
Zoltán Benyák
Traducido por ZsuZsanna Ruppl
Extraño ángel de la guarda
El autobús subía ahogado por la carretera de montaña. En cada curva gemía como si quisiera desprenderse de su piel de carrocería oxidada. Detrás de nosotros, soltaba humo oscuro y, cuando miré hacia atrás, vi que cubría la ladera serpenteante con una niebla de hollín.
La carretera bajo nosotros era una serpiente petrificada. Estaba aquí cuando los salvajes vestidos con pieles de oso de la civilización occidental se tiraban piedras unos a otros, y estará aquí cuando vuelva esa época de nuevo.
Miré por la sucia ventanilla del autobús. A treinta centímetros, el abismo. Los guijarros que rebotaban bajo los neumáticos se precipitaban hacia el infinito. No podía hacer otra cosa, me santigüé, luego saqué la cámara y fotografié el espectáculo.
El autobús dio una sacudida. Una montaña de maletas se desplomó en la parte trasera, el conductor se partía de la risa.
Salí de Delhi hacía cinco días y, aunque solo he pasado dieciséis horas en este autobús, ya me arrepentía de todo. Y lo lamentaré aún más cuando el autobús caiga al abismo, junto con una docena de mis compañeros de viaje nepaleses, sus maletas centenarias y una cerdita llamada Mimmy, a la que una anciana perseguía de cuando en cuando en la sección trasera.
En el momento justo, se produjo un choque inesperado de las ruedas que rodaban debajo de mí, luego el autobús empezó a resquebrajarse ligeramente. Hacia el precipicio, por supuesto.
El conductor dejó de reír, lo que me pareció motivo suficiente para que me entraran ganas de llorar.
No detuvo el vehículo. En cambio, bajó de marcha, el motor salió de su melodía monótona y se puso a ulular.
Estaba casi seguro de que acabaríamos aquí.
La larga pendiente serpenteante se hizo entonces más suave y, entre las terribles montañas de Dios, rodamos hasta un pueblo.
El autobús se detuvo con un chirrido en un lodazal llamado plaza mayor, el conductor nos hizo bajar del autobús con aspavientos, farfullando a la velocidad de la luz, de lo que no comprendí ni una palabra, pero sabía que no íbamos a salir de allí hacia ninguna parte en un buen rato.
*
Mi afirmación anterior de que se trataba de un pueblo a medio camino entre la India y el Tíbet me pareció un poco exagerada después de observar el lugar más de cerca. Era como si hubieran intentado convertir el establo de un rincón del pueblo en una metrópolis.
Dos casas más grandes se alzaban a ambos lados de la plaza. Tenían al menos dos plantas, y una de ellas debía de ser una taberna, porque sobre la entrada había una especie de letrero de Saloon, sucio de hollín por algún incendio. Como en una antigua película del oeste. El otro era un edificio de apartamentos, o más bien un hostal. Sus ventanas estaban unidas con cuerdas de alambre, y sobre ellas, colgaban camisas y sábanas.
Había algo en medio del pueblo que simplemente no encajaba con el puritanismo de la tierra de nadie que me asombró de verdad.
Saqué mi pequeña Polaroid, que solo uso cuando temo no tener tiempo suficiente para preparar la cámara grande y que se me escape el momento.
Flash.
Había una cabina telefónica en medio del mar de lodo. Recogía casi todos los cables del tendido eléctrico que subía desde el valle. Al más puro estilo indio, en lo alto de la cabina crecía una maraña inextricable que disuadía a cualquier técnico del mundo para desenredarlos.
En la cabina había un aparato anticuado, una auténtica antigüedad con dial giratorio, en el que hay que girar el dial durante largos minutos para localizar a la persona con la que se desea hablar.
Un tipo mayor se estaba apoyado en la cabina. Llevaba una toga blanca que le llegaba hasta el barro, pero que, milagrosamente, no se ensuciaba. Sus rizos se habían vuelto grises, pero su espeso bigote seguía siendo negro como la tinta. Miraba fijamente nuestro autobús, o más bien a mí, metiendo de vez en cuando una pipa curva entre sus carnosos labios.
La polaroid sacó su lengua fotográfica. La agité en la brisa de la montaña hasta que la imagen se dibujó.
– Aquí, incluso hace diez años, por algo así habrían dicho que estaba robando el alma – me gritó el viejo. Hablaba perfectamente el idioma, algo que nunca se me habría ocurrido por estas tierras.
– ¿Disculpe?
– La foto. Antes se decía que la foto roba el alma.
– Pero espero que no le importe.
– No, si me la enseña.
Me acerqué a él y le puse la foto delante. Su tabaco parecía polvo de curry mezclado con naranja. Me hizo cosquillas en la nariz.
– Estupendo.
– Gracias.
– Me ha entendido mal. Yo salgo estupendo.
– Oh.
– Bueno, la foto tampoco está mal – dijo con una sonrisa amplia. Entre sus dos incisivos había un espacio tan grande que podría haber colgado la caña de su pipa. – Ha sido una broma, señorita. Soy Sameer.
– ¡Anna!
– Aquí vienen pocos escaladores.
– No soy lo bastante valiente para escalar una montaña.
– También hace falta valor para fotografiar a viejos.
– Se acerca más a la verdad. Soy fotoperiodista. Retratista. Me interesan las profesiones especiales. Las colecciono. Escribo un par de columnas sobre ellas, una docena de fotos, y si tengo suerte, mi revista las publicará, así tendré dinero para mi próximo billete de autobús.
– Así que supongo que no es millonaria.
– Mi mochila es mi casa.
– Como un caracol. Tampoco tiene familia, ¿verdad?
– No.
– Pero no porque no pudiera permitírselo existencialmente. Sino porque le encanta que su autobús pueda averiarse por senderos de montaña.
De alguna manera, tuve la sensación de que ya no esperaba una respuesta a eso, estaba tan seguro de sí mismo. Se limitó a dar una calada el curry anaranjado.
– Podría haber elegido un trabajo mejor, miss retratista. El mundo no está realmente interesado en el mundo.
Fue su primera frase que sentí que se me quedaría grabada en la mente para siempre. Y lo mejor estaba por llegar.
– Supongo que le asustó el pinchazo – agitaba un frasco amarillo de medicamentos hacia mí. – ¿Quiere uno?
Por supuesto le dije que no. De ninguna manera iba a aceptar una pastilla de un loco en un pueblo de montaña.
– Tengo que usar el teléfono – dije en cambio.
Sacudió la cabeza.
– Eso no va a poder ser. Estoy esperando una llamada muy importante
– Entonces tendré paciencia – repliqué un poco resentida.
Me miró con curiosidad.
– ¡Anna! Si me concede un poco de tiempo, le mostraré un retrato que sus lectores no podrán creer. Va a causar un gran revuelo. ¿Le interesa?
*
Miré de soslayo hacia el autobús. El conductor estaba contemplando la rueda reventada con las manos en los bolsillos, discutiendo lo sucedido con una mujer de cadera ancha que podría ser la revisora. Se pasaban una petaca uno al otro como si eso fuera a cambiar el neumático.
– No se preocupe, no saldrá pronto – dijo Sameer. – Aquí las cosas suceden con otra intensidad.
– Entonces, ¿por qué no? – le contesté. – Hábleme de usted.
Sus ojos se iluminaron, su bigote se crispó como si quisiera volver al cepillo de donde esta extraña figura debía de haberlo robado.
– Soy el ojo del mundo – dijo presumido. Dio una larga calada a su pipa, el tabaco brilló intensamente en la brumosa penumbra. – Desde aquí lo vigilo todo. ¿Ha oído hablar del ángel de la guarda, señorita?
– ¿De qué religión? – pregunté. En el autobús, intenté conocer a fondo la cultura religiosa de Oriente.
– De cualquiera – Sameer se encogió de hombros.
– ¿Es usted uno de esos ángeles de la guarda? – pregunté tímidamente, sin saber qué diría mi editora si intentaba venderle un cuento de un loco de atar.
– El único – dijo. – Así que es un trabajo bastante duro.
Por fin expulsó el humo, que se acumuló sobre su cabeza como un halo de niebla tóxica.
– ¿Qué piensa del mundo, Anna?
– Que está lleno de maravillas y horrores, y el Señor elige arbitrariamente lo que nos da.
Sus finos zapatos de cuero chapoteaban en el barro mientras se apoyaba en un pie y luego en el otro.
– Su visión del mundo delira entre la de una niña encantadora y de un adulto que idolatra.
– No delira. Disfruta estando allí.
– ¿Qué diría si le dijera que nuestro mundo es la suma de diferentes organizaciones mafiosas? Teniendo en cuenta sus propios intereses, oprimen a los demás y a todo el resto. Así que hace falta una persona para mantenerlos a raya y evitar que el mundo se devore a sí mismo.
– ¿Y ese sería usted?
Sonrió. El humo de la pipa rezumaba por el hueco entre sus incisivos, como un viejo dragón senil. Sonreía como sonríen los sabios y los locos, y yo no sabía dónde meterlo.
Entonces sonó la cabina telefónica.
– Disculpe, tengo que cogerlo – dijo, evitando una respuesta. Se giró ágilmente para su edad y descolgó el auricular.
*
El conductor, los pasajeros, todos los que rodeaban el autobús han desaparecido. Dejaron que la vieja ballena de hierro se siga oxidando. El pinchazo hizo que el autobús se inclinara ligeramente hacia un lado, como una bestia herida
A mí me entró el temor de que no volviera a moverse, que este fuera su lugar de descanso definitivo.
Sameer se sujetaba el auricular a la oreja con el hombro, mientras intentaba utilizar el limpiapipas para mantener vivo el fuego del tabaco quemado.
– ¡Informe! – ordenó al auricular como si fuera un general del ejército.
Luego guardó silencio durante largo rato.
Tuve la oportunidad de mirar alrededor por primera vez.
Desde la plaza del pueblo, por un lado, se veía la serpenteante carretera que ascendía desde el valle, la misma por la que yo también había subido. A veces, el camino de tierra se perdía entre los árboles, a veces reaparecía. Ningún vehículo se arrastraba por ella, ni subiendo, ni bajando.
Estábamos rodeados de montañas increíbles. Como un gigante con el cuello de la camisa levantado. Peñascos de roca gris por todas partes, la mayoría coronados por blancos casquetes de nieve. Paredes infranqueables con un cielo gris detrás.
En efecto, había lugares impresionantes en el mundo.
Las palabras de Sameer me devolvieron a la realidad.
– Entonces ya no tenemos elección – dijo por teléfono a su interlocutor. – ¡Hay que hacerlo! ¡Tenemos que derribar el avión! Lo sé. Lo sé. Mis condolencias, por adelantado. No tiene que dar la orden. Yo lo haré.
Colgó, pero enseguida volvió a cogerlo. Marcó.
– AN–1976, dijo. Despegó de Gabón hace treinta minutos. De Libreville a Londres. Tenemos que hacerlo ahora. ¡Y, coronel! ¡Gracias!
Colgó el teléfono.
Salió de la cabina con una sonrisa de oreja a oreja, con el humo saliendo ahora de sus fosas nasales.
– ¿Esto era un concurso o algo así? – pregunté, refiriéndome a la llamada telefónica que acababa de hacer.
Se rio.
– Muchos filósofos han intentado formularlo. Sabios, profetas, grandes generales. La mayoría de disparates están envueltos en cuero resistente para que los tratados parezcan más auténticos. Las respuestas a la gran pregunta de… ¿qué era eso? Pero, señorita, usted ha estado más cerca de la verdad. Sí. Podríamos llamar todo esto un concurso.
Me metí las manos en los bolsillos. Tenía frío.
– ¿Sabe una cosa? No quiero saberlo.
– Muy bien, Anna. Eso servirá como primera reacción. ¿Quiere hacer una llamada?
– Sí, quiero.
Se apartó cortésmente y me dejó entrar en la cabina.
Entré, no pude cerrar la puerta detrás de mí porque la cabina no tenía puerta. Descolgué el teléfono, el auricular aún estaba caliente de la mano de Sameer. Lo froté contra mi jersey como para desinfectarlo.
Mis ojos buscaban la ranura de la moneda, pero no encontraba nada parecido.
– No necesita moneda – dijo Sameer desde fuera. – Solo marque.
Al tercer intento, di con el prefijo del país, pero finalmente, con el corazón en la garganta, oí sonar el teléfono de mi redactor jefe.
– ¡Soy David! ¿Qué está pasando?
– Anna – dije secamente. Empecé a hablar muy rápido porque no confiaba en la resistencia de las líneas telefónicas asiáticas. – El autobús se averió a mitad de camino a Nepal, David.
– Es una putada.
– Solo quería que supieras que no terminaré a tiempo la entrevista de los monjes. No sé cuándo podré irme. El autobús tiene una rueda pinchada y seguramente no lo sabes, pero por aquí las cosas no son exactamente…
– Ya la meteremos en el número de la semana que viene. Por cierto, Nat Geo acaba de sacar uno similar. Así que incluso podría cancelarse.
– David, ¿hay alguien en la zona? Podría ayudarme con algo de dinero. Puede que me quede atrapada aquí varios días.
– Lo siento. Ya eres mayorcita. Te apañarás.
– Por supuesto – dije.
Al otro lado de la línea, sonaban los teléfonos. Todos a la vez. El habitual estruendo editorial golpeó como un maldito tsunami frente a la costa.
– Espera un momento – dijo David.
Al menos tres personas gritaban al otro lado de la línea. No se entendía de qué hablaban. Por alguna razón, el ambiente de la oficina ha llegado a su punto culminante.
– ¿Sigues aquí?
– Estoy aquí, por supuesto, solo quería…
– Por fin tenemos un accidente de avión. Tengo que irme. Pórtate bien, niña mayor.
Colgó de golpe.
El frío de las montañas empezó a subirme por la nuca.
Una voz en mi cabeza me decía que cada día hay varios accidentes aéreos en el mundo y que no había por qué pensar en lo peor.
Pero hay un talento especial en el periodismo que se desarrolla en todos los que están condenados a la profesión.
Podemos sentir cuando una mala noticia es cierta.
David lo llama fobia del cronista.
*
Pasé largas horas de pie en el frío, mirando el borde de las montañas. Mi antigua vida, las grandes ciudades, Europa, de repente todo parecía un sueño irreal en este lugar, en este día.
Tuve una larga charla con Sameer sobre todo tipo de cosas.
– ¿Qué dijo Anna? ¿Cuál es su apellido?
– Golota. Mucha gente piensa…
– Mucha gente cree que tenían ascendencia eslava, pero eran más bien escandinavos, ¿no? Apuesto a que su bisabuelo nació allí. Digamos… cerca de Bergen.
– Sí. ¿Pero cómo lo sabe?
Una paloma negra sobrevoló el pueblo. Dio varias vueltas y luego se posó en el tejado de la cabina, junto a la maraña opaca de cables. Emitió un gorjeo mientras miraba a Sameer con sus ojos saltones.
El hombre señaló con su pipa a la cabina.
– Hay un palo de escoba en la esquina. Démelo.
– ¿Para qué lo quiere?
– ¡Démelo, rápido!
Agarré el palo de escoba de la cabina.
Sameer me lo quitó de la mano y empezó a espantar al pájaro. Empujó el palo algunas veces hacia él y luego golpeó el lateral de la cabina.
El pájaro emitió un extraño, furioso y profundo chirrido, muy extraño en una paloma, luego levantó el vuelo y se dirigió hacia las montañas.
– Bestia sucia – dijo Sameer. – Está tramando algo
Un chico entró en bicicleta en la plaza del pueblo. Llevaba fardos de periódicos atados a la bicicleta. Colgaban del cuadro como pieles de animales en el caballo de un cazador.
El chico derrapó en el barro junto a la cabina, bajó los fajos de periódicos, luego tiró todo por la puerta abierta del estanco y siguió rodando.
– Por fin – dijo Sameer. Se tambaleó hacia el estanco y sus dedos hojearon los periódicos recientes. Pronto encontró lo que buscaba.
Un número reciente del Daily Mail.
Nunca pensé que este periódico llegaría aquí, y tan rápido, dada la fecha.
Pero todo este viaje trataba sobre la incredulidad.
Porque entonces, me fijé en el titular:
Tragedia en el aire
Era el avión del que había hablado Sameer. El número de vuelo estaba escrito en negrita en la parte superior de la columna. El vuelo de Libreville a Londres se perdió en el mar frente a la costa española. No hubo supervivientes.
– Esto no es posible – susurré.
– Por desgracia, a veces pasa – Sameer echó una triste bocanada de humo.
– ¿Fue usted? ¿Lo hizo usted?
Sameer cerró de golpe el Daily Mail y lo volvió a tirar al estanco.
– Hace veinticuatro horas, robaron un reactivo especialmente peligroso de un laboratorio de bacterias. ¿Ha oído hablar del ébola en África, Anna?
– Por supuesto.
– Pues, aquello es un resfriado leve comparado con esto. Esta cosa separa la carne del hueso con una velocidad espantosa. Se parece a la vieja lepra, solo que no es tan agradable de ver al paciente. El ingeniero que lo robó se subió a ese avión. Todos a bordo podrían haber sido infectados, tenía que hacerlo…
– ¡No tenía por qué hacerlo! – grité. – No tenía que hacer que le disparasen a toda costa. Aunque no sé cómo lo hizo un…
– ¿Un sherpa de campo tan simple?
– ¡Hizo disparar al avión!
– Que esto quede entre nosotros. El Daily Mail dice que fue causado por un fallo del motor.
Sentí como si una mano fantasmal me alcanzara desde el Tíbet, pero no era mi pelo el que se despeinaba, sino mi cerebro.
– ¿Quién es usted?
– Solo un tipo de las montañas. Pero como dije, mi trabajo es interesante. ¿Quiere profundizar en ello?
*
Sameer llevaba hablando mucho tiempo, pero sus palabras a veces se alejaban de mí, mientras mi mente digería la realidad.
– ¿No sirve para nada? – murmuré.
– ¿A qué se refiere?
– Todo esto es una estafa orbital. Como mucho, lo compraría una revista de chismes. Y si es verdad, no puedo escribirlo porque nadie lo creería. Diablos, si ni siquiera yo me lo creo, y eso que estaba a su lado cuando ocurrió.
Sameer se rascó la panza. Su toga estaba haciendo olas.
– En cualquier caso, mantengo mi palabra. Prometí hablarle de mi trabajo. – Su bigote de cepillo se crispó pensativo. – Incluso podemos hacer más que eso. La involucro.
– Ajá – respondí un poco confusa.
– Podríamos empezar con que vigile el teléfono mientras no estoy.
– ¿Mientras no está?
– No tenga miedo, Anna. Solo tengo que ir a por tabaco. No me llevará mucho tiempo.
– Y yo…
– Conteste al teléfono cuando suene.
– ¿Y qué digo?
– Depende de la situación. Antes me reprochó mi decisión. Quizá usted reaccione mejor que yo. Si tiene que tomar una decisión, use su mejor juicio.
– ¡Tiene que estar de broma!
– No manipule las acciones. Si acepta un consejo. Deje en paz a los chicos de Wall Street. El capitalismo tiene sus propios problemas sin nosotros.
Me dio una palmada en el hombro con su manaza y se dirigió hacia las casas, sus zapatos chapoteaban en el barro. Dejó tras de sí una neblina de naranja con curry.
– Me habré ido para cuando vuelva – grité tras él. – Habrán arreglado el autobús y yo ya estaré lejos.
No respondió, pero pareció reírse. Desapareció por la esquina de una casa.
El tiempo se volvió aún más frío. Apuré el café de mi termo y me pregunté si tendría que dormir en el frío autobús si no me daban alojamiento en una de las dos casas.
Pensaba en el avión que se estrelló en el mar frente a España. Cuando cerraba los ojos, allí estaba yo, abrochada en uno de los asientos, gritando mientras nos preparábamos para el impacto. Todo el mundo en el avión gemía de fiebre, sus caras resbalaban de sus huesos como carne podrida por alguna bacteria desconocida.
Mientras la luna ascendía por la cresta de las montañas, sonó el teléfono.
*
El sonido era como si la maldita máquina no estuviera en la cabina, sino en mi pecho. Un infarto inducido a distancia.
Incluso me encogí al segundo sonido. El auricular casi crepitaba de impaciencia.
Entré en la cabina.
Quería dar un último suspiro antes de que me absorbiera definitivamente esta locura imposible. Volví a mirar hacia las casas para ver si aparecía Sameer, pero, por supuesto, no lo hizo.
Al tercer timbrazo, descolgué el teléfono.
– ¡Por fin! – dijo una voz masculina con marcado acento japonés. Ya pensé que me habían engañado. Me dijeron que llamara a este número si tenía algún problema.
¿Problemas? Sí, había problemas, pero no era solo este tipo el que tenía problemas, sino también yo.
– ¡Cálmese! Cuénteme lo que pasó.
– Terremoto. Aún no estoy seguro si es un seis, tal vez un siete. Al sur de la prefectura de Sizuoka. Las islas de Kozushima y Miyake han desaparecido por completo. La marea alcanzará la costa en pocos minutos.
– ¡Procure calmarse! – volví a aconsejar, con el corazón latiéndome tan fuerte que la vena de mi cuello se retorcía como una serpiente caliente. – ¿Qué necesita?
– La central eléctrica. Creo que hay un problema con el sistema de refrigeración de la central eléctrica.
¡Es la bomba! Literalmente. Nunca he estado en Tokio, pero siempre he querido ir. Mis posibilidades estaban disminuyendo rápidamente. Al igual que las de los ochenta millones de japoneses.
– Dígame su nombre y su número – ordené.
– Itoh, ingeniero jefe, y mi número es …
Por suerte, en la cabina había un mazo de papel garabateado y un lápiz con la punta desgastada. Anoté los datos de Itoh y colgué.
Ya me tocó un problema y, por supuesto, no tenía ni idea de qué hacer con él.
Una bombilla parpadeaba sobre el teléfono. El interior de la cabina estaba bañado por la luz. Nombres y números de teléfono estaban rayados por todas partes en la pintura. Gorbachov, el Che Guevara, algunos Rockefeller por orden de rango. Nombres de generales alemanes, que sospeché que eran generales solo porque había estrellas junto a sus nombres, como en una hombrera. Nombres de secretarios generales de la ONU y la OTAN. En la pared de la derecha, un mapamundi con flechas y marcas, como si Sameer hubiera rediseñado la Operación Barbarroja.
Quizá más de mil personas. Al menos otras tantas en el fajo de papeles bajo el teléfono
Una telaraña poderosa.
Pero, ¿detrás de qué número se esconde la solución adecuada?
Entonces me llamó la atención el garabato de Chernóbil.
Marqué el número de al lado, esperando que no lo contestara un fantasma.
– ¿Nicolai? ¿Es usted?
– ¿Quién es?
– Una amiga de Sameer.
– ¿Dónde está Sameer?
– Ha ido a comprar tabaco. Ahora me ha dejado la faena a mí. Escuche con atención. Necesitamos técnicos de reactores entrenados para evitar desastres nucleares. Los quiero en un avión hacia Japón en una hora.
– Vamos. Esas centrales son completamente difer…
– ¡Kolya! ¡Dejémoslo! – No podía permitir que entráramos en detalles. Pero siempre se me dio bien soltar faroles. Al fin y al cabo, fui periodista antes de ascender a telefonista. – Si quiere entrar en algo así, sé algunas cosas sobre usted. Puedo contárselo, por ejemplo, a USA Today. ¿O prefiere uno de los periódicos de Pekín?
Colgué el teléfono.
Me acurruqué en un rincón de la cabina, jadeando.
Me quedé dormida allí.
*
Me desperté con el chirrido de la bici.
El chico pedaleaba gruñendo por el mar de barro. El cuadro por poco se dobló bajo el peso de los fardos de periódicos.
Cuando llegó al estanco donde nadie nunca compraba nada, se limitó a cortar las cuerdas y a tirar por la puerta los fardos que se deshacían volando.
Me acerqué corriendo.
Dijo algo en el idioma local, de lo que no entendí nada. Me puso una bolsa de papel en la mano. Ocurrió un milagro aún mayor que nunca. En la bolsa había una hamburguesa de McDonald’s que había viajado hasta aquí. Una auténtica BigMac. Le di un mordisco, ansiosa. La carne estaba fría, pero la devoré como Judas en la última cena.
Eché a un lado el San Diego Gazette, The Sun, hojeé el Pravda, pero, como de costumbre, no decían nada del terremoto, ni del tsunami. Busqué los periódicos asiáticos. Los había bilingües, para que, aparte de la escritura del Lejano Oriente, una persona como yo pudiera entender lo que pasaba.
Se ha restablecido el circuito de refrigeración del reactor
Me invadió el alivio, pero mi mano seguía temblando tanto que el pepino se había caído del Big Mac y había ido a parar a la ciénaga de la plaza principal.
*
Sameer tampoco volvió al día siguiente.
Me sentí engañada. Pensé que, ya que me habían encasquetado el trabajo más jodido del mundo, me merecía diez minutos de paz. Si Dios descansó el séptimo día, Anna tenía derecho a una pausa para hacer pis.
Me puse la mochila al hombro y dejé la cabina, el estanco y el mundo entero con todos sus problemas. Atravesé el pueblo vacío.
No había ni un alma viva en el Saloon. Solté varios “¿Hola?” durante minutos, pero no salió nadie. Una de las habitaciones de abajo estaba abierta y, en nombre de todos los santos de todas las religiones, el milagro había vuelto a producirse.
En la ducha corría agua caliente.
Me quité la ropa y me metí bajo el agua. Creo que hasta gemí cuando el calor recorrió mi espalda.
Fuera, en la plaza, el teléfono volvió a sonar.
– ¡Maldito seas! – sugerí, decidida a que el Armagedón llegara si era necesario, pero no iba a cortar el agua.
Por supuesto, al minuto siguiente estaba corriendo por el barro para descolgar el auricular.
*
Pasaron semanas, luego meses. Podía seguir perfectamente las fechas en las cabeceras de los diarios. Tenía que hacerlo, porque en mi nuevo trabajo era imposible desprenderse de la línea temporal. Tenía que mantener bajo control la relación causa-efecto como si fuera un sabueso rabioso que intentaba atacar el mundo.
En Birmania estallaron dos levantamientos con diez días de diferencia. Tras el segundo, tuve que pensar seriamente en poner el país en manos de los rebeldes, por si era mejor para el país.
Un espía en Estados Unidos ha escapado con unos cincuenta kilos de documentos secretos. Kennedy y los archivos de OVNI, además de la historia de algunos gobiernos sudamericanos derrocados por golpes de Estado. Todo de rechupete. Se lo había pegado al cuerpo con cinta adhesiva, y los vigilantes de seguridad no se dieron cuenta de cuánto había engordado nuestro hombre durante su turno. Quería publicar los documentos en el extranjero. No pude impedirlo, pero conseguí que en la imprenta pusieran en la portada: «Informe imaginario de una agencia de inteligencia estadounidense». Así que el volumen desapareció sin ninguna repercusión.
Y luego estaba el caso del diplomático alemán que fue finiquitado por el Mossad en Berlín. Un tiro perfecto, a casi cien metros, en la sien. El hombre blanqueó dinero nacionalsocialista después de la guerra. Ahora ya debe estar arrepentido. Pero los israelíes no contaban con la vieja cuestión de causa-efecto. Si todo esto sale a la luz, podría sentar las bases para otro resurgimiento de la extrema derecha. No podía permitirlo. Para bien o para mal, incluí la historia de la bala perdida de la cercana escuela de tiro. Era difícil de creer, se veía desde la luna, por supuesto, pero el humano es tan cobarde y sofisticado que, cuando se acerca un gran escándalo, es capaz de creerse una mentira sin un respingo.
A veces era yo quien movía la Tierra, y otras, era la que la limpiaba.
Sameer consideraba el mundo como una red de organizaciones criminales. Yo lo veo como una caja de arena de niños armados.
Justo cuando pensaba que ya nada podía sorprenderme, encontré algo en el estanco.
Cuando el teléfono no sonaba – y eran raros esos momentos –, organizaba el quiosco, estudiando la historia a partir de las plumas de quienes gustan de tergiversar los acontecimientos.
Una pila de periódicos salió de la estantería del fondo. Páginas familiares en fardos atados con cuerdas, como de costumbre. London Times, diarios de Glasgow. Las ataduras también sostenían un trozo de papel entre el montón. Tenía una palabra escrita: Anna.
Liberé los periódicos.
Estaba allí todo lo que había escrito. Todas mis líneas, todas mis publicaciones, todos mis ensayos. Diablos, incluso ese poema de cuatro líneas que un periódico universitario publicó cuando me gradué. Lo había olvidado por completo.
Pero Sameer tenía una copia aquí, en el fin del mundo.
El viento silbaba hacia mí desde el Monte Everest. Dios se burlaba de mí con una melodía tonta.
La sospecha, que debería haber tomado forma hace tiempo, acababa de empezar a gestarse.
Salí corriendo del estanco y me dirigí hacia el autobús.
Me caí y llegué al vehículo de rodillas. El autobús se hundió unos centímetros más en el barro. Una noche se rompió el parabrisas y los asientos empezaron a ser masticados por una jauría de ratas locales.
Pero no era eso lo que me interesaba.
Me senté en el barro delante de la rueda pinchada. El agujero en el neumático era un círculo perfecto. Introduje el dedo índice. Una cicatriz regular, sin bordes dentados. Solo uno, y por mucho que revisara el neumático, no había ningún otro agujero.
Clavé mi navaja en la goma y empecé a pelarla como un viajero que abre una lata en una mala noche.
Acabé con grandes trozos hasta que me cabía la mano. Rebusqué en su interior durante un buen rato, pero, finalmente, lo conseguí. Encontré lo que buscaba.
Una bala. Una bala ligeramente deformada al impactar contra la llanta.
Me engañaron.
Durante los últimos días pensé que era Dios, pero ahora ya sé que solo soy una marioneta.
– Sameer, ¡maldito seas! – grité a las montañas.
– …¡maldito seas! – contestaron las montañas.
*
Dos semanas más tarde, llegó otra llamada importante.
Por supuesto, cada llamada es importante si tienes a un Nelson Mandela, un comandante del KGB o un John Rockefeller al otro lado de la línea. Pero eso es solo trabajo. Esta llamada, en cambio, era muy personal.
Un lunes por la mañana. Había unas veintidós guerras en curso en la tierra, que me parecía una buena media. En Argentina, los principales productores estaban arrojando grano al océano para hacer subir los precios, lo que podría incluso causar hambruna a largo plazo en otras regiones. Corea del Norte estaba probando misiles que, según decían, no llevaban cabezas nucleares, pero yo sabía de dos barcos distintos que realizaban expediciones científicas en el Mar Amarillo cuyas lecturas de radiación decían lo contrario.
Comía cabrito asado con pan blanco. Había conseguido negociar con el chico de la bici para que me trajera la comida junto con los periódicos. En esta zona, el cabrito era un manjar que preparaban especialmente crujiente.
El teléfono interrumpió mi último bocado.
– ¿Anna?
Una voz familiar. Suficiente para que el bocado se me atragantara.
– Sameer, ¿es usted?
– Solo quería felicitarle, Anna. Está haciendo un gran trabajo.
Si algo aprendí al enfrentarme a los males del mundo, fue que no se puede gritar todo el tiempo. Eso era lo que intentaba hacer esta vez.
– Sameer. Pensé que ya estaría de vuelta. ¿Qué estanco le gusta? ¿Los del lado oeste de Kentucky?
– Ya no se me necesita. Usted es magnífica. Maneja bien las llamadas y a la gente. Asegúrese de que las palomas no manipulen los cables. Sabe, creo que esas bestias aladas trabajan para los chinos.
– No tiene gracia.
– Lo siento. Está haciendo un buen trabajo, Anna. Prueba de ello es que todavía podemos hablar.
– Es su trabajo, Sameer.
– Solo era. Aprende rápido, ya es mayorcita.
– ¿Mayorcita? Es la forma de hablar de David. Así que me está escuchando.
– Aquí, todo el mundo observa a los demás.
– Aun así, a nadie le importa nada.
– Eso es conciso. Tal vez debería escribirlo.
– No puedo hacerlo, Sameer. No tengo mucho tiempo para escribir.
– Pues grábelo en la pared de la cabina. Solo los primeros años son difíciles. Luego se hace más fácil. ¿Sabe qué, Anna? Tal vez el mundo podría salvarse de sus problemas sin nosotros. Tal vez sea así, pero nunca me atreví a arriesgarme. Y sé que usted tampoco lo hará.
– Por eso me eligió, ¿verdad? Me había estado observando durante un tiempo. Leyó todos mis artículos y pensó que podría empujarme al pozo de estiércol de la política mundial.
– Siéntese orgullosa de sí misma. He observado a cientos de filósofos, filólogos, politólogos y limpiadores de retretes. Usted resultó ser la mejor de todos ellos.
– Luego consiguió que pasara por aquí e hizo disparar al autobús en el que viajaba.
– Le disparé yo mismo. Sabe, en el pasado, no bastaba con un par de llamadas para arreglar las cosas. Teníamos que intervenir personalmente.
– ¡Bastardo!
Del otro lado de la línea se escuchó un suspiro. No… Más bien como cuando un intrigante embriagado por su victoria sopla humo de pipa de curry con naranja.
– Me estoy haciendo viejo, Anna. Yo también merezco un poco de descanso.
– ¡Voy a sacarlo todo a la luz!
– ¿El qué, exactamente?
– Que no hay gobiernos en la sombra, ni gremios masónicos moviendo los hilos, ni organizaciones secretas, solo una persona.
– ¿Y eso es bueno para el mundo?
– ¡No me importa!
– Claro que le importa. Por eso la elegí.
Fue entonces cuando rompí a llorar.
Curioso. Nunca he derramado una lágrima por una catástrofe en una central eléctrica, un terremoto o una epidemia que haya matado a miles de personas.
Ahora sí.
No quería ser el ángel de la guarda del mundo. No quería saber todo esto. Habría estado bien volver a ser Anna, la fotoperiodista que amaba el mundo.
– ¡Quiero irme a casa! – sollocé al teléfono.
– Algún día – dijo Sameer. – Mientras tanto, pórtate bien, niña mayor.
*
Lo más difícil vino después de pelearme con Bush. No es que tuviera nada que ver con los acontecimientos de aquel día, pero estaba lo suficientemente cabreada y no podía mantener la compostura, y eso que necesitaba un James Bond para ese curro. No en encanto, sino en frialdad.
Apenas había colgado al expresidente, la maldita máquina volvió a activar la alarma.
– ¿Anna? ¿Es usted? – Me gustaba Pavel. Trabajaba para el gobierno polaco, a veces vendía datos a los franceses y era un excelente saxofonista.
– ¿Pavel? Hace tiempo que no hablamos. ¿Estáis bien? Todo está bien…
– ¡Anna! Hemos visto aviones en la frontera este. No estoy seguro, pero puede haber docenas.
– ¿Qué? Supongo que no es una broma tonta.
– Se adentraron después del anochecer. Tampoco aparecen en el radar. Pero se les oye. Dios mío. Muchos aviones. ¡Anna! Algo va muy mal, puedo sentirlo.
Me empezaron a aparecer gotas de sudor en las sienes. Justo como la primera vez que sonó el teléfono. Ya había olvidado cómo era. Pero ahora las heladas manos fantasmales han vuelto a estar en mi nuca, la fobia del cronista, cuando la sangre del periodista hierve porque algo grande está a punto de suceder.
– Pavel, ¿has dicho la frontera del este?
– Sudeste.
– Te volveré a llamar.
Lo colgué, pero lo volví a coger enseguida.
Marqué el número del jefe del Estado Mayor ruso. Ya no tuve que buscar su número entre los garabatos de la cabina. Lo sabía de memoria.
– ¡Boris! ¿Qué demonios estáis haciendo bajo Varsovia?
– Te lo juro, Anna. No son nuestros aviones.
Me da mucha pereza oír jurar a un ruso.
– Así que vosotros también los visteis.
– Son difíciles de ver. Tres enjambres, en oleadas de diez minutos. Unos treinta aviones.
– ¿Quiénes son y por qué demonios no les disparasteis? En el ochenta y tres, el avión coreano no era un problema.
– Yo aún no estaba en servicio en ese momento…
– ¡Boris! ¿Quiénes son, si no sois vosotros?
Suspiro.
– Debieron entrar por el mar Caspio.
– ¿Cómo? Los azeríes o los uzbekos no pueden tener esa tecnología. A no ser que os la compren a vosotros o a Bush.
– No. No son ellos.
– No querrás culpar a los alienígenas…
Silencio en el aparato. Desde la montaña, el viento traía el sonido del batir de las alas de un pájaro.
– Los chinos.
– ¡Joder! – grité al teléfono y colgué.
Ahora todo apuntaba a que me tenía que enfrentar a una tercera guerra mundial.
Hice girar el dial del teléfono como lo hace una ardilla loca con una rueda. Contestaron.
– ¿Señor Lu Zhonglin?
Respondió una voz femenina, con un excelente inglés, requisito básico para las mujeres de compañía de Pekín.
– Lu no puede ponerse ahora mismo.
– Claro que puede. Dile, cariño, que le está llamado Anna. Y dile que, si no se pone al teléfono, se va a convertir en cenizas.
Se escuchó una rápida conversación en mandarín desde el fondo.
– ¿Anna? ¡Aquí Lu! Sé lo de los aviones.
– Eso está bien. Entonces todo el mundo lo sabe, pero nadie quiere hacer nada.
– Lo hizo un general. Sin que supiéramos nada. Debe haber estado preparándose para ello desde hace años.
– ¡Entonces a por él!
– Ya lo hemos ejecutado. Pero los aviones no pueden retroceder. No hay radio en ninguno de ellos. No se puede anular la orden. Se llama…
– ¡Las últimas golondrinas! Sé cómo se llaman. Pero, ¿qué diablos quería?
– Resulta que sus antepasados murieron en Corea y en Vietnam. Pensábamos en toda su familia como héroes de guerra.
– Es un poco más que eso. Quiere a los Estados Unidos.
– Y no lo hace desde el Pacífico. Si alguien los derriba sobre Europa, se acabó. Se dispersarán tras la costa francesa. Allá, todos se preparan para misiles, no para algo así. Enviarán señales de aviones de pasajeros al control aéreo. Cuando se den cuenta, será demasiado tarde.
– ¿Cómo lo solucionaréis?
– Yo voy a pasar la noche con esta chica. No nos queda mucho tiempo. A ti también te sugiero que hagas algo que te guste. No creo que estemos aquí por la mañana.
Esta vez no fui yo quien colgó, sino el Ministro de Defensa.
*
¡Hasta aquí hemos llegado, niña mayor!, pensé. No lo hicimos bien. Mi cuento no entrará en los libros de historia, pero casi mejor, porque todo lo que escribirán sobre mí sería que era el ángel de la guarda que destruyó el mundo.
No habrá libros de historia, nunca se escribirá el último capítulo. No habrá más redacciones en Londres, donde anhelaba volver. Se acabaron el pescado en escabeche y las patatas fritas de la tienda de la esquina, al pie del Tower. No vivirá mi hermano que se mudó a Francia el verano pasado. Ni el chico irlandés que me vendía cerveza y pretzels en Rolings los viernes por la noche y siempre me guiñaba un ojo, aunque nunca me había pedido salir, pero yo había jurado antes de irme que cuando volviera del Tíbet, se lo pediría yo.
Solo quedaba el hoy.
Solté un grito de guerra y agarré el teléfono.
– ¡Boris! Debéis derribar los aviones. Sois los únicos que podéis alcanzarlos.
– No nos falta un conflicto ahora con China.
– Este es el último conflicto. Tienen armas nucleares a bordo – bramé. – Yo me encargaré de ellos.
– Los aviones ya están sobrevolando algún lugar de Hamburgo.
– ¿Están ya vuestros cazas en el aire?
– Por supuesto, señorita. Siempre.
– Esperad a que lleguen por encima del Atlántico, no disparéis hasta que lo hagan.
– Por supuesto. Todos tenemos buenos recuerdos de Ámsterdam.
– Llámame cuando estéis listos.
– Nunca me lo habría imaginado – Boris se reía – la madrecita rusa salvando América.
Colgué.
Encontré tabaco en el estanco. Ahora me daba igual con qué excusa obvia me había dejado sola Sameer. Simplemente, arranqué la primera página del USA Today de ayer, eché un poco del tabaco con sabor a naranja y curry, lo enrollé y lo encendí.
Miré mis montañas. Nuestras montañas. Me pregunté hasta qué punto la alta corona de piedra retendría la onda expansiva de una carga nuclear. Claro que no importaba, dicen que, si las cosas se descontrolan, una nube impenetrable descenderá sobre nosotros durante muchos años y los que no se quemen, morirán congelados porque no habrá sol.
Dios cubre su rostro.
Tal vez debería llamar a alguien.
Quizá deberíamos despedirnos.
No sé cuánto tiempo pasó, pero el teléfono volvió a sonar.
– ¿Boris?
– ¡Está listo, Anna! Solo que…
– ¡Dios mío! ¡Muchas gracias!
– Espera. Uno de los aviones ha escapado.
– ¿Cómo?
– Hemos derribado veintinueve. Pero perdimos uno. Nos quedamos sin queroseno, todos nuestros pilotos se eyectaron.
El curry me picaba los ojos.
– ¿Dices que aún hay uno en camino?
– Estará sobre Nueva York en cinco minutos.
*
Entonces se cortó la línea.
Al principio, pensé que ya había caído una bomba, llegaron los ataques de represalia, las armas electromagnéticas disparando para devolver a la humanidad a la Edad de Piedra.
Pero no fue eso lo que ocurrió.
En lo alto de la cabina había una paloma negra. Se afanaba en destrozar la maraña indescifrable de cables con el pico. Picoteaba y picoteaba y, a juzgar por el corte de la línea, lo hacía bastante bien.
Cogí el palo de escoba y se lo lancé. No le di al pájaro, pero sí a la bola de cables. Lanzó una chispa y ahuyentó al pájaro.
El auricular permaneció en silencio, sin dar línea.
Subí a la parte superior de la cabina y traté de encontrar el cable dañado entre la maraña de cables.
Cuando lo encontré, utilicé mi navaja para volver a colocar el aislante y anudar de nuevo el cable.
¡Ojalá no empiece a llover para que un cortocircuito traiga el cataclismo final a las montañas tibetanas!
Me tiré al barro y cogí el teléfono.
La línea ha vuelto.
*
El resto de la historia se medía en minutos. No había margen para el error.
Conocía a un general del Mando Oriental. Solía consultarle sobre asuntos que debían llevarse ante el gabinete. Se llamaba Rick, tenía dos gatos en casa, una vez robó borracho un helicóptero y lo estrelló. Esa información también era herencia de Sameer. Solo lo sabían Sameer, Rick y yo.
El General pensó lo mismo que yo. No había tiempo suficiente para enviar un caza. El chino debía empezar a ver la costa este a simple vista.
Nos quedaba una única posibilidad.
Me conecté con el controlador de tráfico del aeropuerto Kennedy. Le dije que eligiera el avión más pequeño en dirección oeste hacia Europa y me conectara con el piloto.
Lo hizo.
– ¿Quién es? – se oyó una voz de mediana edad.
– Mi nombre es Anna, si toda mi información es correcta, usted es Bruce Prochaska.
– Soy yo – admitió con suspicacia.
– Bruce. Esta es la conversación más importante de su vida. Pero nadie puede oírla salvo usted y yo, y como mucho, Dios, si existe. Pronto lo sabremos.
– ¿Qué es lo que quiere?
– ¿Cuántos años tiene, Bruce?
– Cuarenta y cuatro.
– Pilota un Cesna hacia Londres. ¿Negocios?
– Soy director gerente. Mi empresa fabrica cosméticos.
– ¿Tiene familia?
– Me divorcié. Tengo dos hijas que se quedaron conmigo, pero ahora, en serio…
– Vale, vale. De acuerdo. Se lo diré. – Aguanté la respiración más tiempo que nunca. – Hay un avión que se dirige a Nueva York, Bruce. Tiene una bomba. Del tipo que hace crecer un hongo sobre la ciudad. No hay nada que pueda hacer para detenerla. Ninguno de nosotros puede. Solo usted.
– ¿Yo? No tengo ni idea de lo que está hablando, señora. ¿Y cómo llegó a esta frecuencia?
– Bruce. ¡Por favor, escuche! Ahora todo depende de usted. Y perdóneme por pedírselo. Si tuviera elección, lo haría… pero no la tengo.
– ¡Dios mío! Usted quiere que me estrelle contra ese avión.
– Es demasiada carga. No debería ser tanto para una sola persona. Créeme, lo sé.
– Esto es una broma – susurra Bruce en su radio. Su voz cambia repentinamente del tono incrédulo al tono de negación de los condenados a muerte. Repite la afirmación de la que todo el mundo se da cuenta a lo largo de su vida: – ¡Es una broma!
– Si decide hacerlo, tendrá que cambiar de pasillo aéreo. Deberá subir y la nueva dirección de vuelo es…
– Lo sé, maldita sea. Lo sé…
– Puede decidir no hacerlo – digo, y no continúo.
No le digo que cuando llegue a Europa, porque no habrá tal continente. Ni que sus hijas morirán antes que él. No le amenazo, no le chantajeo.
– Si quiere, me quedo con usted hasta el último momento – le ofrezco.
– ¡No hace falta! – Su voz es tan seca como el hollín después de un incendio.
Interrumpe la transmisión.
*
Aquella noche no pegué ojo.
Caminé hasta el borde de la meseta, me senté y colgué los pies sobre la nada.
La oscura silueta de las montañas estaba cubierta por el manto de estrellas de la noche. Me maravillé ante su cruel belleza. Apenas me atrevía a pestañear por miedo a que la vista se desvaneciera, como pronto lo haría el mundo, y me perdiera un momento de esta vida.
Saqué mi pequeña Polaroid para hacer mi última foto.
Flash.
Agité el papel fotográfico hasta que el mundo empezó a tomar forma en él. No sé para quién quería inmortalizarlo. Simplemente, tenía que hacerlo.
Pero entonces, amaneció.
El amanecer trajo un chirrido de bicicleta.
El chico de los periódicos tiró las pesadas noticias de la mañana delante del estanco.
Lo desenvolví como un niño que desenvuelve un regalo en su primera Navidad. Hojeé el Post, Pravda, Wave.
Cae el precio de los granos de café, sube el petróleo. Ha nacido un bebé elefante en el zoo de París, al que han llamado Pierre.
Al final de la segunda página de uno de los periódicos, se habla de un accidente de avioneta que se ha cobrado una vida.
Tiré el periódico al barro.
De repente, sentí que las montañas desaparecían sobre mi cabeza.
Empecé a bajar a pie por el camino serpenteante. No me llevé nada.
Estaba a kilómetros de distancia cuando oí sonar el teléfono.
No he dado marcha atrás.