Ángel Luis Sucasas
La despedida

Cuesta mucho decir adiós a quien más amas.

Esta mañana, cuando llegó mi momento de decírselo a Manika, antes de que se la llevaran a La Cabaña, no pude. Miré sus ojos verde mar, pensé en todo lo que habíamos pasado juntos, desde Fin a Comienzo, y traté de decirle aquello que ella quería oír.

Te quiero. Nada más.

Te quiero.

Pero no dije nada. Mis labios se quedaron prietos y temblones como los de un mocoso de dos años y no como del sabio de trece que era, ya cerca de Fin, y a Manika le pusieron la venda en los ojos de los Pálidos y se la llevaron sin que pudiera decirle: «Te quiero».

Así que me quedé allí, llorando en silencio, mientras Alilí y Kuse-Kuse la guiaban a la Cabaña de la mano, como se guía a una ciega.

No pude hacer nada en todo el día, aunque bien se sabe que en Comienzo se necesita que todo el mundo, desde un guerrero de diez a un mocoso de tres haga algo. Cavar un pozo, contar una historia, buscar ropas de Pálidos cerca de la empalizada, reparar una gotera, caminar en grupos por el bosque con el oído atento a los gritos de los recién nacidos, cazar pájaros de sol con un buen disparo de tirachinas… Algo. Lo que sea. Pero nunca estarse quieto. Nunca.

Claro que nadie se atrevía a decirme nada. Todos pasaban por ese momento, La Separación. Y todos sabían cuánto dolía. Había gritos y lloros y pataleos. A veces, los jueces (Alilí y Kuse-Kuse en mi caso) tenían que apartar por la fuerza a los que se abrazaban; y algunas veces, las peores, pegar con las varas.

Pero en mi caso y el de Manika, aunque nos quedáramos allí durante todo el día abrazados hasta que llegara el atardecer, nadie nos golpearía. Porque Manika y yo éramos héroes, los que habían cruzado el gran azul en una cáscara de nuez; los que habían vencido al rey negro y descubierto los papiros del Arquitecto, las reglas de Comienzo; los que habían fundado la primera ciudad, Prometida, y adiestrado a los niños en las reglas del nuevo mundo. Y con los héroes las leyes cambian.

En otros casos, a veces no es merecido. Pero en el nuestro lo es. Pues nuestra leyenda es cierta. Palabra por palabra.

Así que me quedé sin hacer nada durante un rato, en lo alto del tejado de hojalata de nuestra sala del consejo, mirando a Prometida y mis hermanos como hacía tiempo que no los miraba, sin pensar en nada.

Allí había unos mocosos riendo alrededor de un dolmen, sus manitas yendo de los cubos llenos de pintura a la piedra y de la piedra a los cubos de pintura. Allá, un maestro recitando las leyes del Arquitecto, las reglas del nuevo mundo. Sobre la empalizada, centinelas que iban y venían, vigilando el bosque y el barranco y las montañas a nuestra espalda. Y en el centro de nuestra ciudad, blanca como un hongo enfermo, el único lugar al que no quería mirar: La Cabaña. Manika. Sola el día de su décimo sexto cumpleaños. Sin tarta con velas ni regalos de papeles brillantes.

Sentí los mocos y las lágrimas y decidí que no podía aguantarlo más. Tenía que salir de Prometida.

En el bosque había una partida de quemadores, todos con sus odres llenos de jugo de rosa negra listos para quemar las ropas arrugadas de los Pálidos. Imité el canto de la alondra en cuanto los escuché pisando la maleza, a cien pasos a mi izquierda. El ulular de una lechuza me dijo que me habían oído.

No era seguro caminar solo por el bosque. Para mí tampoco, aunque llevara conmigo a Rompetrastos, mi fiel espada de madera que tantos combates había librado y que había sido bendecida por el último aliento del Arquitecto, convirtiéndose en sagrada, reliquia de Comienzo. Siempre podía cogerte con mal pie una mantícora con malas pulgas o una hidra enseñando a cazar a sus torpes crías. O podías verte atrapado por los tentáculos de la chalma roja que crecía a la sombra de los robles podridos.

Pero el bosque decidió darme un respiro y nada me encontré en mi camino a un lugar discreto y alejado en el que sentarme y pensar en silencio.

El lugar resultó ser un viejo roble con muchos años ya. Moribundo, con más ramas deshojadas que vestidas, se erguía a duras penas en el centro de un claro, con poca maleza a su alrededor.

Lo rodeé para asegurarme que no me esperaba ningún macizo de tentáculos escarlata a su sombra, me senté contra el tronco, elegí un pedazo de madera de entre los que yacían en la hojarasca y comencé a tallar.

Tallar era muy parecido a recordar. Mientras mi navajita pelaba la corteza, desenterrando la forma escondida en la madera, mi memoria hacía lo propio pensando en el pasado, en todas aquellas cosas que habían ocurrido y ya no volverían.

No por primera vez me encontré pensando en mi viejo abuelo Enrique, en sus modales hoscos y sombríos salvo cuando hablaba del pasado y en cómo se enfadaba con nosotros, y con mamá también, cuando le decíamos que no fuera tan pelma y quejica.

Ahora creo que lo entiendo. Antes, me aburría cada vez que lo escuchaba hablar de los viejos tiempos, de cómo, cuando él había sido un chaval, todo era mucho mejor y de lo mal que hacíamos las cosas hoy en día.

En ese instante, sin embargo, sentado contra el tronco de aquel roble moribundo lo entendí. Abuelo Enrique tenía miedo. Como aquel tronco, se estaba quedando hueco. Se acercaba Fin; se acercaban las sombras. Estaban dentro de él y la única manera de olvidarlas era recordar lo que fue mejor de lo que realmente había sido.

Yo también estoy hueco. Cerca de mi Fin. Y no puedo pensar en otra cosa que en todo lo que Manika y yo hemos hecho en estos diez largos años.

Pensé entonces en el Arquitecto. En sus últimas palabras cuando, ya moribundo, me lo explicó todo. Había estudiado el horror de los mayores durante mucho tiempo. Había leído mucho; y cuanto más leía, más se horrorizaba. Llegó a pensar en que todo se arreglaría si los mayores desaparecieran del mundo y dejaran su dominio a sus hijos: los niños.

Pero no era tan tonto como para no saber que los niños también pueden ser crueles. Y que se aburren. El hastío, decía él, es el mayor de los peligros.

Así que decidió que los mayores no debían de desaparecer. No del todo. Debían cambiar; debían transformarse en otra cosa. Los Pálidos. Y así los niños se unirían en todo el mundo y el Fin sería Comienzo.

Solo pude hacerle una pregunta, pues estaba muy mal y apenas le quedaban unos suspiros. Pero creo que fue muy buena:

­¿Cómo lo hiciste?

El sonrió y me lo explicó. Me dijo que todos llevamos el mundo entero dentro de nuestras cabezas. Y una vez lo tenemos ahí podemos cambiarlo y devolverlo hacia fuera. Tan sencillo como eso. Si uno era lo suficientemente sabio (o loco) podía hacerse.

El Arquitecto lo había hecho y se encontró, tras lograr su cometido, como el último de la raza a extinguir: los mayores. Así se convirtió en el Rey Negro, para atraer a los héroes, Manika y yo, y mostrarles, antes de morir, que Fin sería Comienzo y que ahora habría Nuevas Reglas. Los niños ya no nacerían de padre y madre; habría que buscarlos en el bosque, seguir su llanto y salvarlos de las bestias. Cada uno de nosotros tendríamos dieciséis años; ni uno más ni uno menos; dieciséis años para luchar y cosechar y legar lo aprendido. Y los Pálidos estarían ahí al caer la noche, alzándose de sus vestiduras y comenzando la caza.

Diez años viviendo bajo esas reglas. Diez años olvidando el día en que muy niño, siendo un mocoso, el juego comenzó. Diez años para que Laura y Diego llegaran a ser Manika Matalobos y Tristán Vociagudo.

Miré la talla que mis manos habían estado creando por su cuenta y me sorprendí al ver el rostro que habían evocado. No Manika, aunque muchos de sus rasgos estaban allí. Mamá. Mamá. Diez años después, diez años como seis vidas, seguía recordándola.

—Bueno, Vociagudo —susurré en voz alta—. Es mejor que te levantes antes de echarte a llorar otra vez como un mocoso. No sea que alguien te encuentre y tu mito se rompa.

Quería hacer caso a mi consejo, volver a Prometida y aguantar el día más doloroso de mi vida como debía hacerlo alguien de mi coraje: Dando ejemplo. Pero al apoyar mi mano sobre el tronco para levantarme este cedió y por poco no caí de espaldas a un futuro incierto en las oscuras entrañas de aquel roble muerto.

Curioso, me volví para comprobar que había tras el tronco pues, aunque el roble parecía en las últimas, su aspecto no semejaba tan terrible como para que su corteza se partiera con una leve presión. Estaba oscuro como boca de lobo y tuve que echar mano de mi orbe con luceras para derramar un suave resplandor que desvelara el misterio. Y el misterio se desveló y yo me quedé muy tieso.

Ropas y ropas. Trajes de señora y de señor; vaqueros con camiseta y frac de postín; hermosas sedas y humildes harapos. Un batiburrillo de mangas, perneras y dobleces en el que el pobre y el rico compartían vestuario.

Sabía lo que debía hacer. Allí había por lo menos cien. Tal vez el doble. Un nido de enemigos que seguramente atacarían Prometida aquella misma noche y que traerían mucho pesar y dolor aunque, con toda certeza, mi ciudad se lo haría pagar caro.

Saqué mi petaca y la piedrafuego. Una rociada de jugo de rosa negra sobre el nido y luego arrancarle una chispa con mi navajita a aquella roca a pintas rojidoradas. Y el fuego se llevaría el peligro.

Desenrosqué el tapón y me arrodillé, estirando el brazo más allá de la oquedad que había provocado sin querer en la torpeza. Solo un girar de la muñeca y ya estaría.

Pero mi mano temblaba, al igual que mis labios, al igual que todos aquellos recuerdos que había removido mientras tallaba ausente a la sombra de aquel pobre roble. Mamá llevaba ese día unos vaqueros gastados y una camisa muy de colores muy vivos y estridentes que solo se atrevía a poner cuando estaba en casa. Así la recuerdo en aquel atardecer, el primero de Fin, descolgando en el tendal las prendas ya secas y metiéndolas en la tina.

¿Estarían allí, en aquel oscuro revoltijo de ropajes revueltos, aquella camiseta de colores muy vivos y estridentes y aquellos vaqueros gastados? ¿Los habría quemado ya en otra ocasión, sin saber que la hoguera se llevaba aquel rostro que jamás volvería a ver y que nunca podría olvidar?

El tapón volvió a su petaca y la petaca a su bolsillo. Y el niño, lleno de lágrimas, pegó su frente al árbol muerto y cerró los ojos con mucha fuerza. Porque cuando las cosas duelen de verdad no podemos hacer más que cerrar los ojos y dejar que sangren.

Un grito me hizo abrirlos. Y luego, un rugido.

Muy cerca de allí, en el bosque, algo que gritaba y algo que rugía.

Un recién nacido.

Y su amenaza.

Era un lobo rojo. Una madre, seguramente.

Lo sabía porque le colgaban las ubres, los pezones largos y mordisqueados por sus cachorros, que ya habrían crecido lo bastante como para soñar con cosas tiernas y carnosas. Cosas como la que su madre tenía entre las fauces.

Era una gran flor de invierno, un capullo azul cobalto a medio abrir del que surgían los sollozos y protestas. Allí estaba un recién nacido, un hijo de las flores; y el color azul de los pétalos me decía que era niño.

Me cuidé mucho de no hacer ningún movimiento brusco, estaba claro que la madre quería llevárselo vivo. Pero si la forzaba, apretaría sus fauces y todo acabaría.

Con las bestias de Comienzo solo hay una regla. Mirar directamente a los ojos y decirles que tú eres el más fuerte. Y que solo tienen una opción: Huir.

Así lo hice, sin permitirme un pestañeo mientras mi mano buscaba la empuñadura de Rompetrastos, desenvainándola muy lentamente. Cuando completé mi tarea, la loba fue la primera en desviar la mirada y contemplar aquella roma espada de madera. Y supo, con la certeza de las bestias, cuanto poder había en ella. No necesitaba brillar, ni asustar con un filo, ni ser más que la tosca espada corta de un crío, incapaz de segar, en apariencia, ni una brizna de hierba.

Pero en su seno ardía el aliento del Arquitecto, del padre de Fin y Comienzo. Del padre de aquella loba de pelaje sangriento y de las mantícoras e hidras y de los niños libres y de los Pálidos que solo atacan a la luz de la Luna.

Hizo lo que debía hacer. Posó la flor de invierno reverentemente, sin hacerle ningún daño y luego se marchó a toda prisa, feliz de volver a su madriguera con las fauces vacías porque, por mucho que aullaran sus hambrientas crías, aún tenían madre.

Me acerqué al capullo caído, lo tomé y separé los pétalos para ver cómo se encontraba el pequeño. Al ver su interior me asusté mucho y silbé como un jilguero. Lo hice sin parar, montando una escandalera para que todas las expediciones del bosque me encontraran.

Ese día, ya iba a perder a Manika. No quería perder nada más.

Ese día, este día, caminamos por el bosque.

Cae la tarde ya y aunque mi querida Manika camina entre sollozos tirada por una soga atada al cuello (soga de la que tira mi mano) yo puedo permitirme una leve sonrisa. El bebé de la flor de invierno ha perdido una mano; pero está a salvo. Deberá aprender a vivir en un mundo duro con menos que la mayoría, pero posiblemente eso lo haga más fuerte y tal vez acabe siendo un Alvin Manirrota, héroe de los suyos y culpable de muchas canciones.

Me río en voz alta de mi ocurrencia y Catapurin, nuestro fiel compañero de fatigas incluso en este día, me mira sorprendido primero y luego con reproche. Noto que enrojezco en las mejillas, pero no me permito musitar un «lo siento». Por mucho que duela perder a Manika hoy, no siento en absoluto el ser feliz porque ese chiquillo manco tenga un futuro, por breve que sea, para probar su valía en Comienzo. Es todo lo que tenemos aquí. Y es más de lo que parece, más de lo que muchos tenían antes de las Nuevas Reglas.

Bien es cierto que nuestro tiempo es breve, pero lo vivimos tan intensamente que, cuando llegamos a ser guerreros, somos ancianos en cuerpos de muchachos. Y siempre puede uno irse antes; saltar sobre un río o un despeñadero y olvidarse de los Pálidos y sus terrores nocturnos.

Todo depende, supongo yo, de si ha llegado tu tiempo antes de cumplir los dieciséis, si ya has visto, olido, tocado todo lo que un hombre puede ver, oler y tocar antes de cansarse y vivir solamente en sus recuerdos.

Y en este instante me pregunto: ¿Soy yo ese hombre?

—Catapurin, para un momento.

—¿Qué, vas a pedir perdón? Parece mentira que Tristán Vociaguda se comporte así un día como…

—Calla y escucha. Voy a cambiar de ruta. No iré al anillo de las piedras tristes.

—¿Pero qué dices? Anda, vámonos…

—No te estoy pidiendo nada, Catapurin. Te estoy diciendo lo que voy a hacer. Me voy solo. Y me llevo a Manika conmigo. Y esto te lo llevas de vuelta. Quiero que sea para ese niño que llevé hoy; para Alvin. Alvin el Manirrota.

Embobado, Catapurin ase, con mano temblorosa, a Rompetrastos por la empuñadura. La espada legendaria, que tantos Pálidos llevó a la muerte, bendecida por el último aliento del Arquitecto. La espada que jamás había empuñado otra mano que no fuera la de Tristán Vociaguda. La mía.

—Que la cuide bien. Entrénalo tu mismo. Y cuéntale… Cuéntale todas las mentiras bonitas sobre mí que puedas inventarte. Haz de él un héroe. Uno mejor que yo.

Y así, con mi arma entre sus manos y lágrimas en sus ojos, contemplo por última vez a Catapurin, un fiel amigo durante casi un largo lustro, uno de los que levantó la primera pica de la cerca que hoy protege Prometida. Pero apenas pierdo tiempo mirándolo, lo justo para dedicarle una sonrisa triste que dice «has sido un buen amigo, pero ahora he de caminar solo».

Luego le doy la espalda, tiro de la soga de Manika y echo a caminar.

Pero antes de dar tres pasos me vuelvo otra vez. Casi se me olvida.

—Otra cosa más, amigo. Estad atentos esta noche. Habrá lucha. Y será dura.

Y, ahora sí, me voy.

La mitad del Sol ya se ha hundido en el horizonte. No puedo verlo, porque el ramaje del bosque me lo oculta; pero, para todos los muchachos de Comienzo, el caer y el alzar del Sol es algo que se siente con la misma naturalidad que el latir de nuestros corazones.

Manika está sentada con la espalda apoyada en el roble moribundo, en el costado opuesto donde yo me apoyé esa misma mañana, lejos de la herida que abrí en el leño y del secreto que se vislumbra asomándose a ella.

Hace tiempo que ha dejado de sollozar y ahora simplemente llora en silencio, los labios por los que tantos chicos han suspirado apretados en una fea mueca. En los ojos sigue llevando la venda blanca que todos los chicos y chicas llevan en su día de la Última Caminata, bien apretada, para que no pueda sacársela sin ayuda. Aunque, por supuesto, Manika no lo ha intentado ni una sola vez. Vencida como está, Matalobos sigue teniendo su orgullo.

Me siento a su lado, sin hacer el menor ruido, pero ella de alguna manera me siente y veo que está a punto de volver a llorar. Yo me muerdo los labios con una furia hacia mí mismo que no recuerdo haber sentido nunca. ¿Por qué no le dije esta mañana lo que debía decirle? ¿Por qué no le dije: «Te quiero»?

—Oye, Tristán, por favor, sé que estamos solos. Nadie tiene por qué oírnos. Háblame…

No puedo. Silencio lo prohibe. Una de tantas leyes que nos legó Arquitecto. Las leyes son lo más importante, por mucho que a veces uno pueda odiarlas. Sin ellas, no podría haber una Prometida. Sin ellas, Fin nunca habría tenido Comienzo.

—Ay, qué triste oírme hablar así, ¿verdad? Manika Matalobos, azote de los Pálidos, asustada como un corderillo. Pero lo estoy. Lo estoy…

Nada digo. Silencio es mi nombre. Y el Sol sigue cayendo en el horizonte y el cielo cambia de un rojo de sangre al morado de un cardenal.

—Sabes, Tristán. Te lo agradezco mucho. De verdad, mucho. Yo… No quería que nadie más me viera cambiar. ¡Oh, maldita sea, no quiero! Tengo miedo… He pensado muchas veces en este día. ¡Y tengo miedo! Este año, cuando salíamos a cazar o hasta la playa, a ver si llegaba algún barco buscando Prometida, lo pensé muchas veces… Algo tan fácil… Un resbalón y caer sobre las rocas. Pero no he podido. No he podido.

Noto que Tristán Vociaguda está a punto de quebrar la regla. La regla del Silencio. Y la regla del No Tocar. Y es que mi voz se muere por decirle a mi querida Manika cuánto la quiero y mis brazos hierven por abrazarla. Pero resisto; resisto porque soy un héroe. Y lo seré hasta el final.

—El Arquitecto nos ha regalado un sueño, Tristán, lo sé. Y sé cuánto importan las reglas. Cumplirlas significa que podremos seguir soñando, aunque estoy segura de que llegará un día alguien que no quiera soñar más y que deshaga lo que hizo el Arquitecto y los mayores vuelvan a la Tierra. Pero hoy… Hoy solo quiero que se me dé un respiro, después de haberlas cumplido y enseñado tan bien durante diez años. Hoy quiero que mi hermano, mi Diego, me abrece y me diga…

Pero antes de que se quiebre el último muro de mi resistencia y pueda cumplir sus deseos, el Sol, con un último guiño carmín, se oculta al fin del mundo y cae en el crepúsculo. Con él caen también las ropas de Manika, sus favoritas, un disfraz de pirata con casaca, pantalones flojos, un ancho cinturón de cuero, un pañuelo rojo brillante y un parche ridículo en el ojo izquierdo a lunares rosas y azules.

El cuerpo que los vestía se ha desvanecido y todo lo que  queda de mi querida hermana es un montón de ropa arrugada sobre la hojarasca.

Ahora llega el momento de elegir. Mi tiempo lo marca el cielo, en el que ya puedo ver, contra el lavanda nocturno, las primeras estrellas. Cuando todo azul haya muerto y solo quede el negro, los Pálidos saldrán del roble. Y serán muchos. Cientos. Y mi fiel Rompetrastos ya no está conmigo.

Sin embargo, me engaño pensando en que tengo algo en que pensar, porque, desde el momento en que le dije a Catapurin que se detuviera, ya lo había pensado todo. Elegí. Y por dura que resulte la elección, saber que lo he hecho me calma.

Así que hago lo único que me queda por hacer.

Esperar.

Ya ha llegado la noche. Y el milagro de los Pálidos comienza.

Los oigo rebullir dentro del roble, desperezarse de su aparente indefensión y llenar aquello que dejan atrás cada amanecer. Pero los del roble me dan igual, a pesar de que jamás en mi vida me he enfrentado a tantos Pálidos en solitario; y menos con las manos desnudas. Solo tengo ojos para ese disfraz de pirata que, como bajo el hechizo de un mago, comienza a agitarse.

Una nueva forma llena las ropas que fueron de mi hermana, una forma hija de la Luna, suavemente brillante con un resplandor lechoso que surge de su carne de luz, tan hermosa como letal.

Manika me llevaba tres dedos aquella tarde, pues siempre he sido alto para mi edad; y ella, algo baja. La cosa que crece y se forma ahora ante mí me saca tres cabezas, su rostro sin rasgos oculto tras unos rizos desmañados de un color verdoso y fosforescente. Grandes garras de diez dedos rematan unos brazos delgados y largos, con un segundo codo entre el primero y la muñeca.

Mi hermana, mi Laura, es ya un Pálido.

Se queda un instante mirándome sin ojos, oscilando sobre mí como si su nuevo cuerpo aún le fuera ajeno y difícil de manejar. Pero es un engaño. Todos los Pálidos lo usan, para que te creas que son lentos y torpes. Y no lo son. No lo son.

—Manika yo…

Más pálidos surgen del roble. Dos, seis, diez, treinta… Y nos van rodeando en un corro de luz tenue.

—Yo…

No hay lugar ya al que escapar. Solo el roble muerto, el corro de Pálidos, la noche, sus estrellas, el bosque y sus miedos, la nueva Manika de luz y garras y yo, intentando decir aquello que no dije y debí haber dicho. Yo, con todos los recuerdos atascados en mi garganta, asfixiado por alegrías y tristezas que ya nunca serían: el día en que luchamos en el palacio del Rey Negro y descubrimos quién era El Arquitecto; el día en que, abrazados y sonrientes, contemplamos el valle que cobijaría Prometida; el día ya remoto en el que, sobre un colchón de gominolas en una tienda abandonada, yo no podía dejar de llorar y ella me cantó una nana hasta que, exhausto, me dejé llevar al sueño; el día más remoto aún, el primer día, aquel en el que mamá colgaba ropa en el tendal y de pronto sus vaqueros gastados y su camisa de colores chillones y estridentes cayeron al suelo y luego se alzaron en una asesina luminosa que Manika (Laura) pudo contener. El día de hoy, en el que su mirada me suplicaba, antes de que le pusieran la venda, que le dijera dos palabras, solo dos palabras, para poder aceptar su suerte en paz.

Dos palabras.

Dos palabras.

—Te quiero. Te quiero, hermana. Te quiero.

Ella ataca.