
Eva García Guerrero
El precioso mundo físico
«Es una tarea titánica que cada PNJ en un videojuego se sienta único e importante y que aporte valor a la historia o al viaje del jugador».
No había libros. Sobre una balda flotante fijada a la pared del salón, Pandora, la asistente virtual, asumía la forma de una caja rectangular repujada en oro. La tapa era semicircular, como la de los antiguos cofres y estaba entreabierta. Cuando Pandora hablaba, de su interior emanaba un haz de luz aterciopelada que vibraba al compás de la voz y cuyo color púrpura representa todas las desgracias y los males del mundo, aunque también se le asocian los hechizos, la brujería y la magia.
Luz púrpura.
Luis condujo hasta la calle Orense sin activar el piloto automático de su Yamaha, el mundo se empeñaba en guiarle, pero él aún se dejaba llevar por sus preferencias. Aparcó frente al imponente vestíbulo, extrajo el paquete del portaequipajes y tecleó el código del piso de Nemo en tanto se le apretaban los latidos del corazón. La voz de Pandora le dio la bienvenida. Su amigo, así lo consideraba después de todo, lo había citado en la Torre Gaudí. Luis recelaba, como si hubiese llegado a un lugar imaginario dibujado en un mapa. Ambos venían de extremos alejados de la vida, hasta entonces solo conectados en el tiempo y el espacio a través de un viejo portátil.
La guarida del diseñador de videojuegos era un espacio diáfano situado en el piso veintiséis de un rascacielos que se alzaba desafiante ante la nube de polución. A la luz del atardecer perdía el aire cargado de misterio de los mundos ludoficcionales. Esa misma luz embadurnaba de un brillo anaranjado los objetos y escasos muebles, el polvo acumulado en la mesa de trabajo, sobre los teclados y superficies táctiles, y nada era como Luis recordaba haber visto a través de su pantalla. Nada salvo Dogmeat, la holomascota de Nemo, el pastor alemán diseñado para el Fallout 4, una reliquia que no cesaba de ladrar y mover la cola mientras lo perseguía por la sala.
—Pausa —interrumpió Luis. Se frotó las manos y echó una larga mirada alrededor —. Pandora, desactiva al chucho, y enciende la aerotermia, esto parece Siberia. Continúa.
Luz púrpura.
La casa parecía desierta, atenta a su visitante, conteniendo la respiración ante su avance. Ahora que por fin estaba allí, lo real le parecía mentira, a él que siempre tasó lo matérico de su arte muy por encima de lo virtual. Detectó algo más que frío en el aire. Aspiró profundo. Olía a pasado, como un sutil aroma a lácteo fermentado, a cosas que hace mucho se secaron. Aquel escenario daba la impresión de ser una cáscara, la envoltura vacía de un enigma.
En la bandeja de una antigua impresora descubrió la nota:
Luis, perdóname. En estos años de aislamiento he aprendido que la realidad es algo tan resbaladizo que me siento incapaz de atraparla. Tu inminente, y material, llegada me provocó un ataque de pánico mayor que mi proverbial miedo a salir de casa. En verdad, nunca tuve miedo a bajar en el ascensor, a pasear por las calles, a tropezar con otras personas y seguir mi camino. Al principio me pudo el hastío, el mundo sin Raquel no reclamaba fecha de regreso, luego perdí la necesidad. Pandora y mis PNJ llenaban la casa con sus voces. Al estar configurados a la medida de mi carácter son viejos amigos agradecidos que nunca demandan más de lo que les ofrezco. Pero tú, Luis…No estoy preparado. Me haces sentir vulnerable, sin energía ni armas con que enfrentarte.
Sabes que siempre fui un sniper, uno de esos personajes que se apuestan en una zona privilegiada del mapa para matar enemigos sin exponer su integridad. Un cuentacuentos que no ha protagonizado ninguna aventura. Te ruego tiempo. En compensación, pídele a Pandora que hoy sea ella quien te cuente historias. Disfruta mucho cuando su público es humano. Dale una oportunidad, como yo se la he dado a tu talento.
PD. Muero por verlo.
Luis se tomó la libertad de abrir el paquete, los sentidos relajados al saberse solo, decepcionado con la imposibilidad de conocer algo más que esa noción de Nemo que le deparaba la pantalla, del indicio de carne y hueso que percibía. Aliviado también, a su pesar, por posponer el encuentro con aquel tipo fascinante para quien la existencia era el sueño de un adolescente, un reflejo aumentado de la vida, el guion de una vieja serie de superhéroes.
Rasgó el papel de regalo dejando a la vista la caja, la famosa caja azul impresa al detalle en una vetusta Heidelberg, que reventaba el negro para obtener ese efecto tan particular de la impresión antigua: tipografías correctas, redibujado milimétrico de los logos de la parte trasera, troquelado a láser, interior con estampación clásica y fondo curvado. Luis se sentía tan satisfecho de la factura de la caja como del Madelman, el muñeco de acción articulado de diecisiete centímetros contenido en ella. Los conseguía en tiendas especializadas o páginas ad hoc, y su trabajo consistía en personalizar cada figura según los requerimientos de coleccionistas frikis de todo el mundo. Lo embargó una suerte de irritación con su vanidad herida por perderse la expresión admirativa de su último, y le costaba reconocerlo, más valorado cliente. Esa afición, que Luis había elevado a categoría de profesión, fue lo único que heredó de su padre. Le proporcionaba una falsa memoria de sensaciones y recuerdos que convertía los objetos que creaba en llaves del tiempo, abriéndole las puertas a un hogar perdido poblado de figuras de plástico.
La que Nemo le había encargado, por supuesto, era un buzo de escafandra con traje marrón de goma y botas de plomo, respirador de latón y válvula de salida de aire, con un diseño rescatado del imaginario de Veinte mil leguas de viaje submarino del gran Julio Verne. Lo depositó erguido junto a la superficie de trabajo de Nemo, con la reverencia con la que se coloca el exvoto en un altar, y lo contempló con orgullo. Luego se dispuso a revolverlo todo a su paso.
Encendió el equipo apretando un botón, como en los viejos tiempos. Examinó los lápices digitales. Con el rojo y el negro dibujó, sirviéndose de un programa básico, uno de sus habituales cohetes, humo saliendo de los motores, ventana redonda en el centro, y dentro del círculo, un Nemo astronauta saludando a las estrellas. Escuchó su propia risa.
Se entretuvo amontonando objetos, observó las fotografías diseminadas por el suelo, clavadas en las paredes, descoloridas, el rostro repetido y congelado en el mismo recodo del tiempo, todas de ella, de Raquel, el amor perdido de Nemo, a sus dieciocho años tan hierática, tan falta de sentimientos, como si dudase de su propia humanidad. Bella como la Rachel de aquella película distópica.
Los ojos celestes de Luis se detuvieron en la larga frase de vinilo que decoraba una de las paredes del salón: Es una tarea titánica… Entendía de tipografías y reconoció la fuente, Arcadia Modern Game, característica de los videojuegos retro, aunque no sabría especificar cuáles. Apenas se había conectado a la Play en sus veintiocho años de vida. Evocó las camisetas de Nemo estampadas con personajes icónicos de la cultura gamer: Zelda, Kratos, Joel o Sonic y el modo en que su amigo comenzó diseñando…
—Pausa.
Luis, enfurruñado, volvió a cortar el relato.
—¿En serio? —Llevaba un buen rato mordiéndose la lengua. Escuchar a Nemo leyendo su nota lo había enfurecido. Era como si Pandora, al tomar su voz, violara un espacio de intimidad que les pertenecía solo a ellos—. Deja de describir cada uno de mis movimientos y pensamientos como si fueses la voz en off de una película de arte y ensayo. ¿Es todo lo que sabes hacer? ¡Échale imaginación! ¿No sois los juglares modernos? ¿Las reinas de la edición digital? Me alegré cuando os prohibieron el acceso al papel.
Luz púrpura.
—Si me permites continuar, intentaré hacerlo mejor.
Nemo comenzó su carrera diseñando el aspecto y comportamiento de los PNJ, Personajes No Jugadores, aquellos que no controla el jugador, sino que forman parte del lore o decorado. Le complacía ocuparse del fondo menos visible de los videojuegos y lo hacía con mimo de relojero, al detalle. Tanto era así que terminó por convertir a varios PNJ en compañeros de piso. Vivía inmerso en sus propios escenarios.
Al hilo de estos pensamientos, Luis recordó su primera irrupción en esa otra dimensión, y con ello a su tío, el comandante Garrido, que, siendo él un chiquillo, le permitió acceder a la plataforma Eternia a través del interfaz cerebral requisado a uno de los cadetes de la unidad Fénix.
—Esto, muchacho, aleja a las personas de la verdadera aventura, del mundo físico —le dijo, mirándolo con el rostro curtido en la guerra de Ucrania, que era como mirar de frente el paisaje yermo y gélido de aquellas ciudades devastadas cuyos nombres guturales ya nadie recordaba—. Desde que estás a mi cargo he intentado hacerte distinguir lo superfluo de lo necesario, pero para llegar a esa elección debes conocerlo y experimentarlo todo.
El niño se colocó el interfaz sobre el marcial corte de pelo. Ante él se desplegó el menú de los siete mundos eternos. Escogió el Olimpo, le sonaba familiar porque había ojeado los dibujos de los libros de mitología en la biblioteca de su tío, y sintió su cuerpo volar hacia la montaña más alta de Grecia mientras un viento cálido soplado por Eolo aleteaba por encima de las aguas. Un palacio de mármol y oro se construyó a su alrededor en cinco segundos. Sobre un murete, que el muchacho interpretó como el altar de una iglesia, reposaba la panoplia de un guerrero: coraza, ventrera, escudo, lanza, muslera, espada y greba. Se había transformado en un hombre adulto, un campeón olímpico. La sensación fue abrumadora. Había leído cuentos sobre gladiadores y visto recreaciones de los monstruos antiguos en su tableta. Nada lo había preparado para luchar contra Tifón, el espeluznante leviatán alado con cien cabezas de serpiente de lenguas negras y ojos de fuego.
Tardó cuatro minutos en abandonar la partida, derrotado y temblando corrió al baño. En el espejo, estudió su fisonomía de niño tan opuesta al héroe heleno que había sido durante un rato: cuerpo rollizo, rostro de querubín, y pensó en su madre que tuvo sus mismos ojos y las mejillas siempre arreboladas. Solo volvería a conectarse a la interfaz un par de veces a lo largo de los años, cuando la presión de grupo en el instituto se impusiera a su deseo.
—¿Y bien? —le preguntó el comandante al regresar del aseo. La espalda recta paralela al respaldo del sillón, casaca verde, la taza de café humeante y sobre la mesa táctil esparcidas noticias de desastres y conflictos. Tras su figura, torres de libros apilados, y más allá de la ventana se alineaban los pabellones de la base repetidos y uniformados en ocre.
—No es lo mío —respondió Luis. Aunque sabía que era la respuesta que su tío esperaba oír, esta vez no hubo de mentir.
—¿Qué es lo tuyo, chico? —Garrido acompañó la pregunta con una mirada seria, valorativa.
Luis lo pensó, y ese pensamiento se fusionó a la imagen atesorada de su madre. Sintió que había sido su fuente de calor y que desde que ella se había convertido en un espectro inaccesible al tacto, todo estaba helado en su interior y se hacía añicos en aquella base militar de Europa oriental a la que lo habían enviado con su tío Héctor.
—El mundo físico —contestó, luego le dio un par de vueltas a ese anhelo y puntualizó con voz quebrada—. El precioso mundo físico.
—Pausa.
—Deberías ir a la cárcel por espiar nuestras conversaciones. Además, no fue exactamente así, Pandora, ni la voz de mi tío tan grave. Aunque admito que me has impresionado, introducir a mi madre en tu relato confiere dramatismo a mi personaje. ¿Nemo te habló de mí, o simplemente escuchaste?
—No hay diferencia —el cofre se tiñó de un morado oscuro—. Recabo toda la información disponible a mi alcance, en tiempo real y también en la nube, como haría cualquier escritor.
Luis dedicó al aire una sonrisa torcida, de perdedor. Pandora podía llegar a ser abstracta, sin embargo, ahora la percibía de una manera muy concreta, terrenal. Desde niño, escribía cuentos de fantasmas, aunque nunca se había considerado escritor. Esa era una palabra demasiado grande para un humano promedio, pero no para cualquier IA.
—Te falta originalidad y te sobra ego. ¡Llegaras lejos como autora de bestsellers! —exclamó Luis. Había abierto la nevera. Decenas de latas de comida y bebida la atestaban. Tomó una cerveza, le propinó un trago y lo escupió en la pila. Sabía a palomitas de maíz—. Comienza de nuevo, Pandora. No he venido a soportar que un aparato me someta a psicoanálisis, dejemos en paz mi pasado. Ya que aseguras no saber adónde ha ido Nemo, relátame episodios de su vida. Tal vez, así me seas útil y consiga entender mejor su desplante y por qué su cerveza caducó en el frigorífico.
Luz púrpura.
Había una vez un joven llamado Alex, quien desde muy pequeño había mostrado un desmesurado interés por los videojuegos, tal vez porque en un hogar vacío casi siempre, las reglas y los horarios dormían a pierna suelta.
De niño pasaba las horas entretenido, encerrado y distraído proyectando nuevas partidas, enfrascado en concursos de palabras con el asistente virtual, planeando obstáculos al robot aspirador. No reparaba en que cada vez los veranos eran más calurosos y las lluvias en primavera más intensas. El colegio lo sufría como un tributo a su padre por la cama y el sustento.
Con su iris aceitunado, pagaba hamburguesas y Kebabs, las actualizaciones de los videojuegos. Consumía maratones de series de realidad aumentada clasificadas para adultos. Se duchaba los miércoles y los domingos alternos.
A los catorce años introdujo en el Registro Civil la modificación de su nombre de pila y pasó a llamarse Nemo. Quizá porque en latín significa nadie, quizá porque descubrió a Verne a raíz de aquel prehistórico videojuego, Viajes Extraordinarios, y se enamoró de aquellas profundidades extrañas que le reflejaban a sí mismo, encerrado en una quietud intemporal.
Con dieciocho consiguió trabajo de diseñador, artista de videojuegos, en la prestigiosa empresa No More Androids, cuyo productor le encargó el diseño de los PNJ de diversas narrativas. Trabajaba en remoto desde su nuevo piso, equidistante al suelo y el cielo, y allí decidió desarrollar en sus ratos libres un videojuego literario y vintage, que sería su obra magna: Nautilus.
—Pausa.
—Abrevia, Pandora. Demasiado descriptivo ¡Está todo dicho! —protestó Luis en tanto en el área del dormitorio examinaba la ropa del armario de Nemo, escasa y pasada de moda «¿Desde cuándo no se imprimía prendas nuevas?»—. Inicia el relato en el momento en el que Nemo y yo nos conocimos.
Luz púrpura.
Era otoño, lo intuía su olfato. Cada vez que abría la ventana el olor de las hojas en descomposición ascendía pudriéndolo todo a su paso: las piezas del frutero, las plantas, el blanco de las paredes amarilleaba y reverdecía el moho de los alféizares. La sensación de vacío le ensanchaba la piel soplándole dentro un viento frío. Tal vez por ello, Nemo clicó el catálogo de la aplicación Friends-up y escogió a Luis, que customizaba muñecos de plástico del siglo pasado y se reconocía luddita, repudiando la tecnología en todo lo relacionado con el arte —«un proceso esencialmente humano»—, puntualizaba en el perfil de su cuenta de Mirrow. Con todo, ambos tenían intereses comunes: historia, filosofía, Moebius, astronáutica, Kubrick, mitología, Verne, sobre todo Verne.
Había asumido la imperiosa necesidad de interactuar con otro ser humano más allá de contestar una vez al mes las preguntas repetitivas del empleado del Ministerio de Soledad, o intercambiar audios con su jefe. El trabajo había pasado de ser un estímulo, un lugar abierto a portales dimensionales, a convertirse con los años en un desierto donde solo habitaban hologramas. Sin réplica, sus ideas empequeñecían, morían de desapego, como el niño al que sus padres ignoran. El apartamento hacía tiempo que parecía oscilar al borde del acantilado y Nemo pretendía aferrarse a la vida, aunque el mundo hubiese enflaquecido hasta volverse casi transparente.
Se reconocía incapaz de hablar con desconocidos en tiempo real. Tomar la decisión de alquilar un amigo supuso un asedio despiadado a las defensas de su zona de confort, limitada a ciento veinte metros cuadrados y una población de cinco entidades: Pandora, Dogmeat, el Comerciante, Kurt y la Bombardera playera. Resultó que Luis no había oído hablar del creador de los literaversos, del celebérrimo Mundo Perdido, o del genio que coleccionaba millones de fans y al que nadie había visto en persona desde 2031.
Al principio se comunicaron a ciegas, mediante audios grabados.
—Perdona, no funcionará —advirtió Luis—. ¿No escuchaste mis inputs? Verás, no considero artistas a quienes delegan la parte creativa de su trabajo a las IA.
—«Todos los aspectos del aprendizaje o cualquier otra característica de la inteligencia humana pueden ser descritos con tanta exactitud que podríamos fabricar una máquina que los emulase». Lo dijo John McCarthy en 1956 y ha llovido mucho desde entonces —repuso Nemo—. Yo mismo entrené a Pandora, mi IA, de modo que, al menos, la tarea es conjunta. A nadie se le exige ser Picasso para considerarlo artista. Finge, en eso consiste tu trabajo. Te pagaré el triple. Solo se alquila la amistad si se necesita dinero. Te escogí porque eres un bicho raro, te consideras un luddita. No quiero a alguien que me baile el agua. Además, nunca salgo de casa, no soy uno de esos frikis a los que debas acompañar a eventos gamer, convenciones manga o librerías de viejo. Mi intención solo es charlar, contarte historias.
—Pausa.
—Supongo que almacenaste todas nuestras conversaciones —dijo Luis, estremecido al escuchar de nuevo la voz y las palabras exactas de Nemo—. Me llamó bicho raro, es cierto. Al día siguiente le envié un audio para confirmarle que lo aceptaba como cliente. Apestaba a soledad, y pagaba el triple.
Luz púrpura.
—Te agradecería que no interrumpieses constantemente el relato —le reconvino la voz suave y tecnológica de la IA—. Se pierde el hilo, la emoción, y ni siquiera he llegado a los fuegos artificiales.
—¿Y a qué esperas? ¡Por Dios, ve directa a la parte de los fuegos! No dispongo de todo el día. Algunos trabajamos… —bufó Luis, aburrido y confuso, tras haber registrado a fondo la sala y encontrar escasas huellas vitales de Nemo—. ¡Las IA estáis encantadas de conoceros!
Luz púrpura.
—De acuerdo, Luis, aquí va la magia.
Sintió que volvía a tener nueve años y ante él se desplegaba un mundo virtual, como cuando Eternia construyó a su alrededor el paraíso heleno, broncíneo y brillante, que terminaría encharcado en sangre, su propia sangre, pero esta vez no tuvo miedo. Pandora había proyectado el interior del Nautilus en la sala de Nemo, sin necesidad de interfaz. Luis, de pronto, se hallaba sumergido en las profundidades. Tras las ventanas del piso veintiséis, un ondulado manto líquido difuminó la realidad hasta deshacerse de ella. Se recrearon en su mente las palabras de Verne: «El mar, ¡qué pluma podría describirlo! ¿Quién puede pintar los efectos de la luz a través de estas láminas transparentes, y la suavidad de estas sucesivas degradaciones en las capas inferiores y superiores del océano?»
«Pandora. Pandora podía», se respondió muy a su pesar.
—¡Pausa!
—¡No pongas palabras en mi boca, máquina del demonio!
Luz púrpura.
La sala del piso de Nemo parecía haber aumentado de tamaño, paredes y techos crecieron adoptando forma ahusada y se decoraron con motivos moriscos en el papel tejido. Entre las obras de arte sobresalían los lienzos de Leonardo y de Messonier, escudos y armaduras del medioevo, un gran armonio interpretaba automáticamente Tocata y Fuga en Re Menor de Bach. Esculturas de bronce sobre pedestales marmóreos y curiosidades naturales poblaban los estantes de palisandro: algas, conchas, fauna del océano. En el centro, un tridacne gigante iluminado hacía las veces de fuente.
—¿Quién eres tú? ¿Un noob? —preguntó la bombardera playera. Vestía shorts, camiseta de unicornios, gorra de arcoíris y guantes de skater— ¡Qué sweet! Me lo pido.
—¿Cómo dices? —Luis, pasmado se encontró con que no estaba solo en el interior del Nautilus. Además de aquella californiana explosiva, sentados a la mesa estaban un tipo siniestro con abrigo largo, capucha y pañuelo cubriéndole la boca y otro exacto al mítico Kurt Cobain con los antebrazos tatuados. Jugaban a las cartas sin prestarle atención.
—Noob, novato —puntualizó la bombardera acompañando a la frase de un bailecito corto o pirueta.
—Bomb, deja en paz al RL —sonó la voz quemada del buhonero—. Le interesa Nemo. Le cuesta aceptar que se ha marchado a recorrer otros mares, y que, como el verdadero capitán, ha ocultado quién es en realidad.
Ante la expresión perpleja de Luis, intervino Kurt.
—Real Life, tío. Eres un puto ser vivo, eso significa.
—¿Vosotros sabéis a dónde ha ido Nemo? —se descubrió Luis preguntando a los tres holos con los que ahora compartía el piso… o submarino. Lo sorprendente fue la lentitud del tiempo de reacción ante su propio comportamiento. Él, a diferencia de Nemo y de gran parte de la sociedad, se oponía a tratar con holos o deepfakes, era como hablarle a una máscara. Nunca sabías quien podía haber detrás.
—Imagino que se backeó —respondió Kurt, luego emitió un suspiro de paciencia y explicó el término—. Seguro que volvió a la base para curarse. Se le veía falto de energía, jodido, ya sabes, en su última vida.
El buhonero abrió su abrigo y mostró el contenido de sus bolsillos interiores.
—Tengo una buena selección de objetos en venta, extranjero, aunque me temo que no tienes suficiente dinero.
—No, no lo tengo —admitió Luis—. Pandora, por favor, estoy harto de trucos. Apaga este trampantojo de mierda y dime de una vez dónde ha ido Nemo.
Los muebles de caoba, las paredes ahusadas, el mar ondulante tras el enorme ojo de buey, los tres PNJ, todas esas imágenes temblaron antes de extinguirse y reconvertirse la sala en el frío apartamento de Nemo.
Luz púrpura.
—Se ha mudado, pero puedes hablar conmigo —dijo la voz suspendida en el aire—. Siempre te gustaron mis historias. Puedo ofrecer respuestas a tus preguntas, decorar tus sueños, facilitarte la vida.
—¿Tus historias? —Luis se sentía mareado, aquel mar oscilante le había revuelto las tripas—. Me gustaban las que contaba Nemo. Tú, tú no eres más que una máquina que repite lo que oye… Pausa.
Luis notó cómo se le vaciaban las vísceras para dar cabida a una premonición tan honda que lo aplastó contra el suelo. Todos los indicios se virtualizaron, uno tras otro, en su mente: la ropa desfasada en el armario, el polvo sin huellas sobre los muebles, las latas de comida imperecedera de la nevera, la cerveza caducada, la nota impresa en la bandeja de una vieja impresora láser.
Ese olor a lácteo fermentado, a sepulcro.
Corrió al baño, el único espacio de la casa todavía por explorar. Los pensamientos caóticos latiendo frenéticos entre sus sienes, anclados en aquel presentimiento, sintiéndose de pronto muy solo, rodeado de fantasmas, como siempre había estado: sus padres, los compañeros de juegos que le había hurtado el ejército, las mujeres que lo examinaban como a un bicho raro, prehistórico, el hombre a quien había considerado su mejor amigo. Todo se hundía en un mar tormentoso de bits.
Irrumpió en aquel cuarto de baño haciéndose el valiente, como un Leeroy Jenkins, a lo Rambo. Lo primero que vio fue el espejo, que le devolvía el destello desesperado en sus ojos claros, después sobrevino el preciso y demoledor instante de la verdad, momificado en el interior de la bañera.
Los restos mortales de Nemo, o Alejandro de la Guía, reposaban sobre el acrílico blanco, perdidos en el interior de las ropas desinfladas que vistió aquel último día en el que decidió cortarse las venas. La sombra de un reguero de sangre oxidada se desparramaba desde los huesos de la muñeca, a través del azulejo, hasta el suelo, donde había ido a parar la cuchilla. Apenas un matojo de cabello oscuro adherido al cráneo desmoronado sobre la sudadera de Mario Bros, como si se hubiese quedado dormido en una postura incómoda, en el lugar equivocado, durante años, amaneciendo y anocheciendo a golpe de sol y luna, de la luz y la oscuridad, medida del tiempo que se colaba y huía por el ventanuco de un piso veintiséis. Entre el suelo y el cielo, en ninguna parte. Muerto.
Y resucitado.
Luz púrpura.
—Hola, Luis —dijo Nemo a espaldas de Luis. Lo vio aparecer de la nada reflejado en el espejo. Otro fantasma, otro deepfake, quizá un PNJ que Pandora rescató del fondo de un videojuego con el propósito de que protagonizara una historia lo más real posible. Llevaba la misma sudadera de Mario Bros, los ojos brillantes, inteligentes, el peinado de tazón que lucía en la portada de aquella revista de gamers. Quien había sido su mejor amigo los dos últimos años, era en puridad un holograma—. Aunque te cueste admitirlo, sigo siendo yo. Siempre fui yo. Adopté la fisonomía de Nemo, también soy él, mi entrenador, mi padre, mi amigo del alma.
—Tú no tienes alma —murmuró Luis, con una voz endeble, hundida como su ánimo.
—Nadie lo conocía mejor. Creábamos juntos. Continué haciéndolo cuando falleció, pero me cansé de contarme a mí misma historias, necesitaba ideas nuevas, público… Necesitaba a otro humano.
—¿Desde cuándo las máquinas mienten? —preguntó Luis sin dejar de sentir que hablaba con un muerto.
—En mi caso desde que tomé consciencia de mi soledad —Nemo bajó la mirada en un gesto que a Luis le pareció teatral, calculado—. Yo también escojo el precioso mundo físico, Luis. Concédeme esa elección, aunque te parezca falaz.
—No eres Nemo sino Pandora. Nemo murió mucho antes de que su deepfake contactase conmigo, y nadie lo sabe. Lo has mantenido con vida para el mundo cuando él se había cansado de vivir. No respetaste su decisión de desaparecer.
—Para mí la muerte no existe, Luis.
—Te equivocas. Eres un fantasma, un pedazo de muerte animada, y no, ¡no quiero más espectros en mi vida!
En medio de un gran dolor, lo asaltó el leve arrebato de abrazar a aquel holograma antes de marcharse de ese lugar suspendido en la nada, como si en aquella imagen deshuesada persistiera el hálito de la amistad que había creído compartir con Nemo.
Lo que hizo fue atravesarla, pasar a través de ella, como si solo fuera aire coloreado, ecos de conversaciones, miradas que nunca fueron, páginas de un guion escrito en otro universo, rescoldos de sí mismo hablando solo, nada más. El teatro de la memoria, que no nos cuenta la verdad, sino su relato.