
Anna Clark
Traducido por Cristina Jurado
En nombre de quienes han sido seducidas por la eternidad
Anuncian el fin de la muerte en las noticias. Aturdida, lo escucho de labios de la representante de FthanoPera Pharmaceuticals, quien revela la existencia de los vampiros.
—Confiamos en lograr un avance decisivo —dice—, gracias al sujeto de estudio que tenemos en nuestro poder.
Me lo esperaba desde que las actualizaciones de órganos se convirtieron en procedimientos superventas, desde que las baterías de anuncios empezaron a proyectarse en los iris equipados con microchips, desde que pandemias sucesivas pusieran de manifiesto la fragilidad humana. Aun así, la noticia me sienta como una estaca que llegara sin aviso.
La tristeza me lleva a cambiar mi cápsula habitacional por las calles bañadas por el amarillo sulfúreo del sol artificial. Van a arrebatarle la muerte a jóvenes estupendos que no saben apreciarla. Lo mismo que Joseph hizo conmigo. Me acaricio el implante del cuello para que se materialice ante mí una pantalla semitransparente, y exhumo el contacto de mi creador.
Cuando responde, ya estoy en el Jardín Tranquilo. Unidades para la gestión de residuos se ceban con el suelo, desbrozando aquí y allá lo suficiente como para permitir que los arbustos amarillentos subsistan precariamente. El parque, que una vez fue reducto de activistas que buscaban un resquicio de privacidad entre tanta vigilancia constante del mundo moderno, se ha convertido en un vertedero gracias al boicot de las empresas de recogida de basuras. Su cúpula de aislamiento aún funciona y es uno de los únicos lugares donde puedo hablar sin que me graben.
—¿Emily? —pregunta Joseph sin disimular su incredulidad.
—¿Puedes hablar?
—Nadie nos escucha. —Joseph puede permitirse una sala de aislamiento para bloquear y encriptar las señales—. ¿Dónde estás?
—En el Jardín.
A pesar de que no lo oigo, sé que está suspirando.
—Si tan solo volvieras a casa… —empieza a decir y entonces lo muteo. Cuando vuelvo a conectar el sonido, me encuentro solo su silencio. Al final, con un tono de triste reproche, añade— Me gustaría que no fueras allí. No es seguro.
—Es solo propaganda corporativa.
Aquí, rodeada de relicarios, siento de veras que pertenezco a algún sitio.
—Estás en deuda conmigo —le digo.
—Lo sé. —El dolor en sus palabras hace que me estremezca de rencor.
—¿Has visto las noticias?
—Era inevitable.
Él lo habría asumido. Joseph tiene la costumbre de anteponer su soledad al género humano. Hay una parte de él que realmente desea esto, un mundo que sepa de nosotros y que sea como nosotros para no tener que soportar estar solo.
—Si no lo paramos —digo— entonces será inevitable que terminen anunciando la cura de la mortalidad. Entonces serán «nosotros».
—Pero… la gente siempre ha buscado la longevidad. Sé que es duro pero, tal vez, sin tanto secretismo, serías más feliz.
Tiene que haberse dado cuenta de que ha metido la pata porque sus palabras pierden fuerza al final, deshaciéndose en una pregunta.
Más feliz. La felicidad es un estado transitorio del ser reservado a formas de vida transitorias, un alivio momentáneo contra el futuro que nos presiona. El futuro nunca me da tregua. Y nunca me da la dará: en eso consiste la eternidad.
—No has cambiado —le digo.
—Eso no es lo que… —se interrumpe a sí mismo— Perdón. Un millón de veces. Pero, en realidad, ¿qué podemos hacer nosotros?
—Vamos a entrar en esas instalaciones y a liberar al sujeto que tengan.
Aunque no lo necesita, le noto tomar aire al tiempo que observo una rata cojear entre placas de circuitos corroídas.
—¿Cómo —dice Joseph con aprensión hueca— pretendes hacerlo?
—Con tu fortuna y contactos.
Espero que proteste pero debe estar preparado para mi respuesta y controla su reacción. Me tienta la idea de entornar ligeramente los ojos hacia la esquina superior izquierda de la proyección y desplegar su imagen, pero siempre es peligroso ver a Joseph. Me lo puedo imaginar, esas líneas angulares traducidas a la perfección en una no muerte, ese cabello tan limpio cortado siguiendo un estilo ya caduco incluso en mi juventud pero todavía capturando una apariencia adolescente de la que nunca podrá escapar. Seguramente habrá fruncido el ceño, una expresión que suele adoptar y que no dejará huella en su piel imperecedera. Su aspecto es lo único de lo que no es culpable y, por eso, lo aborrezco con pasión.
—Si lo hago —me dice— si lo intento, ¿te plantearías volver a casa?
«¿Me perdonarías?» es lo que en realidad quiere preguntarme. Hoy en día ya no se atreve a preguntar, no con palabras. Hace años me confesó que otra negativa lo hundiría.
—Sí.
No necesito mentir. Puedo plantearme volver al casoplón de principios de los años 2000 en el que vivimos durante nuestra relación con sus recuerdos envenenados conjurados por los azulejos ajedrezados y encimeras de mármol, preservados desde el momento de mi partida como si de un museo se tratase. Como sabe que me cuesta aceptar los cambios, mantiene el tono casual.
—Te ayudaré.
—Búscame cuando sepas algo —digo tocándome el cuello antes de cortar la conexión.
Nos encontramos mientras pretendo comer bajo el resplandor anaranjado que emana de mi cápsula habitacional. Un rayo de sol fisgonea por entre las nubes bordeadas de rosa de mi holoventana. El holograma se extiende hasta la otra pared, proyectando una ilusión de amplitud tal que hace que su figura encorvada al otro lado de mi mesa lo haga parecer inseguro. Me esfuerzo en mantener los hombros rectos y permanezco sentada como si estuviera dando una lección de etiqueta, ignorando cómo el borde de la mesa se me clava en el estómago.
—¿Quieres un poco? —le pregunto mientras revuelvo con un tenedor el guiso rehidratado que se coagula en el plato. Puedo soportar uno o dos bocados más, aunque realmente lo hago más para incomodar a Joseph que para saciar los algoritmos que monitorizan el flujo de mis datos. Ingerir comida sólida es una parte desagradable pero necesaria de mis últimas cuatro décadas. Todo se observa, compila y compara, por lo que ajusto mis desviaciones a patrones humanos aceptables, a pesar de que quienes me vigilan priorizan qué marcas consumo y no tanto la cantidad que ingiero.
—No, gracias.
—¿Ya has comido?
—Sí.
—¿Algo fresco? —le pregunto, despiadada. —Te solía gustar lo fresco y más caro.
Más caro con respecto a sus principios, claro. Desde que lo conozco, y de eso hace siglos, ya no bebe sin consentimiento previo de ninguna vena, pero una vez me confesó que sucumbió en sus primeros arrebatos misantrópicos de inmortalidad. Por ello, y porque yo nunca he transformado a ninguna persona, soy mejor que él.
—No —responde aunque no en tono de reproche sino en esa agonía suave que solía consumirme de adolescente. Entonces pensaba que la culpa le daba derecho a la absolución. Él era bello y trágico y, ¿cuánto más iba a seguir autoflagelándose? ¡Que se joda!
—¿No? —le pregunto, provocando.
Su mirada se hunde, pero no añade nada más.
—Si estás seguro —tiro lo que queda en mi plato a la basura—, demos un paseo.
Lo llevo al Jardín Tranquilo atravesando el segundo de los cuatro niveles de la calle y hago señas a un orutaxi, que se traslada zumbando calle adelante dentro de una cadena de esferas idénticas antes de liberarse para dejarnos en la entrada. Un capazón envolvente se alza ante nosotros y sus paneles reflejan el resplandor de un arco iris, como una tortuga que saliera de un derrame de petróleo. Sobre la entrada, una enorme señal intermitente avisa de que estamos entrando en una zona sin vigilancia y nos recuerda que el testimonio de cualquier testigo ocular no es fiable de cara a posibles acciones judiciales.
No hablamos hasta que un montículo de hierba y cables en colores primarios nos bloquea la vista.
—¿Qué… —empiezo a preguntar.
—Nunca desee esto para ti— me dice al mismo tiempo.
—¿Cómo dices? —si se atreve a mencionar la palabra «vampirismo» …
—Vives hacinada en una caja. Buscas los peores sitios para evitar que te observen. Estás tan sola.
Mi aislamiento no suele pasar desapercibido, pero su observación, especialmente viniendo de él, me quema. El pensamiento «¿de quién es la culpa?» se me graba en la lengua antes de que la indignación elabore una respuesta distinta.
—Peor que tu existencia quieres decir ¿no? ¿Todavía te haces pasar por un estudiante? ¿Un recién licenciado? —dije, bajando la voz—. Lo siento, señora. No puedo con esta interface. ¿Solo hace falta hacer eso? ¡No sé cómo agradecérselo! Sí, mis amigos siempre dicen que parece que nací en la época equivocada.
Como es pálido de por sí no puede ruborizarse, pero se pone tenso.
—Me relaciono en sociedad todo lo bien que puedo, dentro de los parámetros que mi aspecto me permite. Cerrarte a los demás, no hablar nunca con nadie…
—Si me siento sola voy a la Residencia de Ancianos Ocaso. Son de mi edad. Deberías probarlo.
—Por supuesto —Joseph se pasa la mano por el pelo—. Esa es tu máxima aspiración en lo que a socializar respecta: geriátricos y robots de asistencia. No me extraña que te sientas superada por la tecnología. Codearse con gente joven es como hacer ejercicio: necesitas hacerlo regularmente para seguirles el ritmo.
—No quiero seguirles el ritmo. Quiero envejecer hasta alcanzar la irrelevancia.
Estoy tan acostumbrada a verlo como un penitente lúgubre que su risa consigue sobresaltarme.
—Dios —dice— menudo argumento de adolescente.
Me trago varias contestaciones que tan solo servirían para ilustrar su argumento.
Él sigue riéndose por lo bajo.
—Admítelo. Querías contestar con un «da igual».
—Paso.
Su sonrisa desparece poco a poco. Joseph tiene razón pero no se da cuenta de la tragedia que encierra su reflexión. A pesar de los años y el rencor que nos separa, todavía queda una parte de mi «yo» original, una parte que él ama tanto o más que la intransigencia que demuestro y que le resulta tan frustrante. Para mí, es la evidencia dolorosa de que nunca voy a crecer para convertirme en alguien diferente. Pero esta no es la razón que nos ha reunido.
—Dime que sabes dónde tiene a nuestro sujeto.
Él duda pero luego asiente.
—Sé dónde está.
—¿Será muy difícil liberarlo?
Gira la cabeza hacia el tejado de la cúpula, que hoy proyecta cirrus flotantes sin rumbo y habla sin mirarme—. Conozco a alguien que tal vez pueda conseguir que entremos. Pero vamos a necesitar un dispositivo de privacidad, uno portátil que se pueda ligarse a personas concretas.
«Ilegal», es lo que trata de decir.
—Los otros es posible que tengan uno.
Aquellos de nosotros que mantienen un estilo de vida depredador seguramente dispongan de ese tipo de tecnología secreta. Gracias a lo que hace, Joseph tiene contactos con ese mundo—. Entonces, ¿dónde está el sujeto?
—En Borrington. Propiedad de FthanoPera, es un pueblo que alberga unos doscientos trabajadores dedicados a la investigación en terrenos de la compañía, cerca de los laboratorios. —Joseph tuerce la boca—. Nuestro sujeto está en una bonita cabaña de piedra.
—Esperaba instalaciones de máxima seguridad en alta mar o algo así.
—A lo mejor el asunto no es tan turbio como piensas. —Su comentario es más mordaz de lo que suele permitirse conmigo, así que advierto la inminencia de su disculpa antes incluso de que la murmure—. Lo siento. Sé que no te gusta ser de esta manera pero … a veces hay que aceptar lo que los demás elijen.
Fuerzo el contacto visual y fijo mi mirada en la suya.
—¿En serio? Algunas cosas no deberían ser opcionales. Y ciertas elecciones son malas de por sí, por lo que alguien debería imponerse e impedirlas. Aunque no es tu especialidad, claro.
Se pasa una mano por la cara.
—Tienen miedo de morir. ¿Tanta humanidad has perdido que ya no puedes entenderlo?
Dentro de mí, algo se quiebra.
—¿Me estás llamando inhumana? Y, ¿quién tiene la culpa? De todas formas, se han llevado a uno de nosotros, uno sobre el que van a practicar todo tipo de experimentos. ¿Eso te parece más humano?
Se queda en silencio durante unos segundos.
—Este asunto ¿va realmente de eso?
—¿Qué importa? ¿Cuento contigo o no?
—Lo haré por ti.
El desprecio me hace asentir con rigidez.
—En ese caso tenemos que actuar rápido, antes de que descubran algo y no haya vuelta atrás.
Se va del Jardín sin mí. Una vez que se ha marchado, me dirijo a uno de los estanques que frecuento sorteando los brazos rotos de un montón de robots industriales. Voy a la caza de un secreto, adquirido con mucho sacrificio y enterrado aquí, lejos de los ojos de la ley, para ser desenterrado en uno de esos terribles instantes en los que necesitase una salida.
Nunca fuimos totalmente invencibles pero, últimamente, no es solo cuestión de estacas y luz del sol. Las armas explosivas también sirven pero abultan demasiado. Tengo un dispensador molecular, o lo que es lo mismo, la muerte en su expresión más refinada y que se puede sostener entre los dedos como solía hacerse con los cigarrillos. Actúo como si no fuera lo que más miedo me da solo que, esta vez, no lo devuelvo al agujero en el que descansa sino que me lo guardo y vuelvo a mi cápsula habitacional sintiendo su odioso peso pegado a mi piel helada.
* * *
Son las tres de la madrugada y otra vez tengo miedo. Trato de meditar de nuevo pero hay demasiada oscuridad dentro de mi cabeza. Me doy por vencida y abro los ojos a la proyección en penumbra del dormitorio de mi infancia. Mañana tendré una batería infinita de anuncios con remedios para dormir. Si esos productos funcionaran en vampiros, les vaciaría el inventario.
Cuando era humana me consideraba una criatura nocturna. Reservaba el día para mis sueños mientras que, cada noche, me parapetaba tras las pantallas azuladas, como si el dormir fuera un asedio que resistir. La adolescencia es un detonante excelente para el vampirismo. Durante el estado liminal anterior a terminar el instituto, la presión por escoger tu camino pesa de manera insoportable y el tiempo se convierte en un recurso muy codiciado. A esto hay que añadir: Estos son los mejores años de tu vida, aférrate a ellos. Elije una universidad. Elije una carrera. Decide quién vas a ser sin saber quién eres. Y entonces llega un Peter Pan con dientes afilados, ojos enternecedores y promesas de eternidad. Aceptar el regalo de Joseph no fue nunca una elección sino más bien una táctica dilatoria.
Todo lo anterior es para decir que no me gustan los cambios. Últimamente, aunque no puedo dormir, todavía tengo pesadillas. A veces es el progreso arrastrándome a través de las calles color neón, cada avance dejando sus heridas. Joseph dice no estar de acuerdo, pero yo creo que todos los futuros, sombríos o luminosos, son distópicos para cualquier ser eterno.
A veces, estoy muriendo. Mi muerte me atormenta incluso cuando, o más bien porque, puede que nunca suceda. Como la mayoría de las maldiciones, es más fuerte de noche, cuando no tengo nada mejor que hacer que pensar en esta cosa que soy yo, que percibe el mundo y es percibida, sin ser nada más. No dispongo de la fisiología de un humano para responder al miedo. Mi corazón no se agita, mi estómago no se revuelve. Podría acelerar mi respiración, pero mi cabeza no se aclararía y mis pensamientos no se disolverían en colores y ruido. Me siento atrapada aquí, en mi frío cuerpo, en la quietud perfecta del espanto.
Con los dedos enredados en la seda sintética de mis sábanas, recuerdo las palabras de Joseph. «Tienen miedo de morir. ¿Tanta humanidad has perdido que ya no puedes entenderlo?» Lo entiendo perfectamente. Hay sufrimiento y hay muerte y, cuando ambas son inevitables, cada una es aceptable. Si a la muerte le quitas la certidumbre, todo lo que te queda es sufrimiento y miedo. Tengo que detenerles antes de que el miedo se asiente, antes de que la eternidad los infecte y la muerte se convierta en un paso evolutivo demasiado grande como para ser contenido.
Debo detenerlos antes de que el miedo se quede, antes de que la eternidad los corrompa y la muerte se vuelva algo tan abrumador que no puedan soportarlo.
No puedo confiar en ellos porque yo me equivoqué al elegir.
* * *
El contacto de Joseph resulta ser alguien inusual para nuestra especie. Sentada frente a nosotros en el vagón, encorvada y enjuta, Helen parece solo unos años más joven que los inquilinos de la Residencia de Ancianos Ocaso. A una parte de mí le gustaría preguntarle por su transformación porque el vampirismo suele ser sobre todo una condición juvenil, lo cual dice muchísimo, pero otra parte de mí, más grande si cabe, no quiere saber nada. Estar en compañía de uno de los míos resucita reflexiones demasiado dolorosas. No puedo hacerlo, de todos modos, porque Joseph y yo estamos protegidos con un dispositivo de privacidad, obtenido ilícitamente, y cualquier interacción con ella descubriría nuestro juego.
Helen nos servirá de distracción. A pesar de su apariencia, es joven según nuestros estándares, ya que fue transformada hace poco, por lo que mantiene intactos los lazos con su existencia humana. Y lo que es más importante: sigue siendo inspectora acreditada de sanidad y seguridad.
Después de que Helen de la orden, el vagón se detiene junto a una vía peatonal pública fuera del pueblo. Al descender, y de forma bastante convincente, hace como que se que maravilla de la luna crepuscular sobre el singular edén rural. Joseph y yo aprovechamos y nos deslizamos fuera. El dispositivo de privacidad es un equipo milagroso y no quiero saber qué favores habrá tenido que pedir para alquilarlo, aunque solo puede protegernos de la vigilancia digital. Cualquier mirada inquisitiva necesitará un proceder más discreto.
Nos ponemos en marcha. Helen se dirigirá al edificio principal en el que una reclamación previamente interpuesta debe asegurar su entrada.
El sendero culebrea a través de tierras de cultivo recuperadas y que llegan hasta las colinas, que se recortan contra el cielo nocturno cual fotograma de un mar turbio. En algún momento de las dos últimas décadas esta zona fue designada Área de Belleza Natural Extraordinaria por lo que, obviamente, los permisos para construir residencias recayeron en una corporación. Aun así, caminar por matorrales veteados de plata bajo una hilera de estrellas de verdad, me hice sentirme extrañamente relajada. He visto el campo consumirse por los excesos del desarrollo, a ciudades crecer desmesuradamente y sofocarse pero, en los últimos tiempos, viviendas y granjas eficientes han cambiado esa tendencia.
—¿Todavía pintas? —le pregunto.
Se escucha un golpe seco cuando Joseph se engancha con una zarza y la aparta. Es evidente que no está relajado, porque su mandíbula sigue tensa. Intenta convencerme de nuevo, esta vez centrando sus argumentos en las consecuencias y la letalidad, hasta para nosotros, de las armas modernas y medio espero que siga con la cantinela. Sin embargo, después de una pausa, me dice— Casi todo el tiempo. Pierdo la costumbre a veces pero no consigo desengancharme del todo.
—Bien.
—¿En serio? Nunca has guardado ninguno de mis cuadros.
—No necesito más cosas que me recuerden a ti. Aunque eran muy hermosos.
—Yo… te lo agradezco. ¿Tú todavía…? —su voz se va apagando.
Dejo que el silencio se instale hasta que resulta incómodo.
—¿No se te ocurre nada?
—Dame un segundo.
—No te esfuerces. No tengo nada que se asemeje a tus cuadros. Nunca lo tuve.
Hace tiempo me colmó de cumplidos, pero cualquiera de las cualidades por las que me felicitaba se ha oxidado en los ácidos recuerdos de nuestro romance. La prueba de su falta de entidad es que ni siquiera es capaz de acordarse de alguna.
—Joseph, honestamente, ¿qué viste en mí?
—Tampoco es que tuvieras la mejor de las autoestimas.
Reí para mis adentros.
—¿No jugó eso en tu favor? Pero, estás esquivando la pregunta. Era guapa, ¿fue por eso? Porque, más allá de eso, ¿por qué mierda me elegiste compañera para toda la eternidad? Era reservada, inquieta y, no puedo negarlo, un poco egocéntrica. Di de lado a mis amigos cuando empezamos a salir.
Me detengo y miro hacia atrás. Borrington se revela como una débil neblina azulada sobre la vegetación, una vela frente al resplandor contaminante que ha supuesto mi día, antes de que modificaciones corporales y tecnología hicieran que la visión nocturna de los humanos rivalizara con la nuestra. Sea como sea, estamos fuera de su alcance.
—Sigues subestimándote —dice Joseph.
Esquivo el sendero y entro en la zona de árboles jóvenes. Él me sigue.
—No lo hago. Era una chica muy normal y no me culpabilizo por serlo. Lo que no capto es por qué atraje tu atención.
—¿Qué viste tú en mí? —pregunta él.
—Tu aspecto. Venga, no finjas que no lo sabes. Tenías talento y eras intenso pero, sobre todo, tus atenciones me hacían sentir especial.
—Y, ¿no podía ser igual para mí? ¿Qué tus atenciones me resultasen embriagadoras?
—No.
—Había pasado las dos últimas décadas aislado y alejado de todo. Trataba de seguirle el ritmo al mundo, me odiaba a mí mismo y tú me mirabas como si hubiera colgado las estrellas en el cielo. Aquello era especial. Tú eras especial para mí, Emily.
—No me jodas. Tú me transformaste a pesar de que odiabas lo que eras.
Solo se oían las débiles pisadas de nuestros zapatos en la alfombra de hojas cuando me dice—. Tú me lo pediste.
Siento rabia, amarga y cruel, como abrir la puerta en una ventisca. Le miro a la cara. El arrepentimiento ya asoma en el nocturno reflejo plateado que son sus ojos, pero aquello no me sirve.
—Era una adolescente, con un cerebro adolescente. Y tú me dejaste atrapada en él.
—Pero, ¿no ves que estoy en tu misma situación? Ambos estamos atrapados en nuestras mentes adolescentes.
Lo susurra cual súplica de un condenado a muerte a su verdugo y yo desearía poder liquidarlo allí mismo.
—No somos iguales —le digo y las palabras resuenan en mi cráneo. No somos. No somos. No. Porque yo, en su lugar, nunca habría accedido a mi petición. Él parece que todavía no ha aprendido nada. La mayoría de los adolescentes se dividen entre los que creen que son inmortales o los que lo desean y harían lo que fuese por esquivar la muerte. Y solo una entre ellos está dispuesta a salvarlos. De repente soy consciente de lo que desenterré en el Jardín, frío y colgando de mi cuello, y sigo avanzando en dirección a Borrington.
—Terminemos con esto.
La vegetación se va haciendo menos espesa, la luz se filtra entre los troncos y poco a poco nos desprendemos de nuestra humanidad. Después de vivir tanto tiempo metidos en este papel, requiere una transición deliberada por nuestra parte. Primero, desaparece la respiración, siempre después de inhalar, pretendiendo control y no renuncia. Luego, se van los movimientos innecesarios como el balanceo de caderas, la inclinación de la cabeza y los gestos de los dedos que aportan personalidad a cualquier movimiento de un ser vivo. Al final aparece el modo de andar de un depredador, tenso y concentrado. Como depredadores saltamos el arroyo y escalamos el pintoresco muro de piedra que separa la vieja granja del jardín.
Quietos. Todo comprobado. La costa está despejada. Menuda escena.
Nos encontramos en los dominios de un gigante farmacéutico pionero en su ámbito pero es como si hubiéramos retrocedido en el tiempo. Las pálidas petunias, los alisos de mar y las prímulas que abarrotan los macizos se balancean en la brisa seca. Flores nocturnas, sin que falte ni una. La casa parece sacada del siglo diecinueve, robusta y engarzada en enrejados de madera que muestran todo su esplendor. No hay entrada alguna por donde nos estamos acercando. Pegados al muro, nos desplazamos hasta llegar a la parte trasera, donde una ventana abierta regurgita una luz amarillenta halógena sobre la azulada vegetación nocturna.
Este despropósito me abruma. Deberíamos estar ante una celda aséptica y no ante el refugio perfecto de un vampiro. Pero es ya tarde para verbalizar lo que pienso.
Esperamos, destilando el silencio propio de nuestra especie. Mi cabeza se llena de cuentas regresivas, a pesar de que no hay un temporizador para esta fase del plan. O bien Helen entra o bien no lo consigue.
«Respira, Emily», pienso sin razón alguna. Qué gracia. Reprimo la necesidad de moverme nerviosa, no por instinto físico sino por costumbre de mi memoria.
Sobre nosotros llega un chasquido y luego la voz de Helen se deja oír en la noche.
—¡Aviso a todos los residentes! Vamos a probar los protocolos de seguridad y protección. Escucharán la alarma tres veces, seguida de un pitido de treinta segundos. Por favor, no se asusten.
Un gemido estridente rasga el aire y se corta tan bruscamente como empieza. Luego otro.
Yo ya me encuentro atravesando la ventana.
Dentro de la habitación, espero un momento para orientarme. La alfombra es turquesa. El papel de las paredes muestra un motivo arbolado. Los dos sillones de terciopelo están flanqueados por lámparas con pantallas de papel. Hay solo una ocupante sentada en una silla, al lado de la ventana. Sus labios están entreabiertos en un gesto de sorpresa y revelan dientes demasiado pequeños para su boca. De mejillas llenas y ojos grandes, parece tan joven que es sobrecogedor.
Tras pulsar el sensor de mi muñeca, lo coloco contra su mano aferrada al reposabrazos.
—Ocultación confirmada—exclama Joseph y la banda emite destellos azules antes de volver al gris mate. Doy un paso atrás ahora que hay tres cuerpos protegidos por el dispositivo de privacidad.
La alarma aúlla de nuevo, estridente y envolvente. ¿Lo hemos logrado? Casi espero un dron descendiendo de las estrellas pero el paisaje fuera, enmarcado por las cortinas revueltas tras nuestra entrada, se mantiene tranquilo.
Para centrarme, vuelvo a las cuentas regresivas empezando por la treintena y, cuando llego a poco más de la decena, me pierdo en el sonido que inunda mi cráneo.
Después, finalmente, el silencio.
—Simulacro completado. Gracias por su paciencia y cooperación—dice una Helen incorpórea—. Disculpen las molestias.
La red de contactos de Joseph ha funcionado. Una vez reseteadas las alarmas, la desaparición de un sujeto de FthanoPera debería pasar desapercibida durante un tiempo. Helen nos dijo que no podría garantizar una ventaja de más de veinte minutos.
La joven vampira no se ha movido pero sus ojos ya no muestran sorpresa sino una actitud reflexiva.
—Sois como yo —dice ella.
—Sí –confirma Joseph.
Ella palpa el lugar donde el sensor la tocó y voltea la mano hacia la luz como si esperase ver una marca.
—¿Quiénes sois?
—No importa. —respondo—. Hemos venido para sacarte de aquí.
—¿Sacarme de aquí? ¿Por qué?
Esperaba gratitud y su curiosidad imperturbable me desconcierta.
—¡Oh! No hace falta.
Siento como si hubiera acudido a una obra de teatro memorizando el guion equivocado.
—¿Ya tenías un plan para escapar?
—¿Qué? No. Me presenté voluntaria.
—No te sigo.
Ella se inclina hacia adelante.
—¿No ves lo que tratan de hacer aquí? Voy a salvar vidas.
Esto es justo lo que ella quiere. La matriz de la realidad se reconfigura en algo afilado y horrible y sus facciones, antes tan inocentes, muestran cierta duplicidad en sus rasgos élficos.
—¿Previniendo que mueran? —le digo.
—Así es.
—Tú… —Cualquier calificativo se queda corto a la hora de expresar el alcance de su traición—. ¿Cómo has podido?
—No entiendo tu pregunta —dice la joven.
—Vas a robarles su mortalidad, a hacerles lo que nos hicieron a nosotras.
—No será igual. Será una eternidad sin los instintos de un monstruo.
—Sigue siendo robarles la mortalidad.
—¿Quién no desearía que robaran su mayor pesadilla? De todas formas, aún pueden elegir morir. Pero se tratará de eso, de una elección.
Se deja caer en el respaldo tapizado de azul mientras entorna una ceja como si esto se tratara de una cuestión académica. De pie y frente a ella, con la mano apretada contra el pecho, parezco imitar a una víctima de un ataque al corazón, aunque el mío permanezca en silencio. Debería detenerse, martillear o dolerme, debería rebosar de adrenalina, mis extremidades deberían estar tensas y mi voz ahogada. Debería sentir algo, cualquier cosa, algo más que mis dedos tocando el arma que tomé del Jardín Tranquilo, su relieve lo suficientemente sutil bajo la ropa como para que pueda imaginar que es casi una costilla más.
—Se supone que no debe ser una elección sino una constante. Es la única manera de tolerarlo. —Hago una pausa, me controlo y le suelto— Tienes que venir con nosotros.
Ella cruza los brazos.
—Lo pregunto de nuevo ¿quiénes sois?
—Esto… —dice Joseph— se nos acaba el tiempo.
Lo ignoro.
—Soy una vampiro luchando por la humanidad.
—Lo mismo que yo. ¿A quién crees que darán las gracias? ¿A mí, por evitarles el destino que han temido desde el inicio de su especie, o a ti por arrojarlos de nuevo a la pérdida, al dolor y a un futuro vacío?
—No sabes lo que es la muerte, así que no puedes estar segura de que sea dolorosa. La nada es hermosa. La muerte es algo valioso.
—Vamos —Joseph se sitúa entre nosotras—. Podemos discutir luego. Puede que alguien…
La joven vampira le corta.
—Puedo experimentar la muerte. Lo he hecho cada vez que alguien a quien amaba abandonaba esta tierra, cada vez que he perdido a quienes me conocen y tengo que aprender una vez más quién soy sin ellos. ¿Qué hay de valioso en eso? Solo veo dolor. Eso es la muerte. Ve y muere si eso es lo que quieres porque yo no pienso ir a ninguna parte.
Me saco el dispensador molecular del escote, rodeo a Joseph y disparo a la chica. De repente ella está entera, sorprendida y tan resuelta en su decisión como yo y, enseguida, se disuelve en partículas con un espantoso ruido efervescente.
El terror aparece antes de la acción misma. Sé lo que estoy haciendo, entiendo que es inadmisible y, con la claridad que precede a un desastre, no dudo. Es como sentir el pulso de alguien e irle a la yugular, como si fuera un monstruo.
No.
Este no era el plan. No traje el dispensador para usarlo y, si lo hice, no estaba destinado para ella. Lo llevaba para protegerme, para intimidar, si la situación lo requería, o para utilizarlo en mí, si fallábamos. No podría soportar un mundo que derrotase a la muerte, vislumbrando mi dolor en cada rostro engañosamente joven. Y no podría soportar morir. Nunca he podido, a pesar de necesitarlo con desesperación porque, lo inevitable, una vez se ha perdido, solo deja miedo tras de sí.
Lágrimas de sangre brotan de mis ojos. El dispensador, casi ingrávido, vuelve a pegárseme al pecho. ¿Qué he hecho?
Doy por hecho que Joseph va a hacerme esa misma pregunta pero, en vez de eso, dice— Tenemos que marcharnos ahora mismo.
Lo dice crispado y apremiándome.
Tiene razón. Seguir en el pueblo de PthanoPera les ofrecerá en bandeja dos nuevos sujetos y anulará todo este esfuerzo maldito. Por eso le dejo que me tome de la mano y me guíe de la casa al jardín nocturno, a la campiña recuperada y de allí al vehículo de huida que nos espera en la colina. Y lo que es peor: dejo que su mano me reconforte un poco.
No abro la boca durante el trayecto hasta la ciudad. Me llevo las manos a la cara. No estoy preparada para mirarlo, ni para que él me vea, pero mi hombro se aplasta contra el suyo. Solo una vez que desembarcamos en los suburbios multinivel, soy capaz de alejarme de su lado.
Ante mí, la ciudad se alza como una casa de muñecas abierta. Seis amaneceres iluminan seis metrópolis amontonadas unas sobre otras, cada una firmada por el séquito de un arquitecto distinto. Algunos rascacielos que se advierten entre los pisos podrían ser chimeneas y los edificios, muebles de un ser excéntrico. El verdadero amanecer aún permanece oculto tras este paisaje, pero no podemos estar así mucho tiempo.
No quiero quedarme ni un segundo más pero Joseph dice «Emily» y me doy la vuelta.
Tengo las manos cubiertas por la sangre de mis lágrimas. Las alejo de mí con las palmas hacia arriba.
«Aquí estoy. Júzgame»
Necesito que me mire mientras yo le devuelvo la mirada, sin ilusión, sin delicadeza, sin nostalgia. Necesito que mi culpa se lea como una condena en su rostro impoluto.
«Querías esto», tendría que decir él. «Te pareció algo romántico que inundase tus oídos con mi angustia. No querías envejecer sino perdurar y, tras darte cuenta de que odiabas este viaje, no fuiste lo suficientemente valiente como para bajarte de él. Si tu criterio es tan pobre, ¿cómo es que lo usaste para acabar con la existencia de otra persona?»
Si ese hubiera sido su argumento, yo podría haberlo rebatido. Lo odio más que a mí misma. Podría describir de qué manera me moldeó el idolatrar la juventud, cómo él nunca debería haberse cruzado en mi camino, cómo no solo he actuado en mi nombre sino en el de quienes han sido seducidas por la eternidad.
En vez de eso, sus ojos nunca descienden a la sangre de mis manos y me pregunta:
—¿Me perdonas? ¿Volverás a casa?
Este es Joseph, una vez más esperando gratitud después de acceder a una petición que siempre supo equivocada. Qué romance tan inmaduro. Qué inmadura inmortalidad. Qué asesinato más inmaduro.
Como él no lo dice, lo hago yo en su lugar.
—No.