Ágnes Gaura
Desgarre

Daisy Moore contemplaba con mirada vacía las manchas de moho que se dibujaban en las paredes. La luz del sol era una rara invitada en su piso de alquiler barato de la planta baja, pero este pequeño milagro no suponía ninguna diferencia en la vida de Daisy: la luz natural de la mañana era lo único positivo que esperaba de este día. Una mañana luminosa, en la que no tuviera que vestirse y tomar el té a la luz amarillenta de una lámpara de aceite. Casi alegre, pensó con amargura. Antes no le importaba mucho el olor penetrante del aceite de ballena quemado, pero en las últimas semanas había llegado a odiar los días más oscuros, a veces hasta le daban arcadas solo con mirar la pantalla barrigona de la lámpara. Hacía un año, huyó a la capital para escapar del olor a estiércol; hacía un año, nunca se habría imaginado que muy pronto volvería a añorar la apestosa paz del campo. O que le entrarían ganas de llorar al darse cuenta de que podría quedarse atrapada para siempre en esta vida ajena, en el mundo de los habitantes de la ciudad, oscuro y sucio de carbón y de hombres, que en los días de lluvia solo puede ser iluminado por el aceite de los monstruos marinos más grandes.

—¿Me pasas la leche? —preguntó Mary, removiendo su té.

Daisy extendió la mano hacia la jarra, pero su brazo quedó paralizado un momento. Las tres escucharon el ruido: el sonido premonitorio de un patético momento de rotura del hilo, al principio, un único chasquido, apenas perceptible, luego, otro, y otro, antes de que la costura rota renunciara definitivamente a toda apariencia de decencia y revelara la horrible realidad de la tela deshilachada.

—¡Dios! —Lisa se tapó la boca con la mano.

Daisy levantó la barbilla para evitar que se le saltaran las lágrimas. Con cuidado, colocó la jarra de leche delante de Mary y luego escondió las manos es su regazo. Podía sentir que el vestido ya no le apretaba tanto la cintura. Aquí terminaba su esfuerzo, también: el vestido la había traicionado, le había fallado; este sentimiento de vergüenza ya no podía deshacerse, o, al menos, no se podía hacer invisible. El vestido, como un titular impreso en negrita en la portada del Daily Telegraph, atraía las miradas hambrientas de escándalo. Aunque lo cosiera, nunca volvería a ser el mismo.

Lisa le apretó el brazo para animarla.

—Esto todavía se puede coser.

—Debes decidirte —dijo Mary en voz baja—. No puedes aplazarlo más. O te lo quedas, o…

—¿Cómo voy a quedármelo?

Daisy respiró demasiado hondo para deshacerse de toda su rabia y amargura en un solo arrebato. El vestido siguió rasgándose con un siete y ella enterró la cara entre las palmas de las manos sollozando.

—Nadie ha muerto nunca de eso entre los ancianos —continuó Mary. Daisy pudo oír la ansiedad en su alentadora declaración. La mención a los ancianos no era más que admitir que la situación era desesperante. Mary evitó la mirada de Daisy; nunca se le había dado bien ocultar la verdad, siempre delataba lo que intentaba esconder, igual que un abrigo que se deshilacha por las costuras. En vano fijó su mirada en una de las manchas de moho de la pared. Daisy leyó sus pensamientos con facilidad y sabía que su amiga estaba pensando que lo mismo podía pasarle a ella. Y, si podía pasarle a ella, quizá ella tampoco tuviera más remedio que acudir a los ancianos. Y ellos eran…

Eran monstruos —aclaró Mary—. Aunque, probablemente, sea el tipo de cuento de hadas que cuentan en el escenario.

—Mi bisabuela recuerda que eran monstruos —se apresuró a señalar Lisa. A menudo grita en sueños. Siempre sueña con ellos y cree que sus tentáculos le rodean el cuerpo.

—Tu bisabuela está encerrada en el manicomio. —Mary le lanzó una mirada desoladora.

—Puede ser —dijo ella—, pero, aun así, recuerda a los monstruos. Por eso tiene que ser tratada en el hospital, porque recuerda muchas más cosas.

Daisy las escuchaba en silencio. Recordó al pobre señor Oakley, de la casa de enfrente, que llevaba dos meses en el mismo centro. Antes de que se lo llevaran, llevaba días acosando a los transeúntes desde la ventana de su piso. «¡Conozcan la terrible verdad!», gritaba a pleno pulmón durante horas. Si alguien levantaba la vista e intentaba responderle, él bajaba la voz baja, como si susurrara un secreto: «Este mundo me está volviendo loco», decía. «Lo juro, me estoy volviendo loco».

—No importa lo que haya pasado —dijo Mary en voz baja—. Ahora centrémonos en lo que va a pasar. Puede acudir a los charlatanes y poner su vida en manos de Dios. Si tiene suerte, el imprevisible Señor se apiadará de ella y la mantendrá con vida. O puede acudir a los ancianos, hacer el trabajo que le pidan, ellos le darán lo que necesita y seguramente vivirá. Los ancianos saben algo que nadie más sabe. Ellos son predecibles. Me parece bastante obvio cuál es la opción correcta.

—¿La correcta? —Daisy apartó su taza de té y colocó el codo sobre la mesa. Cuando en casa ya no podían cenar todos porque eran demasiados, vino a la capital porque le pareció la decisión correcta. Cuando no la aceptaban ni siquiera de criada en ningún lugar de la ciudad, le pareció que la decisión correcta era intentar no morirse de hambre. Y ahora que la decisión correcta era matar la vida que crecía en su interior, se preguntó si la decisión correcta no habría sido suicidarse en el Támesis.

—La menos arriesgada. —Mary dio un sorbo al té y miró a las demás. Le temblaban las manos, pero su voz sonaba segura: era evidente que quería creer en lo que decía—. Daisy, acuérdate de Amy y Susan. Ninguno de los dos incidentes ocurrió hace tanto tiempo.

—No…

—Amy murió desangrada en la calle. Nunca llegó a casa.

—Lo sé.

—Conozco a un montón de chicas que fueron a ver a los ancianos.

—¿Un montón?

—Todas están vivitas y coleando. ¿Te acuerdas de Katy, la de la nariz respingona?

—¡Cómo va a acordarse! —espetó Lisa.

—Era camarera en el Cuervo. Acudió a los ancianos. Hizo el trabajo que le pidieron. ¿Sabes dónde está ahora?

—¿En el Cuervo? —preguntó Daisy, insegura.

—¡Y una mierda! —Mary dio un golpe con la cucharilla sobre la mesa—. Se casó con el Berendt, el comerciante. ¡El comerciante, el señor Berendt! —repitió. Había una nota de reverencia en su voz. Durante unos segundos todas imaginaron lo grandiosa que debía de ser la vida con el comerciante señor Berendt.

—¿Y qué trabajo tuvo que hacer? —Era más fácil oír los latidos del corazón de Daisy que su voz débil y asustada.

—¿Y qué más da? —Mary movió la cabeza y dio un sorbo a su té—. Katy está bien y consiguió un marido como el señor Berendt. Fuera cual fuera el trabajo, no le ha hecho ningún daño. Ni ha estropeado su belleza.

—Así es. —Lisa asintió—. No puede ser mucho peor de lo que hay ahora.

—¿Quieres decir que no puede ser peor que cuando Horror Hollins se sube encima para montarte?

Lisa no contestó, solo reprimió un suspiro. Claro que lo pensaba. Todas lo pensaban. El bruto de Hollins, de aliento apestoso, era un cliente habitual; la mayoría de las chicas daban gracias a los poderes supremos cuando no se aprovechaba de ellas, mientras que la Madame daba las gracias a los ancianos por recomendarlo como cliente habitual que paga muy bien. Quizás Elmer Hollins también debería haber estado en el manicomio, pero prefería el burdel, y, cada vez que ponía a una chica boca abajo, gritaba como un loco, haciendo temblar casi toda la casa. «Monstruos», gritaba con cada movimiento. «Mons-truos. Mons-truos».

Daisy apretó instintivamente los muslos. Pensó que, aunque no iba a tener el bebé, esperaba que no fuera la semilla de aquel lunático aterrador que había echado raíces en su interior. De Hollins había tenido suficiente con los cinco minutos que pasaba dentro de ella cada vez.

—No puede ser peor. —Mary la miró. Casi manifestó lo que tenía que decir, sin aceptar protestas. Y Daisy quiso creerla—. Los ancianos podrían haber sido monstruos alguna vez, pero ya no lo son. Son feos, pero en realidad no son más horribles que Horror Hollins.

Daisy soltó una carcajada nerviosa, pero la mirada preocupada de Lisa la hizo callar.

—Dicen —Lisa apartó la taza de té vacía —que llevan capas mágicas. Siguen teniendo sus tentáculos de serpiente, pero sus encantos los ocultan.

El rostro de Lisa quedó casi irreconocible por el dibujo de una sombra de luz misteriosa.

—Dicen —replicó Mary secamente —que el que cree en capas mágicas, pronto se encontrará en el manicomio, junto con su bisabuela. En serio, Lisa, dejémonos de supersticiones. La familia real se presenta regularmente ante el pueblo. No sé quién empezó a propagar lo de los tentáculos, pero yo aún no he conocido a nadie que haya visto uno solo.

—Mi bisabuela…

—Tu bisabuela está entreteniendo a los médicos en un manicomio —dijo Lisa, interrumpiendo a Mary—. No habla con coherencia, tú misma lo sueles decir.

Durante unos instantes, solo se oía el tintineo de la cuchara contra la taza. Lisa removía el té.

—De todos modos —dijo finalmente Mary—, no creo que eso sea el trabajo. Por supuesto, nadie habla de lo que hay que hacer, pero no porque sea tan horrible, sino porque es secreto. Secreto de Estado, o como lo llamen. El Sr. Walsh dice que fabrican armas. Y guardan los productos terminados en algún lugar secreto. Parece un trabajo honesto. Y, a cambio del trabajo y por guardar el secreto, harán lo que les pides. Ellos saben cómo.

—Suena bien —dijo Daisy. Su voz sonaba fina como el borde amarillento del moho en la pared—. Suena bastante bien.

—Cuanto antes, mejor —dijo Mary, dando una patada suave a la pierna de Lisa por debajo de la mesa. La chica siseó, la miró fijamente, luego recapacitó y asintió.

—No lo dejes para más tarde. Piensa en tu barriga… que va creciendo. Cada día va a ser más grande. Cuanto más tarde vayas a ver a los ancianos, más gente se dará cuenta.

—Así es. Ya no tienes vestidos que no se te rompan al ponértelos —añadió Mary—. Ponte los dos que te traje de donde Pat. Olvídate de los tuyos. No tiene sentido que los estropees. Los necesitarás cuando vuelvas.

—Sí —dijo Daisy con resignación. Su voz se entrecortaba, pero empezaba a recobrar la compostura. Desde que se había dado cuenta del lío en el que estaba metida, sabía dónde iba a acabar, pero necesitaba que alguien la convenciera. Le parecía importante decir que no era su propia locura lo que la había llevado a los brazos de los ancianos; cualquier otra persona habría hecho lo mismo en su lugar. Sus amigas harían lo mismo. Y ella, como buena amiga, las convencería para que tomaran la misma decisión. Porque para qué están las amigas si no para convencerte de que, cuando ha ocurrido algo terrible, es mejor acudir con ello a los monstruos que a gente con las manos temblorosas.

Se secó los ojos.

—¿Y si no me eligen? Te pierdes entre la multitud.

—A las embarazadas siempre las eligen —dijo Mary—. Siempre.

Daisy se puso a pensar, pero al final no preguntó nada. Mary no podía saber por qué los ancianos querían ayudar a las chicas en apuros.

—De acuerdo. Iré con ellos —dijo con decisión. No se sentía aliviada, pero tenía que decirlo, así tendría fuerzas para pagar el dinero del carruaje al día siguiente y llegar a tiempo al centro.

El rostro de Mary mostró alivio. Lisa asintió con los labios apretados.

—El vestido azul te quedará demasiado grande por los hombros, tendrás que un poco. A mí me costaría hacerlo bien, pero no será nada para ti. Coses bien.

—No hay problema.

Daisy respiró aliviada: se alegraba de poder centrarse por fin en algo sencillo. Será divertido coser, pensó. Al menos la mantendría ocupada. Mientras tanto, no pensaba en los ancianos. O en el hecho de que no podía quedarse así: su familia no la aceptaría de vuelta, y aquí su destino sería miserable.

De repente, pensó en el vestido como en una especie de capa mágica: algo que haría invisible lo que no quería que el mundo supiera; algo que ayudaría a ocultar la verdad, que podría cambiar por otro secreto.

Voy a coser esta noche. Se enderezó. Voy a sentarme aquí, a la luz de la lámpara de aceite, que apesta más que el aliento de Horror Hollins, pero voy a hacerlo.

Respiró hondo. El vestido ya no podía rasgarse más. Hasta podía servirse otra taza de té, no sería demasiado.

—Oh-oh —Lisa rompió el silencio—. Una cucaracha. Allí, en la pared.

Todas miraban a la pared, donde el bicho correteaba plácidamente hacia el centro de una gran mancha de moho en forma de pulpo. Mary se levantó de un salto y aplastó el bicho con el pañuelo. Al levantar la mano, el cuerpo del insecto rebotó de la pared.

—Ya está. —Volvió a sentarse con una sonrisa triunfal en la cara—. No se nota. Como si no hubiera estado allí.

Pero por la noche, cosiendo a la pálida luz de la lámpara de aceite, Daisy seguía pensando que ella lo sabía; ella sabía exactamente que la mancha estaba allí, aunque nadie más pudiera verla.

A la mañana siguiente, se puso el vestido azul. Antes de salir, se miró en el espejo una vez más: le quedaba perfectamente sobre los hombros y podía aflojar el corsé. Así seguía pareciendo una mujer respetable. Pobre, el vestido de lino barato, antes de colores vivos, ya se había desteñido un poco, pero buena. Se trenzó el pelo pajizo y frondoso, se lo ató en un moño a la altura de la nuca y se puso la única prenda que le daba cierta apariencia de respetabilidad: un sombrero de ala corta, en cuyo lateral prendió un adorno de seda azul en forma de flor, para atraer la mirada hacia él y no hacia el vestido desgastado.

La gente de la calle no se volvía para mirarla, era solo una de las muchas jóvenes decepcionadas cuya vista formaba parte del paisaje urbano. El ruido de los carruajes sobre las piedras se mezclaba con la voz del repartidor de periódicos, que gritaba al mundo los titulares sensacionalistas del último número del Daily Telegraph: «¡Otro cuerpo mutilado en Whitechapel! ¡La familia real celebrará otro baile benéfico en otoño!».

No mucha gente se paraba a comprar el periódico, todos iban a lo suyo. Daisy se dirigió al palacio, al corazón del país, a los ancianos. El estómago le temblaba de los nervios, de las náuseas, no sabía si por el embarazo o por el repugnante olor de las alcantarillas. Una paloma le ensució el zapato, pero se lo tomó con una cansada resignación: se habría alegrado si aquella mancha hubiera sido su mayor problema. Preparó el precio del viaje y dio un paso hacia la carretera para parar un coche.

En la entrada lateral de la residencia real se formó la larga cola habitual a las siete de la mañana. No había ajetreo ni bullicio: todo el mundo sabía que daba igual el lugar que ocupara en la cola. A las siete en punto se abrió la puerta, salió el primer representante de la corte y empezó a caminar con paso firme por delante de la cola. De vez en cuando, señalaba a algún afortunado, que se adelantaba con mirada agradecida. El maestro de la corte reunió así a siete personas y luego hizo una señal a los elegidos, que lo siguieron en silencio al interior del edificio.

—Ahora viene el otro —se dirigió a Daisy el hombre larguirucho que se situaba delante de ella—. No se preocupe, volverán en un minuto.

Daisy asintió con lágrimas en los ojos. Mary había dicho que casi siempre necesitaban gente para la cocina y costureras, pero a veces necesitaban gente para el jardín, o para la limpieza, y a veces necesitaban mensajeros, aunque decían que solo elegían a hombres para ese puesto. Daisy estaba dispuesta a hacer cualquier cosa. Pensaba que estaría dispuesta hasta a despellejar gusanos durante un mes si alguien la ayudaba.

La puerta se abrió y salió otro maestro de la corte: una figura más alta, ligeramente encorvada, que empezó a pasar por delante de la cola con pasos igual de medidos y regulares que el otro. Eligió a dos personas en total: una chica pálida al final de la fila, con la cara hinchada de golpes y un hueco entre los dientes, y a Daisy.

—¡Sígame! —oyó Daisy, aunque el maestro no había abierto la boca. Daisy sabía que los de la corte podían hablar con la gente metiéndoles frases en la cabeza, pero nunca le había ocurrido algo así. Podía sentir cómo se le aceleraba el corazón, cómo le subía el rubor a las mejillas, pero intentó no mostrar su emoción. Intentó seguirle el ritmo y no quedarse atrás mientras entraban en el edificio.

El maestro se volvió hacia la mujer de rostro hinchado. No pronunció palabra alguna, pero el silencio antinatural pronto fue sustituido por un llanto quejumbroso. Finalmente, ella asintió obediente y comenzó a recorrer el pasillo en la dirección que le había indicado.

Qué habrá por allí, se preguntó Daisy, e intentó estirar el cuello para ver si veía algo al final del pasillo, pero el monótono espacio se oscureció al cabo de un rato.

El estrecho pasillo bajo el palacio parecía no terminar nunca. El olor a aceite de ballena casi agrietaba los gruesos muros de piedra y la luz brillaba dentro de las lámparas. Daisy podía sentir la corriente de aire, pero no pudo imaginar por dónde entraba, en vano miraba hacia el techo abovedado. No podía oler la frescura del exterior, solo el olor a aceite y el frío. Se ciñó el pañuelo y siguió al maestro de la corte, mareada, hasta que por fin llegaron a un vestíbulo más amplio. Allí el aire se hizo un poco más ligero y Daisy respiró hondo.

Ya no está lejos, le informó el maestro. Tiene la cara gris como la de una momia, pensó Daisy, aunque no quería pensar nada del anciano. El maestro movió la cabeza como si quisiera reprenderla con indulgencia, pero no pareció importarle mucho lo que pasaba por la cabeza de Daisy. Siguió adelante e indicó a la muchacha que lo siguiera. Atravesaron el vestíbulo, al fondo había una escalinata. El maestro de la corte empezó a bajar y Daisy lo siguió obedientemente, manteniéndose a tres peldaños de distancia detrás de él.

¿Has visto alguna vez una máquina de coser?, preguntó el maestro. Los tacones de sus zapatos chasqueaban con fuerza sobre las piedras de la escalera, mientras que los pasos de Daisy eran más ligeros, apenas se escuchaban mientras le seguía.

La vi, pensó Daisy.

Correcto.

Daisy sospechaba que el maestro de la corte solo mantenía su mente ocupada, pero no le importaba. Intentó recordar cómo había sido cuando la señora Price le había dejado probar su máquina de coser, y cómo la hija de la señora Price, Emily, se había reído de ella cuando la tela se había arrugado como un abanico flácido por la mala costura.

Esto no puede ocurrir aquí, dijo el maestro. Daisy no sabía si aquello era un aliento o una amenaza. La voz del anciano no mostraba ninguna emoción.

Yo no la amenazo. Le ayudaremos, porque ha venido a pedir ayuda. Hay un precio que pagar, y no lo ocultamos, pero no hay ninguna amenaza. Es una promesa.

Daisy trató de pensar en la costura, pero la palabra «promesa» le hizo pensar involuntariamente en la vida que crecía en su vientre, y en lo mucho que odiaba su propio cuerpo, por no hablar del señor Hollins, cuya feroz imagen desde luego no quería evocar, y menos delante del maestro de la corte, pero, incapaz de reprimir los recuerdos que la inundaban, se vio obligada a compartir con el anciano los momentos más humillantes de su vida. Quería hundirse de la vergüenza. Entonces se le ocurrió que, probablemente, no podría hundirse más: había un número inconcebible de escaleras que conducían al espacio bajo el palacio.

Ya hemos llegado.

Daisy nunca había visto nada igual: en un pasillo, las costureras trabajaban codo con codo en salas de paredes de cristal, aisladas unas de otras. Al principio no sabía qué era tan extraño, luego recordó lo ruidosa que era esa única máquina de coser que una vez había tenido ocasión de probar. Ahora había al menos veinte traqueteando cerca de ella, pero allí no se oía nada.

Paredes de cristal insonorizadas, le dijo el maestro.

Daisy ni siquiera sabía que existiera algo así. El ruido constante formaba parte de su vida igual que respirar. Oía cómo gritaban los niños en la calle, el ruido de los cascos de los caballos al pasar un carruaje delante de la casa, las constantes discusiones de los señores Turner, el crujido del suelo, los portazos, los chillidos de los repartidores de periódicos y los frecuentes sollozos de Rose Evans. Nunca se le ocurrió que fuera posible vivir sin ruido.

¿Qué tienen en la cabeza?. Daisy miró a través de una de las paredes de cristal. La costurera, encorvada sobre la máquina, se enderezó y la miró a los ojos un momento. Daisy se horrorizó al ver que su vientre era muy grande. Esperaba que el suyo no se hinchara tanto al cabo de un mes.

Hay mucho ruido ahí dentro, explicó el maestro de la corte. Esa cosa lo amortigua.

Una máquina de coser no es tan ruidosa, pensaba Daisy, pero el maestro la miró, sombrío.

No es la máquina de coser lo que hace ruido, dijo, y siguió su camino. Pasaron junto a unas mujeres que trabajaban duro y se detuvieron frente a una celda vacía.

Trabajará aquí, señaló la mesa de la máquina de coser. Espere aquí. En breve vendrá alguien para adiestrarla. Mientras tanto, póngase la capa. Las orejeras no son necesarias por el momento, añadió. Luego se dio la vuelta y se dirigió hacia las escaleras.

Daisy se puso la capa y caminó alrededor de la máquina de coser. No se atrevió a tocarla, ni la tela preparada. Ni siquiera se atrevió a mover la silla, prefirió no sentarse. La agobiaba el silencio, la ausencia de ruidos y sonidos familiares. Mirando a un lado de la cámara de cristal, vio a las mujeres cosiendo una detrás de otra; la realidad tras las paredes de cristal parecía un reflejo infinito, una pintura silenciosa y encantada que daba vida al tema de la representación, pero que seguía siendo artificial, porque el movimiento carecía de sonido. También pensaba que el mes que tenía por delante sería interminable, aunque las últimas semanas habían transcurrido con una rapidez aterradora. Los minutos, las horas, los días, las semanas fueron devorados por su vida. El tiempo devorado parecía haberse desvanecido en la nada, hinchando su vientre, indigestado.

No tuvo que esperar mucho al anciano que se encargaba del adiestramiento. Apenas se le veía la nariz detrás del cuello alto, aunque no parecía necesitar ver lo que hacía: con las manos envueltas en finos guantes, exhibía con habilidad las destrezas en el manejo de máquinas.

La tarea fue fácil, mucho más fácil de lo que Daisy esperaba: la máquina de coser parecía un monstruo aterrador, con botones y asas misteriosas, pero ella no tenía que tocarlos. El anciano le enseñó cómo fijar la tela para coser y, a partir de ahí, cómo se deslizaba la tela verde esmeralda casi por sí sola, para que la máquina no la arrugara. Había que meter tiras de tela largas y rectas en la máquina y no tenía que coser nada con nada. Como explicaba el anciano, primero había que adornar las tiras de tela y solo al final se hacía la ropa. Por lo tanto, esta fase del trabajo era fácil de ejecutar. Todo lo que tenía que hacer era seguir el patrón dibujado en la tela y guiar la aguja para que siguiera las líneas limpiamente. La máquina cosió bucles uniformes en la tela, pero el resultado no le entusiasmó. Sentía que podría haberlo bordado a mano mucho más rápido y bonito, pero el anciano le gruñó en su mente: esa no era la cuestión, le sermoneó un poco más alto de lo que debía. Daisy se llevó la mano a la cabeza, la voz crepitante la angustió demasiado. Ahora solo estaba aprendiendo.

No podía imaginarse por qué el ruido de la máquina hacía que la costura se viera agradable, pero siguió practicando sin decir palabra. Intentaba sentarse con la espalda recta, todo lo posible, para poder aguantar trabajando hasta la noche. Con el pie pisaba suavemente el pedal, que parecía mover la aguja y la tela como por arte de magia.

Bien, dijo el anciano al cabo de un rato. Comerá algo, luego practicará hasta las cuatro de la tarde y después la acompañaré a sus aposentos. También recibirá ropa, no tendrá que ir a casa a por nada si no quiere que la vean. Mañana empieza a las siete y termina a las cinco. A partir de mañana, coserá con ruido. Será agotador, así que duerma suficiente.

Por la noche cayó en la cama casi sin saber dónde estaba. Se durmió enseguida, sin tiempo para pensar en cómo se las arreglaría durante un mes en el que ya el adiestramiento la había agotado, aunque sospechaba que no era tanto el trabajo físico como la ansiedad lo que le estaba restando energía. Pero ya no tenía tanto miedo como cuando entró por las puertas de la residencia.

Al amanecer, soñó que caminaba bajo el sol, ante la entrada principal del palacio real. En la mano, una sombrilla de encaje, en los pies, finos zapatos de cuero, en la cintura, debajo del vestido, el corsé más ceñido que existía. Hacia ella camina Lisa, que la saluda ya desde lejos y se acerca pisando cada vez más fuerte con una enorme sonrisa en la cara. Cuando se encuentran, su amiga junta alegremente las palmas de las manos, a pesar de que unos segundos antes, en el sueño, ella también llevaba una sombrilla de encaje en la mano. ¡Vaya, Daisy!, exclama con auténtico asombro. ¡Mírala, tan delgada que casi puedes ver a través de ella! ¡Es absolutamente increíble, Daisy! Si tú… ¡no tienes barriga! Daisy se ríe y se da la vuelta, haciendo girar y girar su falda. Se lleva la mano al vientre y siente una extraña sensación de vacío. Mira hacia abajo y ve que realmente no tiene barriga. Solo hay un agujero por el que se puede ver hasta la entrada del palacio. Lisa se agacha, mira a través de él y dice: si miro desde aquí, el sol brilla verde. Eso no es el sol, dice Daisy, levantando la mano, de la que caen lentamente gotas de espesa sangre verde. Es la nada. La nada verde.

Un grito lejano la despertó, quizá otra mujer estuviera teniendo también una pesadilla. Se retiró las sábanas y se llevó la mano al vientre, luego respiró aliviada. Lo tenía todo; no tenía ningún agujero en el cuerpo, su vientre se abultaba igual de horrible que como cuando se fue a dormir. Solo queda un mes, se animó. Un mes de trabajo en aquella ruidosa cabina de cristal con una máquina de fuertes chasquidos.

No parecía un gran precio a pagar para librarse de su creciente carga.

Ahora, escuchó al anciano explicar en su cabeza, para que pueda coser realmente, tendría que reajustar la máquina. No, no se ponga las orejeras aún, concéntrese por ahora. Primero, voy a apretar este botón, ¿ve? Entonces sale esta pestañita. Ponga la palma sobre ella y sentirá un pequeño pinchazo. No chille, por favor. No duele tanto. Ahora la máquina la reconocerá. Esto es muy importante, siempre debe empezar a coser con esto. ¿Lo ha entendido? De acuerdo. Vuelva a presionar el botón, la pestañita se desliza hacia atrás. Es muy sencillo. Con esto ya ha cambiado la máquina a «costura ruidosa». No, no se preocupe por la sangre. Por un lado, no se detendrá la hemorragia, por otro, no perderá mucha, y no dañará la tela. La bata protegerá su ropa. He puesto una jarra y un vaso en la otra silla, bébase la tisana durante el día para aguantar el trabajo. Le digo que no le hará daño. . Solo tiene que girar el soporte de la aguja para que siga el patrón dibujado en la tela de seda. Igual que aprendió ayer. Solo que ahora con las orejeras puestas. Sí, ya puede ponérselas. Puede empezar. Ni más rápido, ni más despacio, con suavidad y precisión. Preste atención al pedal. Eso es. ¿Ya lo ve?

Ya lo veía. Daisy Moore observó, con los ojos muy abiertos, cómo la tela absorbía la sangre y llenaba de vida el hilo en bucle que la decoraba. La delgada línea se convirtió en un rico bordado, los patrones que serpenteaban de un lado a otro empezaron a entrelazarse como tentáculos inquietos. Volveré más tarde, prometió el anciano desde el del imponente cuello de su traje. Lo está haciendo bien. La reina estará contenta. Daisy no levantó la vista; no se cansaba de verlo. El fino hilo negro se convertía en un brillante bordado verde dorado. Intentaba imaginar cuántas tiras habría que coser para confeccionar un elegante vestido para la reina. ¿Para qué sería suficiente la cantidad que puede coser en un mes? No hacía falta mucha habilidad para manejar la máquina, pero todo el proceso era lento. Lleva mucho tiempo confeccionar un vestido real, concluyó, pero eso no la desanimó. Aunque no podía entender lo que ocurría dentro de la celda de costura, entre las paredes de cristal, la experiencia casi fantasmal mantenía su mente ocupada. Formaba parte de un secreto, un misterio. ¿Qué dirían las chicas cuando se lo contara? Puede que no le creyeran, pero esa posibilidad no le preocupaba ahora. Su primer día de trabajo la convenció de que los ancianos eran realmente guardianes de secretos sobrenaturales; para ellos lo posible y lo imposible significaba otra cosa. La desesperada esperanza de Daisy se convirtió, en un día, en una fe convencida. Al cabo de cuatro semanas recibiría su recompensa. Los ancianos la ayudarían, y a ella no solo le faltaría un hijo, sino que le sobrarían secretos que podrían incluso hacerla rica.

Al cabo de una semana, ya se sentía como una trabajadora con su rutina. Estaba cansada al final del día, pero había aprendido que beberse toda la tisana (con aspecto de lemna y de un color verde repugnante y sabor amargo) la haría sentirse con bastante más energía. Se acostumbró a que se le clavara la aguja en la palma de la mano al empezar el día, se acostumbró a no tener que preocuparse por perder sangre. Se acostumbró a que en pocos días se volviera tan verde abominable como el té frío de los ancianos. Se acostumbró a que su vientre creciera día a día, y a que lo que había en él, y lo que pronto dejaría de haber en él, se moviera, bailando con la seda alegre de la sangre. Se acostumbró a que la casi respirara bajo su mano. Lo único a lo que no se acostumbraba era a las orejeras: se las ajustaba de un lado a otro de la cabeza, intentando hacerlas un poco más cómodas. Le apretaban demasiado. En una pausa de unos minutos que hizo, se las quitó y se bebió el té mientras se masajeaba las orejas entumecidas. Te odio, le dijo en voz alta al protector de oídos. Le sentó bien pronunciar esas palabras, apenas había hablado con nadie en una semana. Las chicas del albergue eran comprensiblemente reticentes: nadie quería hacer amigos justo aquí, y tampoco les quedaba mucha energía para una conversación nocturna. La propia Daisy caía rendida tras un agotador día de trabajo. Te odio, te odio, te odio, repetía, disfrutando con cada palabra que pronunciaba. Luego, con un suspiro, cogió las orejeras. De todos modos, tampoco pasaría nada si no me las pusiera, pensó, y, finalmente, las dejó sobre la silla, pisando el pedal de la máquina, aunque ya podía oír en su cabeza que no se le ocurriera, pero era demasiado tarde y dejó que la aguja perforara la tela y bordara su sangre en la seda, y dejó que algo gritara y chillara, aullara, rugiera, vociferara, en una voz no humana, insoportable, que no perdonaba al oído humano. Sintió que algo chasqueaba en uno de sus tímpanos, algo que le chorreaba por el cuello, pero no lo tocó, se limitó a agarrar las orejeras y pasárselas por la cabeza, retorciéndose de dolor, buscando consuelo en el silencio, pero este no llegó, porque aún podía oír el eco del chillido. Eso ha sido una tontería, le hizo saber alguien, y no es que necesitara un sermón.

Después de aquello, siempre llevaba la protección de oídos cuando manejaba la máquina, pero ya nunca trabajaba en completo silencio. Cada vez que la aguja pinchaba la seda, un chillido lejano se filtraba en sus oídos. Como si el material inerte no pudiera soportar el terrible sufrimiento de ser llamado a la vida. Era un secreto que hubiera preferido no conocer, pero, ahora que se enfrentaba a él día tras día, cada vez le resultaba más difícil trabajar. Pensó que cuanta más sangre perdiera, a cuanta más seda diera vida, más cerca estaría de ser despojada por fin de la vida que odiaba con toda su alma. Y, al cabo de un rato, solo podía pensar en que ya había pasado lo peor, que todo estaba llegando a su fin.

Un día, volvió a ver al maestro de la corte. Este no la miró, sino que pasó de largo. A su paso caminaba una joven con cara asustada. Apenas se le notaba la barriga. Se detuvo un momento y se quedó mirando la celda de cristal. Involuntariamente, Daisy se incorporó y la miró a los ojos. Pudo ver la expresión de asco en los ojos de la recién llegada al contemplar su abultado vientre bajo el vestido ajustado. Luego pasó aquel día, y los dos siguientes, y, de repente, llegó el último.

Hoy sale más temprano, le recordó el anciano mientras cerraba la puerta de cristal.

Termino, pensó Daisy. Hoy termino. El trabajo termina. Me iré a casa y viviré como si nunca hubiera estado cerca del palacio. Tomaré té negro normal, con leche. Evitaré de lejos las máquinas de coser. Tiraré de casa todo lo verde. Rasparé por fin el moho de las paredes. Incluso tal vez me mude fuera de la ciudad. Ya veremos.

Preparó la tela, bebió un sorbo de té, se puso las orejeras, pulsó el botón, colocó la palma de la mano sobre la pestaña, siseó cuando la aguja la pinchó, volvió a pulsar el botón y se sentó ante la máquina. Podría hacerlo con los ojos cerrados, pensó.

Había silencio. Empezó a coser, ahora sin aquellos gritos espeluznantes e insoportables. Respiró aliviada, pero, ahora que no le molestaba el ruido constante, sus pensamientos divagaban. Trazó una curva más intrincada con la aguja a través de la tela y, cuando se detuvo un momento, casi podría haber jurado que notó un bulto de curvatura similar en su vientre. Empiezo a tener pesadillas. Sacudió la cabeza y siguió cosiendo.

De repente, en el silencio irreal, oyó un chasquido. Se quedó paralizada: levantó el pie del pedal y soltó el soporte que movía la aguja. Contempló asustada la seda, buscando dónde se había roto el hilo. Con lágrimas en los ojos, observó los dibujos convergentes, que ahora veía como tentáculos verdes sobre la tela dorada. Se secó los ojos y se inclinó hacia el bordado, dándose cuenta en ese momento del lugar de dónde procedía el sonido. Al primer chasquido le siguió otro, y luego otro, y de pronto sintió que la costura se desgarraba por el costado de su propio vestido, pero no pudo ni desesperarse, pues de pronto sintió un dolor como nunca había experimentado. Era como si ella misma hubiera sido la tela que había servido, y ahora no hacía más que desgarrarse y desgarrarse, para que no quedara nada de ella que pudiera usarse. La capa húmeda se le pegó al cuerpo, se la quitó y se miró el vientre: en un instante, su ropa se había convertido en un charco, con una fea mancha verde cada vez más grande en la parte delantera. Se llevó la mano al vientre, pero en ese momento la prenda se rasgó sobre su cuerpo y su mano quedó envuelta en un tentáculo de sangre esmeralda. Habría gritado, habría gruñido con todas sus fuerzas, pero ningún sonido salió de su garganta.

El primer tentáculo se aferró fuerte a su brazo, implacable, mientras otro se iba enrollando también a su alrededor para ver si podía agarrarse. Tres más surgieron de su vientre, sacudiéndose de un lado a otro, salpicando de sangre verde el suelo y las paredes de cristal. Daisy intentó quitarse de encima al monstruo, pero este se pegó a ella sin soltarla. Finalmente, hizo acopio de todas sus fuerzas y, en silencio, se esforzó por arrancarse el cuerpo de su interior. El cordón umbilical, aparentemente demasiado corto, intentó retener a la criatura, que se enroscaba como una Medusa, pero cuando tiró de él de nuevo, con fuerza sobrehumana, el cordón de vida que los unía acabó rompiéndose como un hilo endeble. El montón de carne de color verde alga cedió finalmente con un poderoso ruido. El impulso del movimiento hizo que se estrellara contra la pared de cristal . Daisy se miró el vientre: por un momento pensó que allí no había más que un agujero, pero luego vio que su pared abdominal se cerraba lentamente. Cuando levantó la vista, lo único que veía en la pared era la mancha oscura de la criatura que se había estrellado contra ella. Entonces, en otro lugar, un tentáculo brotó de la pared de cristal, convulsionando de un lado a otro, como si intentara atrapar algo. A su alrededor, unas grietas verdes rompían la superficie de cristal transparente. Daisy miró a un lado: las costureras seguían trabajando. No oyeron ni vieron nada. Ni siquiera se dieron cuenta de que, tras la pared de cristal lisa, emergía una realidad verdosa rodeada de tentáculos. No vieron a Daisy sollozando en silencio, intentando gritar a pleno pulmón para librarse de parte del dolor, ni vieron su mano agarrando las tiras de la tela hecha jirones, resbaladiza por la mucosidad de color verde alga. Tampoco levantaron la vista al llegar el maestro de la corte, pero, probablemente, habrían visto al mismo al que habían estado viendo durante el último mes, y no a aquel cuyo cuello ya no ocultaba la realidad de su horror. Una multitud de ojos miraban al frente en el centro del rostro verde y distorsionado. No eran manos, sino brazos de pulpo los que sobresalían de las mangas de la túnica, al igual que otras protuberancias similares se enroscaban en la parte posterior, cubiertos por la capa, moviendo la gruesa tela sobre el anciano. Ahora que el velo de la ilusión se deshacía ante ella, se fijó en los finos bordados que adornaban la túnica del maestro de la corte, cosidos por manos cuidadosas a partir de finas tiras.

Hemos terminado, dijo. Veo que está bien. Más fuerte que nunca. Lo necesitará.

Le entregó un juego de ropa limpia. Daisy trató de responder, pero solo un gemido inarticulado escapó de sus labios.

Gracias por su trabajo, la voz del anciano retumbó en su cabeza. Cada palabra era demasiado alta, demasiado aguda. Gracias por acudir a nosotros en su momento de necesidad. Cuando llegue a casa, ya se habrá olvidado de este inconveniente.

Tras cambiarse de ropa, subió las escaleras deprisa, sin detenerse en los descansillos, subiendo y subiendo, sin importarle que al final apenas respirara. Se dirigió hacia la chispeante luz del sol, hacia la luz, hacia la vida, hacia las amigas, hacia los tés de verdad, hacia las calles ruidosas por los carruajes, hacia el gran parque florido y ordenado que se extendía frente al palacio. Cuando salió por la puerta, la sorprendió un viento tibio. Sollozando, buscó su pañuelo para limpiarse la nariz y los ojos. Luego miró a su alrededor y volvió a limpiárselos. En el parque no crecían flores a lo largo de los senderos, sino brazos de pulpo verdes que se alargaban unos hacia otros formando un sendero espeso y oscilante. Las ventosas más claras que las bordeaban podían parecer flores aquí y allá a lo lejos, pero Daisy no se dejaba engañar.

En la calle, extrañas figuras se acercaban a ella. El repartidor sostenía los periódicos con la misma energía que hacía un mes, cuando pasó a su lado, pero su brazo se había convertido en una larga culebra con manchas, que se enrollaba alrededor de los diarios. Miró horrorizada al muchacho y se sobresaltó al ver un rostro deforme con demasiados ojos, aunque un momento después la saludó con la amplia sonrisa habitual del repartidor. Al otro lado de la calle, una mujer de cintura robusta volvía a casa desde el mercado. Cuando se volvió de lado, a Daisy le pareció que no era su mano, sino un tentáculo moteado que se extendía desde detrás de su cuello, el que sostenía la cesta cargada. Las paredes de ladrillo rojo de los edificios, inmaculadas hacía solo unas semanas, ostentaban manchas de color verde oscuro. Un trozo de ladrillo cayó de uno de los edificios a sus pies: Daisy levantó la vista y vio que un brazo de pulpo del grosor de un muslo había perforado la pared, y la nada verde se filtraba a través del agujero redondo.

El delgado velo de la realidad se desgarraba ante sus ojos. Las personas que la rodeaban se habían convertido en monstruos, medio monstruos, haciendo su trabajo como antes. Los nobles terrenos del palacio se habían convertido en un conjunto de ruinas enmohecidas. Todo estaba a punto de ser engullido por lo desconocido que trascendía la realidad conocida, vista por aquellos a los que los ancianos habían desvelado sus secretos. Y Daisy sabía que no podía contárselo a nadie, o acabaría en el mismo manicomio que la bisabuela de Lisa.

De repente, Lisa apareció frente a ella. Su leal amiga probablemente paseaba hasta allí todos los días, por si se encontraban, pensó Daisy. Llevaba una sombrilla de encaje en la mano, como para proteger su delicada piel de la luz del sol, aunque hacía tiempo que el sol había desaparecido de este mundo. Cuando se vieron, Lisa aceleró el paso.

—¡Lo sabía! —gritó feliz—. ¡Sabía que todo saldría bien! ¡Estás estupenda, Daisy! Si tú… ¡no tienes barriga!

Sintió que algo agrietaba las baldosas de la calle. No miró hacia abajo, solo notó que algo se enroscaba en su pierna, subía por su muslo, luego llegaba a su cintura y trepaba, deslizándose, hasta su pecho. Lisa dio un paso hacia ella con los brazos extendidos para abrazarla. Ella no puede verlo, pensó Daisy. Quizá sea mi imaginación. Quizá esté loca.

El aire se agotaba a su alrededor. Se sentía vacía, como si le hubieran arrancado algo, pero ya no recordaba qué era lo que había perdido. De repente, el corsé empezó a apretarle.