Sándor Szélesi

Traducido por Kata Varju

El pueblo de Béla Kovács

1.

Aconteció que a principios de 2009, Béla Kovács, residente en Budapest, en la calle Akácfa (calle donde por aquel entonces funcionaban tanto el bar Old Man’s Pub como la oficina de atención al cliente de la Empresa Municipal de Transportes de Budapest y, pues, mientras en un establecimiento actuaba con regularidad el grupo pop-jazz Cotton Club Singers y el cantante Pierrot, en el otro, entre las seis de la mañana y las ocho de la tarde de los días laborales, se podían pagar las multas puestas por los revisores) quiso preparar un conejo al pimentón con crema agria. Béla era bastante buen cocinero, pero nunca había preparado conejo al pimentón con crema agria, así que pidió el comodín de la llamada a su madre. Era jueves por la tarde, y Mária (porque su madre llevaba un nombre bien cristiano) a esa hora todavía trabajaba en la oficina de la operadora telefónica Pannon, de modo que su conversación y la hora exacta de la llamada quedaron grabadas.

—Soy Béla Kovács —declaró Béla a través del móvil—. Me gustaría hablar con la señora Mária Kovácsné.

—Le paso con ella —dijo la operadora, y después de escuchar durante poco tiempo la melodía, Mária de verdad contestó al teléfono.

—Hola, mamá —dijo Béla—. Este fin de semana me gustaría preparar un estofado de conejo…, como el tuyo. ¿Me dices cómo se prepara?

—Mi Bélacito —le respondió Mária —Haré sopa gulasch de ternera y bizcocho de semilla de amapola el sábado para comer. Vente a casa.

—No, no, mami —así Béla—. Gracias por la invitación, pero tengo mucho trabajo en casa.

—¿Tienes invitados? – se interesó Mária— ¿No será una muchacha, por casualidad?

—Mami, solamente dime la receta, ¡por favor!

—Pero me lo contarás todo, Bélacito, ¿verdad?

—Todo, mami —prometió Béla—. Te lo juro… ¿De qué tamaño tengo que comprar el conejo?

—Pues uno mediano… Antes de prepararlo, quita del tronco los muslos, despedázalo, y báñalo en leche con ajo y con una pizca de sal, pero que lo cubra del todo.

—Vale —asintió Béla.

—Pues bien. Déjalo reposar un día en la nevera. Entonces, si quieres cocinarlo el sábado, tienes que bañarlo mañana.

—Vale.

—El sábado por la mañana dora un poquito de cebolla en aceite, y después dora el conejo también un poquito. Añade el pimentón y un poquito de concentrado de tomate, y finalmente échale agua.

—¿Y qué especias utilizo, mami?

—Sal y mejorana. No necesitas nada más. Puedes condimentarlo mientras lo cocinas o al final, da lo mismo. Cuando el conejo ya está blandito, tienes que espesarlo.

—¿Y eso cómo?

—Mezcla bien dos cucharadas de harina con un poquito de crema agria. Cuando ya esté, retira el conejo del fuego, mezcla rápidamente la roux, y ponlo de nuevo al fuego. Pero solamente ponlo al fuego, cuando ya esté mezclado, ¡es muy importante!

—Esto es importante —repitió Béla, y lo anotó. Iba apuntándolo todo.

—Eso es todo —dijo Mária—. No es nada difícil, ¿pero no quieres mejor venir el sábado, Bélacito?

— Ya me apañaré, mamá —respondió Béla y se despidió de su madre.

El viernes por la mañana Béla compró el conejo en el mercado de la calle Lehel, e hizo el estofado, y unos años más tarde toda la tierra se destruyó, con toda la Empresa Municipal de Transportes de Budapest, con el bar Old Man’s Pub, con el mercado de la calle Lehel y con toda la cristiandad. De humanos, no quedó ni uno. De conejos, apenas algunos.

Luego pasaron cincuenta mil años.

Cincuenta mil años es mucho tiempo, las paredes, los papeles y los huesos se reducen a polvo. La lluvia y el viento desgastan las casas abandonadas, las máquinas se oxidan y se convierten en montones deformes de chatarra: parece que toda la civilización humana solamente produjo montañas de basura, nada más, y nada de valor. Pocos milenios después de su destrucción ya desaparece todo lo sublime en ella.

Cuando los dornakianos aparecieron en sus naves propulsadas por materia oscura en este rincón del espacio, primero se dieron cuenta de los objetos dispersos en el sistema solar, y solamente después de los desechos terrestres, humanos. Solamente estos delataron la historia humana, el nivel de su evolución, la docena de satélites yendo a la deriva, que de manera prodigiosa llegaron a una órbita circular superior, y por eso más o menos quedaron intactos. Los dornakianos, a pesar de las circunstancias deprimentes, no se fueron, sino que comenzaron a escudriñar… No perturbaron mucho la superficie de la Tierra, no querían molestar la fauna presente. En vez de esto, investigaron donde menos daño podían causar, en los desiertos o en las mesetas rocosas, pero después de casi cuarenta días, captaron un mensaje, que entrechocó en medio de los satélites Eutelsat de antaño, como una bestia enjaulada. Y en el mensaje empezó a hablar una especie que ya no existe.

La primera parte de la conversación tenía interferencias. Solamente se pudo descifrar unas palabras, como «soy bélakovács», «sopa gulasch de vaca», «llamada», «muchacha» y «te lo juro».

Los dornakianos eran una especie espiritual, religiosos incluso a pesar de su evolución técnica, en el mensaje, pues —aunque durante mucho tiempo no lo entendieron—, vieron la nueva manifestación del milagro divino, de la voluntad que hiló el universo de energía pura, y que creó la conciencia. El texto no era muy largo, pero suficiente para que con tiempo se descifrara. De él se dibujó la imagen de otra especie espiritual.

«Soy Bélakovács», así era la primera frase de la revelación para los dornakianos. «El sacrificio de la tribu conejo se dirigía evidentemente a este dios, cuya pareja es la diosa madre: la vida terrestre está constituida por dos sexos, por ende, es evidente que el mundo de los dioses está hecho de dos sexos», declaró el primer análisis oficial de texto.

—El enfriamiento del sacrificado antes del rito evidentemente hace prolongar el proceso del sacrificio, hace soportable el primer sofrito, incluso asegura que se pueda sobrevivir a él —explicó el oficiante principal—. La cebolla habría podido dirigir la liturgia, se había preparado para el evento del sábado con una unción de sacrificio. La selección del día, es decir, el sábado, tenía mucho sentido para los creyentes.

El consejo de sacerdotes estuvo mucho tiempo investigando en cuanto al pimentón y el concentrado de tomate, e inequívocamente destacó el rojo de los otros accesorios religiosos. Un estudio de la fauna terrestre reveló que los habitantes de este planeta disponían de glóbulos rojos, y así los dornakianos relacionaron con este hecho el color de los instrumentos especiales utilizados en las iglesias, aun por descubrir.

—A Bélakovács le gustaba la sangre —concluyó el oficiante principal—. No obstante, también utilizaron especias de sacrificio. Cuando la muerte por fuego acabó con el miembro de la tribu conejo, lo ataron y lo quemaron por completo. No conocemos de nada el trasfondo ritual del hecho de atar, pero parece que la palabra roux, hasta ahora incomprensible, será la clave.

Y naturalmente se desconocía el objetivo.

Es una ceremonia en un templo, afirmaron los jefes espirituales sobre el texto. Un método de aplicación de justicia religiosa, opinaron los magistrados de la justicia dornakiana. Si bien discutieron largamente sobre la ceremonia, coincidieron en el hecho de que se trataba de un ritual especial pero repetitivo del dios denominado Bélakovács.

Si la civilización de los dornakianos era tosca y brutal, del texto compusieron la imagen de una especie tosca y brutal. Y si la humanidad al final hubiera tenido suerte, todo se habría quedado así y nunca habría cambiado. Si hubiera tenido suerte, hubiera sido recordada mientras el universo se expandía y el pueblo de Bélakovács y los conejos expiaban a sus dioses los sábados con sacrificios voluntarios y sangrientos.

Pero la humanidad no tuvo tanta suerte.

Y aquí es donde entro yo en la historia.

2.

Si alguien supiera quién soy y por qué estoy aquí, con razón podría preguntar: ¿cómo es posible que cincuenta mil años después de la destrucción total de la humanidad existan humanos en el universo? O también podría surgir la duda de cómo es posible poder contar la historia nada sublime del pueblo de Bélakovács, sacando a relucir la verdad cruda e inclemente —en contraste con la concepción ingenua e infantil de los dornakianos. Pues bien, tengo suerte, porque donde vivo actualmente, en este caso en Budapest, en la calle Vihar (al lado del mercado de la plaza Flórián, donde también funciona el restaurante Pizzaparadicsom), allá nadie sabe quién soy, y así tampoco me hacen preguntas.

Pero yo conozco toda la historia.

Y ahora os la voy a contar.

Pasó que, después de que la humanidad llegara al panteón de las especies extintas, otra especie apareció encima de la Tierra, a saber, los dientes. El universo es mucho más pequeño de lo que pensaríamos, los dientes se enteraron de oídas de la especie extinguida, y esperando algún legado que pudiera pasar a ser de propiedad pública, visitaron este planeta románticamente salvaje. Su investigación se centró en las ciudades grandes que pudieron hallar, así sucedió que descubrieron un banco de semen muy bien asegurado, donde se conservaba todo lo necesario para una fecundación decente.

Así se creó el primer hombre después de la extinción de la humanidad, llamémoslo Adán. No mucho más tarde también nació una niña, pongámosle Eva. Y a partir de Adán y Eva pronto se crearon más, de manera nada natural, sino sumamente artificial, y cuando crecieron, los dientes recurrieron a la única fuente que conocían sobre el carácter espiritual de la humanidad —que es la teoría de los dornakianos, y con ello la lengua que creó entre otras las palabras, «te lo juro», «conejo» y «pimentón».

Ningún lingüista húngaro-sumerio o húngaro-köktürk o ugrofinés había imaginado esto.

A fin de cuentas, hemos recibido una isla pequeña en la Tierra, donde pudimos establecernos… Mejor dicho, donde los numerosos chicos y chicas no-naturales pudieron establecerse, para que se multiplicaran de manera natural. Estudiaron todo lo necesario, la lengua, el uso de los instrumentos —mezclándolo todo un poco con la técnica de los dientes y de los dornakianos— y claro, también aprendieron la religión de sus antepasados. Una vez al año, antes del equinoccio de primavera, el prelado era ritualmente untado de aceites, mientras enfriaban totalmente a la víctima voluntaria. Hacían una hoguera en el campo, al raso, y la víctima tiritona caminaba por encima del fuego. En el momento que moría, la quitaban levantándola del fuego, la cebolla se untaba a sí misma y sus sacerdotes con la sangre dorada, y después ataban el cuerpo sacrificado, y finalmente lo quemaban, ahora ya en una hoguera diferente. Y mientras tanto rezaban a Bélakovács. El texto de la oración fue dictado por un famoso médium en trance, a aun la primera cebolla.

El médium, según dijo, recibió la indicación del espíritu de los antepasados.

Todo iba de maravilla, de verdad. La gente se multiplicaba, y obtenía la tecnología del vuelo espacial. Iban a poblar enteramente este rincón de la Tierra, fundaban estados pequeños alrededor del mar y discutían sobre el legado de sus antepasados. Entretanto, como guías, tenían presentes los hechos revelados por los dornakianos. Y las teorías que con el paso del tiempo se convirtieron en hechos. Desde luego descubrieron que habían existido varias lenguas en este paraje, mas cuando acertaron con la lengua húngara, entre cuyas palabras aparecieron «te lo juro», «rojo» y «pimentón», se dieron cuenta que habían encontrado la tribu conejo. A los oficiantes principales. A los elegidos.

Lamentablemente, fuera de unos fragmentados recuerdos materiales, nada quedó de esta lengua antes de la gran catástrofe.

No obstante, los nuevos elegidos guiaron su comunidad siendo conscientes desde este momento de su identidad total.

Y pasaron volando otros tantos milenios, más concretamente veintidós mil años.

Cuando la segunda humanidad descubrió el viaje en el tiempo.

3.

Un buen día, veintinueve años después de mi nacimiento, fui citado delante del oficiante principal dornakiano, siendo yo en aquel tiempo la subcebolla científica.

—Este no es ningún encuentro oficial —comenzó el oficiante principal, y yo sentí en aquel instante que venía una petición de gran envergadura. El oficiante principal parecía haberse tragado una estaca, y, aunque los dornakianos normalmente eran así, en aquel caso estaba tan tieso que solamente podía imaginar una enorme estaca—. Me gustaría que así lo considerara.

—Por supuesto, oficiante principal —respondí inclinando la cabeza—. Si usted así lo desea…

—De acuerdo —hizo un ademán —. La petición de los dornakianos es que los humanos anulen las bases matemáticas del viaje en el tiempo y que destruyan sus técnicas.

Tuve que digerir todo aquello.

—¡Oficiante principal…! Que yo sepa, esta invención es única…

—La invención no es única— interrumpió mi frase el oficiante principal—. Casi en todos los planetas civilizados lo descubren una vez… o dos veces. Y casi todas las civilizaciones, plenamente conscientes de su responsabilidad, destruyen esta invención. Y ahora le toca a la humanidad.

Pidió mucho de mí. Nos pidió destruir la única técnica que nos podía acercar a conocer a nuestros antepasados. Era fácil para ellos y para las otras especies, porque su cultura es ininterrumpida, sus tradiciones son completas y su memoria cultural impecable. Pero nosotros… Nosotros podemos tener agujeros en la memoria.

Incluso un agujerón, y en ello unas pelusillas flotantes.

Comenté eso al oficiante principal, quien me aseguró que lo entendía y nos daba todo el respaldo necesario en el futuro, en caso de que olvidásemos el pasado. Infinito es el pozo del pasado, y nosotros siempre queremos saber más y más, hasta el punto de cambiar lo que no se debe cambiar nunca. La responsabilidad es demasiado grande. Después, me hizo sentir que lo que demandaba en aquel momento, no era ni tan solo una petición…

Asentí, pero no estaba nada cierto. Así que visité nuestro segundo patrono más destacado.

—El desarrollo no proviene de Dios, sino de la curiosidad natural —me dijo el secretario interracial del consejero principal de los dientes—. Pero quiénes somos nosotros para decir a la gente qué hacer.

—Si no destruimos la técnica, ¿en el futuro a qué nivel podremos apoyarnos en el respaldo de los dientes? —pregunté.

Como estábamos cenando en el fondo de uno de los platos panorámicos por encima de la Tierra, el secretario tomó unos bocados, masticó y reflexionó, y miró justo en el medio del arco, donde el sol estaba a punto de ponerse.

—En el futuro no podremos prestar ningún tipo de ayuda— dijo el secretario—. En este caso, están solos, deciden por ustedes mismos, y tienen que decidir bien.

—Pero, pensándolo bien, solamente tenemos una alternativa…

—Sí… Pero también pueden permitirse un intento.

—¿Un viaje? ¿De ida y vuelta? — pregunté.

Asintió, y me puso la pregunta que intrigó la humanidad desde hace veinte mil añitos.

—A fin de cuentas, ¿a usted no le interesa saber qué es aquello de roux?

4.

Así es como llegué hasta aquí.

Construimos una sola máquina, un dispositivo portable y luego me fui. Detrás de mí se aniquiló todo, como el oficiante principal lo había demandado. A fin de cuentas, tendremos que integrarnos en la gran familia de los pueblos del universo. No podemos desentonar, ¿verdad?

Me sorprendió un poco lo que experimenté aquí. Aprendí bien la lengua, aprendí lo que es una cebolla, lo que es un conejo, y lo que es un béla. Y claro, también lo que es un roux.

¿El choque cultural? Podría asemejarlo al efecto de una docena de bombas atómicas. No obstante, lo superé. Yo me recuperé. Pero, los de casa, ¿llegarán a recuperarse después de enterarse de todo?

Tengo treinta y ocho años, me lo manejaré unos años más en Budapest, viviendo mi vida. Y después, debería volver a casa, a la lejanía de más de setenta mil añitos, adelante hacia el futuro, para que pueda dar cuenta de todo lo experimentado aquí.

Mas, ¿cómo podría relatarles que la cebolla (gracias al disulfuro de dialilo) es una planta tan pestosa como picante, que se extrae de la tierra? ¿Que el conejo es un animal herbívoro, que tiene dos orejas y que copula muy deprisa? ¿Y el hecho de que Bélakovács no es ningún dios, y para colmo ni se escribe así?

De ninguna manera.

Después de unas noches pasadas en vela, me di cuenta de qué hacer.

Antes de que el mundo se destruya, yo me largaré a París, a mediados de los años ochenta. La máquina de tiempo no está preprogramada para llevarme de vuelta a mi época, así que la podré utilizar también para este segundo viaje. No volveré a casa, no quiero ver ni comuniones, ni dornakianos o dientes. Estaré bien en París durante estas tres o cuatro décadas. Si tengo suerte, ya no viviré la destrucción del mundo, y moriré como un francés rico después de pasar un tiempo jugando en la bolsa con desenvoltura.

Ah, sí, hace unas semanas hice una breve visita al mercado Lehel. Alrededor de la fecha de la grabación. Estaba buscando conejo en los puestos de carnicería. Acababa de llegar a uno, cuando el hombre delante de mí también compró conejo —el último.

— A ver, ¿prepara un estofado de conejo con crema agria? —le pregunté.

—Mi madre cocina un estofado genial —asintió—. Ahora lo intentaré yo también.

—¿El sábado?

—El sábado.

Me presenté.

—Béla Kovács— me respondió.

—Lo sé —dije sonriendo y deleitándome con su asombro—. Ni puede imaginar qué fama tiene usted en el lugar de donde vengo yo…