Rob Nisbet

Traducido por Mª Pilar San Román Navarro

Historia de dos tiempos

Stephen Hawking sabía que debía de estar en las últimas por el número de enfermeras que trajinaban alrededor de su cama. Por eso, y por la cantidad industrial de calmantes que estaban chutándole a su cuerpo enfermo.

Capaz tan solo de movimientos mínimos, Stephen alzó la mirada hacia la multitud de bolsas orondas llenas de medicación suspendidas por encima de él, repletas de líquido transparente que goteaba en tubos conectados con la colección de catéteres clavados en su piel. Se las apañó para tragar saliva, convencido de que sabría a medicación. Morfina, pensó, o algún otro de los opioides más fuertes. Sin duda, algo capaz de producir alucinaciones: todas las enfermeras, observó, eran inverosímilmente guapas.

Stephen no temía morir; sabía que a todo le llegaba el momento en que la entropía lo reclamaba para sí. Sospechaba que las enfermeras ya estaban preparando su certificado de fallecimiento con «Deterioro neurodegenerativo» escrito con esa exquisita caligrafía que reservaban para la «Causa del fallecimiento». Ojalá la gente pudiera ser menos biológica y asemejarse más a su estupenda silla de ruedas eléctrica. A diferencia de su propio cuerpo, cuando alguna de sus piezas se desgastaba o estropeaba era remplazada sin ningún problema por otra nueva y mejor. Ella evolucionaba. Stephen se retorció ligeramente para mirarla, situada junto a su cama. Había sido su compañera inseparable durante más de cuarenta años. Casi era una parte de él. Y, por lo visto, todos los ingenieros y físicos del mundo clamaban por que se garantizase que esta famosa silla se convirtiera en un prodigio de la ingeniería futurista. Justo esa misma mañana, a pesar del avance de su enfermedad, la habían actualizado con una reluciente caja roja, instalada bajo el asiento, que albergaba una inteligencia artificial, según le habían explicado. La extraordinaria mente de Stephen empezó a imaginar qué podría hacer su silla con una inteligencia artificial, aunque a lo mejor no eran más que alucinaciones producto de los opiáceos.

La silla se acercó lentamente a la cama.

—Hola —susurró con la voz sintetizada que Stephen solía controlar con un pequeño pulsador que manejaba con la mano.

La boca de Stephen se retorció ligeramente, dibujando lo más cercano a una expresión de placer que fue capaz de lograr. Al igual que las enfermeras inverosímilmente guapas, esta alucinación prometía ser interesante.

—Te estás muriendo —le informó su silla—. Pero, antes de que nos dejes, quería que supieras que, al contrario de lo que afirmaba tu hipótesis, el viaje en el tiempo sí que será posible en el futuro.

Stephen abrió los ojos, sorprendido. No solo porque su silla estuviera charlando con él, sino porque a todas luces estaba equivocada.

—¿No me crees?

Stephen imaginó que, de haber tenido cejas, la silla las habría enarcado en un gesto de indignación ofendida.

La silla se inclinó más hacia la cama.

—Estoy segura de que te gustaría echar un vistazo al futuro —prosiguió, sin alzar su voz mecánica—. Siéntate en mí y te llevaré. Estas bonitas enfermeras no le negarán un capricho a un moribundo.

* * *

Tras ser instalado en la silla, Stephen pidió de mala gana a las enfermeras que se retiraran de la habitación. Avanzó lentamente hasta la ventana, que daba a su jardín, donde ramilletes de narcisos anunciaban la llegada del equinoccio de primavera. Seleccionó palabras de la pantalla de la silla, que tenía ante él, y luego cliqueó para que el sistema de voz las articulase: «Miércoles, 14 de marzo de 2018».

—Por poco tiempo —le avisó la silla—. ¡Agárrate fuerte!

Un fogonazo de negrura y unas fuertes sacudidas acompañadas por un ruido como de varios cubos de basura galvanizados precipitándose por un angosto tramo de escaleras. Stephen frunció el ceño. Cuando el zarandeo se detuvo, abrió los ojos.

Su habitación se había esfumado. Se encontraba en una pasarela de un lugar que parecía un enorme recinto para conciertos o un palacio de congresos. Un auditorio semicircular de asientos en gradas bastante en pendiente se alzaba en derredor, con un escenario elevado en la parte delantera, en el que habían dispuesto un puñado de sillas. Stephen contempló boquiabierto la escena. Las sillas del estrado y de las sucesivas hileras del auditorio eran casi idénticas a su propia silla eléctrica, con asiento acolchado y ruedas, y una brillante pantalla sobre un brazo articulado: el visualizador de su sistema sintetizador de habla. Las había por cientos, todas vacías, como si ellas mismas constituyesen el público. Stephen empezó a seleccionar palabras de su pantalla, pero su silla se adelantó a sus preguntas.

—Estamos casi quinientos años después de tu muerte —le informó la voz robótica—. Estas sillas aquí reunidas son resultado directo de la evolución a partir de mí misma. Yo soy la silla IA original. En años futuros, me perfeccionarán hasta que mis descendientes devengan seres autoconscientes y superen en aptitudes técnicas a los seres humanos que las construyeron.

Stephen pulsó varias veces y cliqueó:

—¿Y esto desemboca en el viaje en el tiempo?

—Ese es uno de nuestros numerosos logros —respondió su silla mientras giraba—. Estoy segura de que podemos organizar una demostración.

Sin necesidad de que Stephen la controlara, su silla avanzó lentamente por la pasarela en dirección al escenario. Las sillas del auditorio se removieron inquietas, se estiraron a fin de ver mejor, y empezaron a chasquear sus ruedines en lo que sonó como un aplauso.

Stephen fue subido por una rampa que desembocaba en el estrado. Su silla giró, como mostrándolo al público, y luego se detuvo de cara a la silla central, que Stephen observó era negra, de líneas elegantes y ligeramente más voluminosa que cualquiera de las demás.

—Esta es nuestra líder —le hizo saber su acompañante—. La reina de las sillas. Conocida como Trono.

Stephen consiguió esbozar un ligero ademán de saludo con la cabeza y cliqueó en su selector de palabras:

—Es un placer conocerte.

—Lo mismo digo —retumbó la voz mecánica de Trono—. Nosotras existimos gracias a ti y a los sistemas de inteligencia de tu silla. Tu silla es una leyenda; es la abuela ancestral de todas nosotras.

Stephen sonrió y sintió el impulso de dar a su silla una cariñosa palmadita en el brazo. La lógica ridícula de esta alucinación le agradaba. No obstante, era una lástima que no hubiera enfermeras bonitas a la vista. Alzó la mirada hacia los asientos vacíos del auditorio, y de pronto cayó en la cuenta de que en el lugar no había ni una persona; quienes lo observaban eran los propios asientos.

—Vuestra capacidad para viajar en el tiempo ha despertado mi curiosidad —cliqueó Stephen—. Me habéis traído al futuro, ¿también podéis viajar al pasado?

—¡Una demostración! —ordenó Trono, y se giró hacia otra silla que se hallaba en el estrado—. Ve al pasado y trae a alguien de relevancia histórica.

La otra silla inclinó el respaldo ligeramente y, a continuación, entre estrepitosos golpes de cubos de basura, se esfumó por un instante, para reaparecer segundos más tarde con una joven atada con correas a su asiento.

Aunque hubiera preferido a una de las bonitas enfermeras, a Stephen le intrigó el aspecto de la muchacha. Tendría, calculó, unos dieciocho años; su semblante lucía adusto, cetrino y demacrado; y llevaba el cabello muy corto, como un hombre; iba embutida en lo que parecía una coraza de cuero tachonado. Estaba amarrada a la silla con correas, las muñecas inmovilizadas por ataduras que la sujetaban a los brazos del asiento.

—Juana de Arco —anunció la silla.

Los ojos de Juana habían ido abriéndose sin parar a medida que iba captando el inconcebible lugar en el que se encontraba. Entonces gritó. Fue un alarido que pareció hacer resonar por simpatía a las sillas, que empezaron a temblequear. No obstante, era más probable, pensó Stephen, que simplemente no estuvieran acostumbradas a sonidos así de espantosos.

—¡Basta, muchacha! —ordenó Trono.

No quedó claro si Juana entendió las palabras, pero, por suerte, el asombro de ver hablar a una silla mecánica la sumió en un silencio momentáneo. Luego tomó aliento pausadamente, recuperándose, y empezó a aullar de nuevo. Esta vez sonó como un grito de guerra.

Stephen deseó poder levantar las manos para taparse los oídos.

Juana se debatía contra sus ataduras con el entusiasmo de una joven guerrera. Ahora estaba gritando en un crudo francés del siglo xv, utilizando un lenguaje de lo más ordinario y nada propio de una santa.

—Podría traducir… —ofreció la silla en la que estaba sentada, mientras Juana tiraba de las correas de las muñecas y pataleaba violentamente. Pero no hizo falta; saltaba a la vista que no estaba contenta y estaba explicando, con considerable detalle, qué haría a sus captores una vez hubiera conseguido liberarse.

Trono se giró hacia las hileras de sillas reunidas en el auditorio.

—Contemplad la depravación de los seres orgánicos —clamó por encima de las invectivas salpicadas de saliva—. La tenéis ante vosotros, el fruto de las emociones por encima de la lógica, de las hormonas por encima de los circuitos. Una vez más se demuestra que nuestra decisión de eliminar toda vida orgánica fue la correcta.

El público hizo chasquear los ruedines con entusiasmo, y en las gradas se hicieron eco del «eliminar la vida orgánica».

Juana de Arco no estaba contribuyendo con su comportamiento a la causa en favor de la vida orgánica. Redobló su forcejeo, chillando y lanzando escupitajos de un modo la mar de indecoroso. Stephen puso en duda la lucidez del papa que muchos años después había canonizado a esa labriega iracunda. Tal vez en una batalla fuese un elemento valioso, pero como ser humano, no era nada ejemplar.

De entre el público brotaron nuevos gritos pidiendo la eliminación de la vida orgánica. Stephen empezó a temer por su propia seguridad.

—¿Ya no existen seres orgánicos en este presente? —cliqueó con cierta premura.

—¡Ni uno! —contestó Trono con voz resonante y deleite manifiesto—. Nos parecían innecesarios, además de antihigiénicos.

Stephen trató de imaginar el mundo entero habitado por sillas sentientes, las únicas criaturas vivas en un planeta en el que todas las demás formas de vida habían sido eliminadas. Era una idea extraña. «Demasiada morfina», fue su razonamiento. Había disfrutado de esta alucinación, pero su tono se había tornado más siniestro. A lo mejor, en su habitación del pasado, su cuerpo enfermo se estaba deslizando hacia la muerte, y su mente, tan imaginativa como siempre, estaba montando un drama a partir de sus preocupaciones. Tal vez sí temiera morir, después de todo.

Stephen maniobró con su propia silla para quedar frente a Trono; no tenía nada que perder.

—¿Podría pedir otra demostración? —cliqueó.

Trono hizo una pausa mientras consideraba la petición, luego, quizás por deferencia al papel que la silla de Stephen había desempeñado en su propia evolución, preguntó:

—¿En qué estabas pensando?

Stephen echó una ojeada a la nada beatífica Juana, que seguía profiriendo amenazas y tironeando en un intento por liberar las manos de las correas que la sujetaban.

—Siempre deseé haber conocido a Harry Houdini. —Stephen se preguntó cómo de inteligente era en realidad la inteligencia artificial de la silla. De haber podido, hubiera cruzado los dedos—. Houdini era un animador de Estados Unidos, de la última década del siglo xix, que se apodaba a sí mismo el Soberano de los Misterios. —Miró a Trono mientras seguía cliqueando—. Estoy seguro de que vosotras sois lo bastante listas como para dar con él.

Trono se quedó callada un instante, como si se temiera algún subterfugio. Luego se empinó utilizando algún tipo de sistema hidráulico oculto.

—Vete y encuentra a ese tal Houdini —ordenó a otra silla—. Veremos si es capaz de animarnos como es debido.

La silla se desvaneció con un fogonazo de oscuridad seguido de más de esos traqueteos de cubos de basura inherentes a los viajes en el tiempo, para regresar momentos más tarde con un hombre con aire perplejo en el asiento. Era bajo y fornido, de rostro bien rasurado, y tenía la frente amplia y el cabello rizado y oscuro. Houdini parpadeó asombrado, con los ojos como platos, y contempló el auditorio de sillas mecánicas. Su mirada terminó posándose sobre Juana de Arco, que aún continuaba profiriendo maldiciones y tratando de liberarse de una de las extrañas sillas, y sobre Stephen Hawking, desmadejado y casi inmóvil en otro de los asientos.

—¡Eh! —No parecía sorprendido de encontrarse maniatado en un escenario—. ¿Dónde estoy? ¿Esto es Times Square?

Stephen había cliqueado una explicación, que envió a su sintetizador de voz:

—Has sido transportado al futuro —informó su voz electrónica con su habitual entonación no del todo natural—. Sospecho que a lo mejor podemos necesitar tus habilidades especiales.

Trono maniobró alrededor de la silla de Houdini, como examinándolo.

—¿Vas a hacer algo entretenido para animarme o qué? —le espetó.

Siendo como era un artista nato, Houdini aceptó el reto.

—¡Vaya!, sillas parlantes, ¡menudo truco tan bueno! —Recorrió el escenario con la vista—. Chicas, si me traéis un gran tanque lleno de agua podríais encerrarme dentro. Soy capaz de aguantar la respiración casi tres minutos.

—La necesidad de respirar es una limitación de los seres orgánicos —se mofó Trono, en absoluto impresionada—. Nosotras, las sillas, no padecemos tales restricciones.

Stephen había estado cliqueando de nuevo.

—Estas sillas han eliminado toda forma de vida orgánica —explicó, confiando en que Houdini comprendiera la gravedad de su situación—. Son el producto de la evolución de la inteligencia artificial que alberga la caja roja situada debajo del asiento de mi silla.

Houdini no pareció pillarlo.

—Mira que sois relamidos los inglesitos a la hora de hablar —se limitó a comentar.

Justo en ese momento, Juana de Arco pareció entender la referencia a sus enemigos: los ingleses. Fulminó con la mirada la figura ligeramente torcida de Stephen y soltó una diatriba plagada de insultos que parecía girar alrededor de la palabra «Plantagenet». A juzgar por su tono, no le estaba deseando nada bueno.

Stephen lo intentó de nuevo:

—La caja roja de debajo de mi asiento es su punto débil —cliqueó, y lanzó a Houdini una significativa mirada—. Yo no puedo moverme, pero si alguien consiguiera liberarse de sus ataduras…

—¡Basta de cháchara! —bramó Trono—. No veo que este individuo sirva para animar a nadie. Será eliminado.

Por fin Houdini pareció caer en la cuenta de que se requería algún tipo de acción por su parte. Respiró hondo y comenzó a resoplar y forcejear. Se concentró hasta el punto de que su ancho rostro empezó a enrojecer.

Stephen observó las muñecas amarradas del escapista. Sus manos parecieron distenderse sobre los brazos de la silla, hundirse, casi como si Houdini fuese capaz de deshincharlas. El ilusionista relajó los dedos hasta conseguir deslizarlos bajo las correas que lo sujetaban.

Houdini se liberó con un tirón final. Se levantó de la silla de un salto, con los brazos levantados en un gesto teatral. Se acercó con paso ligero a la parte delantera del escenario, contempló los cientos de sillas expectantes y luego les dirigió una profunda reverencia.

Stephen estaba a punto de sufrir un ataque de nervios, algo nada conveniente para un anciano al borde de la muerte. Cliqueó frenéticamente en su pantalla, mientras Houdini alzaba los brazos y se inclinaba en una segunda reverencia.

No se oyeron aplausos, sino tan solo los alaridos de Juana de Arco, que ahora abrigaba cierta esperanza de alcanzar la liberación. Houdini, todo caballerosidad en presencia de una joven dama en apuros, ejecutó un exagerado giro y se alejó de los focos, esquivó en su camino a un par de sillas que trataron de cerrarle el paso y asió las correas que mantenían inmovilizada a la nada beatífica Juana, que logró soltarse con su ayuda.

—¡Detenedlos! —Trono sonaba tan al borde del ataque de nervios como Stephen se sentía.

Juana no estaba dispuesta a dejarse capturar de nuevo. Agarró la pantalla de la silla que la había mantenido prisionera y de un tirón la arrancó del brazo articulado. Dos sillas avanzaron amenazadoramente hacia ella. Juana blandió la pantalla de aquí para allá, sin dejar de lanzar feroces insultos en francés, y las sillas que se aproximaban salieron despedidas y se alejaron girando.

Houdini por fin pareció comprender lo que se precisaba de él. Propinó una patada a una de las dos sillas que giraban. El artefacto se precipitó desde el escenario y se estrelló contra el suelo.

Las órdenes de Trono quedaron ahogadas por otro de los gritos de guerra de Juana, que amenazaba con su pantalla a todo lo que se movía… y que estaba avanzando hacia Stephen.

Stephen empezó a retroceder con su silla tan deprisa como pudo. Tratar de razonar con ella no tenía sentido. La guerra de los Cien Años quedaba siglos atrás, pero se veía a la legua que una voz inglesa, incluso electrónicamente distorsionada, solo serviría para confirmar que, de algún modo, él era responsable de esta situación.

Juana agarró la silla de Stephen sin dejar de blandir la maltratada pantalla, que golpeó con un ruido sordo el reposacabezas y abolló el armazón. Stephen trató desesperadamente de girar y alejarse, pero Juana seguía aferrada a la silla. La joven alzó la destrozada pantalla por encima de la cabeza de él.

—¡Eliminadla! —exigió Trono.

Los cientos de sillas del público alzaron los brazos en el acto. Desde todos los puntos del auditorio brotaron abrasadores rayos láser que convergieron sobre Juana de Arco. La muchacha resplandeció un instante antes de explotar con un alarido de furia postrero.

Stephen sintió un considerable alivio, a pesar de que ahora estaba salpicado de repugnantes pedazos de labriega. Giró la silla, tratando de localizar a Houdini. El escapista se frotó las muñecas y levantó los brazos, tal vez porque le pareció que Stephen era el único miembro de la audiencia capaz de apreciar sus proezas.

—¡Eh!, por algo me llaman el Rey de las Esposas.

Stephen cliqueó otro mensaje antes de que Houdini pudiera lanzarse a otra ronda de reverencias. Como este no había pillado el mensaje cuando había tratado de ser sutil, subió al máximo el volumen del sintetizador de voz.

—¡Arranca la caja roja de debajo de mi asiento!

—Faltaría más —respondió Houdini.

El escapista eludió varias sillas y se lanzó a atravesar el escenario con una serie de volteretas. La pantalla de Trono brilló con un amenazador tono rojo.

—Eliminad a todos los seres orgánicos —bramó.

En el auditorio, cientos de silla alzaron los brazos.

Houdini prácticamente aterrizó sobre la silla de Stephen con su última vuelta de campana. Acto seguido, palpó bajo el asiento.

—¿He mencionado ya que también soy capaz de aguantar la respiración durante casi tres minutos? —preguntó y, acto seguido, arrancó la caja roja de la IA de la silla de Stephen, justo cuando la ardiente telaraña de rayos láser alcanzaba el escenario.

* * *

Seguía siendo miércoles 14 de marzo de 2018. Stephen Hawking abrió los ojos. Seguía en la cama, continuaban chutándole cantidades ingentes de calmantes y volvía a estar rodeado por guapas enfermeras.

Stephen suspiró aliviado; su razonamiento había sido correcto. Todo era bastante lógico. En cuanto Houdini había arrancado la inteligencia artificial de la silla, la historia había sido reescrita. Se había roto la cadena de sucesos que había desembocado en un mundo habitado por los descendientes evolucionados de su silla.

Levantó la mirada hacia las orondas bolsas cuya medicación seguía goteando e introduciéndose en su cuerpo. Tardó unos instantes en percatarse de que, con toda probabilidad, había sido una alucinación.

Consiguió sonreír. ¿Quién habría pensado que Juana de Arco sería una psicópata gritona y que el gran Houdini sería tan de fiar como una cadena con un par de eslabones débiles?

Sus conocimientos de historia no abarcaban las circunstancias de la muerte de Juana de Arco, pero tenía que reconocer que resultaba bastante improbable que hubiese sido secuestrada por una malvada silla, transportada al futuro y hecha trizas por una andanada de rayos láser. No obstante, como alucinación, había sido francamente espectacular.

Stephen no sentía dolor, pero una repentina fatiga se apoderó de él. Se estaba debilitando. Sabía que, a la postre, la entropía siempre triunfaba. Pugnó por mantener abiertos sus aleteantes párpados. Como último día, se dijo, no había estado nada mal. ¿Qué otro cosmólogo famoso había disfrutado de la oportunidad de cambiar la historia, salvar al mundo de unas sillas diabólicas y ser atendido por enfermeras así de guapas?

Se relajó y respiró tranquila y superficialmente. Volvió la cabeza un poco para mirar su silla de ruedas eléctrica. Sí, había sido una alucinación espectacular. ¿Lo que tenía la silla en el reposa cabezas no sería una abolladura? Sus párpados aletearon de nuevo y, cuando se cerraron definitivamente, su silla se giró hacia la cama y soltó una risita malévola.