
Stephen Higgins
Traducido por Cristina Jurado
Negra Roca
La Tierra parecía un colgante de ópalo. En pie, y durante un instante, Erica admiró la vista y se quitó el polvo de la cara. Llevó las muestras que había recogido a la vagoneta y la puso en marcha. Tras verla avanzar con lentitud, se preguntó si las muestras habrían dejado suficiente espacio como para que ella pudiera subirse al estribo. Lo encendió de nuevo tras encaramarse como pudo al vehículo, que protestó ruidosamente pero empezó a ganar velocidad poco a poco. Finalmente, Erica pudo acomodarse en el estribo.
La mujer sacó un sándwich y lo abrió. Vio que contenía queso, se encogió de hombros y lo probó. Sabía a queso, lo que le sorprendió dada la calidad de la comida que solían conseguir. La forma en la que el sol se reflejaba sobre la cúpula le hizo pensar que la estructura había sido construida específicamente para lucir bonita cuando el sol brillase. Erika activó su teléfono.
—Voy de regreso. Estaré ahí como en una hora. ¿Ha llegado ya el transbordador?
Algunos chasquidos de estática rompieron el silencio y entonces la voz de Earl, su compañero, se dejó oír.
—Sin rastro del transbordador. Según parece hay tormentas. Han dicho que tal vez mañana. Marley quiere saber si te has encontrado algo interesante. Voy a poner la tetera para que cuando llegues te encuentres una buena taza de té.
«Malditos transbordadores», pensó Érica. Ya era lo bastante malo estar bloqueados en la maldita luna, con aquella porquería de comida que les obligaban a comer, como para no poder contar con los malditos transbordadores. Una tormenta. Jesucristo bendito: ¡estaban en el siglo veintiuno, no en los años sesenta del siglo pasado! Un retraso en los suministros era peligroso y, por lo pronto, el transbordador traía café.
—Odio el maldito té, Earl— dijo Erica. Entonces esperó a que su compañero hiciera el estúpido chiste sobre el Earl Grey pero él se quedó mudo, por lo que imaginó que Marley estaba también en la habitación—. Dile a Marley que no encontré nada fuera de lo común en las muestras… bueno, aparte de otro fragmento negro.
Erica esperó a escuchar la reacción de Marley o Earl pero el silencio lo dijo todo.
La vagoneta de Erica se estacionó cerca del alimentador, justo al lado del laboratorio. Nada más entrar casi se choca con Marley. Para ser un trabajador lunar, era alto. La mayoría de las empresas mineras contrataban a gente de baja estatura para abaratar los costes de transporte, pero Marley superaba en altura a Erica. Ella medía un metro sesenta y siete centímetros, lo que hacía que Marley superara el metro ochenta porque era norteamericano. Con pelo moreno y ojos azules, ambos teñidos, Erica pensaba que seguramente le habían hecho retoques en la cara. Nunca sonreía, lo que significaba que estaba siempre de mal humor o que los retoques eran de los baratos.
Por su parte, Erica era rubia, con el pelo muy corto, ojos verdes y cierta actitud estoica adquirida tras vivir en espacios reducidos con gente que no le caía especialmente bien.
* * *
—Vuelvo en un segundo —dijo Marley—. Earl ha preparado una tetera para ti. Erica asintió y se dirigió a la cocina. Earl se levantó y calentó una taza de té. No se veía tetera ninguna porque realmente no había. Se trataba de un eufemismo para sacar té del paquete, romper el sello de una bolsa y calentarla.
Earl la dejó beber en silencio. Acomodó su gran cuerpo en una silla y esperó mientras se pasaba las manos por el largo pelo negro.
—Marley anda enfadado por lo del fragmento negro que mencionaste.
—Ya lo sabía —dijo Erica— Joder, yo me cabreé cuando lo encontré. ¡Este es mi tercero!
Todas juntas, se habían encontrado setenta y ocho piezas de un material negro en la superficie de la luna o, al menos, muy cerca de ella. Nadie podía identificar de qué se trataba o determinar su uso. Era un asunto irritante para la compañía minera porque debían reportarlo y eso implicaba dedicarle un tiempo que podía destinarse a tareas de prospección y extracción.
Luego estaba el problema que nadie podía resolver y era encontrar la razón por la cual dichos fragmentos estaban en la luna. No se parecían a ninguna otra roca o muestra de tierra que hubieran encontrado.
—O sea, otro trozo de roca negra— dijo Marley entrando en la cocina.
—Sí. Y no es que yo lo plantara allí, así que ni se te ocurra echarme la culpa por ello. Tan solo me lo encontré.
—Vale, de acuerdo. Simplemente estaba preguntando.
—No, no preguntabas —dijo Erica— Lo estabas insinuando.
—Alguien está plantando esta mierda —resopló Marley— No se trata de material nativo. Si un trozo termina en la trituradora, la destroza. Sé de sobra que en la Tierra están molestos.
—Bueno, pues no soy yo. Cada vez que alguien se encuentra un trozo de esa mierda, se escucha mi nombre y estoy cansada de ello. Solo porque he encontrado más trozos que nadie, mi nombre sale a relucir cada maldita vez —la mujer tomó la bebida y se sentó en la gran mesa, lo más alejada posible de sus compañeros.
—Supongo que tendremos que analizarlo como el resto —añadió Earl, quien movió su taza por la mesa como si estuviera dibujando un remolino—. Tampoco es que los resultados vayan a ser distintos.
Las setenta y ocho piezas ya analizadas no habían proporcionado ni una pizca de información sobre las rocas negras. Parecían rocas y eran tan duras como ellas. De hecho, su dureza era incluso superior. Además presentaban cierto brillo. De bordes limpios, no mostraban señal de astillas o marca alguna en su superficie. Al principio, los fragmentos de «roca» causaron un gran revuelo. La luna había demostrado ser particularmente aburrida como fuente de minerales y, cuando Glen Wishart encontró el primer trozo, hubo un gran interés por examinarlo. Incluso se enviaron al satélite equipos especializados para ayudar en los análisis.
Después de varios meses sin éxito, se propuso enviar la roca a la Tierra para un examen más pormenorizado, pero varias agencias opusieron resistencia a la idea. El sentimiento general era que, si no se sabía de qué se trataba, era mejor no transportarla a la Tierra. Cuando el segundo fragmento apareció, el interés aumentó. Después de veinte fragmentos, se pensó que podía tratarse de una especie de broma pero nadie pudo entender de quién o por qué. Si las rocas no procedían de la luna, ¿cómo habían llegado hasta allí? O bien había sido llevadas por los astronautas anteriores al establecimiento de la base lunar o bien por el personal de la base. Y dado que lo que llegaba hasta el satélite se controlaba incluso más aún de lo que se enviaba a la Tierra, la probabilidad de que alguien hubiera metido de contrabando un par de rocas, mucho menos veinte, era mínima. Se hizo hincapié en esta idea cuando se llegó a los treinta fragmentos.
Si las rocas no venían de la Tierra, y dado que no parecían tener origen terrestre como estaba bastante claro, entonces debían haberse originado en la luna, lo cual solo dejaba una respuesta posible que no hacía ninguna gracia a los gobiernos.
Earl contempló la colección de rocas negras e hizo lo que cualquier técnico aburrido haría: empezó a comprobar si acoplaban entre sí. Para su enorme sorpresa, un par de ellas encajaban. Consiguió unir así cinco fragmentos antes de atascarse y de llamar a Erica. La mujer entró en el laboratorio y se quedó mirando la mesa en la que Earl había reunido todos las trozos. Tomó varios y trató de juntarlos, pero no pudo. Era como intentar resolver un complejo puzle tridimensional. Algunas piezas parecían estar destinadas a unirse hasta que intentabas juntarlas.
Earl trajo un ordenador portátil y buscó el archivo de las imágenes escaneadas de las muestras. Una vez que lo encontró, solo tuvo que pedir al programa fotográfico que uniera los fragmentos siempre y cuando fuera posible. El hombre se quedó mirando al programa procesar cientos de opciones antes de mostrar cómo la mayoría de las piezas se unían hasta formar un único bloque de un metro de largo y unos treinta centímetros de anchura, con un espesor de diez centímetros. La imagen del bloque, rotando despacio en la pantalla, aparecía incompleta solo por tres fragmentos que faltaban cerca de un extremo.
—Qué raro —dijo Earl mirando a Erica.
—¡Dios mío! A los conspiranoicos les va a estallar la cabeza con esto.
—Ya sabes a qué se parece.
—Claro que sé a qué se parece, Earl —comentó Erica— Se parece a un maldito monolito. Por eso es por lo que los de administración estaban tan mosqueados con las rocas negras desde un principio. Algún listillo lo ha planeado. No sé cómo ni por qué lo ha hecho pero es como esos monolitos que no hacían más que aparecer en la Tierra, en sitios de lo más extraño, en los años veinte. Quienquiera que hizo aquello ha conseguido subir uno aquí. Un plan brillante, pero un auténtico fastidio.
—Avisaré a Marley —concluyó Earl.
* * *
—Los de administración están mosqueados —dijo Marley.
—Esos siempre están mosqueados —señaló Earl.
—Sí, pero ahora están realmente cabreados. Nos han ordenado que busquemos los fragmentos que faltan.
Erica se volvió a Marley.
—Cuando dices que han ordenado que busquemos los fragmentos que faltan, quieres decir que nos han ordenado que los busquemos.
—Aunque se trate de un fraude — explicó Marley —les han dejado claro que no conseguirán más contratos hasta que esto se resuelva. Nos pagarán las horas extraordinarias y contaremos con personal extra así como soporte vía satélite. Van a por todas. Fraude o no, esta es nuestra prioridad a corto plazo —se giró a Earl— prepara algunas cuadrículas y asígnalas a los equipos de búsqueda. Nos centraremos en el lugar en el que Erica encontró el último fragmento y extenderemos la exploración desde allí. Le pediré a Debs y a su equipo que programen las búsquedas desde el satélite.
Dieron con tres trozos ocho meses después. El primero estaba cerca de donde Erica había encontrado el último, en Mare Cognitum. Este era el área que el equipo de Marley compartía con el de Bounders. Su líder había informado de una pequeña anomalía geológica solo unas semanas después de que les ordenaran suspender cualquier otro análisis. El fragmento fue encontrado, empaquetado y transportado por vagoneta hasta la cú, y pasarían meses hasta que el segundo fragmento apareciese.
Earl recibía tantas directrices desde los de administración que solía leer por encima los mensajes que le llegaban. Detectó palabras como «Anomalía Tycho» y suspiró. El cráter Tycho había sido registrado meticulosamente desde que se encontraron ocho fragmentos. De hecho, la ubicación del cráter era una de las razones por las que se hacía responsable de las rocas negras a timadores. El hecho de que los fragmentos rocosos fueran ahora parte de un apasionante y complejo puzle, significaba sencillamente que el cráter Tycho volvía a ser de interés.
Vagonetas con capacidades de geo-vinculación serpenteaban por el cráter. A primera vista, cualquier observador habría pensado que aquellos objetos operaban de manera caprichosa pero Earl miró los mapas y vio que un mensaje se «escribía» deliberadamente gracias a sus trayectorias. Repasó los parámetros establecidos en los vehículos para la búsqueda solo para asegurarse y entonces pidió a Erica que se acercara a la pantalla.
—¿Sabes las vagonetas que están mapeando el cráter Tycho?
—Sí —afirmó Erica— ¿Qué les pasa? ¿Han encontrado algo?
—No, vamos no que yo sepa. Solo que he revisado los modelos de búsqueda que emplean. ¿Tienes idea de quién los ha programado?
—¿Puede ser Mills? Creo que es ella. Su equipo logró el control de esa zona después de que terminaran con Mare Cognitum. ¿Por?
Earl giró la pantalla para que Erica pudiera ver el mensaje formado o que formarían las trayectorias de búsqueda de las vagonetas una vez terminada su tarea.
La mujer lo leyó en voz alta: —Perdona, Dave, me temo que no puedo hacerlo.
Erica parecía confundida.
—¿Quién es Dave?
—Da igual. Mills está haciendo el tonto. Les voy a pedir que paren ya.
Erica se encogió de hombros y se marchó.
Las vagonetas avanzaban lentamente. Sobre sus cabezas, los satélites cruzaban el cielo en silencio. Hacía tiempo que los equipos encargados de buscar y escanear se habían cansado de todo aquello. No era fácil tratar de encontrar un pequeño trozo de roca en un mundo muy rocoso cubierto de polvo. El hecho de que los trozos fueran negros podía haber servido para que resaltasen en la polvorienta superficie gris de la luna si no fuera porque cada sombra era igual de negra. Y dada la predisposición de los cráteres a crear muchos salientes sobre el terreno, existían un montón de áreas ensombrecidas en la luna. En el Cráter Tycho las vagonetas habían sido reprogramadas para borrar el mensaje que iban creando aunque, al hacerlo, habían encontrado un segundo fragmento de roca negra.
Marley colocó con cuidado el trozo en el bloque, que se encajó con un satisfactorio clic.
—Solo nos falta uno.
—A no ser que uno de los fragmentos se haya roto en trozos más pequeños —comentó Earl.
—Por lo que más quieras, no digas eso.
—Podría ser incluso peor —apuntó Erica.
—¿Qué quieres decir? —Marley fue capaz de aparentar curiosidad y mucha preocupación al mismo tiempo.
—¿Qué pasaría si el último fragmento estuviera roto en trozos más pequeños y estos se encontraran en algún lugar en el que aún no hemos buscado? —preguntó Erica.
En ese momento el portátil de Earl emitió un aviso. El hombre se acercó y miró la pantalla.
—Son los de administración. Quieren que echemos un vistazo a la cara oculta.
Por la mirada que Marley le lanzó a Erica estaba claro que le echaba la culpa por solo haberlo pensado.
Se pusieron a buscar. Bueno, en realidad los satélites y los escáneres de las vagonetas hicieron el trabajo. Hasta usaron algunos todoterrenos antiguos para ayudar en la búsqueda. Encontraron varios módulos de aterrizaje chinos y rusos y varios satélites viejos pero nada más. Los de administración les pidieron que recogieran los módulos de aterrizaje por si tuvieran algún interés. No había mucho que los rusos pudieran enseñar al resto del mundo en lo que a temas relacionados con el espacio se refiriese, pero sobresalían en equipamiento pesado que se hubiera estrellado.
Meses más tarde se decidió que ya habían buscado meticulosamente en todos los sitios posibles y que no iba a aparecer el último fragmento. El monolito iba a quedar incompleto, y Erica se preguntaba si debería seguir llamándose así. Como nadie quería tratar el tema con ella, lo dejó estar. De todas formas, la tarea parecía un enorme gasto de tiempo y recursos.
* * *
Lisa Thripp leyó el informe que detallaba la reducción de la búsqueda. Era una pena ya que el nuevo monolito había llamado la atención del público, y el interés de la NASA había aumentado de nuevo. Como CEO de la NASA, a Lisa la habían invitado a numerosos programas y había resultado una contertulia muy competente. Además, le gustaba bastante atraer la atención de la gente.
En cierto modo había asumido el papel de CEO desde su tierna infancia ya que solía acompañar a su padre, el astronauta Teddy Thrip, en diversas acciones publicitarias. Después de completar varias ingenierías y títulos en gestión empresarial, obtuvo trabajo como administradora de la NASA codo a codo con su padre, que trabajaba en recursos humanos, y hasta había heredado su vieja oficina cuando él se había jubilado.
Lisa empezó a escribir una circular agradeciendo a todo el personal de la luna y la Tierra por sus incansables esfuerzos al intentar encontrar el último de los fragmentos de Tycho, como se conocían, a pesar del hecho de que la mayoría de las rocas no habían sido encontradas cerca el cráter. Como esa noche iba a un programa, se había vestido para la ocasión.
Pensaba que su traje negro con ribetes plateados hacía juego con la oscuridad del espacio y el color plateado de las estrellas. Había pedido llevar algún objeto curioso que pudiera interesar al telespectador medio y le pareció que no había nada mejor que una roca lunar, dado el reciente episodio alrededor de los fragmentos encontrados en el satélite.
Ella alzó la piedra negra que su padre le había dicho que provenía de la luna y pensó que serviría. Era una roca y aportaba el toque personal de ser algo que su padre había traído consigo
Llegó hasta la puerta con ligereza y la cerró tras de sí.
Segundos después, volvió corriendo, tomó el teléfono y empezó a teclear números como loca.
* * *
Una docena de personas se había reunido alrededor de la mesa. Lisa Thripp estaba sentada cerca de las ventanas. Había políticos, ingenieros aeronáuticos, físicos y filósofos. Presidiendo se encontraba el general Andy Brown, a la cabeza de la mesa, hojeando su tableta, y quien levantó la mirada rápidamente para escanear la habitación.
—¿Estamos todos?
El resto echó un vistazo a la mesa y asintió.
—De acuerdo, empecemos. No debe llevarnos mucho tiempo. Tan solo necesitamos decidir qué es lo mejor que podemos hacer con esta roca — dijo Brown quien, tras suspirar y golpear la mesa con los dedos añadió—: Antes de nada, gracias a la doctora Thripp por la roca. No entremos a valorar las circunstancias por las que tan importante pieza de geología lunar ha permanecido guardada en un almacén de libre acceso, pero esto es lo que hay. Todos cometemos errores.
Lisa Thripp se ruborizó ligeramente aunque la gente pensó que se debía a que no le gustaba ser el centro de atención. Los que la conocían dudaban que esa fuera la verdadera razón.
—Parece que tenemos dos opciones: o mandamos este trozo a la luna o traemos los demás aquí —el general se echó hacia atrás en la silla— ¿Qué opinan?
Uno de los científicos señaló que las instalaciones terrestres estaban mejor equipadas para estudiar el monolito y apostó por hacer descender los fragmentos de la luna. Dos políticos se mostraron de acuerdo porque pensaban que la idea encajaría bien a sus electores. Otro científico se preguntó si no correrían peligro al ensamblar al completo el monolito en la Tierra, puesto que casi con toda seguridad se trataba de un objeto extra-terrestre. El filósofo no creía que se tratara de un diseño alienígena pero estaba de acuerdo en que era más seguro estudiarlo si se completaba en la luna. Los políticos se mostraron de acuerdo con este curso de acción porque pensaban que les encajaría bien a sus electores.
Lisa Thripp contempló a cada uno con algo parecido al desdén.
—Somos todos conscientes —empezó para entonces detenerse. No sabía bien cómo enfocar el tema—. De la… uhmm… relación con el monolito más famoso… me refiero al de ciencia ficción que todos conocemos… quiero decir… Aquel era pura ficción. No era de verdad. Se trataba de un libro.
—Técnicamente fue primero un cuento y luego una película —comentó uno de los científicos— El famoso monolito fue, claro está, diseñado para la versión cinematográfica. Arthur C. Clark escribió la novelización basándose en el cuento.
—Vale, lo dicho —dijo Lisa— Sigo pensando que se trata de un fraude, uno muy bueno, pero que no deja de serlo.
La reunión terminó con una propuesta para transportar el fragmento a la luna, donde se realizaría una batería de completos análisis en total seguridad, y de esta manera se comunicó a los equipos administrativos de la base lunar.
* * *
—¿Total seguridad para quién? —preguntó Erica.
—La nuestra, no —apuntó Earl. Se encontraban observando las vagonetas de la base que descargaban la nave de suministros. Había instrumentación delicada en paquetes plásticos además de contenedores con provisiones normales.
—Aquí viene nuestro café. —Erica señaló a un contenedor de gran tamaño—. Ya era hora.
Siguieron las vagonetas hasta el interior de la base, donde un pequeño grupo de técnicos y más personal escoltaban los paquetes plastificados hasta los laboratorios pertinentes.
—¿A qué viene tanta preocupación por nuestra seguridad? —preguntó Erica cuando abrieron el contenedor en el que estaba el café.
Atraído por el aroma del café recién hecho, Marley hizo su aparición en la cocina.
—Les preocupa que el monolito haga algo tan pronto como se complete —dijo respondiendo a la pregunta de Erica.
Ella replicó: —¿Algo como qué?
—Ni idea —dijo Marley— De todas formas, van a construir un edificio lejos de la base y el proceso de ensamblaje tendrá lugar allí.
—¿Proceso de ensamblaje?
—Se refiere a encajar todos los fragmentos —comentó Earl.
—Y se va a hacer en remoto para no poner en peligro a nadie por lo que pueda suceder —concluyó Marley.
—Pensé que iba a haber una reunión para decidir si hacerlo aquí arriba o abajo en la Tierra.
—Y la tuvieron —dijo Marley revolviendo el café— Decidieron que lo mejor sería hacerlo aquí arriba por motivos de seguridad.
—Vaya, ¡eso me tranquiliza una barbaridad! —exclamó Erica — Está claro que no contaron con nadie de aquí en esa reunión.
Marley se encogió de hombros.
El edificio de ensamblaje se construyó con rapidez tan lejos de la base lunar que cualquiera que quisiera consultar su progreso tenía que hacerlo a través de una pantalla especialmente dedicada para mostrarlo durante todo el día. Después de colocar los soportes, láminas plásticas cubrían toda la estructura y la cámara se instaló en el interior.
Erica echaba un vistazo a la pantalla cada vez que pasaba cerca pero la cosa no le interesaba lo suficiente como para descargar la emisión en su teléfono. Algunos lo hicieron y, por un tiempo, se convirtió en un tema de conversación bastante popular que pasó de moda pronto. Sin embargo, cuando la estructura estuvo terminada y se la abasteció de energía, el monolito fue transportado hasta allí. Fue entonces cuando la gente empezó a prestar atención.
Debido al incremento de periodistas en la base lunar, Erica asumía que la emisión se enviaba a la Tierra, por lo que ella y Earl rechazaban con frecuencia peticiones para entrevistas. Y, entonces, una mañana, se llamó a todo el personal para una reunión.
Como cualquier otro trabajador, Erica detestaba las reuniones de personal, y ese otro era Earl, quien afirmaba padecer una aversión reconocida por los médicos hacia ellas. Aun así, tenía que asistir. El personal se reunió en el centro de mando, un espacio enorme que se había creado moviendo algunas de las paredes de la base. Los de administración se sentaban en la parte delantera porque, según Erica, o bien disfrutaban de las reuniones o porque querían hacerse notar. Miranda Kohl, la comandante de la base, llegó y, una vez que se situó en el centro del pequeño espacio destinado a los oradores, en toda la sala se hizo el silencio.
Kohl dio la bienvenida en su discurso a todo el mundo, señalando la trascendencia del día y lo orgullosa que estaba. Erica se aferraba a la vana esperanza de que el monolito fuera realmente un fraude y que nada sucedería. Cuanto más pensaba en ello, más raro le parecía el asunto. ¿Por qué nadie se habría tomado tantas molestias en colocar un monolito en la luna? Sabía que, durante los últimos años, habían aparecido algunos en distintas ubicaciones en la Tierra y, como mucha otra gente, había asumido que el monolito lunar era una extensión de aquel fenómeno. No es que tuviera mucho sentido plantar monolitos en la Tierra en lugares de difícil acceso pero la posibilidad de que alienígenas tuvieran algo que ver en ello era realmente una estupidez. Después de todo, la idea del monolito procedía de Arthur C. Clarke. ¡Erica había visto la película!
Volvió a prestar atención brevemente al discurso de Miranda Kohl, que hablaba de lo fantástico y el privilegio que era trabajar en la luna y tal. Entonces Erica pensó que estaban a punto de anunciar medidas de ahorro. Después de más blablablá, Kohl cedió el micrófono a Stuart Sivens, el gurú en relaciones públicas de la base, quien conectó con la señal de la emisión en directo del Centro de Ensamblaje y todo el mundo se sentó para contemplar la pantalla.
Erica podía ver todos los fragmentos del monolito dispuestos sobre una placa de plástico blanco.
—¿Por qué los han separado? —preguntó a Earl que estaba a su lado.
—Para añadir carga dramática.
Cual pequeños perros, las máquinas polivalentes que se usaban para manejar materiales delicados se afanaban alrededor de la placa, colocando los fragmentos de roca negra en sus posiciones pre-determinadas. El monolito fue tomando forma poco a poco hasta que faltaron tres fragmentos para completarlo.
—¿Se sabe ya por qué nuestro monolito estaba desparramado por todas partes? —preguntó Erica. Era algo que no se le había ocurrido antes.
—Seguramente por el impacto de un meteorito —contestó Earl sin despegar la mirada de la pantalla.
—Oh, eso tiene sentido.
Un «perro mecánico» dispuso dos fragmentos del monolito, que estaba casi completo sobre la placa. Presa de cierta agitación, la gente se puso a juguetear con lo que tuvieran a mano. Entonces, el último trozo del puzle, el que se había enviado de la Tierra, se sostuvo sobre el lugar que le correspondía. Se vivió un momento de pausa y el fragmento encajó en su sitio con un sonoro “clic”.
Se hizo el silencio.
En ese momento, todas las hendiduras existentes en el monolito desaparecieron hasta formar un objeto sólido.
Las máquinas de máxima precisión que estaban monitorizando el monolito registraron algo que hizo que las agujas de todos los sensores indicaran peligro, acompañando un atronador sonido estridente que grabaron y difundieron todos los altavoces de la base. Fue tan ensordecedor que Erica tuvo que taparse las orejas con las manos para bloquearlo.
—¡Joder! ¿Qué fue eso? —preguntó ella después de que el estruendo se extinguiese.
—Lo estamos investigando —contestó Earl.
—¡Maldita sea! —Erica se palmeó un lado de la cabeza—. ¡Dios, creo que me ha curado el pitido de los oídos!
Los técnicos que rodeaban a Kohl y al resto de pesos pesados de la administración no hacía más que revolotear en torno a los equipos. Por sus expresiones Erica pudo deducir que no tenían ni idea de qué había sucedido.
Mientras tanto, Kohl parecía impaciente y comprendía que estaba de más, lo que era un anatema para cualquier miembro de la administración, por lo que se dirigió a su oficina como si una tarea tremendamente importante le esperase.
* * *
Erica y Marley trataban de arreglar los problemas que les estaban dando las vagonetas cuando Earl se les unió. Mientras los veía manipular algunos de los controles, finalmente les preguntó: — ¿Qué les pasa?
—Hay un problema con el programa —contestó Marley.
—Ha sido el ruido del monolito —dijo Erica— Todo el mundo ha reportado el mismo problema tras el ruido aquel.
—¿Cómo va tu pitido? ¿No se te había pasado justo entonces?
—Me ha vuelto —contestó Erica— Lo odio. Si hay algo que pudiera cambiar de mí sería eso.
—En tu lugar, sería difícil elegir —apuntó Earl antes de añadir—: En serio, yo habría apostado a que te cambiarías de aspecto.
—¡Vete a paseo! El pitido en los oídos no es cosa de broma. Solía pensar que morir no estaría mal porque de ese modo conseguiría terminar con este maldito zumbido. Pero entonces se me ocurrió algo terrible…
Earl la buscó con la mirada.
—¿Cuál?
—Pues ¿qué pasaría si no se me fuera?
—¿Qué quieres decir? ¿Qué sucedería si no te aliviaras después de morir?
Erica asintió.
Earl parecía preocupado.
—Uff, vaya pensamiento más oscuro.
Después de intentar arreglar la vagoneta, Marley se limpió las manos.
—Creo que el sistema eléctrico se ha estropeado. Mucha gente ha tenido problemas de este tipo en la base. Vamos a necesitar que nos envíen bastantes repuestos. ¿Cuándo llega el próximo transbordador?
—Hay dos esperando para bajar algunos dignatarios, así que vamos a tener que esperar a que carguen uno con suministros antes de que lo vuelvan a subir —dijo Erica— De todos modos, dudo que bajen a todos esos técnicos y científicos antes de que se averigüe lo del monolito.
«Lo del monolito» que necesitaba resolverse era identificar qué había sucedido cuando se encajó el último fragmento. Evidentemente algo había ocurrido y todos estaban muy interesados en aclararlo en parte porque los rusos y chinos habían deducido que el sonido había afectado los sistemas eléctricos y, por tanto, se podía emplear como un arma contra ellos. Por otra parte, los propios rusos y chinos estaban interesados en emplear el sonido como arma en contra de los demás. Por ello, una importante delegación de técnicos y burócratas de ambos países se encontraba presente en la luna.
El primer análisis de lo ocurrido había revelado que se había transmitido algún tipo de señal. Nadie sabía qué significaba ni a dónde se había enviado pero, sin duda, parecía una señal y como tal se estaba investigando.
Dos factores apuntaban a los investigadores en esa dirección:
- Alguien había leído el libro de Arthur C. Clarke y había descubierto que, de lo que se ocupaban los monolitos, era de enviar señales.
- A pesar de que estaban apuntando en otra dirección y el asunto les tomó de improviso, numerosos monitores preparados para buscar este tipo de cosas habían rastreado la señal teniendo como origen la luna y como destino el espacio exterior.
Marley se convirtió en el mensajero de la información suscrita en las distintas reuniones realizadas por los de administración. Comunicaba cualquier noticia a su equipo con quienes se sentaba a discutir los últimos resultados, teorías y suposiciones.
—Así que finalmente se trata de una señal. Con toda seguridad —dijo Erica, ocupada en reemplazar las viejas placas madre de las vagonetas que les habían asignado. Sentado con algunos otros trabajadores, Earl desmontaba las viejas placas y les extraía los componentes.
—Pero, si no sabemos qué dice, tampoco sabemos si se trata de un mensaje. Podía tratarse de cosas sin sentido.
El que había hablado era Paul, uno de esos tipos que siempre se posicionaba contra la voz o la idea dominante en una conversación.
—¿Qué motiva a un ser inteligente a complicarse tanto la vida como para enviar basura sin sentido a un lugar desconocido del espacio? —reflexionó Patrice.
—No es un lugar desconocido del espacio. Lo han localizado —dijo Earl.
—¿Cómo lo han localizado? —preguntó Ridley.
Erica se dio cuenta de que aquellas observaciones no invalidaban el argumento de Earl. Sencillamente Ridley no disponía de la información suficiente como para dar una respuesta lo suficientemente pedante. Eso vendría más tarde.
—Tenían el origen –aquí, claro–, y disponían de indicadores que revelaban que el mensaje se dirigía a un punto concreto. Era una emisión de haz estrecho, muy concentrada. La registraron monitores del espacio profundo, vehículos orbitales y cosas así. Tienen las coordenadas, aunque eso no es lo más interesante —Earl hizo una pausa mientras extraía una parte particularmente engorrosa de los componentes electrónicos de la vagoneta.
El resto esperó con paciencia a que terminara lo que estaba haciendo y, al final, Erica no pudo más.
—Oye, vamos, ¡suelta lo más interesante!
—Lo interesante es que la señal se dirige a un punto específico del tiempo y el espacio.
Ridley y Patrice intercambiaron miradas pero ninguno se animó a intervenir.
—Espacio ¿y tiempo? —preguntó Erica.
—Ya te digo. Apunta a una localización que está a un distancia de unos cincuenta y nueve billones doscientos veinte millones de kilómetros. Y como a sesenta y dos años atrás en el tiempo.
Erica no daba su brazo a torcer.
—Bien, ¿y qué hay allí?
—Nada —dijo Earl— Solo espacio vacío.
—Vale, pero ¿la cosa termina ahí?
—Eso. ¿Qué pasó? ¿Se cansó o algo? —preguntó Ridley.
—Simplemente desapareció —comentó Marley.
Erica frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir eso? No puede ser.
—Bueno, no desapareció como tal, porque tampoco es que fuera algo visible —explicó Earl— Pero se volvió inestable y luego ya no se pudo rastrear más.
—Sin embargo —añadió Marley con aire de superioridad— se volvió a registrar de nuevo. En la Tierra. La ubicación es ahora espacio vacío pero se trata justo del lugar donde se encontraba la Tierra hace sesenta y dos años.
* * *
El sol brillaba con fuerza y los pájaros revoloteaban ruidosamente. Las palmeras eran los únicos objetos que se mecían y, de todas formas, apenas lo hacían, no tanto por anunciar la brisa sino por desear que se dejara sentir.
Arthur se dirigió a la puerta principal por el camino empedrado. El calor le hacía extrañar los refrescantes chapuzones en el océano y se prometió una zambullida más tarde. El trabajo era lo primero. El sobre llevaba sello británico. Arthur entró en el fresco interior de la casa y se quitó las sandalias con brusquedad. El sobre también llevaba la marca de la oficina principal de correos de Colombo, así como un sello de la oficina local.
Sabía de qué se trataba antes de sacarla del sobre. Tomó un cuchillo y lo abrió. Entre los papeles pudo leer el título «El Centinela» y suspiró. La carta decía que necesitan algo más que una de sus viejas historias, pero supuso que no estaba mal como punto de partida.
Sí que le pareció raro que alguien le enviase una copia de su propia historia desde la mismísima Inglaterra. Seguramente creían que no tenía consigo en Ceilán ninguno de sus antiguos escritos. Fue a la cocina y se entretuvo con la radio. En ese momento el altavoz emitió un estruendo que hizo que Arthur se llevara las manos a la cabeza, cerrara los ojos con fuerza para evitar el ruido y tuviera la vaga impresión de ver por un segundo un haz rosado antes de que todo cesase.
—Maldita sea —dijo Arthur y examinó el altavoz de su radio. Lo agitó y en ese momento encendió la radio de nuevo. Se oía una música suave tras las que sonaron las noticias. Arthur se quedó quieto y se dirigió con prisa a su despacho. Entonces empezó a teclear.