Sofía Rhei
Prólogo a «Infortunios del formulario A-37»

La obra que nos ocupa pertenece a una tradición maldita y estigmatizada que comienza con las obras del dramaturgo Piroto, que escribió en el tercer siglo después de Cristo. Urbanita irredento, sus populares piezas eran muy apreciadas por un público acostumbrado a los sinsabores administrativos de la gran capital del imperio. Los críticos jamás tuvieron claro si sus obras debían clasificarse como comedias o como tragedias. Piroto no llegó a cumplir los treinta años, ya que desapareció en unas circunstancias todo lo misteriosas que pueden llegar a ser teniendo en cuenta que estaba en la lista negra de un prefecto.

Por su parte, Ho Ming, esposa de un eterno candidato a los exámenes imperiales para tratar de convertirse en funcionario, dentro del sistema piramidal de ascensos más piramidal y con mayor numero de mandos intermedios que ha conocido el planeta Tierra, publicó a escondidas unos panfletos que levantaron tantas ampollas que casi acaban con la imprenta de Pi Sheng. Algunos de los chistes al respecto siguen corriendo por las calles chinas mil años después.

En los albores de la revolución francesa, el conde de Neuvillette contribuyó al debate acerca de la utilidad del papeleo interminable con su “De la inutilidad de la constatación”. A pesar de estar claramente posicionado contra la monarquía y de los sistemas enquistados de poder, y de ser conde tan solo por matrimonio (por añadidura, su esposa había sido hija ilegítima, de modo que poca o ninguna sangre azul corría por sus venas), consiguió enfadar a tanta gente que su cabeza rodó por los adoquines de todas maneras.

Poco después, María de Portilla, descendiente de Francisco de Quevedo, escribió una serie de sextinas mofándose de los bucles y desatinos de un sistema funcionarial que empezaba a implantarse de la manera más ineficaz posible. La forma curvilínea y urobórica de esta estrofa (también maldita, por su parte), causaba un efecto tan poderoso al ser combinada con este tema que ningún declamador podía recitar más de dos seguidas sin experimentar un tremendo dolor de cabeza. La más conocida de estas sextinas, “Al retortero”, le valió a su autora, entre otras cosas el abandono de su marido. Otra de ellas, “Del poder sumo el odio y la venganza”, le consiguió la excomunión. La única amiga que le quedaba le impidió publicar la más afilada de estas sextinas, algo que, sin duda, habría dado con sus huesos en prisión.

Y es que la literatura burocrática y la carcelaria parecen estar intrínsecamente ligadas la una a la otra. Bien sean los lamentos de presos que están, o creen estarlo, a causa de equívocos judiciales, como los que ven aumentada su pena por errores de forma, como la prolífica autora de recetas de cocina separatista Luiza Marcela Benegas, quien se juró a sí misma no escribir ni una sola letra durante su estancia en prisión. Sin embargo, cada uno de los días en los que estuvo presa, por lentitud burocrática, más allá de la sentencia inicial, produjo un soneto, llegando a componer más de 1.700 en total.

Otra similitud entre el sistema penitenciario y el administrativo son las sensaciones repetitivas, desesperanzadas y claustrofóbicas. Después de todo, las celdas y los cubículos oficinescos comparten esa aridez ortogonal. La pauta rítmica de las tazas golpeando el metal, los comedores comunales en los que todo ha sido recalentado varias veces solo para volver a enfriarse. Las arquitecturas escherianas, megacompartimentadas para maximizar la soledad humana. La recurrencia de la reclusión como vacío existencial definitivo, vidas en cajas que apenas pueden llamarse así por estar privadas de toda función y potencialidad. Las más furibundas y rotundas negaciones de cualquier acto de libertad, voluntad o alegría.

Casi un contemporáneo de la anterior autora, no podemos dejar de lado la obra de Maurizio Burello, que se proclamaba descendiente del primer agente de cambio y prestamista del mundo, en la ciudad de Génova. Siempre según él, el término “burocracia” procedía etimológicamente de su familia por vía directa, derivando, por la fama de su ancestro en todo en mare Nostrum, en el francés bureau. Burello es el único ejemplo de autor que, en lugar de lamentar o caricaturizar los procesos logístico-administrativos, tuvo a bien ensalzarlos. No sirvió esta loa para conseguirle grandes ventajas, ni en lo terreno, ya que parece que murió de pura pobreza, alimentándose al final de su vida de una sopa o engrudo de facturas sin pagar, ni, desde luego, en el ámbito intangible de la gloria literaria, ya que ha sido por pura casualidad que la información acerca de su oscura existencia ha llegado hasta nuestras manos.

Entre las sátiras más corrosivas sobre los sinsentidos de la burocracia se encuentran los famosos textos de Kafka, quien utiliza la pseudológica de los procesos funcionariales como uno de los puntos de apoyo de su propio universo. No menos famoso es el opúsculo de 1939 “Cuatro maneras de asesinar lentamente al empleado de la ventanilla”, de autoría atribuida a la presunta grabadora de sellos checa Bronislava Hajny. Balzac, Dickens, Gogol, Melville, Camus también tocaron el tema, cada uno a su estilo, o bien en obras cortas o bien en fragmentos de novelas.

Es como si el tema burocrático no fuera soportado durante demasiadas páginas por el propio papel, como si la lectura de los entresijos administrativos resultara abrasiva a largo plazo para la vista del lector medio. Sin embargo, el volumen que sostiene usted entre sus manos, quizá mientras espera pacientemente la cola de una ventanilla, es una novela corta necesariamente larga, ya que emplea el recurso literario de la repetición, a la manera de María de Portilla, para crear un efecto mimético respecto a las sensaciones administrativas.

Aquí se podría comenzar un debate acerca de la longitud adecuada de una novela corta. Pasticheur, en su ensayo de 1977, describe el concepto de “brevedad longitudinal”, contrapuesto a “elongación breviaria”. ¿Cuándo es demasiado larga para ser corta o demasiado corta para ser larga? ¿Dónde acaba la novela corta larga y empieza la novela larga corta? Y, ya puestos, ¿Dónde acaba la novela corta corta y empieza la novela corta a secas; dónde termina la novela corta a secas y comienza la novela corta larga? ¿Dónde termina la novela corta larga que tiende, por su tema y como su tema, a la eternización de los procesos?

Las descripciones burocráticas despiertan en el lector una inevitable sensación grisácea, de paladar metálico. Se trata de un sabor inconfundible. La suspensión de la eficiencia, la abolición momentánea de cualquier sentido crítico o voluntad de protesta. Las mecánicas repetitivas y absurdas, la mise en abîme del gesto mecánico que solo tiene legitimación en el triplicado, que solo se corrobora mediante el agotamiento.  Las esperas buzzatianas, becketianas, borgesianas.

La burocracia resulta un tema de interés universal como metáfora del propio sinsentido de la vida misma. ¿Por qué motivo o cadena de motivos algo que podría ser eficiente y cumplir su propósito simplemente no lo es? Esa reflexión, retumbando en las bóvedas cerebrales pasillo tras pasillo, escalera tras escalera, en esos grises e inhóspitos edificios administrativos cuya única función es albergar el absurdo con en moles hormigonadas herederas de escuelas arquitectónicas especialmente impregnadas de fatalismo existencial, basta para resquebrajar el optimismo de cualquiera. Nada es capaz de quitar las ganas de vivir con mayor eficiencia que la rueda de molino, arrítmica e inarmónica, de los sellos siendo estampados.

Se trata de un ciclo del eterno retorno que, al contrario que otros, carece por completo de primavera o verano, y se compone de un noviembre perpetuo, glacializado artificialmente en honor de las mecánicas de la esterilidad. En esos ecosistemas desolados, cualquier proceso evolución se ha inhabilitado mediante protocolos rigurosamente vigilados por funcionarios rigurosamente vigilados. La burocracia, incluso una que funcionara a la perfección, siempre tiene un aspecto distópico. Es una célula distópica capaz de crecer desordenadamente en el interior de cualquier sociedad, e incluso quizá, de cobrar una especie de conciencia propia construida de pura lógica interna. La maquinaria burocrática necesita ser constante, regular y perfecta en su ineficiencia, siempre igual a sí misma. En cierto modo podría considerarse una máquina de la detención perpetua.

La única ópera de los Hermanos Marx, “La parte contratante de la primera parte”, fue un hito espectacular en la tradición ficcional de la burocracia. Su cualidad innovadora, que utilizaba una percusión formada por el aleteo de papeles siendo agitados por músicos muy serios, y la boutade de exigir de cada espectador que rellenara un formulario por triplicado antes de acceder a la función, hicieron que esta obra maestra del absurdo y de la metarrepresentación solo se representara, paradójicamente, tan solo una vez en la historia.

Todo esto nos conduce a Stanislao Lemo, quien, a pesar de ser conocedor de la mala fortuna de este tema literario, se vio abocado a la escritura de su propia contribución al respecto. Ya se sabe que los auténticos poetas (se dediquen o no al género lírico) sienten una atracción irremisible hacia los temas considerados tan malditos como ellos mismos.

Nació, por lo que se cree, en Trieste o en Saboya en una fecha que ha resultado imposible determinar. Durante su juventud participó con asiduidad en las tertulias literarias fluviales a bordo de la famosa barcaza “Blau”, donde la aristócrata austroúngara Herika Von Frauderstein ofrecía sus memorables jornadas para intelectuales. Allí Lemo tuvo la oportunidad de conocer a la joven Sisiana Vitolina, que en ese momento estaba inmersa en su “Enciclopedia general de los sucesos inversos”, dedicada a todo aquello que tiene lugar en un orden temporal poco práctico. Lemo era partidario de considerar la mismísima vida humana como uno de esos fenómenos invertidos en lógica, ya que sería preferible que al principio de la vida se contara con la sabiduría necesaria para sobrellevarla con éxito, y no al contrario. Durante esa etapa de formación Lemo se convirtió en un gran lector de Cidi Hamete Benegeli, Pseudostoievski, Marah Durimeh, Benno von Archimboldi, Evadne Mount, Paul Menard y del Baron Bodissey.

Ya en Budapest, después de una breve e infructuosa etapa en Bayreuth tratando de encajar versiones de las óperas de Wagner que solo durasen unos tres minutos para una empresa de cajitas de música, Lemo se decidió a solicitar la licencia de escritor. Para ello debía presentarse en la Oficina de Adjudicaciones profesionales un lunes entre las 9:30 y las 11:30 de la mañana.

Cuando Lemo se presentó el primer lunes, a las 9:30, descubrió una cola tan larga que pensó que no merecía la pena siquiera sumarse a ella. Una semana después repitió el intento presentándose en la Oficina a las 8:30 de la mañana, encontrando una cola indistinguiblemente larga a la de la semana precedente. Lemo se armó de paciencia, pensó que el nobilísimo ejercicio de su arte bien merecía una mañana perdida en futilidades administrativas, y se puso a la cola como el ciudadano obediente que quería hacer creer a las autoridades que era. Pero llegó a la ventanilla exactamente a las 11:29 minutos, a tiempo de ver cómo la funcionaria colgaba en sus narices el cartel de “vuelva usted mañana”.

Lemo suspiró y se dispuso a regresar al día siguiente. Pensó que, en toda lógica, si llegaba tan solo unos minutos antes a la cola, lograría llegar a la ventanilla antes de la hora de cierre y debería poder ser atendido sin problemas. Para asegurarse, el lunes siguiente llegó a las 8:00. Pero tampoco consiguió alcanzar la deseada ventanilla a tiempo.

A lo largo de sus meses como miembro de la cola de aspirantes a escritores, Lemo observó que algunos apenas pasaban unos pocos minutos siendo atendidos, mientras que otros llegaban a ocupar ese precioso tiempo funcionarial durante casi una hora. Todas las pesquisas de Lemo para comprender el motivo fueron infructuosas.

Empezó a familiarizarse con algunos de los habituales de la cola. Algunos le contaron que no bastaba una sola sesión para conseguir la licencia, ya que ellos habían conseguido en alguna ocasión alcanzar la ventanilla tan solo para obtener la información de que los papeles que tan cuidadosamente habían preparado eran insuficientes o a alguna errata en un formulario. Lunes tras lunes, llegó incluso a considerar amigos a algunos de los aspirantes a autores, especialmente a Franz Thelequieu y a Rosa von Arbstrurg.

Puede que el lector reconozca estos nombres como miembros del efímero comando sustista conocido por reemplazar tan solo uno de cada treinta envases de entintado con una sustancia explosiva, de modo que cuando la persona funcionaria llevaba a término la estampación del sello se producía un tremendo ruido, semejante al de una pistola de aire comprimido. Estos actos causaron numerosas bajas por trastorno nervioso y subsiguientes contrataciones de personal interino, de modo que cuando Thelequeiu y von Arbstrug fueron finalmente encarcelados, el fiscal solicitó para ellos veinte años de prisión por costes generados a la administración central. Debido a los recortes en el sistema penitenciario, fueron encarcelados en la misma celda, donde acabaron teniendo siete hijos. El mayor de ellos alcanzó la mayoría de edad sin haber visto nunca la luz del sol.

Pero lo que aquí nos ocupa es que en los fructíferos diálogos acerca de la insoportable pesadez del papeleo administrativo con von Arbstrug y Thelequeiu, lectores curiosos y ávidos, como deberían ser todos los aspirantes a narradores. Durante una cantidad indeterminada de meses, todos los lunes, y algunas noches de domingo, lloviera o nevara, los tres amigos se reunían y ejercían la solidaridad aspirantil apoyándose mutuamente, charlando sobre sus lecturas y sus sueños de futuro. Lemo fue encontrando el que, durante unos años, sería su gran tema. Si la fatalidad le forzaba a pasarse tantísimas horas en una cola, ¿por qué no sacarle partido a esa situación?

Lemo entrevistó a los esperantes (así se llamaban a sí mismos en el argot de las colas) más longevos, coleccionando una tremenda cantidad de anécdotas que el autor recogió en un cuaderno de color grisáceo. Muchas de ellas fueron incorporadas a la narración que nos ocupa: la de la aspirante que cedió ante los encantos de un funcionario y terminó por abandonar su sueño para hacer unas oposiciones, la de la misteriosa oxidación de todos los clips sujetapapeles del edificio en una sola noche, la de aquella vez que se vio aparecer por allí a Bonaval, el habitualmente invisible delegado general, de quien se decía que en realidad sí que estaba en su despacho pero que se había hecho construir una serie de pasillos privados para no tener que tropezarse con nadie en sus llegadas y partidas, proponiendo a los arquitectos un desafío que en  el barroco helicoidal aún era posible, pero que en la era mastodóntico-brutalista del hormigón indivisible desafiaba cualquier límites de la geometría tridimensional, e incluso el increíble caso, probablemente una leyenda urbana, del esperante que, por fin, consiguió una licencia.

En un principio, el tema burocrático le pareció tan atractivo al autor que se estuvo planteando la escritura de una serie de novelas ejemplares al estilo de Cervantes. Según él mismo cuenta en una breve entrevista concedida a la revista literaria Nurt, “tenía pensado todo un abanico de temas, que se me ocurrieron en las esperas para conseguir llegar a la cafetería de la empresa. La primera consistía en una acción terrorista consistente en dopar a todo un ministerio con una cafeína aumentada que conseguía volverlos rápidos y eficientes y hacía que el sistema colapsara por exceso de eficiencia, pero el tema terrorista no estaba en su mejor momento de popularidad. Otro se refería a unas empleadas gubernamentales con tanto tiempo libre que se dedicaron a entrenar a las macetas de la oficina para que llevaran a cabo su trabajo, pero algo parecido sucedió al poco tiempo en la vida real, con lo que no tenía sentido escribir el relato. Después se me ocurrió que la mejor manera de criar funcionarios en cautividad seguramente fuera empleando macrogranjas divididas en cubículos grisáceos y proporcionarles un pienso adecuado, pero esa idea no le gustó a mi editora, cuya madre es empleada de aduanas. También valoré la idea de un gobierno que detecta que todos sus funcionarios desperdician el día en minijuegos informáticos para pasar el tiempo, y crea un juego con ese aspecto que consiste en resolver las tareas logísticas que deberían estar desempeñando en la vida real.”

Otros conceptos, como el del imperio milenario que va probando diferentes tácticas durante siglos hasta llegar a la conclusión de que los mejores empleados públicos son los que han escogido voluntariamente la ceguera, o las olimpiadas para funcionarios, fueron desestimados por levantar susceptibilidades en otros miembros de la editorial. La última, la creación de un idioma específico para funcionarios que nadie más pudiera comprender, era mi preferida hasta que me di cuenta de que inventar algo unas cuántas palabras para ese idioma, lo cual habría sido necesario para el relato, quizá pudiera afectar irreversiblemente mis capacidades cognitivas.”

Al final, entre unas cosas y otras, estas ideas para relatos quedaron reducidas a la siguiente: una funcionaria con las gafas mal graduadas porque se las tuvo que hacer con el deficitario seguro médico del que disponía comete un error de control de calidad al autorizar la impresión de un formulario erróneo. Este no es reconocido por las máquinas para la función de “gestionar un día de baja para trabajadores del sector de la pesca fluvial”, sino como “gestionar la producción de una tonelada de ladrillos de arcilla cocida”, con tan mala suerte de que, aquel año, entre los trabajadores piscícolas cundió una tremenda epidemia de gripe truchera.

El resultado del error en la autorización del formulario defectuoso, por tanto, genera la producción de miles y miles de ladrillo suplementarios, lo que da lugar al absoluto cambio en las costumbres arquitectónicas del país. Al ser un material francamente caro de exportar de por sí, y mucho más teniendo en cuenta la depreciación a la que se ve sometido el ladrillo de arcilla cocida al estar disponible en una cantidad cien veces mayor a la habitual, los obreros de todo el territorio dan rienda suelta a su imaginación, produciendo babeles, alejandrías, svanetis, qutubs, pisas… Las pagodas, helicoides, obeliscos, minaretes y retorsiones de cualquier tipo de forma tendiente al cielo se multiplicaron por toda la geografía, compitiendo unas con otras el altura, desafío y magnificencia.

Ajeno al florecer ladrillesco derivado de su mismísima existencia, todo el relato está narrado desde el punto de vista de uno de estos impresos, consciente desde su nacimiento/impresión de que algo en él es erróneo. Su paso por los diferentes despachos y departamentos ofrece una panorámica de la estructura caótico-laberíntica del gigantesco edificio administrativo, cuya acústica extraordinariamente fallida resulta en un prodigio de los ecos. El formulario experimenta un ciclo de vida completo, y llega incluso a conocer el amor al ser grapado a una hoja de reclamación de tonalidad rosa pálido.

La búsqueda de trascendencia y de sentido de la vida del papel protagonista recuerda, en sus esfuerzos melancólicos, a un Juan Salvador Gaviota. Ambos comparten, además, el blanco aleteo de sus extremidades aéreas. En cierto modo, el palpitante formulario resulta más humano que todos los burócratas que aparecen en el relato. La mecanización de sus tareas los ha convertido en poco más que objetos, en engranajes de un todo uniformado y despersonalizado hasta el extremo. El carácter esperanzado y optimista del formulario no hace sino acrecentar, por contraste, la desolación frente al tremendo vacío de posibilidades de su breve e inútil existencia.

El personaje más trágico de la novela es Forman, un burócrata decidido a mejorar la eficiencia de los procesos mediante la innovación que termina, con un inevitable guiño a la tradición, encarcelado en la Prisión de Baja Seguridad para Altos Funcionarios y de Alta Seguridad para Bajos Funcionarios (con la mala suerte de pertenecer a este segundo grupo) durante el resto de su vida.

Pero, ¿qué sucedió con el autor después de la escritura de esta obra? Pues que el necesitaba obtener su licencia de escritor profesional para poder publicarla legalmente, a falta de los cual se expondría a penas de… pues eso.

La detención de sus amigos supuso un duro golpe para Stanislao Lemo. Al ir a verlos a la cárcel en las escasísimas jornadas de visita, constató una vez más la futilidad de la experiencia y el sinsentido de toda esperanza. A pesar de ello, o quizá precisamente por eso, siguió acudiendo en solitario cada lunes a la cola para los aspirantes a conseguir la licencia de escritor, con todos sus papeles perfectamente en orden.

Una mañana de primavera, por fin, Lemo consiguió llegar a la ventanilla a las 11:15 de la mañana. Era la primera vez que le sucedía algo parecido. Tras las entrevistas exhaustivas a los esperantes más experimentados, estaba completamente seguro de tener todos sus papeles en orden.

Sin embargo, el destino tenía otras intenciones. En el momento en el que Lemo se personó frente a la ventanilla, se encontró con un funcionario que le dio la impresión de ser exactamente igual a él, hasta el punto de que en un primer momento tuvo la sensación de encontrarse frente a un espejo y no una ventanilla burocrática. La vivencia le produjo una impresión tan profunda que salió huyendo, aterrado, incapaz de llevar a cabo el papeleo. Al regresar a su casa y tratar de recuperar la sensación de realidad, el conductor del autobús, en lugar de solicitarle el billete, le puso un sello en la mano.

El autor se sumió en una desesperante etapa de pesadillas y terror existencial, en una especie de Delirium tremens burocrático en la que veía corretear por las paredes sanguijuelas de tinta, y en la que durante las noches era acosado por funestas polillas hechas con los números de turno. Tuvo que encerrar en un cajón, bajo llave, el preciado manuscrito de la obra que nos ocupa, ya que estaba convencido de que su creación lo odiaba en secreto y no dudaría en sofocarlo mientras descansaba. Lemo, en su ensoñación irracional, llegó a plantearse si aquellas experiencias alucinatorias formaban parte de un plan mayor y en realidad, quién sabe con qué artes, habían sido provocadas intencionadamente por el sistema administrativo mediante la exposición al sinsentido puro para estimular la imaginación de los aspirantes a escritores.

Recluido en un centro de reposo, que le costaba al estado la cantidad de 375 florines a la semana, Lemo recibió un comunicado administrativo en el que, por fin, se le notificaba la concesión de la licencia de escritor a cambio de hacer un esfuerzo por recuperar la salud mental y abandonar las instalaciones. El autor abrazó esta oportunidad y pudo, por fin, publicar esta obra, convencido de que cambiaría drásticamente su destino y le haría ganar un lugar de consagración entre los grandes. Vendió un total de 37 ejemplares.

Puede que el mundo le deba la teoría de la relatividad al tiempo libre que le dejaba a Einstein su empleo como funcionario de patentes, pero pocas más cosas ha hecho por la humanidad la burocracia. Y puede que el infierno no sean exactamente los demás, sino ese lugar en el que los demás hacen cola.