéndonos ferozmente, la contienda se convirtió en un combate de acero contra acero, en el que nos encontrábamos no solo superados en número por orden de magnitud mayor comparado con el ataque anterior, sino que teníamos menos espacio para maniobrar.

Estábamos al descubierto sin vía de retirada, y ningún conquistador de Nueva España lucho con más coraje y pericia contra adversarios tan abrumadores. No puedo más que dar gracias a Nuestro Señor por otorgarme el don de la sabiduría cuando parecía que íbamos a sufrir una noble muerte en aquella tierra extraña y lejana, pues entonces intuí que el plan de batalla de los enanos consistía en destruir los caballos y que nada de lo que sucediera en el fragor del conflicto los apartaría de tal objetivo. Ordené ofrecer los caballos como premio momentáneo a los hombrecillos, para proseguir rodeando a los enanos que seguían ciegamente esa estrategia hasta su perdición. Cuando finalmente pudimos orientar los cañones cuesta abajo y disparar a las oleadas que continuaban arremolinándose en nuestra contra, comenzamos a albergar esperanzas de que Dios nos concediera una nueva victoria.

En ese preciso momento, cuando la batalla había alcanzado un equilibrio perfecto, el cielo pareció iluminarse, como un amanecer brillante que cobrara vida a mediodía, y un llanto gélido llenó el aire. A pesar del peligro que se cernía sobre nosotros, todos levantamos la mirada, como en trance, para contemplar un ejército resplandeciente de criaturas aladas semejantes a hombres, armadas de arcos de plata y flechas doradas, que descendía de los cielos. Los enanos también detuvieron su fervor guerrero y miraron al cielo, y todos salimos del trance cuando la primera salva de flechas cayó, como lluvia. Mientras alzábamos los escudos para protegernos de este nuevo embate, sentí que las flechas iban dirigidas a los enanos y no a mis soldados. Busqué a Tagón, que permanecía encadenado en el centro de la formación, y confirmó que estos eran los duendes de los que hablaba.

El padre Núñez proclamó su agradecimiento al cielo por los ángeles que habían venido en nuestra ayuda, y los enanos, atrapados ahora entre dos ejércitos, fueron masacrados como ningún otro ejercito en la historia. Quedaron tan pocos enanos al finalizar la batalla, que no pudieron llevarse a la mayoría de sus muertos. En el silencio de la victoria, el padre Núñez dijo unas palabras a la mayor gloria de Nuestro Señor y erigimos una cruz antes de marchar hacia el valle, dejando atrás el paso elevado en el que habíamos estado tan al descubierto.

Allí, el líder de alas plateadas de los duendes, que se identificó con el nombre de Ithilium, se posó ante nosotros junto a sus capitanes. Su cara resplandecía como el sol en el agua, y nos habló en una lengua tan extraña que a nuestros oídos sonaba como el viento que soplaba en las cimas de las montañas. Tagón no quiso hablar con este enemigo, pero Halín hablaba su lengua extraña y nos sirvió de intérprete, aunque trasladó las palabras del duende con ira y desprecio. Ithilium nos ofreció lisonjas y cumplidos, y prometió compartir con nosotros los tesoros y el botín de la derrota final de los enanos, y su única exigencia fue que los restantes prisioneros que teníamos en nuestra custodia fueran muertos al amanecer.

Durante la noche busque el consejo de mis capitanes al respecto del curso que debíamos tomar al alba. El padre Núñez nos conminó a matar a los enanos que quedaban, tal como nos habían pedido, y unir nuestras fuerzas a la de los ángeles en la batalla final para destruir lo que quedaba de los demonios. Mientras que la mayoría de los capitanes estaban de acuerdo con esta recomendación, Luis Velásquez, cuya mente y corazón siempre he tenido en gran estima, habló tanto de enanos y duendes como hombres como nosotros, a pesar de las apariencias, y no como demonios y ángeles de las Escrituras. ¿Acaso no atacaría cualquier pueblo, apeló, a aquellos que invadieran sus tierras con armadura y empuñando armas? ¿No eran las naciones más belicosas y bárbaras de Nueva España, incluso aquellas que les arrancaban los corazones a sus enemigos y devoraban su carne, capaces de aceptar al Señor. ¿Debíamos confiar en estas criaturas de alas plateadas que brillaban como el sol y hablaban como el viento, mientras volaban desde el cielo, porque se asemejaban a la imagen que teníamos de los ángeles?

Tras larga discusión, anuncié a mis capitanes que me recogería unas horas para considerar nuestro destino y las alternativas que este me ofrecía. Volví a hablar con Tagón y Halín, cuya naturaleza firme había llegado a valorar y había ganado mi confianza desde su captura. Tagón no mostró sorpresa cuando le conté lo que me había pedido Ithilium. Habló, igual que había hecho en el pasado, de lo que llamaba las “palabras del viento” de los duendes, que no hacía solamente referencia al sonido de su lengua, sino también a la mutabilidad de significado de lo que dicen.

Mucho antes del alba había tomado la decisión y había informado a mis capitanes de que trataríamos de entablar amistad con el duende, pero que no nos plegaríamos a sus exigencias de dar muerte a los prisioneros enanos. El padre Núñez protestó con vehemencia y los capitanes, excepto Luis Velásquez, me plantaron cara con las armas desenvainadas. Estos capitanes no tenían ningún deseo de batallar contra quienes creían que eran ángeles en defensa de unos demonios, y el padre Núñez los convenció de que una fiebre extraña me había a infectado. Velásquez, percibiendo que los acontecimientos conspiraban en nuestra contra, también se puso en mi contra y blandió su espada en apoyo de los demás mientras me encadenaban.

No puedo sino agradecer mi humilde vida al ingenio vivo de mi más leal capitán Luis Velásquez al convencer a los otros capitanes que estuvieron una vez bajo mi mando de que compartía sus planes de motín. En la profundidad de la noche, él y una docena de sus soldados más files vinieron a liberarme de las cadenas y me revelaron su convicción real. Allí mismo, bajo cubierta de una oscuridad llena con el recuerdo de cadáveres sin número, tomamos una decisión transcendental. Tras liberar a los prisioneros enanos, emprendimos la huida a caballo, liderados por Tagón, que montaba conmigo a pesar del miedo que le producía, y nos adentramos en un valle oculto antes de que el cielo de Nueva Tierra empezara a cobrar el tan familiar tono rojizo del amanecer.

Así termina el fragmento más extenso de los cuatro que se conservan de la crónica de Cristóbal de Varga. He empleado las palabras originales en castellano cuando el significado de su equivalente en inglés podría llevar a error o resultar poco adecuado. La palabra enano significa “enano”, y tal vez el vocablo inglés hubiese sido suficiente, pero la palabra castellana duende puede traducirse como “elfo” o como “trasgo”, y tenemos descripciones suficientes para estar seguros de que cualquiera de estas nomenclatura sería totalmente inexacta. Los últimos tres fragmentos dan más información referente a la naturaleza de la entrada, que se traduce como “portal”. Es imposible estar seguro de cuánto tiempo ha transcurrido exactamente entre los fragmentos primero  segundo, pero hay estimaciones que sitúan los acontecimientos siguientes entre tres meses y un año después de la huída de Cristóbal de Varga.

Nota del traductor

Aún así, no podía confiar del todo en el pueblo de Tagón, pues son una raza de natural reservado, a pesar de la hospitalidad que han mostrado para conmigo y para los pocos hombres que se mantuvieron leales. Aunque Tagón y los líderes enanos que sobrevivieron a la matanza se han esforzado en aprender nuestra lengua mientras nosotros aún tenemos grandes dificultades con la suya, mis esfuerzos en traerles la Palabra de Nuestro Señor resultaban infructuosos y me parecía que me escuchaban lo que les decía solo por cortesía y no sin incomodidad. No podía afirmar si era cierto, como mantenían, que no adoraban a dios, ídolo, o ser alguno, pues tal afirmación podía no ser más que otra muestra de su carácter reservado. Sin embargo, ahora estaba firmemente convencido de que poseían alma, y persistía en predicarles la misericordia de Dios.

Aunque los enanos se negaban firmemente a llevarnos a sus aldeas a ciudades (y solo podemos suponer que tenían) y no divulgaban ni su localización general, Tagón decidió finalmente mostrar su gratitud por nuestras acciones en contra de los duendes. Anunció que, junto con una pequeña compañía de soldados, nos llevaría en una expedición a una montaña envuelta en humo que, afirmaba, contenía la Boca D’oro, la fuente del exquisito oro de gran calidad que adornaba sus cascos.

Mientras que Luis Velásquez sugirió que el propósito de los enanos para llevarnos a este lugar podía ser una trampa, repliqué que nunca había visto duplicidad en los motivos de estos pequeños hombres y que habían jurado compartir con nosotros a partes iguales el oro de la expedición, una vez descontado el quinto real para el Emperador Carlos.

A media mañana del segundo día de nuestro viaje a la Boca d’Oro no nos quedo más opción que dejar atrás las monturas, pues la pendiente y las piedras sueltas hacían que el sendero resultara traicionero para los caballos. Tras otros tres días de escalada, durante los cuales la armadura pesaba como el plomo, y el aire, extrañamente se volvía más caliente a medida que ascendíamos, llegamos a las fumarolas que cubrían la cima de humo. Al poco, los enanos alzaron los escudos y Tagón nos avisó de que hiciéramos lo propio, a medida que nos aproximábamos a la flamígera cumbre que tronaba cual tormenta sobre nuestras cabezas. A pesar del humo, pude ver saetas doradas que salían disparadas de lo que parecía un lago en llamas de oro fundido, engastado en la cima misma. Con las manos libres, los enanos sacaron unas vasijas que portaban, a fin de atrapar aquella lluvia resplendente y demostraron gran habilidad a la hora de anticipar las trayectorias y evitar que el oro fundido les abrasara la piel.

Para nuestro gozo, al examinar el contenido de una vasija llena, pudimos ver como el oro más puro se enfriaba hasta cobrar un brillo exquisito ante nuestros ojos. Tagón nos dio una vasija a cada uno y nos instruyó en las técnicas de atrapar aquellas saetas áureas.

Tan solo puedo describir la sensación como de gozo, recordando como Luis Velásquez y los doce conquistadores que se habían mantenido leales se movían en todas direcciones al calor de aquel lago-sol replendente, al tiempo que atrapaban la lluvia de oro en los recipientes hasta dejarlos colmados. Y las maravillas de aquel momento en las fauces de la Boca D’Oro pronto iban a alcanzar nuevas cotas cuando una ráfaga de viento fortuita despejó brevemente la humareda. Para nuestro asombro, flotando sobre el centro del lago de oro fundido, se reveló una escena de una belleza tan dolorosa que no pudimos sino quedarnos embelesados y contener el aliento. Como si una ventana se hubiera abierto en mitad del aire, ahí se encontraban las montañas de picos nevados y el cielo azul de Nueva España que conocíamos.

Aunque el humo volvió presto a ocultar la visión, supimos de inmediato que habíamos encontrado una entrada de regreso a nuestro mundo. Pero pronto nuestro gozo cobró un gusto amargo, pues llegamos a la conclusión de que no había navío o medio alguno que pudiéramos emplear para atravesar el calor de aquel lago llameante. Tagón nos contó que él había visto “la visión de cielos azules”, tal como la describía, en otras expediciones a la Boca D’oro, pero nunca pensó que el lugar que se mostraba fuera real. Le pregunté encarecidamente si había visto una visión tal en otro lugar, pero dijo que pertenecía únicamente al lago.

El transcurso de tiempo entre los fragmentos segundo y tercero de la crónica de Cristóbal de Varga es más incierto si cabe. Podríamos estar hablando de un periodo importante. Existen estudios que señalan ligeras variaciones de estilo de los fragmentos tercero y cuatro, cuando los comparamos con los dos primeros, pero es inevitable que esto no sea tan evidente en la traducción al inglés.

Nota del traductor

La traición puede adormecer el alma, tanto como la más fría escarcha. No acepto su amargura con ligereza y rezo fervientemente por ser siempre capaz de tener la voluntad de luchar contra el arrebato ilusorio que promete. Más reconozco también que la afirmación de uno mismo a veces porta consigo la traición del otro, y tan solo puedo poner mi fe en el Dios que he escogido con sabiduría.

Así fue que le di la espalda a los enanos y conduje a los pocos hombres que me eran leales hasta las tierras altas de los duendes. Allí, donde los vientos entonaban ritmos agrestes contra las armaduras, fuimos apresados y llevados en cadenas ante Ithilium, a cuyo lado se encontraba el padre Núñez. Fue ante este ángel alto de alas brillantes, en un palacio de mármol y electro, donde revelé mi traición. Como fuera que el líder de los duendes había aprendido nuestra lengua, le ofrecí directamente la manera de destruir a su enemigo, con la promesa de revelar los senderos secretos que conducían a las ciudades escondidas de los enanos. Para el padre Núñez y los capitanes y soldados que anteriormente estaban a mi mando, la oferta fue de oro sin límite y el modo de regresar con él a Nueva España.

Tal fue el trato que tanto Ilithium como el padre Núñez me acogieron inmediatamente, escuchando sin apenas vacilar qué les pedía a cambio. Cuando los soldados a los que había dejado oyeron mis promesas, volvieron a hasta el último ponerse bajo mi mando con gran alborozo, y volvimos a encontrarnos unidos es espíritu el propósito. El padre Núñez contó cómo había llevado a los duendes hasta nuestro señor y cómo todos estos seres alados habían permitido que los bautizaran en Su Nombre. La admisión de que no fui capaz de hacer progreso alguno con los enanos no hizo sino confirmar al padre Núñez lo que siempre había creído; que aquellos demonios no poseían alma y ni siquiera nuestros esfuerzos más piadosos podían salvarlos. Con nuestro regreso a Nueva España, cargados de oro y gloria para su Majestad Imperial y el Imperio, sabíamos que lograríamos nuestro objetivo, y que nuestra historia se contaría al mismo tiempo que se glosaban las hazañas de Hernán Cortés y Francisco Pizarro.

Casi no puedo hablar del éxtasis exquisito que sentimos el día en que, poco después, los duendes elevaron, de uno en uno, a cada conquistador hasta el cielo y nos llevaron, cual hueste de los ángeles, cruzando la bóveda rojiza de Nueva Tierra hasta la Boca D’oro. Allí, aquellos de mis hombres que vieron el lago ígneo por primera vez se regocijaron en su esplendor y llenaron los recipientes que les había conminado a traer consigo con aquella lluvia flamígera de oro que surgía de la superficie fundida. Y su gozo alcanzó mayores cotas cuando, tal como había sucedido en mi última expedición a la cima de esta montaña, el humo se disipó unos instantes y, flotando por encima de la superficie del lago, en la distancia, apareció una ventana que daba a los cielos azules y las cumbres nevadas de los Andes, que tan familiares nos resultaban.

No me quedaba duda alguna del éxito de mi plan. Los duendes asieron firmemente a cada soldado y, extendiendo sus gloriosas alas plateadas, emprendieron el vuelo por encima del lago, con cuidado de no resultar abrasados por las llamas doradas que disparaban hacia el cielo. De tal guisa mis hombres, cargados con los recipientes llenos de lluvia dorada, fueron transportados hacia la entrada a Nueva España.

Y digo “mis hombres”, pues Ithilium no dio orden de que me alzaran y, en lugar de eso, se me aproximó de una manera que me produjo grande desazón. El líder de los duendes hizo que me desarmaran y se dirigió a mí en un castellano claro, aún con dejo jadeante, y me amonestó por no haberle revelado los verdaderos secretos de las ciudades enanas. Manifesté que no había dicho falsedad alguna, pero mis palabras cayeron en oídos sordos. Cuando el humo de la Boca D’oro se disipó de nuevo súbitamente, volví la mirada al lago y vi cómo volvía a aparecer la entrada, con mis hombres en brazos de los duendes casi encima.

Entonces sucedió algo que ningún hombre debería tener el infortunio de contemplar. He sido testigo de muchas batallas y muertes incontables como conquistador, pero la escena que se desarrolló aquel día es una que ni el mismo diablo  podría concebir. A la orden de Ithilium, uno a uno, los duendes soltaron a mis hombres y permitieron que cayeran desde el cielo al oro fundido del lago. Los gritos y forcejeos de aquellos que podrían ver lo que estaba a punto de ocurrierles eran algo imposible de soportar. No había defensa alguna contra tan horrible crímen, pues habíamos depositado nuestra completa confianza en los duendes y mis hombres no tuvieron ocasión de desenvainar sus espadas y, aunque hubiera sido posible, no les hubiera librado de su destino.

Con el corazón en un puño vi á mi capitán más leal, Luis Velásquez, caer al lago, emerger brevemente a la superficie como la estatua dorada de un hombre gritando, y hundirse de nuevo para no volver a salir. Con la entrada todavía visible sobre la Boca D’oro, me estremecí al pensar que la última cosa que mi querido amigo Luis Velásquez veía, eran la de los cielos azules de Nueva España justo fuera de su alcance.

Volví mi furia hacia Ithilium, pero ya me tenía rodeado de cadenas y mis vituperios tenían el mismo efecto de los desvaríos de un loco que ha sido despojado de control alguno. La calma de Ithilium daba la impresión de que la traición le resultaba tan natural como el viento, sobre el que ninguno tenemos poder. En su castellano casi susurrante, con palabras que me helaron el alma, habló de la dicha del bautismo con el que su pueblo había respondido al mío.

La autoría de este texto por el conquistador Cristóbal de Varga está aceptada comúnmente. Desde el punto de vista del estilo, el material se corresponde con otros de sus escritos conocidos. Los demás españoles que se mencionan en los fragmentos han sido confirmados como miembros de aquella expedición al este de los Andes en 1542. El único otro dato de la crónica que se puede verificar históricamente es que no consta que ningún miembro de la expedición de descubrimiento y conquista encabezada por de Varga regresara a Lima. El fragmento final es el más corto. A pesar de su brevedad, nos revela información que nos permite especular sobre las circunstancias en que Cristóbal de Varga escribió esta crónica.

Nota del traductor

De joven siempre creí que los desenlaces de las batallas determinaban la vida de un soldado. No puedo decir que siga creyéndolo. Tal vez la decisión de no entrar en batalla es de mayor importancia. He aprendido muchas cosas entre los enanos. Lo cierto es que mi deuda para con estos hombres fieles y menudos es mayor que la que debo a Su Majestad Imperial y que, si no me hubieran rescatado de las garras de los duendes, habría sufrido, sino la misma suerte que mis hombres, una aún peor.

La conclusión inevitable de que jamás regresaré a Nueva España, ni mucho menos a la propia España, me quema el alma pero, tras tantos años, al fin me he resignado. Me produce cierto consuelo, durante mis noches solitarias, saber que nunca traicioné realmente a mis fieles amigos, los enanos. Mas no puedo evitar cuestionar los abismos y recovecos de mi propia mente, pues, la verdad es que nada tenía que ofrecer a los duendes cuando les propuse aquel fatídico pacto. Era un pacto basado en una falsedad, pues aún no se me había concedido el conocimiento de las ciudades escondidas de los enanos. Tal vez esta gente que no tienen dios ni ídolos es más sabía que yo. Tal vez fueran conscientes de que las hubiera traicionado de haber conocido sus secretos, en lugar de tener que fingirlo antes los duendes para engañarlos y que nos ayudaran a regresar a Nueva España. Me duele admitir que no sé qué senda hubiera tomado si realmente hubiera tenido posesión de las verdades que los enanos aún no me habían confiado.

Un hombre toma sus decisiones y vive con ellas y, en último término, muere con ellas. Nada devolverá a mis hombres a ningún mundo que yo haya visitado alguna vez, nada remediará las muertes provocadas por mis acciones, y nada calmará realmente el dolor de mi corazón. Solo puedo contar mi historia, tal como he hecho en estos, mis días postreros, con la esperanza de alguien pueda leerla un día y aprender algo de sus páginas.

Mañana, con la ayuda de mis leales amigos Talón y Halín, ascenderé por última vez la pendiente hasta la Boca D’oro. Allí sujetaré a una saeta esta crónica que he escrito meticulosamente y, cuando se despeje el humo encima del lago dorada y aparezca la entrada, apuntaré mi ballesta hacia la visión. Y, si Dios lo quiere, si mi puntería es certera, mi historia volará indemne por encima de esos fuegos dorados que derramarán su tesoro abrasador sobre estas páginas, hasta alcanzar los cielos azules de Nueva España.

Esta traducción se ha realizado a partir de los fragmentos originales que están archivados en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, en Lima. Puedo dar fe de los otros estudios de los originales que han afirmado que muchas páginas están cubiertas de salpicaduras de oro

Nota del traductor