La Siembra
JV Gachs

He pasado los últimos tres días junto al lecho de muerte de la Abuela. Esta mañana, por fin, su agónica respiración se detuvo. De entre todas las Hermanas, me eligió a mí como su heredera. Estar aquí era mi deber, pero la verdad es que me hubiera ofrecido voluntaria con gusto, aunque solo fuera para asegurarme de que sufriera una muerte horrible.

Durante tres días, cada dolorosa inhalación me regalaba una paz hasta entonces desconocida, pero negarle el té de amapola que hubiera podido endulzarle la partida… Eso me produjo un placer inconfesable. Mientras ella se ahogaba, yo le daba sorbitos al té frente a sus ojos suplicantes. Mofándome de ella con una sonrisa. Burlándome de sus gimoteos sofocados. La mujer que nos puso de rodillas a las Hermanas y a mí cuando solo éramos unas niñas, la que nunca mostró una pizca de misericordia ante nuestra sangre derramada, la que castigó sin piedad nuestros cuerpos yacía en la cama aterrorizada frente al dolor y la cercanía inevitable de la Muerte.

No somos más que carne tierna, supongo, incluso quienes pretenden tener el corazón tan duro, frío y negro como la roca que le arrancamos a la montaña.

No he comido nada que no fuera la última hogaza de la última cosecha —tan delicioso como suena— mientras disfrutaba del espectáculo de verla ahogarse en sus propios fluidos, así que el adormecimiento que me ofrecía el té era más que bienvenido. Nadie podía impedirme que la tratara como estimara oportuno, porque nadie más tenía la entrada permitida a esta estancia, una medida de precaución para evitar que su espíritu se aferrase al receptor equivocado. Toda esa mierda sin sentido me ha venido bien por una vez.

Pego la oreja a su pecho quieto, aún templado, y no oigo sino el vacío de la muerte.

Ahora soy la reina de la colmena.

De pie junto al cadáver, dibujo con los dedos las líneas de su boca donde cada arruga recuerda cien años de labios fruncidos y desprecio. La boca a la que tanto temí, inofensiva, no es más que pellejo y carne muerta. A la luz dorada de las velas, las sombras de la habitación bailan para mí. Acaricio entonces mi propia boca, cubierta no de arrugas, sino de viejas cicatrices. Los recuerdos de sus manos cosiéndome los labios me calan como el orbayo del verano. La memoria del dolor se me filtra hasta los huesos. Admito que las costuras cumplieron su propósito aquella primera noche, como también lo hicieron las cicatrices en los años que siguieron. Inspiran terror, respeto o lujuria dependiendo de los ojos que las miren. Mientras la aguja penetraba en mi carne, y el sabor metálico de la sangre se mezclaba con la sal de las lágrimas en mi lengua, los ojos azules de la Abuela no mostraron el menor signo de duda. Sus manos, arrugadas ya en aquellos días de mi primavera, ni siquiera temblaron.

Escupo al suelo junto al cadáver de la Abuela antes de salir del cuarto.

—Mandad llamar a las niñas —ordeno a los hombres que guardan la puerta—. Abuela ha muerto.

—Justo a tiempo para las festividades de San Juan —murmura satisfecho uno de los Padres que esperan sentados en el vestíbulo de la Casa Grande—. Así se dijo.

—Así se dijo —repiten los demás, apretando dos dedos contra los labios.

Un beso de despedida para la mujer sobre cuyos hombros nuestra comunidad creció fuerte antaño, la que nunca admitió cuan débiles éramos ahora. Se aseguró de que nos protegieran del mundo exterior las montañas nevadas, los bosques en los que incluso los exploradores más avezados se pierden, el río mortal que devora animales y humanos por igual, pero no supo ver que nuestra amenaza más grande había ya anidado entre nosotros.

Los Padres se levantan y se acercan, con respeto. Uno a uno me besan en la boca como dicta la tradición que deben saludar a la matriarca de la villa. Reconozco el sabor de cada uno de ellos, y los desprecio. Estos besos son el primer signo de la transición de poder que acabará por completarse mañana por la noche. La noche de San Juan. La Siembra. Este será el primer nuevo ciclo en setenta años. Algunos de los Padres eran niños en aquellos tiempos, pero apenas recuerdan la ceremonia de coronación de la Abuela. La comunidad al completo está más ilusionada por el festival que dolida por su muerte. Será una noche única que les contarán a los niños hasta que nuestro tiempo acabe.

Fuera de la Casa Grande, el sol abrasador de junio me quema los ojos acostumbrados a la penumbra de la habitación de la muerta. Las niñas escogidas, vistiendo túnicas negras, llevan telas blancas, jarras de agua, miel, cera y una urna de barro. Me miran con curiosidad por el rabillo del ojo. Soy el objeto de sus sueños y pesadillas. Seré la Abuela que recordarán en el lecho de muerte. Una mezcla de excitación y miedo se les agarra al pecho y les colorea las mejillas con el rosa pálido de la buganvilla. Atender el cuerpo de la Abuela muerta es un honor para ellas. Eso les han dicho.

—No pienso llamarte Abuela, vete haciendo a la idea, Hermana.

Me giro, y Amelia está sentada en uno de los bancos de piedra del porche de la Casa Grande.

Su pelo, antes negro, se encuentra salpicado de cabellos blancos y no restan sino suaves ondas de la melena indomable. Pero sigue siendo tan hermosa y fascinante como siempre. He visto como los Padres la miran. Hoy, no se ha cubierto la cuenca vacía del ojo derecho con el parche. No hay porqué. A la Abuela ya no la van a ofender las consecuencias de sus propias leyes. Ahora podemos mostrar con orgullo nuestras cicatrices. Significan que sobrevivimos. Significan que crecimos para convertirnos en las Hermanas que van a salvar a la comunidad de la perdición. Amelia se pone de pie, abre una breva a la mitad y me ofrece una parte.

—Vete a la mierda, Hermana. Estás preciosa con la cara despejada, por cierto.

Sonrío aceptando la carne roja y jugosa del fruto antes de que el sol y el hambre hagan que me desmaye. No sería un buen presagio, y menos todavía delante de todo el pueblo que se prepara para los funerales y la hoguera de San Juan. La carne del fruto está templada y dulce. Sabe diferente ahora que ella ha muerto.

—Venga, necesitas descansar. Maté un pito esta mañana para ti y el fuego está listo —dice dudando unos segundos antes de seguir—. ¿Está muerta de verdad? ¿Muerta muerta?

—Muerta muerta.

—Bien —responde, sacando otra breva del delantal y partiéndola para que las dos podamos quitarnos del paladar el sabor amargo de lo que está por venir—. Fuera lo viejo, dentro lo nuevo.

—Así se dijo —respondo y las dos tratamos de esconder una risa nerviosa.

#

Dejo a Amaya durmiendo en las estancias de las Hermanas por última vez. Debe estar derrotada después de tres días de encierro con la puta Abuela moribunda. El caldo y el pollo asado que cociné para ella serán su última comida hasta que le sirvan el corazón cubierto de miel de la vieja la noche de la hoguera. A partir de mañana, Amaya se mudará a la Casa Grande y todos la llamarán Abuela. Todas y cada una de sus palabras se volverán ley. Imagínate. Padres siguiéndola a todas partes, memorizando, interpretando. Así se dijo. Menudo montón de mierda. Sería para mearse, eso sí. Que pena que no lo vayamos a ver.

Me siento fuera de la casa, custodiando su sueño, y pelando fabes de mayo para el festín de mañana. Hay una cierta alegría hoy en el aire. La muerte de la Abuela le ha quitado un peso del pecho a todo el mundo. Un hueco entre las nubes que deja que el sol ilumine levemente la oscuridad por primera vez en años. El futuro no está perdido del todo. Hay esperanza. Y me alegra ser parte del cambio.

Respiro profundamente, como si llevara aguantando la respiración desde que me parió una madre. Es un cliché por algo. A los niños se les permite jugar hoy, correr libres de aquí para allá mientras los adultos preparan la ceremonia. Los arreglos de flores, los corderos, las casadiellas. Las voces de todas estas abejitas industriosas me llegan distantes, apagadas.

Me pregunto cuáles de estos niños jugando en el campo son míos. Al menos tres debieron sobrevivir. ¿Tal vez cuatro? Estoy segura de que uno murió dentro de mí. Dos semanas antes de los dolores del parto ya no lo sentía moverse. Y a otro no lo oí llorar, aunque puede que, simplemente, se lo llevaran de mi lado antes de que le diera tiempo a saludar al mundo.

Estoy convencida de que la niña pequeña con el vestido rosa y el hueco entre los dientes es mía. Es clavadita a mí. Algunas veces creo que se parece a Padre Tomás, pero otras creo reconocer los gestos de Padre Bartolomé en su carita preciosa. Los odio a todos. Supongo que por eso es buena cosa que no sepamos quienes son los padres y no podamos culpar de sus crímenes a nuestros hijos. Ya han pasado cinco hogueras de San Juan desde que me la sembraron dentro, y desde entonces no he vuelto a participar en la fiesta; no como una Madre, al menos. Me arrebataron el único día en el que podía reclamar para mí tal nombre porque casi muero echándola de mi vientre.

—Eres un mal presagio, mujer de un solo ojo —Abuela declaró ese día.

Ya, como que el problema soy yo, estúpida vaca.

Amaya me salvó y me amarró a este mundo. Me trajo de vuelta y me dio un propósito. Mañana recolectaremos los frutos de las semillas que hemos ido plantando desde entonces. Las otras Hermanas me contaron que la Abuela trató de alejar a Amelia de mí después del parto, evitar que perdiera tiempo en curarme para que se pusiera inmediatamente a amamantar a los recién nacidos. La azotó y la amenazó con revocar su nombramiento como heredera, pero Amaya no se movió de mi lado. De verdad creo que esa testarudez suya tuvo mucho que ver con la elección de la Abuela. Sabía que Amaya sería la roca firme sobre la que podríamos construir un nuevo mundo. Ella fue la única a la que hubo que coserle la boca, la única a la que hubo que contener con amarres cuando éramos novicias en la Siembra. Amaya era una fuerza de la naturaleza entonces, y lo es aún hoy.

Mi mayor debe tener ahora veinte años. Ojalá me doliera si ya es uno de los Padres, pero la verdad es que no siento nada. Se merece lo que está por venir igual que los demás si lo es. Si mi primogénito es una de las Hermanas, ya habrá vivido al menos cuatro hogueras de San Juan. Tal vez era la que murió el año pasado. O alguna de las que han sido castigadas por producir niños contrahechos. Cada año el número de niños muertos crece. Cuando eso empieza a pasar con los perros, atamos a las hembras en celo fuera de la villa para que las monten los lobos y la sangre nueva salve a la manada. Pero aquí los padres son más egoístas que los perros. No tengo manera de saber si mi mayor es una de las Hermanas que duerme en nuestro cuarto, o una de las que cocinan con nosotras. ¿Está trabajando en el campo? Da igual.

Son todas mías.

Y ninguna lo es.

Hace falta un pueblo entero para criar a un niño, así se dijo.

Siempre he sospechado que lo que se dijo ha ido cambiando con los años. No tengo manera de probarlo, claro, la escritura solo está permitida cuando se trata de llevar la cuenta del trigo, las cabras, las semillas… De hecho, tengo serias dudas de que la Abuela de nuestra Abuela tuviera una opinión formada sobre que una Hermana le dejara cartas de amor a otra entre las sábanas limpias, así que dudo mucho que pudiera haber dicho que el castigo por ese crimen tuviera que ser perder un ojo… Y con todo, así se dijo era lo que repetían los Padres como una oración mientras me mantenían arrodillada frente al cuchillo de la Abuela.

Las niñas de primavera acaban de salir de la Casa Grande, el enorme edificio blanco en el centro de nuestra comunidad. Aunque el color de la sangre no se pueda distinguir en sus túnicas negras, que la ropa antes seca ahora esté empapada no deja lugar a dudas de que han terminado con su cometido. Esas pobre criaturas aún no saben despiezar un pollo, ¿cómo se supone que van a hacer un trabajo limpio y preciso con la vieja vaca burra? Lo que sea. Así se dijo, y así te han descuartizado, Abuela. Me pregunto si habrán sido capaces de separar el corazón. Igual a Amaya le toca hígado mañana. Se me escapa la risa.

Algunas de las niñas tienen pequeñas flores de sangre en las mejillas y otras los ojos hinchados de llorar. La más pequeña lleva los zapatos manchados de vómito. Le tiemblan tanto las manos que la arcilla del recipiente canta contra sus anillos. ¿Os creísteis de verdad que iba a ser una ceremonia divertida, a que sí?

Llevo el cesto con fabes de mayo dentro. Amaya todavía duerme. He visto su cuerpo cambiar con los años. Los embarazos, la lactancia, la caricia del tiempo que no se detiene. Pero sigue siendo la niña cuya sonrisa me quitaba el sueño. Me cuelo bajo las sábanas junto a ella. Se da la vuelta y me abraza. Arde. Conserva el olor del sudor y el té de amapola. Su corazón late reposado. Me besa la frente. Deshago el lazo de su camisón y acaricio los pechos que han nutrido tantas bocas hambrientas.

—Fuera lo viejo —murmura.

—Dentro lo nuevo —respondo mientras mis dedos buscan el calor de su sexo bajo las sábanas.

#

Tiemblo con las caricias de Amaya. Siempre ha sabido como encender o calmar mis sentidos. Su cuerpo y el mío palpitan al mismo son.

—Bañar a la nueva Abuela es el privilegio de las niñas de primavera, no de yermas otoñales —dice Padre Bartolomé con una mueca de disgusto cuando dejamos la casa de las Hermanas con todo listo para mi baño purificador antes de la ceremonia de esta noche.

—Arranqué a esta mujer de las garras de la muerte yo misma para que me sirva hasta el día de mi muerte, así lo digo ahora —respondo, gozando del sabor dulce que me deja en la lengua mi nuevo estatus.

Él se traga sus palabras y nos permite continuar. Amelia frunce los labios tratando de aguantarse la risa, pero la deja resonar libre contra las montañas cuando llegamos a la cascada.

Desnudas en el agua helada, dejando que el sol nos caliente los hombros, hacemos el amor como Hermanas por última vez. Amelia sabe a brevas y pimienta. Tierna en mis brazos, feroz como una loba cuando tiene que defender a sus cachorros. A todos nuestros cachorros. Nuestro futuro. Nos sentamos juntas mientras me arregla el pelo con las flores de la ceremonia.

—¿Tienes miedo? —pregunta Amelia.

—Estoy más ilusionada que asustada, siento que llevo esperando esta noche desde el día en que me dijo que sería su heredera.

Repaso con la lengua las cicatrices de mis labios antes de continuar.

—Esta noche será inolvidable, ¿no crees? Solo ten cuidado ahí fuera y no te retrases.

—No se preocupe, Abuela, lo tengo todo bajo control —responde antes de besarme.

#

Toda la villa, excepto Amelia, se reúne alrededor de la hoguera, esperando a que yo la encienda para que comiencen las festividades de San Juan. Los niños duermen, o nos espían desde las ventanas como solíamos hacer nosotras. Dentro de la Casa Grande, las niñas de primavera colocan la túnica roja sobre mi cuerpo desnudo. Me dibujan con sangre de cordero dos líneas temblorosas de los ojos a la barbilla. Lágrimas de sangre por el viejo mundo que el fuego devorará esta noche. Una de ellas coloca frente a mí una vasija de arcilla blanca llena de esa misma sangre. Me baño con ella los pies primero, y las manos después. Está fría. Pegajosa. Este olor rancio se me pegara a la piel durante días. Por el rabillo del ojo alcanzo a verme en los espejos de la entrada de la Casa Grande. Una diosa. Hermosa pero terrible, siempre justa.

Las niñas de primavera abren las puertas. La luz del atardecer llena la entrada. Cierro los ojos y respiro los últimos segundos de mi viejo yo. En cuanto me mueva, ya no habrá marcha atrás. Mis huellas ensangrentadas sobre la tela blanca que lleva hasta la hoguera serán los primeros símbolos del nuevo amanecer. Espero que Amelia esté ya fuera. Le confiaría mi vida. Le he confiado nuestro futuro.

Todo empieza con este primer paso.

Salgo y las Hermanas, cubiertas por túnicas negras, comienzan a cantar la Danza Prima acompañadas de panderetas. Los Padres y las Madres, enfundados en sus vestidos blancos ceremoniales, se agarran de los meñiques para bailar en círculo alrededor de la hoguera sin encender. Dan vueltas y vueltas y vueltas. Deprisa, más deprisa, siguiendo el ritmo de las Hermanas hasta que la canción termina, dejándolos mareados como borrachos. Con los pies doloridos y manchados de sangre de golpear sin cuidado, descalzos, los guijarros del suelo.

Camino hacia ellos. Rompo el círculo, y me acerco a la hoguera. Las niñas de me ofrecen una antorcha encendida. Mi corazón aletea enloquecido. Ni siquiera las aves nocturnas o los insectos se atreven a disturbar el silencio que ha caído sobre nosotros. Miro a mi alrededor y ahí está ella. Como prometió. Amelia lleva las estrafalarias ropas de la gente de la ciudad más allá de las montañas. Se apoya en el muro de la Casa Grande. Podría reírme de lo ridícula que está con esos pantalones negros y una camiseta. Los labios del color de la sangre del cordero y los ojos manchados como si se hubiera frotado un carbón apagado en los párpados. Pero la verdad es que está tan tentadora y terrible como yo. Amelia, nuestro canto de sirena. La acompañan algunos hombres. Aunque no puedo contar cuantos, estoy segura de que serán suficientes. Con un puñado nos llega. Se esconden detrás de sus aparatos de grabación sin que nadie haya advertido su presencia. Las festividades los tienen a todos embrujados. Amelia asiente y lanzo la antorcha al centro de la hoguera. El calor me golpea de inmediato. Los campos se vuelven dorados a la luz del fuego. Camino hacia el trono de la Abuela, una silla alta de madera desde la que se supone que debo contemplar la Siembra.

Las Madres me miran. El fuego se refleja en sus ojos mientras aguardan mi señal. Una palmada es suficiente para que se cubran los rostros con las telas blancas de la ceremonia antes de dejar caer sus túnicas a suelo. Ahora deberían quedarse muy quietas, esperando a que la noche bañara sus cuerpos desnudos, aguardando las caricias de tantas manos que no sabrían decir cuantas cuando salga el sol. Deberían. Si esta fuera cualquier otra noche de San Juan.

Los Padres también se desnudan. Algunos ya enseñan sus erecciones orgullosas, y los más jóvenes, incapaces de contenerse, han empezado a masturbarse al calor del fuego. Faltan un par de minutos para que el sol se ponga por completo y la lujuria ya les está haciendo perder la cabeza. Centrados en los cuerpos de rostros cubiertos de las Madres están distraídos.

Vulnerables.

Las Hermanas ocupan sus posiciones detrás de los Padres. Deberían ser simples testigos. Cariátides mudas sosteniendo los restos del viejo mundo, las fuertes rocas sobre las que levantar el nuevo. Pero esta noche las he convertido en algo más. Algo completamente diferente y mucho más útil. He puesto hoces en sus manos y esperanza en sus corazones.

Las he convertido en guadañas.

—Esta noche no sembraremos niños. Esta noche, sembramos sangre, y así mañana recolectaremos libertad. Futuro.

Grito la llamada de nuestro pueblo al cielo negro del verano hasta que no me queda aire en los pulmones. Las Hermanas rebanan los cuellos de los Padres. Ni una sola de ellas duda. Cogidos por sorpresa, los Padres no tienen ninguna oportunidad. Sus gemidos y respiraciones entrecortadas duran poco. La sangre cubre el círculo alrededor de la hoguera. Las Madres se quitan las vendas de los ojos y las mojan en la sangre. Muestran las diferentes manchas resultantes sobre la tela blanca con orgullo. A modo de banderas adornarán sus casas a partir de esta noche, y serán símbolos de su honor y de su nuevo linaje.

Así lo digo.

Amelia tenía razón. El equipo de documentalistas no ha movido ni un dedo ante la masacre de nuestros Padres. Ni siquiera han dicho una palabra para detenernos. Buen trabajo, Hermana. Nos servirán. Las niñas de primavera me traen la urna con el corazón.