Robinne Weiss

Traducido por Jaume Muñoz

Niño Cósmico

Alien, Niño Cósmico, Cadete Espacial… en el instituto no faltan apodos para referirse a mí. Desgraciadamente, lo que que faltan son rampas para la silla de ruedas. Esto significa que además de ser el peor alumno de la clase de educación física de la historia, llego tarde. Siempre. Porque para llegar desde el vestuario hasta el campo de deportes sin tener que bajar escaleras hay que ir hasta la otra punta del instituto, donde está la rampa.

Como si el mundo conspirara para que la clase de educación física sea una tortura mayor de lo que ya es.

Por suerte, Justin tiene mucha paciencia. Cuando finalmente llego al campo de deportes, está lanzando al aire el balón ovalado, mientras todos los demás alumnos se pasan los balones entre ellos.

—¿Estás listo, Nova? —grita en mi dirección.

Aprieto los dientes, anticipando el dolor inminente.

—Estoy listo —respondo, y levanto los brazos. En comparación con los de Justin, mis brazos son como los palos de un espantapájaros.

Los médicos me han asegurado que los efectos de pasar mis primeros catorce años en gravedad cero se irán… tarde o temprano… o eso creen. Con el tiempo, mis músculos aumentarán para adaptarse a las exigencias de la gravedad, y mis huesos se fortalecerán bajo esta nueva tensión.

¿Cuánto tardarán en hacerlo? Esa es la pregunta del millón. Llegar a la Tierra fue como entrar en la cárcel. Al cabo de un día, ya estaba desesperado por volver al espacio.

Los médicos dicen que en el caso de los adultos, se puede tardar hasta diez años en volver al estado de forma pre-espacial. Puede ser más rápido en el caso de los niños, ya que todavía estamos creciendo.

O podría ir más lento. O no ocurrir jamás. No me lo van a decir a la cara, pero está claro que no tienen ni idea.

Después de seis meses en la Tierra, estoy más fuerte, claro. Cuando el balón se dirige hacia mí, levanto las dos manos y lo recibo contra el pecho. Me golpea las costillas. Hace seis meses, un impacto así me hubiera partido algún hueso. Ahora solo me provoca un dolor indecible.

—¡Buena recepción! —exclama Justin.

Sostengo el balón en las manos, y es como si estuviese hecho de plomo. Me resulta difícil imaginar que algún día pueda llegar a lanzarlo por los aires de una forma tan fácil como lo hace Justin. Lo sostengo cuidadosamente en la mano derecha antes de levantarlo y dejarlo caer hacia adelante. Se tambalea en el suelo, entre Justin y yo.

Pobre Justin. Le ha tocado conmigo.

* * *

Después de la vergüenza de la clase de educación física llega la agonía del almuerzo. Imagina ser el bicho raro en silla de ruedas que no reconoce la comida de la carta.

Por si fuera poco, Justin (el único semi-amigo que he hecho aquí) come a una hora distinta. Así que estoy solo cuando Boone Breckenridge se me acerca sigilosamente por detrás en la cola y me dice:

—Eh, E.T., ¿hoy ya has llamado a casa?

Lo ignoro, pero con eso solo consigo alentarlo a seguir.

—¿Lo veis? Ni siquiera habla inglés? —dice dirigiéndose a su grupo de amigos, todos con aspecto de matones—. ¿Blip blup bing ding flip?

Todos se ríen.

Es tentador decirle ‘eres un capullo’ en japonés, algo que aprendimos todos en la misión Destino, que era un proyecto japonés-estadounidense. Pero la última vez que insulté a alguien en japonés, Emi Shinozaki se lo contó al profesor, y acabaron castigándome.

En todo caso, llega mi turno, así que pido la comida y paso la tarjeta de almuerzos.

Con la bandeja de comida en equilibrio en mi regazo, voy sorteando las mesas llenas hasta el rincón opuesto del comedor.

—Disculpa —digo una docena de veces, para pedir que los estudiantes que se han parado a charlar me dejen pasar. En el espacio, haría volteretas por el aire sobre sus cabezas. Estoy convencido de que ninguno de estos chavales terrícolas sería capaz de hacer el parkour en gravedad cero que hacía con mis amigos de Destino.

Aparco en una mesa vacía y examino el menú de hoy. A estas alturas ya reconozco casi todas las comidas, pero hoy hay algo llamado sandía. Es sospechosamente rosada. ¿Qué clase de comida tiene ese color?

Mientras me como todo lo que reconozco, observo a los demás estudiantes para ver qué hacen con la sandía. Parece bastante popular. Por lo que veo, la parte verde no se come. Todavía no estoy convencido, pero cuando por fin le doy un bocado, se me escapa un gemido extasiado. Madre. Mía. Quiero comer sandía cada día.

Al final, la sandía es el punto álgido del día. La clase de física es un chiste. La Srta Laramie no enseña física, sino historia antigua.

A escondidas, les mando un mensaje a mis amigos de Destino en el chat del grupo. Hoy nos enseñan la ley de gravitación universal de Newton. Divertidísimo. :(

Júpiter: ¿No os enseñan la teoría de estasis gravitacional cuántica de Flanders?

Stella: ¡Pero qué dices! ¡Si Flanders destroza a Newton!

Luna: No quiero vacilar, pero ahora mismo voy a clase de Mecánica Cuántica.

Júpiter, Stella y yo enviamos emoticonos de ceño fruncido. A Luna le dejaron saltarse el instituto para ir directamente a la universidad. No es justo. Mis padres rechazaron la idea.

—Deberías tener la oportunidad de ser un adolescente normal —dijeron.

Para ellos, la Tierra es casa. Tienen amigos y familia en esta ciudad. Para mí, es un planeta alienígena. Mis amigos están esparcidos por todo el país. Todos son niños de la famosa misión Destino a Huron 2.

Ninguno de nosotros quiere estar en la Tierra. Ninguno de nosotros quiere ser ‘normal’.

Vuelvo a casa desde el instituto con Justin.

—¿Puedes hablarme sobre la sandía? —le digo. Justin nunca se ríe de mis preguntas.

Sonríe.

—Es lo mejor, ¿verdad? Es una fruta, más o menos así de grande —levanta las manos para enseñármelo—. Solo se come en verano. De hecho, me ha sorprendido ver sandía tan temprano. Seguramente vendrá de Florida.

—¿En Florida hace más calor que aquí? —la geografía se me da igual de mal que el fútbol americano.

Paramos en la tienda de la esquina para comprar un cucurucho de helado. En mi opinión, es lo único bueno que tiene en la Tierra. Esa cosa a la que llamábamos ‘helado’ en Destino no se parecía en nada a la delicia cremosa que tenemos aquí. Galletas y nata, moras, dulce de chocolate triple, chocolate con menta… me encantan todos.

Hoy elijo crema de cacahuete. Justin se pide uno de frambuesa. Vamos hacia el parque con nuestros cucuruchos.

Boone vive en la última casa que hay antes del parque. Cuando nos acercamos, lo vemos delante de la casa, soltándole tacos a una moto roja reluciente que emite unos ruidos secos que suenan a tos.

Es una moto impresionante. Una de esas motos antiguas con motor de combustión. Mi tío Blake tiene una. Me llevó a dar una vuelta el mes pasado, cuando por fin tuve las fuerzas suficientes para aguantarme. Fue épico. El viento, el ruido, la sensación de velocidad… fue todavía mejor que robar una monocápsula y acelerar por el corredor del perímetro exterior de Destino perseguido por los de seguridad.

Me muero de ganas de cumplir los dieciséis y poder tener una.

—¿Qué miras, Niño Cósmico? —exclama Boone, separándose de la moto.

—Déjalo en paz —dice Justin.

Pero no quiero que Justin tenga que luchar mis batallas.

—¿Has comprobado la batería? —le pregunto a Boone.

—Pues claro que he comprobado batería. ¿Acaso parezco idiota?

Pus la verdad es que que parece idiota, pero no soy tan estúpido como para decírselo.

—¿Y el alternador y el regulador?

Mi tío Blake no solo me llevó de paseo, sino que además me enseñó el funcionamiento interno de su moto. Me sorprendió lo mucho que se parecía a la tecnología de Destino. Se suponía que Destino tenía un diseño revolucionario. Y seguro que algunas partes sí, pero supongo que la tecnología moderna siempre se basa en tecnología más antigua.

Así que reparar una moto vieja es un juego de niños.

—El alternador y el regulador —dice Boone, mirándome con rostro inexpresivo.

Me acerco rodando a la moto y me levanto de la silla de ruedas. Recojo el multímetro que hay en el suelo. Para levantar el asiento de la moto y acceder a las partes que necesito ver tengo que recurrir a todas mis fuerzas, pero de ningún modo voy a pedirle ayuda a Boone.

—El alternador crea campos magnéticos alternos, generando electricidad. El regulador convierte corriente alterna en corriente continua y reduce el voltaje para que no se fría la batería —compruebo la resistencia entre las conexiones del alternador, y luego centro toda mi atención en el regulador—. No puedo comprobar gran cosa si no podemos encender el motor, pero… ¡ajá!

Agito un cable suelto.

—La primera regla es comprobar que todo esté conectado —conecto el cable en su lugar, y al lago del regulador veo algo que me llama la atención—. ¡Hala! ¿Tienes una unidad Mach 2? ¡Esta moto tiene que volar!

—¿Eh?

—Nuestras lanzaderas de aterrizaje llevan estas unidades —sigo los cables desde el Mach 2 y por toda la moto—. Optimizan el ratio combustible-oxígeno, ajustan los microcombustibles de la atmósfera y anulan los parámetros de seguridad incorporados.

—En cristiano, Niño Cósmico.

—Que hace que la moto vaya muy rápido. Durante muy poco tiempo, claro —miro más de cerca la moto—. La unidad Mach 2 estaba desconectada. La puedo volver a conectar, si quieres. Voy a necesitar una llave ajustable, y posiblemente también un destornillador —deslizo los dedos por una parte que queda oculta a la vista, y sigo palpando en busca de un punto de contacto.

—¿Eso es legal en una moto? —pregunta Justin.

—No tengo ni idea. Recuerda que no soy de la Tierra.

Boone se echa a reír.

—Si me hace ir más rápido, ¿a quién le importa? —me da una llave ajustable.

Tardo un minuto en conectar la unidad Mach 2. Tengo curiosidad por ver lo que le puede hacer a una moto. En nuestras lanzaderas, puede doblar la velocidad del vehículo durante hasta quince minutos. La moto tiene que superar el roce de los neumáticos sobre el asfalto y las limitaciones de una máquina centenaria. Si se doblara la velocidad, podrían fundirse los neumáticos o toda la moto podría estallar en mil pedazos.

—Te sugiero que la primera vez la pruebes en una carretera lisa y vacía, y durante un tiempo muy breve —señalo el botón negro que hay en un lado del salpicadero—. Este botón sirve para encenderla y apagarla.

Me siento en la silla de ruedas y me aparto de la moto. Boone deja caer su peso en un pedal y la moto cobra vida. Sale a la calle y se aleja a toda velocidad, llenando el barrio apacible con un sonido ensordecedor.

—¿Quieres que se mate? —pregunta Justin.

Me río.

—Solo intento que me deje en paz.

—Te va a dejar en paz definitivamente cuando se estampe contra una zanja a un millón de kilómetros por hora.

* * *

Por primera vez, es un alivio ver a Boone entrando en la cafetería del instituto. El comentario que me hizo Justin ayer me inquietó muchísimo. Por mucho que deteste a Boone, no quiero tener su muerte en mi conciencia.

Boone está hablando animadamente con sus compinches. Escucho la palabra ‘moto’, y hace un movimiento con las manos como si estuviera agarrando el manillar.

Parece que la unidad Mach 2 funcionó.

Se dirige hacia mí, y bajo la mirada, concentrándome en mi plato de judías verdes. No quiero que parezca que me importa.

—¡Eh, Niño Cósmico! Después de clase, pásate por mi casa. Tengo algo para ti —y sin esperar respuesta, se dirige a la cola de la comida.

Esa tarde, me llevo a Justin como refuerzos.

—¿Qué podría tener para ti? —me pregunta—. ¿Un gancho de derecha?

Cuando llegamos a casa de Boone, está puliendo la moto. Cuando ve que me acerco rodando, se endereza y deja el trapo sobre el asiento.

—Ven. Está en el garaje.

No estoy seguro de querer seguir a Boone a su garaje. Justin parece preocupado, pero asiente con la cabeza. No puedo quedar como un cobarde.

Boone se dirige hacia la puerta lateral, pero no lo puedo seguir porque hay tres escalones.

—Voy a abrir la puerta del garaje.

Entra por la puerta lateral, y unos instantes más tarde, empieza a subir la puerta.

Dentro hay un verdadero museo de motos de época. Entro en el garaje. Ya no me importa que Boone pueda haberme tendido una trampa. Estoy hipnotizado por todo ese cromo brillante y toda esa maquinaria engrasada. Habrá una docena de motos. Negras, rojas, azules, incluso una de color amarillo chillón. Hay una baja de manillar largo, una con forma de bala, una con sidecar. Honda, Harley-Davidson, Suzuki…

—¡Anda, Kawasaki! —exclamo—. Hacen componentes de la estación espacial.

Estoy tan fascinado con las motos, que apenas me doy cuenta de que Boone está empujando una moto deslucida que había en la parte de atrás.

—Pues ahora tienes una Kawasaki.

—¿Qué? —aparto la mirada de las motos que tengo delante.

—¿Quieres una moto? Puedes quedarte esta. Mi padre se iba a deshacer de ella.

—¿Tu padre iba a tirar una moto?

—Bueno, a reciclarla. Sí. Ya no va. Tendrás que arreglarla. No debería ser un problema para un cadete espacial como tú.

Justin resopla.

—¿Vas a regalarle una moto a Nova? ¿Así como así?

Boone se encoge de hombros.

—Es una chatarra. Mi padre dice que no vale la pena arreglarla. He pensado que a lo mejor al Niño Cósmico le gustaría trabajar en ella —se ríe—. Es una Kawasaki; a lo mejor puede utilizarla para construir una estación espacial.

¿Es que hoy le han dado un golpe en la cabeza?

—¿Qué quieres a cambio? —le pregunto.

Boone parece confundido.

—Nada. Solo es que… quería darte las gracias por lo que le hiciste ayer a mi moto —tiene una mirada muy especial. La he visto antes en gente que acaba de salir a dar su primera caminata espacial. Ayer se lo debió de pasar muy bien.

Pero no me la puedo llevar a casa… Mis padres se volverían locos. Ni siquiera tengo la edad legal para conducirla. Claro que a lo mejor a mi tío Blake no le importa.

—Gracias. Vale. Me encantará ver qué puedo hacer con ella. ¿Puedo enviar a alguien después a recogerla?

—Ah, no. Tienes que llevártela ahora. Mi padre la quiere fuera del garaje esta tarde.

Ah, me la está regalando para no tener que llevarla al centro de reciclaje. Ahora ya me siento mejor.

Pero no me la puedo llevar sentado en esta estúpida silla de ruedas.

—¿Justin?

—Ya me encargo yo —dice, agarrando el manillar.

Sigo a Justin. Salimos del garaje. Cuando llegamos a la acera, miro hacia atrás y levanto la mano para hacerle un gesto a Boone.

—¡Gracias!

Boone asiente con la cabeza.

Justin refunfuña y empuja la moto. Nos alejamos de casa de Boone.

—Está inclinada hacia la izquierda. Creo que el cuadro está doblado. ¿La llevamos a tu casa?

—No —respondo—. Déjala aparcada aquí.

Cruzo los dedos y le mando un mensaje a mi tío Blake.

* * *

Durante las semanas siguientes, paso mucho tiempo en casa de mi tío Blake. Les dice a mamá y a papá que estamos pasando tiempo juntos, recuperando todos esos años pedidos que pasé en el espacio. Y es verdad. Pasamos tiempo juntos uno al lado del otro, desmontando mi moto.

Es un pedazo de chatarra. Boone no lo decía en broma. Pero a medida que la voy desmontando y limpiando cada componente, veo muchas cosas que reconozco. Aquí hay potencial. Potencial que va más allá de un paseo en moto.

—¿Que vas a hacer qué? —exclama Justin cuando se lo digo.

—Una lanzadera espacial. Como las que utilizábamos en Destino. Más pequeña, claro.

Solo tendría que llevarme a mí.

—Estás loco. No puedes hacer una nave espacial a partir de una moto de hace cien años.

Más tarde, hablando por Zap, Luna, Stella y Júpiter no son tan despreciativos. Entienden mi motivación. Además, comparten mis conocimientos sobre naves espaciales.

—Vas a necesitar un impulsor de hidrógeno. ¿Dónde vas a encontrar las piezas para eso? —pregunta Stella—. No es algo que puedas comprar en la tienda de bricolaje del barrio.

—De hecho, sí —comenta Luna, pensativa—. El impulsor en sí no es un gran problema. En cualquier chatarrería habrá impulsores de viejos aerocoches Kawasaki. Son prácticamente iguales que los de las lanzaderas de Destino.

—Pero no tendrán los sistemas de microsensores de las lanzaderas de Destino —objeta Júpiter.

Luna le quita hierro a la cuestión con un gesto de la mano.

—Pues se incorporan esos sensores a los inyectores. Muy sencillo.

—Sí, pero para llevar a cuatro personas es… —empieza a decir Stella.

—¿Cuatro? —pregunto.

—Pues claro —dice Júpiter—. No vas a irte de este planeta miserable sin llevarnos contigo.

—Además, no puedes hacerlo tú solo —argumenta Luna—. Yo me encargaré del impulsor. Te lo enviaré cuando esté terminado.

—Me pido el software. ¿Puedo darle personalidad a la nave? —dice Stella, sonriendo.

—Pues yo voy a diseñar el casco y el revestimiento —añade Júpiter.

Sonrío, embargado por la emoción.

* * *

Cuatro chavales en silla de ruedas construyendo una nave espacial financiada con su paga semanal. Mi consumo de helado se reduce al mínimo. Justin se da cuenta.

—Tío, ¿estás haciendo una dieta o algo así? —me pregunta, mientras lame el helado que ha comprado de camino a casa desde el instituto.

—Qué va. Solo es que estoy ahorrando mi dinero para otra cosa.

Pasamos por delante de casa de Boone.

—¡Eh, Niño Cósmico! —grita Boone desde el garaje, donde está trabajando en una moto junto a lo que parece una versión más antigua de sí mismo; probablemente su padre.

El señor le da un cachete a Boone.

—No seas maleducado. Llámalo por su nombre.

—Es que no sé cómo se llama —dice Boone entre dientes.

—Me llamo Nova —digo, mientras me acerco rodando—. Y tengo atrofia muscular antigravitatoria, no sordera. ¿Sr Breckenridge? Un placer conocerle.

Extiendo la mano, y Boone Senior me da un apretón. Sostengo el apretón con la misma firmeza. He estado haciendo pesas. Necesito estar fuerte para construir la nave.

—Boone dice que se te dan bien las motos —dice el Sr Breckenridge.

—En realidad, no —respondo—. Conozco los motores de las naves espaciales y sé de física.

—Hoy en día con eso llegarás lejos.

No tiene idea de lo lejos que llegaré.

—¿Te importaría echarle un vistazo a un motor? Estoy atascado con él.

El Sr Breckenridge me lleva hasta una moto que tiene desmontada, con todas las piezas en el suelo del garaje. Me explica el problema y lo que ha hecho para intentar arreglarlo. Me levanto de la silla de ruedas y me agacho para examinar el motor.

Le sugiero una solución, y el Sr Breckenridge niega con la cabeza.

—Eso ya lo he intentado —dice, así que le sugiero un rodeo para evitar el problema; el tipo de cosa que teníamos que hacer constantemente en una nave espacial, donde no tienes piezas de recambio—. Pues eso podría funcionar.

El Sr Breckenridge y yo nos ponemos a montar el motor.

Por el rabillo del ojo, veo que Justin comparte una mirada con Boone, en plan: «¿Qué está pasando aquí?». Los dos se van.

Unas horas más tarde, me voy de casa de los Breckenridge manchado de grasa y cargado con piezas, herramientas y materiales que necesito para la lanzadera espacial. Y todavía mejor, tengo la llave de un pequeño almacén donde el Sr Breckenridge guarda el resto de su colección de motos. Me ha dado permiso para construir mi nave allí.

Porque mi tío Blake está empezando a hacer preguntas.

—¿Has sido tú quien ha pedido esta unidad Mach? Porque no estoy seguro de que sea buena idea combinarla con tu moto. ¿Ya funciona?

No pedí exactamente la unidad Mach. Luna ‘la encontró’ en el despacho de su madre.

—Iré con cuidado, tío Blake. El Sr Breckenridge me va a ayudar con eso.

Eso parece calmarlo. Creo que está contento de que salga de su garaje. Estaba ocupando cada vez más espacio.

* * *

Dedico todas las vacaciones de verano a construir y retocar. Me paso horas y horas resolviendo los problemas con Stella, Luna y Júpiter a través de Zap. De vez en cuando, Justin me ayuda a mover piezas muy pesadas. Es una frustración cuando vuelven a empezar las clases, pero mamá y papá se niegan a que me quede en casa.

Ya ni me molesto en prestar atención en clase. Estoy así de cerca de salir de aquí.

Hace semanas que Boone ya no me molesta. Tampoco es amable conmigo (sus colegas probablemente le darían una paliza si demostrara una debilidad así), pero tiene la delicadeza de ignorarme.

—Entonces… —me dice Justin de camino a casa desde el instituto—. ¿Cuándo te vas?

—¿Qué?

Hace semanas que no ve la lanzadera, y no le he dicho en ningún momento por qué la estaba construyendo. Sé que tendría que ser honesto con él. Ha sido un buen amigo, y se lo debo.

—Nova, no seré un genio como tú, pero tampoco soy idiota. Estás intentando irte para siempre de la Tierra.

Mis hombros se desploman.

—Sí. Perdona por no habértelo dicho. Pensaba que cuanta menos gente lo supiera, mejor.

—Ya sabes que nunca se lo diría a tus padres.

—Sí. Tendría que habértelo contado.

—No te preocupes. Tampoco podría ayudarte demasiado, aparte de levantar cosas que pesan —suena desanimado, y me pregunto si… No. ¿Cómo iba a estar celoso del chaval de la silla de ruedas?

—Ya casi está terminada. ¿Quieres verla? —le pregunto.

Se le ilumina la cara.

—¡Pues claro!

Cuando abro la puerta de la tienda, Justin entra y suelta un pequeño silbido.

—No veas. Cuando levantamos esos paneles para colocarlos en su lugar, pensaba que todo era una broma. ¡Pero tiene una pinta increíble! No puedo creer que hayas construido una nave espacial a partir de una vieja moto.

Me río.

—No todo es de la moto. Hemos estado recogiendo piezas de todas partes.

—¿Hemos?

—Sí, con mis amigos de Destino.

—Ah —ahí está otra vez ese tono desanimado. Justin rodea la elegante lanzadera en forma de bala, abre la escotilla y echa un vistazo dentro—. Estaréis bastante apretados, los cuatro.

—Tendremos que turnarnos para levantarnos de los asientos para hacer estiramientos, pero la lanzadera solo tiene que llegar hasta la colonia más cercana. Serán unos cinco días de viaje en este trasto. Nos las apañaremos.

—¿Y cuándo os vais? —Justin cierra cuidadosamente la escotilla.

—El día después de mi cumpleaños. Stella, Luna y Júpiter van a venir a mi fiesta de cumpleaños —hago unas comillas con los dedos al decir «fiesta de cumpleaños», porque en realidad no es más que una tapadera para convencer a nuestros padres para que mis amigos puedan volar hasta aquí—. Tú también estás invitado, por supuesto.

Como es mi único amigo local, Justin es una pieza crítica de la tapadera, pero además quiero que esté. Será una oportunidad para despedirnos.

Justin asiente con la cabeza.

—Claro, gracias —dice con el rostro inexpresivo.

* * *

El día de mi cumpleaños, soy incapaz de concentrarme. Voy a ver a mis amigos por primera vez desde hace casi un año, y voy a volver al espacio. Pongo todo mi equipaje en una bolsa de deporte, y entonces lo saco todo y lo vuelvo a poner para asegurarme de tener todo lo que necesito.

Releo la nota que he escrito para mis padres, que está previsto que les llegue por correo electrónico mañana a las ocho de la mañana, cuando ya hayamos salido con seguridad de la atmósfera de la Tierra. ¿Puedo hacerles esto a mamá y papá? La culpa me retuerce las entrañas, pero se esfuma en cuanto llegan Stella, Luna y Júpiter.

Justin aparece unos minutos más tarde. Me preocupaba que no encajara (es el único terrícola), pero se adapta a la perfección a nuestro grupo. Es el único que no va en silla de ruedas, y recibe con humor todos los chistes sobre capacitados que le lanzamos.

Compartimos nuestros recuerdos de infancia en Destino, y él nos cuenta sus propias historias sobre tinglados terrícolas, que evidentemente son diferentes, pero a la vez son iguales.

Comemos demasiada tarta, y yo insisto en que nos acabemos una tarrina entera de helado, sabiendo que será mi última. Vemos la última peli de ciencia ficción, riéndonos de ella para ocultar los nervios. Para cuando mis padres se van a la cama, tras advertirnos que no nos quedemos hasta muy tarde, estoy casi botando en la silla del subidón de azúcar y de la impaciencia.

Cuando estoy seguro de que mis padres están en su habitación con la puerta cerrada, me inclino hacia adelante y les digo:

—Cuarto horas para el lanzamiento. Tenemos que repasar el plan una vez más.

Júpiter hace una mueca.

—Ah sí, sobre eso… No voy a ir.

—¿Qué? —Stella, Luna y yo nos lo quedamos mirando fijamente. Júpiter estaba desesperado por irse de la Tierra. En su primer mes en este planeta, incluso intentó colarse como polizón en una nave de transporte con destino a Marte.

Júpiter se pasa la mano por el pelo.

—Ya, bueno, es que hay una chica…

Stella refunfuña.

—Es coña, ¿no? Tío. ¿Cuánto hace que sales con ella? ¿Quieres quedarte atrapado en la Tierra por una chica que probablemente te abandone dentro de seis meses?

Júpiter suspira.

—Sabía que os lo ibais a tomar mal. Pero es que Cassie me gusta de verdad.

Luna suelta un taco, pero Júpiter la ignora.

—Estudia astrofísica en la Universidad Estatal de Washington, y estamos hablando de intentar conseguir que nos destinen juntos a Huron 1 cuando los dos hayamos terminado la carrera.

—Eso es dentro de cuatro años —le digo—. ¿Qué te hace pensar que seguiréis juntos? Hasta entonces, no podrás salir de aquí.

—Ella también va en silla de ruedas. Y es muy lista. Creo que tenemos mucho en común. Debería ser capaz de terminar la universidad en tres años. No es tanto tiempo para esperar.

—¡Jolín! Si hubiéramos sabido que no ibas a venir, hubiéramos hecho la lanzadera más pequeña —protesta Luna.

Júpiter niega con la cabeza.

—Pues que vaya Justin.

Justin se pone pálido.

—¿Yo? Pero…

—Venga ya, Júpiter —objeta Stella—. No podemos abducir a Justin en nuestra nave. Es un terrícola.

Miro fijamente a Justin, intentando interpretar su expresión. Tiene el ceño fruncido, con aire pensativo.

—¿Abducido por alienígenas? Es una buena historia.

Júpiter sonríe.

—A las chicas terrícolas les encantaría.

—Solo que no estaríamos en la Tierra, ¿no? —dice Luna. Entonces se dirige a Justin—. Sabes que no vamos a volver, ¿no?

Justin asiente con la cabeza.

Júpiter desvía la mirada.

—La gravedad os habrá afectado al cerebro. Habéis construido una lanzadera. Justin puede ir a donde quiera.

A Justin se le ilumina la cara.

—¿Podría? O sea, en cuanto lleguéis adonde queréis ir, ¿yo podría volver? No quiero irme para siempre, pero… ¿unas vacaciones en el espacio? ¡Eso sería increíble!

Me encojo de hombros.

—Supongo que no había pensado en lo que iba a pasar después.

—Es perfecto. Si Justin se va con nuestra lanzadera, podemos decirles a nuestros padres que genuinamente no tenemos ningún modo de volver a casa —dice Stella, sonriendo.

—¿Vuestros padres se van a enfadar conmigo? —pregunta Justin.

Niego con la cabeza.

—Me aseguraré de que entiendan que solo nos has acompañado en el viaje.

* * *

Unas horas antes del amanecer, nos despedimos de Júpiter, que ha pedido un coche autónomo para ir al aeropuerto, para que no esté en casa cuando mis padres se den cuenta de que hemos desaparecido. Recorremos las calles tranquilas hasta la tienda del Sr Breckenridge. Intento no pensar en el ataque de pánico que tendrán mis padres cuando se levanten por la mañana.

Mis últimos momentos en una silla de ruedas pasan por atar la lanzadera a la silla para sacarla rodando del almacén. Entonces me pongo en pie y empujo la silla a los arbustos.

Me tiemblan las piernas, pero he estado practicando para esto, haciendo ejercicios cada día para poder caminar hasta la nave.

Stella es un poco más estable que yo al dejar la silla. Luna se apoya en Justin para caminar.

Justin se ríe.

—Menudo grupo de astronautas estamos hechos.

—Espera a que estemos en gravedad cero, terrícola —dice Stella—. Te vamos a hacer polvo.

—Espero que no haya polvo en mi lanzadera —bromeo. Ahora no pienso en mis padres, solo en la libertad que tenemos por delante.

Entramos en la lanzadera, nos sentamos en los asientos y nos abrochamos las sujeciones. Hacemos las comprobaciones pre-vuelo y el repaso de seguridad. Pongo las manos en los controles, ligeramente temblorosas. No puedo creer que vayamos a hacer esto de verdad. Le doy potencia, y se escucha el zumbido de la lanzadera al cobrar vida, exactamente como tiene que ser.

Stella lanza un puño al aire.

—¡Sí!

—Vámonos de este antro —dice Luna.

—¡Nos vamos de aquí! —digo, mientras tiro de la palanca de aceleración. El zumbido aumenta cuando la potencia llega a los propulsores. Entonces el ruido se traba y se detiene. Toda mi emoción se desvanece con él.

Stella suelta un taco.

—Me ofrecería a salir a ver qué es lo que falla —dice Justin—, pero no tendría ni idea de lo que tengo que ver.

Salgo con dificultad. Todavía me cuesta mantenerme en pie. Stella sale conmigo, y abrimos la compuerta del motor para ver qué ha fallado.

Tengo la cabeza dentro del impulsor cuando escucho una voz conocida.

—¿Quiénes sois? ¿Y qué hacéis aquí? —pregunta Boone.

¿Que qué hacemos aquí? ¿Qué hace él aquí a las cuatro de la madrugada? Saco la cabeza.

—Hola, Boone. Esta es mi amiga Stella. Nos iremos pronto. Solo tenemos que resolver unas dificultades técnicas.

Boone entrecierra los ojos.

—¿Te vas, verdad? Te vas de verdad.

Ahora Boone no me va a impedir que me vaya de aquí, ¿verdad?

—Sí, y ahora, si nos disculpas… estamos experimentando unos problemas.

Boone se acerca.

—¿Qué ocurre? —como si Boone estuviera capacitado para arreglar una lanzadera espacial.

Suspiro. A lo mejor explicárselo a Boone me ayudará a entender qué pasa, porque no veo nada fuera de lugar.

—Cuando le hemos dado potencia, iba bien. Pero al cabo de quince segundos, se ha escuchado un crepitar y se ha apagado.

Boone asiente con la cabeza.

—¿Dónde está entrada de aire del motor? Supongo que no estaréis utilizando las reservas de oxígeno mientras estáis en la atmósfera —seguramente he levantado las cejas en expresión de sorpresa, porque Boone se encoge de hombros—. Últimamente he estado leyendo sobre naves espaciales.

¿Boone sabe leer? No lo digo en voz alta, porque me machacaría. En lugar de ello, digo:

—La entrada de aire está debajo.

Boone se tumba en el suelo para examinar la lanzadera por debajo.

—¿Este panel se desprende?

—No me desmontes la lanzadera. No sabes lo que haces.

—Pásame una llave ajustable para sacar este panel. Tenéis ratones.

—¿Qué tenemos qué? —pregunta Stella.

—Ratones. Ya sabes, pequeños roedores —dice Boone con tono de burla—. Claro, los niños cósmicos no sabéis lo que son los ratones.

Miro a Stella negando con la cabeza, para advertirle de que no responda, y le paso a Boone una llave neumática.

—Es habitual que los ratones hagan sus nidos en los motores de las motos. Normalmente junto al filtro del aire —tras un chirrido de la llave neumática, se escucha un repiqueteo de metal en el suelo—. Ajá. ¡Puaj! —una pequeña forma gris sale a toda velocidad de debajo de la lanzadera—. Ya está.

Boone vuelve a colocar el panel y sale de debajo de la lanzadera. Cuando se pone en pie, se sacude trozos de hierba y papel de la camiseta.

—Inténtalo otra vez.

Stella entra en la lanzadera, pero yo me quedo un momento fuera, mirando a Boone con otros ojos.

—Gracias. Y dale las gracias también a tu padre —extiendo la mano.

Boone vacila durante un momento, pero finalmente me da un apretón.

—A por ellos, E.T.

Sigue ahí, mirando hacia el cielo, cuando salimos disparados hacia el amanecer.