Iván Ledesma
En Persona

Había llegado el mensaje. Ya podía establecer una conexión directa y se sentía nerviosa, como si fuera el día de su cumpleaños y estuvieran a punto de darle el regalo que siempre había deseado.

Torció el gesto al recordar las duras palabras de su hermano, su gesto despectivo y su silencio desde que tomó la decisión y tuvieran la última charla al respecto. Puede que volvieran a tender puentes en algún momento, pero de momento toda comunicación entre ambos había quedado destruida.

No sería un gran cambio en su vida, apenas se felicitaban los cumpleaños y como mucho se veían online una vez al año en el cumpleaños del hijo de él, su sobrino. Una conexión en vivo que ella pedía con anticipación y reservaba en la agenda desconectando toda opción de interrupción durante el tiempo que hiciera falta, a pesar de que él lo consideraba innecesario, claro, el trato humano en directo casi parecía una ofensa para él, como una invasión de su espacio personal, de su tiempo. Demasiado valioso al parecer.

Verse en directo. Online. Que ordinariez. Que falta de tacto y de respeto. Que anticuado todo.

Pero a ella le parecía lamentable enviar el regalo sin al menos intercambiar unas frases en tiempo real con el pequeño, en vivo. Si fuera por él y su interés en saber de su sobrino, hacía al menos un lustro que ya no tendrían relación alguna.

Sin embargo, en cuanto se enteró que quería hablar con su padre, retomar el contacto y la conexión… Ahí sí. Ahí la agobió a mensajes, le envió largas parrafadas escritas y notas de voz.

Y finalmente aquella llamada fría y distante, online, con todo el odio que eso le provocaba, tener que atender a alguien que está ahí, que puede escucharte mientras dices las palabras, que incluso, dios no lo quiera, podría interrumpir el monólogo al que estás acostumbrado en tu día a día en el trato con los demás.

Fue una comunicación tensa y hostil, en tono mercantil, de amenaza, como si estuviera faltándole a él al respeto, como si aquello no fuera con ella. Como si ella no tuviera nada que decir al respecto.

Suspiró con desdén.

Él mismo. Si no lo entendía, podía quedarse al margen, pero no podía privarla de su decisión. A fin de cuentas, aquello era su vida y era la soberana máxima en ese territorio. Por el momento.

-Se convertirá en una parodia. Si aceptas sus términos, jamás pasarás página. – Le había dicho antes de cortar la comunicación de forma abrupta.

Ella se había quedado con las palabras en la boca, y un regusto amargo y frustrante porque al otro lado de la holografía ya no había nadie a quien gritar toda la sarta de pensamientos duros e hirientes que bulleron en su cabeza en ese momento.

Al fin, había sido otro monólogo.

Punto para Carles.

Que dramático para ser un frío cabrón que apenas valoraba el tiempo que pasaba con su familia. Siempre pendiente de sus negocios, de sus contactos, de sus redes de comunicación. De todo. Excepto de lo que ella consideraba verdaderamente importante.

Se sentó en el sillón frente a la pantalla, se mordió las uñas pensando antes de iniciar la conexión.

Papá.

¿Qué podía decirle? Llevaba tanto sin hablar con él. No lo tenía muy claro. Ni como actuar. Ni que explicarle.

Como una niña, de nuevo.

La sensación. Entre excitación y miedo ya merecía la pena el amargo trago de romper las relaciones con aquel señor con el que no tenía absolutamente nada que ver, pero que sin embargo había compartido con ella el útero de su madre durante nueve meses y que por ello decía ser su hermano.

Estableció la conexión casi sin ser consciente de lo que hacía, acariciando el aire donde había surgido el teclado virtual.

¿Podía hacerlo de viva voz? Por supuesto, pero el hecho de escribir cada letra, pulsar cada dato, eso le daba un aire de solemnidad. De acto. De realidad.

-Hola papá – dijo sin más cuando su padre apareció al otro lado de la imagen sentándose delante del enlace y mirándola con una amorosa sonrisa.

-Hola pequeña. ¿Cómo estás?

-Bien. Como siempre. Trabajando mucho. Ya sabes…

No esperaba que lo supiera. Pero de repente todas las preguntas, todo lo meditado, el discurso que había ido preparando desde que decidió llamarle se había evaporado. Simplemente se podía quedar allí, mirándole a la cara sin decir nada y simplemente…

-¿Recuerdas cuando de niños nos llevabas a la playa de Nova Icaria? – se descubrió diciendo sin que su cerebro apenas fuera consciente de ello – Íbamos los cuatro. Mamá…

-Carles, tú y yo. Claro que lo recuerdo. Lo recuerdo todo. La playa siempre estaba llena de guiris. De vendedores de cosas…

-¡Las que hacían masajes! – Dijo ella con gesto aterrorizado.

Qué tiempos aquellos. La gente se dejaba toquetear por un desconocido en medio de una playa, por unos pocos euros. Que horrible estampa. Como habían cambiado todo. Ahora se consideraba una falta de respeto intentar establecer una comunicación online con alguien si no la solicitaba previamente pasando todos los filtros de seguridad.

-Tu madre siempre estaba atenta, había tanta gente. Esa playa… al final dejamos de ir, la masificación, los ruidos. No había un momento de paz. ¿Por qué quieres recordar esto?

-Han construido una isla delante de esa playa. Es un sitio muy interesante.  Y me han ofrecido la posibilidad de ir a trabajar allí. Y creo que voy a aceptar. Y quería contártelo.

Su padre meditó unos segundos, procesando lo que ella había dicho, buscando algún tipo de respuesta que concordara con lo que se esperaba de él. Una reacción fidedigna.

-¿Y qué opina Carles?

Ella bufó con desgana:

-¿Qué va a decir? Todo lo que salga de lo establecido, de lo genérico, cualquier atisbo de nuevas formas de hacer las cosas le parecen aberrantes. Pero me da igual, es una decisión mía.

Su padre se encogió de hombros, y volvió a sonreír:

-Si a ti te parece bien. Su opinión no es más que eso, una opinión. Haz lo que creas que va a hacerte feliz.

-No se si me hará feliz, pero creo que es un lugar donde van a pasar cosas importantes. Todavía estoy estudiando la documentación para acceder, y algunos de los… términos de aceptación me parecen un poco exagerados, pero creo que las contraprestaciones…

-¿Recuerdas lo que decía tu abuelo sobre eso? – Le interrumpió su padre con esa sonrisa de guasa que siempre ponía cuando se disponía a hacer un chiste. Y a ella estuvo a punto de saltársele las lágrimas. ¿Cómo podía haber estado a punto de hacer caso a su hermano y negarse a esto? ¿Cómo podía ni si quiera mirarse al espejo y no compartir alguno de estos momentos?

-No. No lo recuerdo. – por supuesto que lo recordaba, pero no quería decirlo, quería que él fuera quien lo dijera.

Él sonrió con picardía, y levantó el mentón, tal cual hacía cuando se disponía a decir algo que consideraba terriblemente gracioso:

-En un intercambio de mierda, lo importante no es de cuanta vas a librarte, si no cuanta van a tirarte encima. – dijo con una falsa solemnidad.

Y ambos estallaron en carcajadas.

-Pues sí, creo que voy a comentarles que añadan eso como un apartado importante a debatir en el contrato.

Su padre sonrió al otro lado de la línea.

Se disponía a decir algo más, cuando una llamada entrante no solicitada comenzó a parpadear a un lado de la pantalla, su padre se quedó en silencio, esperando a ver lo que ella hacía.

Era Carles.

Claro. Justo en ese momento. Amargando el instante. Intrusivo. Y en directo. De nuevo.

Seguramente le habría llegado un mensaje de confirmación de que ella había accedido al fin a la comunicación.

Una sonrisa cínica asomó a su rostro. ¿Quería hablar con ella? ¿Qué tal una llamada familiar completa?

Arrastró la llamada de su hermano a la comunicación con su padre y activó la llamada.

Fueron apenas un par de segundos.

La cara de Carles. Primero con gesto de furioso desdén. Luego el terror en su mirada al ver la pantalla y verlos a ambos. Parecía que iba a decir algo. Después el bloqueo. Y finalmente colgó la llamada.

-¿No ha dicho nada? – Su padre la mirada fijamente. – ¿Qué le pasa?

-Parece que no tiene nada que decirnos.

-Es tu hermano. Deberías hablar con él. Llámalo.

Ella meditó sus palabras por un instante:

-¿Sabes una cosa? Cuando nos dijeron que estabas en fase terminal y te quedaba muy poco tiempo no quiso ir a verte. Al parecer él no tenía nada que decirte.

-Esto viola los protocolos establecidos de…

-Fue retrasando la visita tanto como pudo – continuó ella ignorándole – hasta que al final, cuando al fin se dignó a aparecer tu ya no estabas. Eras solo un vegetal sedado. Y creo sinceramente que esperaba que ya ni si quiera estuvieras de cuerpo presente.

-Esta conversación no puede quedar registrada en el…

-Me da igual. – volvió a interrumpirle – es una conversación que no va a volver a repetirse. Al departamento donde voy a integrarme se le tienen restringidas las comunicaciones externas a la isla. Esto es una despedida que nunca tuve. Que nunca me dejaron tener.

-Eso puede generar un conflicto con los acuerdos que has firmado. He de enviar un informe sobre ello ahora mismo. Puede que estes infringiendo alguna clausula y la comunicación podría cortarse. ¿Estás de acuerdo en que envíe ese informe? Si te niegas la comunicación finaliza en este…

-Estoy de acuerdo.

La imagen se quedó bloqueada durante unos instantes. Seguramente en ese momento un ordenador estaría revisando los diferentes aspectos legales que entraban en conflicto en los documentos que había firmado. Y ella sabía perfectamente cuales iban a primar en el veredicto.

Así que trató de apurar el poco tiempo que le quedara:

-¿Sabes que te quiero?

-Yo también te quiero. Mucho. – su padre puso una cara extraña. Ajena. Y ella sintió en ese momento que, a pesar de todo, tampoco era su padre exactamente por mucho que la imagen que tuviera delante fuera la suya, y eso le dejó un poso amargo donde se iba diluyendo la euforia que había sentido hasta ese momento, cortada de raíz, como no, con la interrupción de su hermano.

-No voy a volver a usar este sistema. Solo quería despedirme de alguien a quien le importara.

-A mi me importas. Mucho.

-Lo se. Te importaba mucho. Y no pude despedirme en condiciones.

-Esto viola los protocolos…

-Ya. Si. Los protocolos. La copia de seguridad llega donde llega y pueden generarse lagunas. Ya me lo explicaron.

De repente la imagen de su padre desapareció y un avatar de imagen sintética y poco definida ocupó la pantalla:

-Esta cuenta ha sido suspendida cautelarmente. Sus accesos han sido restringidos por falta de garantías de que se pueda usar la matriz de datos de “Josep Ripoll Domenech” para poder ofrecerle productos que puedan ser de su agrado. Si su situación legal cambia o decide revertirla. Póngase en contacto con nosotros, y reestableceremos de nuevo su conexión. ¿Está de acuerdo?

Ella sonrió con tristeza:

-Claro.

El avatar le devolvió una cálida sonrisa:

-¿Desea algo más?

Ella se lo pensó un instante:

-¿Podrías enviarle a Carles Ripoll Domenech un enlace para acceder a la cuenta? Igual él quiere reactivarla.

-Carles Ripoll Domenech bloqueó los accesos a nuestros servicios hace unos minutos tras recibir una invitación para unirse a su llamada. En caso de que quiera acceder, debería revertir el bloqueo.

-Por supuesto. Pero no creo que vaya a pasar.