
Patricia García-Rojo
El quinto despertar
La Tierra limpia lo que el progreso ensucia. El ratón ha hecho su nido dentro de la cabeza del robot que, como una calavera mecánica, asoma entre las flores. Cada primavera se hace más difícil encontrarla en el claro de robles donde la vieja Hope B15 ha visto su ala rota cubrirse de musgo. Solo hará falta una generación para que la naturaleza entierre los restos de la batalla, para que el bosque engulla el pasado terrible de la humanidad. Y, entonces, todo habrá vuelto a su lugar.
Edelvina Canto asiente, satisfecha. Después deja escapar uno de esos profundos silbidos que son una llamada, y comienza a andar de vuelta a la aldea.
Siempre acude al claro de robles antes de una reunión del Consejo. Así se ayuda a recordar, se ordena. Para ella esa nave destrozada y los restos mutilados de los robots que se reparten entre la hierba, a punto de desaparecer, son el altar necesario ante el que encomendarse. Pero ya nadie utiliza las viejas fórmulas de las religiones mesiánicas, ya nadie cree en un ente universal bondadoso e implacable, que observa desde fuera el mundo. Ahora son palabras nuevas las que nacen de los labios de los creyentes.
—Por un reino verde —murmura Edelvina.
Un perro grande y desgarbado, color canela, llega a su altura con la lengua fuera y espera una caricia de su mano.
—¿Has descubierto algo, Olmo? —le pregunta Edelvina, rascándole entre las orejas.
El perro mueve la cola, satisfecho, y echa a correr entre los árboles. Ya sabe que emprenden el camino de regreso.
Edelvina lo sigue, sin prisa, contemplando cómo el otoño inminente deja sus huellas en la naturaleza. Pronto los árboles que rodean la aldea se teñirán de naranjas, rojos y amarillos, para después dejar desnudas sus ramas y que el sol del invierno alcance a calentar los tejados de las casas. Sonríe. Le gusta el carácter cíclico de la naturaleza, el reloj profundo que hace latir al planeta.
Olmo la espera al final del camino, dándole la oportunidad de alcanzarlo antes de volver a echar a correr. Tiene seis años, pero sigue comportándose como un cachorro.
—Seis años no son nada, un suspiro —susurra Edelvina, apartando de su paso la enorme hoja de un helecho.
La luz del lago comienza a reflejarse entre los troncos de los árboles en cuanto se acerca al desfiladero, llamándola.
Edelvina sabe que aún tiene tiempo para una parada, la reunión del Consejo no comenzará hasta las doce y el sol está todavía en su camino de ascenso. Olmo entiende sus intenciones al instante; corre de nuevo a su encuentro.
—Buen perro, buen perro —celebra Edelvina, acariciándolo sin prestar mucha atención mientras se acerca al otero.
La Roca de Luna, como la llaman en la aldea, es un mirador perfecto sobre el lago. La piedra está aún fría, pero por la tarde será el punto de reunión preferido por los jóvenes. Allí celebrarán las últimas horas del verano y saltarán al agua, seducidos por una valentía caduca pero poderosa. Caldeada por la luz del sol, la Roca de Luna desprenderá su calor durante toda la noche.
Edelvina se acerca a su borde, al filo desde el que ha visto saltar a los niños. Y observa la hondonada que esconde su aldea, a orillas del lago, rodeada del bosque que se extiende hasta los picos de las montañas. Los tejados verdes de las casas se distinguen difícilmente entre las ramas frondosas de los árboles, las paredes en tonos cálidos se camuflan como parte del paisaje. Pero ella conoce a la perfección el plano de Lago Verde, la disposición libre de las callejas que la recorren. Edelvina sabe dónde encontrar cada detalle, reconoce de qué casa sale el humo por la chimenea delgada.
Olmo se tiende sobre la roca, dándole el tiempo que necesite. Cierra los ojos, confiado. La luz que refleja el lago se vuelve líquida sobre la Roca de Luna. Edelvina recorre con su mirada el agua que es el origen de la vida. Primero encuentra la desembocadura del arroyo que cruza la calle mayor de Lago Verde, después sigue su trayectoria imaginaria hasta dar con la sombra redonda y gigantesca de la nave espacial que cayó hace cincuenta años, herida de muerte en los motores.
Sabe que los jóvenes de la aldea apuestan todos los veranos llegar hasta ella, ha sucedido así año tras año. Bucean buscando una respuesta, tratando de entender por qué el ser humano fue el padre de su propia destrucción, deseando que la victoria no se sustentase sobre pilas de cadáveres.
No les sirven las explicaciones del maestro, no son suficientes las frases de sus padres; los jóvenes siempre necesitan ver, aprender por sí mismos. Ahí reside su fuerza, pero también su peligro.
—Vamos, chico —dice Edelvina, abandonando su puesto de vigía sobre la Roca de Luna—. Ya está bien de holgazanear.
Toman el sendero de madera que recorre la pared del desfiladero hasta alcanzar la parte alta de la aldea, donde las últimas casas reciben la sombra del bosque.
El ruido rítmico de los molinos eólicos que, como antiguas veletas, coronan los tejados de huerto le parece a Edelvina un ronroneo, como si las casas todavía durmieran. Pero ella sabe que no. Sabe que hace horas que comenzó el movimiento en Lago Verde, que sus habitantes, como hormigas hacendosas, están ya bendiciendo el día con sus quehaceres. Puede oler el pan recién horneado desde la casa de Servento, escuchar la canción alegre de Bal mientras arregla las matas de tomates.
Olmo sale corriendo para perseguir a la gata de Florina y Edelvina asiente, como si ese gesto formase parte también de la coreografía perfecta de la aldea.
—Todo es como debe ser —dice—. Como siempre ha sido, como siempre será.
Evita pronunciar las últimas palabras que tientan a su lengua —«Si nada cambia…»—, pero las piensa.
Edelvina se corrige a sí misma con un gran suspiro.
Siempre teme los consejos de finales de septiembre y ese no será un consejo normal. Se cumplen ya diez años desde el último Despertar. Hoy los habitantes de Lago Verde defenderán sus propuestas, argumentarán por qué consideran necesario despertar tal o cual invento del pasado. Discutirán sobre el progreso y sus peligros; la doctora volverá a la carga con el ecógrafo, y el incansable de Roberto insistirá en la necesidad de la televisión.
—Como si no hubiésemos tenido suficiente con la radio —suspira Edelvina.
A ella le toca la parte más difícil. Es la representante de Lago Verde y tendrá que ejercer de árbitro en la discusión para, después, llevar sus conclusiones a la reunión del Área Norte y, desde allí, tras nuevas peleas, a Equinoccio de Invierno.
Le parece tan lejano ese momento en que, como representante del Área Norte, se reúna con el resto de responsables mundiales para decidir definitivamente qué inventos del pasado volverán a despertarse… Diez años apenas es tiempo entre Despertar y Despertar. Edelvina teme que el progreso vuelva a coger carrerilla y acabe destruyendo de nuevo todo lo que llevan cincuenta años construyendo.
Pero no es la única que vive con ese miedo, muchos en la aldea están también en contra de los Despertares, o, por lo menos, de sus tiempos.
—¡Cien años! —grita siempre Gloria cuando las discusiones están en su momento más álgido—. ¡Cien años deberían pasar entre Despertar y Despertar!
Edelvina a veces siente la tentación de darle la razón, pero sabe también que cien años podrían hacer desesperar a todos los que aman el cambio, a los que necesitan ver la civilización avanzar. No todo el mundo tiene un corazón conservador como el de Gloria.
Sus pensamientos vuelan a Fabián Álamo, siempre urgente, siempre desesperado por limpiar los recuerdos del pasado para crear nuevos. Tiene veinticinco años, pero ya sabe que no puede detenerse al progreso, que la máxima mundial de la paciencia y la espera en pos de una recuperación paulatina solo es una cárcel para el espíritu humano. Fabián Álamo solo sueña con llegar a las estrellas.
Y eso hace dudar a Edelvina. Hay días en los que no sabe qué será lo mejor, en los que el peso de su cargo se hace más intenso y siente deseos de abandonar. Pero no puede. Tiene una responsabilidad.
Sus pasos la dirigen hacia la Casa del Consejo. Es la única edificación de paredes curvas de la aldea y su gran cúpula cubierta de césped sigue mostrando flores de manzanilla a pesar de lo tardío de la estación.
En la puerta ya hay congregadas diez personas. Charlan en grupos de tres o cuatro, recordando sus propuestas, comprobando las afinidades de sus vecinos y la fiabilidad de sus promesas. Durante todo el mes de septiembre los aldeanos más interesados hacen campaña por sus inventos.
—El ecógrafo ayudará a las mujeres especialmente —asegura Mara Tamus con pasión mientras blande dos cuartillas repletas de símbolos diminutos.
En cuanto la ve llegar, la doctora se gira hacia ella.
—Me apoyarás, ¿verdad, Edelvina? Como mujer debes apoyarme —insiste—. Los embarazos podrán controlarse de otra manera… Antes de la Guerra Final, los ecógrafos salvaban vidas… ¡Vidas!
—Yo ya estoy muy lejos de concebir —sonríe Edelvina—. Pero estoy deseando escuchar tu argumentación.
—Estos diez años me han ayudado a conseguir más datos —afirma Mara—. Creo que tengo el invento ganador.
—Uno de los tres inventos —la corrige rápidamente Gustavo Lengo—. Habrá que escuchar todas las propuestas. El láser de precisión, aunque fuese usado también para la guerra, presenta muchas ventajas de cara a la industria y seguramente lo agradeciesen en las Colmenas.
Edelvina no puede evitar fruncir el ceño al oír hablar de las Colmenas. Sabe que el hijo de los Lengo pretende entrar el próximo curso en la Colmena de Progreso Sostenido, donde ingenieros y científicos sacan el máximo partido a los inventos que se despiertan cada diez años. Pero conoce también a la perfección cómo funciona esa Colmena. Es la que más quebraderos de cabeza da a los responsables del Área Norte. Sus investigaciones están siempre al límite de lo permitido. Es un semillero de destrucción.
Olmo reaparece entre los aldeanos que se van congregando y llega hasta ella, como un guardián fiel, dispuesto a apoyarla incondicionalmente.
Hay entre la concurrencia otros animales que corretean jugando con los niños o descansan junto a sus dueños, participando también del importante día.
Los aldeanos llevan sus mejores galas. Limpios y orgullosos, conocen la responsabilidad que ejercerán durante el Consejo. «La Tierra es de todos y de nadie», resuena en las conciencias de los más ancianos, mientras los jóvenes se agrupan discutiendo entre ellos, deseando alcanzar la adultez para conseguir también el voto en la reunión.
Cuando la campana del embarcadero toca las doce menos cuarto, los aldeanos entran en el edificio del consejo y ocupan sus asientos en las gradas que cubren las paredes.
Las charlas reverberan en la cúpula y Edelvina se sienta como una más entre los vecinos. Ve agrupados a aquellos con ideas afines. Fabián Álamo está rodeado de todos los que sienten la urgencia del progreso en la piel. Las miradas cruzan el espacio circular, se sopesan, se miden. Y, poco a poco, mientras el reloj mueve sus agujas, las voces se convierten en murmullos hasta que el silencio más absoluto recibe de nuevo las campanadas.
Las doce.
Un año más.
—Bienvenidos, habitantes de Lago Verde —comienza Bal Veza, la portavoz del Consejo—. Hoy, día 30 de septiembre de 2543, damos comienzo a la cuarta sesión de votación del Despertar. Se han presentado diez propuestas, pero antes de escuchar a sus portavoces, como es tradición, dejaremos que hable la memoria.
Edelvina busca a Gregorio Espino entre los vecinos. El hombre, doblado por los años, se levanta con parsimonia hasta alcanzar el centro de la habitación. Lleva su bastón de madera de olivo y luce sus arrugas como si fuesen una condecoración.
Fue piloto en la Guerra Final. Condujo un B15 como el que hay estrellado en el bosque. Perdió a su familia. Pero después arañó la tierra con los dedos, desbrozó el mundo de lodo y sembró, con paciencia, para ver hoy frutos donde solo hubo muerte.
—En 2489, al mismo tiempo que las diez últimas hectáreas del Amazonas alcanzaban el grado máximo de protección internacional, la Inteligencia Artificial que todos conocimos como Milae fue perfeccionada —explica Gregorio Espino, como ha hecho tres veces antes, usando exactamente las mismas palabras—. Cuatro años después, al mismo tiempo que el último embalse de agua dulce entre los trópicos desaparecía, los representantes de los gobiernos más poderosos del mundo acudieron a la base central donde operaba el gran cerebro de Milae. Y allí preguntaron…
—«¿Qué podemos haber para salvar el planeta?» —responden a la vez todos los habitantes de la aldea.
Edelvina contiene la sonrisa que aflora a sus labios al ver al pequeño Javier, de solo cinco años, ponerse de pie con solemnidad para preguntar como los mayores.
Enseguida, su padre tira de él para devolverlo a su sitio.
A esa misma hora, en todas las aldeas del Área Norte se estará produciendo el mismo ritual. El mismo que se realizará en todos los rincones del mundo a lo largo de esas veinticuatro horas. Idéntico, medido, preciso.
El viejo Gregorio continúa.
—Milae no respondió. La Inteligencia Artificial se sumió en un gran silencio. Pensaba. Y sus pensamientos le decían que, si compartía la respuesta, realmente no podría solucionar el problema que habían puesto ante ella.
Gregorio hace una pausa para mirar a sus vecinos. Siempre se detiene en el mismo punto. En la frontera que separaba el precario orden de la humanidad y el caos que desatarían las máquinas. Es el punto en que los más jóvenes están más atentos; aguardan, esperanzados, a que el relato cambie, a que en el último momento Milae deje escapar su voz cargada de calma y de promesas. Pero eso nunca ocurre. La Inteligencia Artificial jamás da una respuesta, por lo menos no en forma de palabras.
—Diez segundos después de que los líderes mundiales realizasen su pregunta, los robots Butler, encargados del cuidado del hogar, comenzaron el ataque —continúa Gregorio Espino, desapasionadamente—. Al mismo tiempo, los robots Official y los Soldiers recibieron las órdenes de Milae de exterminar a la humanidad. Porque esa era la conclusión a la que había llegado la Inteligencia Artificial.
«Para salvar el planeta, hay que exterminar a la humanidad», se adelanta Edelvina a las palabras del anciano. Esa tesis o ideas parecidas, las habían manejado los ecologistas desde el siglo XX y, desde entonces, también había intentado controlarse la población mundial a través de diferentes caminos, desde la legislación a las epidemias.
Para salvar el planeta, hay que exterminar a la humanidad. Es una falacia. Es una respuesta simplificada. Es la conclusión de una Inteligencia Artificial que el ser humano creía perfeccionada, pero que ahora solo podía verse como primitiva. O, por lo menos, eso es lo que Edelvina Canto desea creer. Con todas sus fuerzas.
Lo que Fabián no deja de defender cada vez que le daban la oportunidad. «No es el quién, sino el cómo», suele repetir el muchacho. «No es el cómo, sino el cuándo».
Las palabras de Gregorio continúan describiendo la batalla: masacres dentro del hogar, exterminios multitudinarios en cuestión de segundos, ciudades destruidas antes de que los ejércitos pudiesen organizarse. En un mundo que consideraba el esplendor de la tecnología como el culmen de un progreso ascendente y sostenido a través de los siglos, no había espacio en el que no existiese un robot conectado a internet y, por lo tanto, a las órdenes de Milae. La inteligencia artificial fue el mejor de los generales, la mayor estratega de la historia.
Y el mismo caos que se desató en la Tierra, asoló la Luna y Marte. Las naves que intentaron regresar fueron abatidas. Los cazas del ejército estaban controlados por sistemas conectados a la red que dominaba Milae. La resistencia era imposible. La tecnología solo obedecía a la tecnología.
En un mundo absolutamente digital, la humanidad se vio obligada a defenderse con piedras y palos.
—Solo gracias a la rapidez de Lian Wang, que desarrolló un algoritmo capaz de producir un apagón eléctrico mundial, logramos salvarnos —continúa el anciano portador de la memoria, acercándose a su frase final—. De los más de nueve mil millones de habitantes que había en la Tierra en el año 2493, solo treinta y cinco millones de personas sobrevivieron a la Guerra Final.
Edelvina asiente, como hacen muchos de los aldeanos. Sí, Gregorio Espino ha traído de nuevo el pasado ante ellos. Sí, desde ahí podrán escuchar las propuestas de sus vecinos, podrán defender el despertar de inventos inocuos, podrán negar la vuelta a cualquier tecnología peligrosa.
Pero la representante de la aldea sabe que el despertar más inocente puede comportarse como una ficha de dominó que, al moverse, empuja todas las demás en una cadena de consecuencias fatales. La humanidad debe recuperar parte de su legado científico y tecnológico, pero no a cualquier precio, no a toda velocidad, por mucho que eso sea lo que se defiende en las Colmenas.
Gregorio Espino vuelve a su sitio y su marido le da unas palmaditas amables en la pierna, orgulloso de su discurso.
Bal Veza carraspea para aclararse la voz.
—Comienza ahora la defensa de las propuestas para el Despertar —dice—. La primera persona en hablar será Florinda Sturnus.
Edelvina sonríe. Florinda defenderá la imprenta industrial a vapor, como hace todos los años. Y, como todos los años también, recibirá unos cuantos votos compasivos. Nadie está a favor de la fabricación indiscriminada de papel cuando existen las bibliotecas y se puede intercambiar libros con otras aldeas, aunque tengas que esperar semanas. ¿Qué prisa puede haber en eso?
Después, la doctora habla de las ventajas del ecógrafo; Lengo, de las del láser de precisión. Y así, se presentan ante el Consejo el portaminas, la motocicleta, el frigorífico, la escopeta de caza, la cinta de grabación y el tejido térmico. El debate está servido.
—No necesitamos armas para nada —se ofende un vecino—. ¿Es que quieres que empecemos a matarnos de nuevo?
—Las armas crean jerarquías —añade otro.
—Todas vuestras propuestas dependen del plástico —apunta Gloria—. La creación del plástico fue la puerta de la decadencia.
—Se pueden hacer portaminas de madera y metal —se defiende Gema Serardia—. No necesitaríamos fabricar tantos lápices y eso frenaría la tala de árboles.
—La fabricación de lápices está totalmente controlada, por el amor del Sol —interviene un chaval moreno—. Al final vamos a acabar inventando la rueda.
Fabián Álamo aprovecha para realizar su intervención.
—¿De verdad alguien ve peligro en despertar cualquiera de estos objetos? —pregunta—. ¿De verdad pensáis que Laura Manzano ha propuesto la escopeta para tener alguna ventaja sobre vosotros? ¿Se os han olvidado los ataques de los lobos al rebaño que vigila durante el invierno? ¿Qué haremos cuando acaben con todas nuestras ovejas? ¿Esperar a que se coman a nuestros hijos?
Sus preguntas tienen el poder de captar la atención del Consejo. Las conversaciones paralelas propias de cualquier debate se apagan y Fabián se pone de pie. Todo su cuerpo habla con él. Sus manos acompañan cada una de sus preguntas, sus ojos buscan la mirada concreta de cada ciudadano.
Fabián Álamo es el único que se atreve a pronunciar las palabras que todo el mundo piensa en la soledad de su cuarto.
—¿Cuántos Despertares tendremos que esperar para recuperar la dignidad que nos concedieron la investigación y la ciencia? —inquiere—. El ser humano, a diferencia del resto de sus hermanos animales, goza de raciocinio. ¿Acaso debemos mutilar el intelecto, paralizar el genio? ¡Sigamos recogiendo tomates todos los veranos! Mientras tanto, enfermedades extintas en el pasado volverán a atacarnos porque no fuimos capaces de dar libertad a los médicos y biólogos para realizar sus investigaciones. El plástico permitió la democratización en el uso de infinidad de bienes, pero no solo eso, sino que también mantuvo la esterilización y permitió tratamientos efectivos gracias a sus practicidad.
—¡Y contaminó todos los mares! —se desespera Servento Berro—. Todavía puedes encontrar plástico si te acercas a las ruinas de la vieja ciudad. ¡Coge todo el que quieras!
Los gritos vuelven a mezclarse bajo la cúpula de la Casa del Consejo.
Edelvina no interviene. Su papel es escuchar, esperar. A las dos de la tarde, cuando suene la campana del muelle y los menores hayan salido del edificio para preparar el gran almuerzo de celebración en la plaza, Bal llamará a las votaciones. Entonces ella apuntará en la cuartilla de papel destinada para el caso los resultados e iniciará su viaje.
El hambre jugará como el mejor aliado de la votación y el enfado por los resultados quedará satisfecho con los deliciosos panes de Servento, los ricos jamones, las fresas silvestres, las ensaladas y los zumos frescos, el pescado crepitante en las ascuas y la sidra de manzana.
Quizá Fabián no olvide los números, quizá insista y pregunte a los vecinos por sus votaciones. Seguramente se escude junto al joven Lengo y comenten lo decrépita que es la generación de sus padres y sus abuelos. Soñarán juntos con un futuro mejor: aquel que ellos gobiernen.
«Mientras que todo permanezca en los sueños, que nadie les impida soñar», piensa Edelvina. No serían jóvenes si no aspirasen a cambiar el planeta.
La campana da las dos y las votaciones comienzan.
El viaje hacia Equinoccio de Invierno es una peregrinación.
Una peregrinación de casi tres meses.
Edelvina hace los primeros kilómetros en velocicleta, impulsada por la fuerza del viento y siguiendo la ruta hacia el mar. Recoge a los representantes de todas las aldeas que encuentra en su camino, porque Lago Verde es el principio y la costa es el final. Con ellos comenta los resultados de las votaciones del Consejo. Hablan del peligro que puede suponer la motocicleta a pesar de la ventaja de su velocidad; comentan las virtudes del ecógrafo y dudan de la necesidad de volver a recopilarlo todo en cintas de plástico que precisarán de reproductores de plástico y acabarán generando infinidad de residuos.
A finales de octubre, todos los representantes se montan en un barco que los hace ascender por la costa hasta la capital del Área Norte, junto a la Colmena de Progreso Sostenido. Tardan diez días en llegar y lo hacen con el tiempo suficiente para descansar hasta el 16 de noviembre, día en que se produce el Consejo General.
Las votaciones en la reunión del Área Norte son mucho más sencillas y rápidas. El debate se reduce al mínimo. La evaluación de cada una de las propuestas se hace en torno a tres parámetros: utilidad inmediata en la mejora de la vida humana; generación de residuos en su fabricación y reciclaje, y potencialidad de caos. Porque, como Edelvina sabe, cada paso en el camino del progreso abre infinidad de puertas a la destrucción total. La electricidad puede parecer mágica cuando se enciende una bombilla en la oscuridad, pero también fue el alimento de Milae.
Los representantes de todas las aldeas del Área Norte llegan a un acuerdo con facilidad. Edelvina llevará sus tres propuestas a la reunión del Equinoccio de Invierno, puesto que es la representante de aldea que más tiempo lleva en su cargo. Allí defenderá el despertar de la prótesis de polipropileno, la nave Nube y la cosechadora eléctrica.
El 17 de noviembre, Edelvina embarca en una nave Aire capaz de atravesar el Océano Pacífico. Toma tierra en Puerto Libre el 18 de noviembre y, desde allí, viaja de nuevo en velocicleta durante treinta días hacia el norte, visitando infinidad de aldeas en su camino y comprobando que el orden y la paz siguen imperando en la Tierra.
Su viaje está siempre acompañado por la hospitalidad y la generosidad de todos aquellos con los que topa. Siempre encuentra una cama caliente en la que dormir y un baño amable en el que asearse.
El 18 de noviembre a las diez de la noche, Edelvina llega a Equinoccio de Invierno, la única población de más de quinientos habitantes que existe en todo el planeta.
Las construcciones en altura siempre le han traído malos recuerdos a Edelvina. Entiende que en una ciudad de dos mil habitantes es más lógico elevar pisos que destrozar el paisaje con infinidad de viviendas. Pero aun así, Equinoccio de Invierno se parece demasiado al pasado. Por mucho que las enredaderas crezcan intentando ocultar el acero y el cemento, por muchos que los parques sean frondosos y extensos. El ruido de las velocicletas se escucha en las avenidas que conectan los edificios principales y los ciudadanos se mueven llevados por una urgencia que resulta artificial después de tantos años en Lago Verde.
Por primera vez, echa de menos a Olmo. Acariciar ahora la cabeza de su perro habría facilitado las cosas.
Sin prisa, dejando que sus pasos se posen decididamente sobre el pavimento de piedra, Edelvina se dirige hacia el edificio del Despertar.
Es una construcción que imita a las Casas del Consejo de las aldeas. Su planta es circular también y sobre ella se alza una cúpula verde que conocerá mejores momentos cuando llegue la primavera y se pueble de flores. Pero es más grande. Mucho más grande. Porque una vez al año alberga en su interior a los dos mil habitantes de la ciudad.
Edelvina sabe que es un mal necesario. Entiende que la gestión de un planeta precisa de muchas cabezas, que cada uno de los vecinos de Equinoccio de Invierno cumple una función concreta. Y, aun así, la apena la existencia artificial a la que se ven obligados sus ciudadanos. Sus ritmos no son los que marca el sol, sino los que definen sus obligaciones. Sus turnos se solapan para responder por radio a una humanidad que despierta a diferentes horas del día, según la latitud de las aldeas.
En esa precisión, en esa alerta permanente, está la semilla del fracaso. Porque la urgencia genera infelicidad y, ante la tristeza, el ser humano busca soluciones, ejercita su creatividad. Por eso un ciudadano solo puede vivir cinco años en Equinoccio de Invierno; después de prestar su servicio, debe volver a su aldea.
—¿Identificación? —le pregunta una mujer joven, apostada en la puerta principal del edificio del Despertar.
—Edelvina Canto, de Lago Verde, representante del Área Norte —responde dedicándole su sonrisa más amable.
La mujer observa la lista que tiene en su cuartilla y asiente, dejándola pasar.
Edelvina le da las gracias efusivamente, pero no recibe respuesta. «Esto, esto es lo que hace la ciudad», piensa, como una aldeana de pies a cabeza.
Sigue el pasillo hasta llegar a la puerta que conduce al gran salón de reuniones. Serán solo cincuenta y tres representantes y las gradas parecerán una burla ridícula, pero es la tradición.
Ahí la aguarda otro muchacho que le ofrece una botella de agua de cristal y un vaso.
—Por un reino verde —le dice con una sonrisa.
—Por un reino verde —responde Edelvina, pensando que debe de ser su primer año en la ciudad.
El joven le abre la puerta y la cierra a su espalda cuando ella se adentra en el salón circular.
Edelvina deja que una sonrisa se extienda por sus labios al reconocer a sus compañeros. Cada uno ocupa su lugar en silencio. Se reparten perfectamente simétricos sentados en las gradas en las mismas posiciones que los tres Despertares anteriores.
Con paso tranquilo, ella también va hacia su asiento y deja la botella y el vaso sobre la pequeña mesa adyacente. Solo tendrá que esperar diez minutos, en el edificio del Despertar también atiende todo a un ritual sistemático. Después de ella acudirá el representante del Área Austral. Y, en último lugar, juntos, aparecerán los representantes de Área Cordillera y Área Este.
Nada escapa de la norma.
Todo sucede como debe suceder.
A las doce en punto, cuando a lo lejos se oye la campana del Centro de Comunicaciones Mundial, Eva Sneg, la portavoz del Despertar anuncia:
—Hoy, día 21 de diciembre de 2543, damos comienzo a la cuarta sesión de votación del Despertar. Representantes, pueden enviar sus informes anuales.
Edelvina entra en su sistema de archivos y comprime la información que ha recibido de los representantes de todas las aldeas del Área Norte. En un parpadeo, lanza a la memoria central los datos.
En el acto, la información se entrecruza con la que aporta el resto de representantes. A toda velocidad, la memoria central busca cualquier detalle que pueda despertar la alarma, que haga pensar en decisiones drásticas.
—Envíen ahora los registros de reparaciones y mantenimiento —ordena Eva Sneg.
El silencio en la sala circular es total. Los representantes operan con máxima eficiencia.
—Enviando las decisiones del Despertar, los cambios de territorio y las respuestas a las peticiones individuales —avisa Eva—. Androides, pueden pasar al modo hibernación mientras se realiza la actualización del sistema.
Edelvina cierra plácidamente los ojos. Todo está bien. El planeta sigue en orden. La voluntad de Milae prevalece.
Ese es el momento del año en que encuentra su mayor paz.