Kevin Taylor

Traducido por Cristina Jurado

Rombo, Deltoide, Triángulo

Los dedos de Rombo eran largos y tenían forma de espátula, con yemas chatas por las incontables horas que pasaba ante la máquina de sumar. Se sentía orgulloso de sus dedos. Qué delgados y ágiles eran y cómo se movían sin casi obedecer orden alguna cuando volaban sobre las teclas. Deltoide era quien había enseñado a Rombo qué era el orgullo, una emoción primitiva que ella había aprendido cuando estudiaba las obras escritas de los sapiens. Revelaba un sentido de la autoestima, de la valía, y Rombo se dio cuenta de que experimentaba ese sentimiento cada vez que pensaba en sus dedos pues, de todos los cuadrantes, era quien solucionaba más rápido y con mayor precisión. Cada día resolvía cálculos interminables y complejos problemas y cada día se marchaba de la Oficina Combinatoria excediendo su cuota. Casi se sentía frustrado por tener que dejar su puesto en la máquina de sumar debido a la ingesta nutricional.

Rombo se sentó en el cuadrángulo central que compartían la Oficina Combinatoria, el Departamento de Historiografía y la Biblioteca. Estaba a punto de consumir su ración diaria de avena integral reconstituida cuando Deltoide salió de la Biblioteca.

—Hola, Rombo.

—Hola, Deltoide.

—Observo que no estás acompañado.

—Observas acertadamente.

—¿Puedo acompañarte durante la ingesta nutricional?

—Puedes.

Deltoide frunció los ojos y elevó los extremos de la boca.

—¿Y esa desagradable contorsión facial? —preguntó Rombo.

—Se llama sonrisa. Es una señal no verbal que denota felicidad o alegría.

—¿Puedes desistir?

—Sí—replicó Deltoide—. Ya no me siento feliz.

Rombo se llevó a la boca una cucharada de avena integral reconstituida.

—Observo que disfrutas de tus gachas —remarcó Deltoide usando la verborrea de los sapiens.

Rombo asintió. Hacía poco que había aprendido a emplear esa forma de comunicación no verbal cuando tenía la boca llena.

Tragó.

—Son bastante satisfactorias.

—También observo que te has convertido en un adepto a las contorsiones de los sapiens.

Esa fue la segunda vez en el día que Rombo se sintió orgulloso.

—Valoro su conveniencia.

—Los sapiens. Qué maravilla debieron ser para habernos dejado el conocimiento de esa técnica lingüística así como su inigualable alimentación —dijo Deltoide colocando un objeto pequeño y redondeado sobre la mesa—. Y … esto.

—¿Qué es esto?

—Se trata de una maravilla del Centro Agrario. Un espécimen que ha inspirado cuentos desde la historia más temprana de la que se tiene noticia hasta la caída de los sapiens. Esto es… —Deltoide se inclinó para acercarse y murmuró— una manzana.

Los ojos globulares de Rombo se abrieron de par en par.

—Recuerdo las manzanas del libro que me diste.

—Sí… el libro. No hablemos del libro —dijo Deltoide—. Tengo intención de darle la manzana a Triángulo.

Triángulo trabajaba en el Departamento de Historiografía. Él y Deltoide llevaban varios meses enfrascados en un viejo y esotérico ritual conocido como «cortejo». La naturaleza de este ritual era ajena para Rombo pero, aparentemente, Deltoide y Triángulo habían desarrollado un afecto recíproco. Esto significaba que cada vez pasaban más tiempo juntos y se veían en la obligación de proporcionar al otro cierto grado de alegría.

Ayudaba el hecho de que a ambos les fascinaba la vida de los sapiens. Deltoide había explicado a Rombo que esto se trataba de un «interés común» que era importante para «la salud de su romance». Ella nunca le aclaró qué era el tal romance, pero Rombo sospechaba que debía ser una forma de vida que habían adoptado dada la cantidad de tiempo, atención y alimentación que requería.

—Espero que a Triángulo le guste la manzana —dijo Rombo.

—Pensé que sería un buen regalo por su cumpleaños.

—¿Qué es un cumpleaños?

—Cada 365,25 días este planeta vuelve a la misma posición aproximada que el día en el que te despertaste. Los sapiens lo celebraban como una ocasión llena de felicidad.

—¡Qué costumbre más curiosa! Tenía entendido que los sapiens experimentaban una variedad de emociones más allá de nuestra comprensión, pero la felicidad era raramente una de ellas.

—Correcto. Parece que oscilaban más entre el miedo y el terror.

—¿Cuál es la diferencia entre miedo y terror?

—El miedo es un estado de aflicción emocional creado por una obsesión sobre un evento futuro indeterminado. El terror es un estado de aflicción emocional creado por una obsesión sobre un evento futuro determinado.

—La vida de los sapiens parece tan… desafortunada. Aun así, celebraban sus cumpleaños.

—En verdad es un misterio… como gran parte de la cultura de los sapiens. Triángulo ha decidido que, de ahora en adelante, celebrará su cumpleaños. Creo que la manzana será un buen regalo, pero él tiene una petición especial para inaugurar esta costumbre: una tarta de cumpleaños.

—¿Tarta de cumpleaños?

—Es un producto azucarado de repostería que se consume durante esta celebración.

—Qué raro. ¿Tal vez lo satisfaga la avena integral reconstituida?

—Lo dudo. Sigue decepcionado por el libro.

Triángulo había solicitado un libro de historias sapiens de la Biblioteca y Deltoide, naturalmente, lo había complacido. Pero el libro que le había procurado era de problemas que contenían ecuaciones matemáticas y no de literatura. Deltoide transmitió a Rombo que a Triángulo le había decepcionado mucho y que había conseguido distorsionar sus facciones en un razonable imitación de disgusto, una expresión que practicaba cada vez con más frecuencia.

Triángulo casi domina el disgusto —agregó Deltoide.

A Rombo no le había decepcionado el libro: le había fascinado. Descubrió manzanas (y cómo el separarlas de las peras parecía de vital importancia para los sapiens), golondrinas (un tipo de ave con la peculiar costumbre de volar grandes distancia contra el viento) y trenes (que aparecían por pares y viajan a diferentes velocidades en direcciones opuestas).

—Una tarta de cumpleaños —explicó Deltoide— se compone de diferentes ingredientes y hay que seguir instrucciones estrictas para prepararla: es lo que los sapiens llamaban una receta.

Pálidas membranas nictitantes pasaron sobre los ojos de Rombo mientras parpadeaba reflexionando: —Este es un problema para el Quimisterium. Allí pueden recrear los ingredientes a nivel molecular y reunirlos para ti, como hacen con las gachas.

—Buena propuesta, pero Triángulo más bien … tiene la ilusión… de que la tarta de cumpleaños sea creada a partir de los ingredientes originales de los sapiens.

Deltoide rebuscó en el bolsillo superior de la pechera de su guardapolvo, extrajo un pequeño rollo de microletra y se lo entregó a Rombo.

Rombo lo desenrolló:

Ingredientes para una Sencilla Tarta de Cumpleaños
azúcar granulada
huevos (o sustituto de huevo)
extracto de vainilla
harina común
levadura en polvo
leche (de origen animal o vegetal)
cacao en polvo
mantequilla (de origen animal o vegetal)
azúcar glas

Rombo devolvió el rollo a Deltoide.

—La probabilidad de poder adquirir estos ingredientes es baja.

—Ciertamente. Sin embargo, recuerdo que la Oficina Combinatoria está ayudando con el inventario del Arka 72 —Deltoide carraspeó a la manera de los sapiens.— El Arka 72 contiene estos ingredientes. Como el sumador de mayor rango en la Oficina Combinatoria, puedes acceder al Arka 72.

—Yo soy el sumador de mayor rango en la Oficina Combinatoria…

—Y el más rápido de todos los cuadrantes —añadió Deltoide en un intento por imitar el bien documentado arte sapiens de la adulación.

—… y tengo acceso al Arka 72.

—Quizás podamos acercarnos los dos al Arka 72 para reunir estos ingredientes. Puede ser divertido. ¡Podríamos emprender una aventura!

Rombo había oído cosas sobre diversión y sobre aventuras pero ambos conceptos le sonaban mutuamente excluyentes. El inventario del Arka 72 había conseguido irritarlo considerablemente. Los objetos registrados tenían la costumbre de desaparecer, lo que afectaba los análisis estadísticos que practicaban tanto él como sus colegas. Esta «aventura» necesitaría ajustes adicionales en sus cálculos.

—Podrías hacerme un favor.

Rombo también había oído hablar de favores, obligaciones que los sapiens predicaban bajo una reciprocidad que rara vez se satisfacía. Aun así, había algo en la expresión de Deltoide, esa manera en la que contorsionaba su rostro en una máscara de afectada desesperación, que lo alcanzó en alguna región profunda e ilógica de su cerebro.

Podía ser el sumador de mayor rango en la Oficina Combinatoria (y el más rápido de todos los cuadrantes) pero sus poderes de razonamiento connotativo quedaban bastante por debajo de los de Deltoide. Tal vez se trataba de una broma. Una broma, tal como Deltoide le había explicado, era una anécdota con un final que subvertía las expectativas. Su intención era buscar una respuesta jubilosa por parte del receptor.

—¿Es esto una broma? —preguntó Rombo.

—Esto no es una broma —replicó Deltoide.

—Muy bien. Viajaremos hasta el Arka 72 y conseguiremos tus ingredientes.

—Gracias, Rombo. Te debo una.

“Sí”, pensó Rombo para sí, “esta es la naturaleza de los favores.”

* * *

La cúpula del Arka 72 relucía en el horizonte como una gigantesca burbuja plateada y parecía aumentar de tamaño a medida que la velocidera avanzaba hacia el Cuadrante Índigo.

—Gracias de nuevo, Rombo —dijo Deltoide mirando a través de la ventanilla.

Rombo respondió con la bien ensayada laxitud que empleaba cuando las circunstancias suponían un inconveniente para él: —Es un placer.

—Muy rara vez viajo al Cuadrante Índigo. Había olvidado lo hermoso que es.

Rombo se dio cuenta de que a Deltoide le había dado por la costumbre sapiens de hablar de trivialidades y que sería descortés por su parte no participar. —Gracias por financiar la velocidera.

—No hay de qué —respondió Deltoide.— Confío en que no te moleste que haya traído mi telescáner.

Rombo miró el artefacto metálico unido a la delgada muñeca de Deltoide. —Sin problema.

—Nadie de mi cargo ha tenido acceso al Arka 72 y tengo intención de aprovechar la visita al máximo.

—Tu intención debería ser reunir los ingredientes de la forma más eficientemente posible —le recordó Rombo.

—Oh, sí, por supuesto…

La velocidera se paró a unos pocos metros de la entrada del Arka72.

—Hemos llegado. Puedes sentirte algo incómoda cuando entremos. —explicó Rombo. —La temperatura del Arka se mantiene exactamente a 20 grados centígrados.

—Es increíble —replicó Deltoide— que sus cuerpos pudieran tolerar semejante incomodidad.

—En efecto.

Rombo colocó la palma de la mano en un lector biométrico y las macizas puertas del Arka se abrieron con un estruendo.

Deltoide ahogó un grito mientras sus ojos se ajustaban a la atmósfera artificial.

—Rombo… ¿es esto?

—Sí.

—He leído los rollos de microletras… —Deltoide tartamudeaba —e incluso he visto algunas imágenes, pero esto… esto es más hermoso de lo que jamás hubiera imaginado.

Deltoide apuntaba con su telescáner a la estructura que se desplegaba frente a ellos.

Acero: aleación que contiene hierro. Este acero ha sido utilizado en una estructura de soporte…

—¡Acero! —Deltoide no había terminado de leer la entrada sobre el acero cuando ya estaba dando vueltas casi vertiginosamente mientras pasaba el telescáner sobre otra superficie.

Cristal: un sólido amorfo y transparente…

—¡Cristal! ¡Tan quebradizo, tan frágil, tan absolutamente impráctico y, aun así, está por todas partes! —declaró Deltoide antes de apuntar con su muñeca al suelo.

Cemento: un material compuesto conocido por los sapiens desde la antigüedad…

—¡Deltoide! Deberíamos localizar tus ingredientes.

—Sí, sí, por supuesto. Discúlpame, Rombo. Nunca imaginé que tendría esta oportunidad. Conocer la cima de la cultura sapiens. Caminar contigo por los sagrados pasillos de … un centro comercial.

Rombo abrió la puerta exterior del edificio.

—¿Qué es eso? ¿A qué huele? —preguntó Deltoide al tiempo que entraban en el vestíbulo.

—Extraordinario, ¿verdad? —replicó Rombo. —Arka 72 recrea con fidelidad el aroma de la comida y las fragancias que resultaban atractivas a los sapiens. Esta combinación única se conoce como olor de centro comercial y, una vez que experimentada, es imposible de olvidar.

—¡Sí! —dijo Deltoide respirando profundamente. —Es especialmente extraordinario si se considera que los sapiens estaban limitados a tener seis sentidos, y su aparato dedicado al olfato era un instrumento romo capaz de distinguir solo un trillón de olores diferentes.

—Un trillón era suficiente —le interrumpió Rombo— puesto que los sapiens no eran criaturas osmáticas y habían perdido en gran medida la capacidad para detectar feromonas.

Una sonrisa se asomó a la boca de Deltoide.

—Pero cómo es, Rombo, que conoces más sobre los sapiens de lo que yo creía. Parecías siempre tan indiferente a su cultura. Nunca pensé que fueras un entusiasta.

—No lo soy —dijo Rombo tajantemente— pero en aras de realizar un inventario preciso decidí que sería prudente aprender más sobre la especie y sus creaciones.

Mientras Rombo indicaba el camino, Deltoide luchaba contra el deseo de apuntar su telescáner a cada escaparate y objeto brillante, y oyó su nueva distracción antes de verla: una débil cacofonía de sonidos inquietantes —resortes, pitidos, campanas y detonaciones— que salían de un pasillo de colores llamativos.

—Una zona de entretenimiento —explicó Rombo.

La entrada estaba presidida por una amplia cabina de cristal. Dentro de ella, un sapiens de cera con nariz aguileña, bigote curvado hacia arriba y vaporoso turbante agarraba una esfera grande y luminosa.

—Fortuna 500… —dijo Deltoide leyendo la inscripción que aparecía en la parte superior de la cabina.— ¿Qué es esto, Rombo?

—Ni idea. No he explorado esta área. Emplea tu…

Deltoide apuntó el telescáner hacia el objeto.

Los salones recreativos eran lugares de reunión populares entre los adolescentes sapiens. Aquí podían derrochar los ingresos prescindibles de sus unidades parentales en juegos operados con monedas basados en la destreza y la suerte. Fortuna 500 era uno de esos juegos. Al insertar en la máquina una moneda de veinticinco centavos, se seleccionada una buenaventura de las 500 predeterminadas disponibles. La buenaventura, una extravagancia ambivalente que generalmente trataba sobre el amor o el dinero, solía generar al receptor alegría o consternación.

—¿Amor o dinero? —dijo Rombo con sorna. —Habría estado mejor que Fortuna 500 les hubiera brindado algo de información sobre los desastres que los decimaron. Tal vez habrían tenido tiempo de salvarse.

—Triángulo me dijo que disponían de bastante tiempo pero que abandonaron toda lógica, su capacidad para el pensamiento racional, y se apoyaron en la intuición o en las preferencias personales. Los sapiens —añadió Deltoide con tristeza— valoraban más su libertad personal que el bien colectivo.

—Tal vez Triángulo habría encajado mejor en la División Escatológica puesto que es tan experto en el fin del mundo de los sapiens —replicó Rombo con desdén.

Un sentimiento ilógico y extraño se había apoderado de él cuando Deltoide había mencionado a Triángulo. No entraba en su naturaleza sentir más allá de la temperatura, la presión barométrica o los efectos de la gravedad, pero aquel sentimiento era totalmente único. Y había provocado una respuesta cortante, que ahora lamentaba.

Entregó una pequeña moneda plateada a Deltoide.

—Toma. Adelante.

Los ojos de Deltoide se abrieron como platos.

—Pero, Rombo: ¡esto son veinticinco centavos! Su valor es incalculable.

—Eso no es del todo exacto. Aparentemente, las máquinas están llenas.

La temblorosa mano de Deltoide insertó la moneda en la ranura. La esfera proyectó un caleidoscopio de colores vívidos y, un momento después, una tira de papel surgió titubeante de una segunda ranura.

—¿Qué dice? —preguntó Rombo.

Deltoide se aclaró la garganta tal en un gesto estudiado.

Amor es cuando sabes con exactitud qué va a decir la otra persona antes de que lo diga.

—¿Y bien? Esta buenaventura ¿genera alegría o consternación?

Deltoide se metió el papel en el bolsillo.

—Deberíamos encontrar los ingredientes.

Caminaron en silencio y dejaron atrás las sillas de masaje apagadas, la tienda de zapatillas deportivas, el centro de bronceado y el polvoriento piano del atrio. Al final, llegaron al supermercado.

—Este se conocía como una tienda emblema —explicó Rombo. —Este importante vendedor generaba ventas en las otras pequeñas tiendas que hemos pasado.

Deltoide asintió: —El capitalismo de finales del siglo veinte fue una verdadera iniciativa benevolente.

—Y tanto. Ahora, reunamos los ingredientes que necesitas —Rombo alcanzó un carrito como si fuera la cosa más natural del mundo. —Creo que la mayoría están en el pasillo 12 de la sección de comestibles.

—¿Puedo…?

—Puedes, ¿qué?

—¿Puedo empujar el carrito, Rombo?

—Por supuesto.

Encontraron con rapidez una bolsa de harina común y una botella de quinientos gramos de extracto de vainilla. Deltoide tuvo que agacharse para alcanzar al fondo de una estantería baja una bolsa de azúcar de dos kilos. —Algunos plantean que el azúcar poseía propiedades para el sustento de la vida de los sapiens, ya que se encuentra en la mayoría de sus productos alimenticios.

Rombo asintió.

—Estos artículos marcados como SIN AZÚCAR probablemente avisaban a los sapiens de que no iban a recibir la cantidad de nutrición requerida.

—¡Ajá! —exclamó Deltoide. —¡He encontrado la levadura!

—Creo que la receta pedía levadura en polvo.

—Pero no hay. Estoy segura de que esto nos sacará del apuro.

“Del apuro”, pensó Rombo. “Deltoide ha aprendido realmente a imitar la verborrea de los sapiens. Entiendo por qué Triángulo la encuentra tan interesante.”

Deltoide localizó rápido el cacao en polvo y el azúcar glas.

—Bueno, ahora solo nos queda encontrar tres ingredientes.

—Sí. Deberían estar en la sección de refrigerados. Sígueme.

Cuando Deltoide sacó el carrito fuera del pasillo 12, la parte trasera derrapó como si estuviera acelerando en una velocidera.

* * *

Deltoide contempló su reflejo en una de las ventanillas de la velocidera. La boca se le inclinó hacia abajo, la frente se le arrugó, y dejó escapar una larga y penosa respiración.

—¿Hay algo que te perturba, Deltoide? —preguntó Rombo.

—La buenaventura… cuando estás enamorado es cuando sabes con exactitud qué va a decir la otra persona antes de que lo diga.

—Sí, lo recuerdo.

—Pues es justamente eso. Nunca sé qué es lo que Triángulo va a decir. Por lo tanto, no estoy enamorada. Todo este tiempo he creído que lo estaba. Ahora sé que no lo estoy. ¿O sí lo estoy?

—No estoy seguro de que el amor sea una condición que un tercero pueda diagnosticar. Aparte, no tengo ni idea de que se siente estando enamorado.

—Aturdimiento, falta de aire, dolor en el pecho, hormigueo.

—Uno de mis progenitores sintió eso. Lo llamaron un ataque al corazón.

—Sí… es una maravilla —dijo Deltoide. —Rombo, serías tan amable de ayudarme en la preparación de la tarta de cumpleaños? Tengo las instrucciones en el rollo de microletra.

Rombo dudó.

—Pensé que sencillamente llevarías los ingredientes al Quimisterium.

—Tengo todo lo necesario en mi morada. Me estarías haciendo otro favor.

—Muy bien —dijo Rombo, plenamente consciente de que Deltoide no había devuelto su favor anterior.

Llegaron al Cuadrante Amarillo Cobalto al atardecer cuando los últimos rayos dorados de sol bañaban los edificios.

—¿Han retirado todas las formas de vida orgánicas de la vía pública? —preguntó Rombo mientras accedían a la morada de Deltoide.

—Los árboles, sí. —replicó Deltoide. —Nos gustaba su estética hasta que nos dimos cuenta de que trataban de matarnos. Absorbían dióxido de carbono y agua, y liberaban oxígeno en la atmósfera.

—Tienes suerte de estar viva. —Rombo meneó la cabeza. —Me pregunto cuándo aprenderá el Distrito Amarillo Cobalto y dejará de imitar la vida de los sapiens.

—Ya hemos llegado —dijo Deltoide. —Bienvenido a nuestro apartamento.

“¿Nuestro?” Aquel plural incongruente sorprendió a Rombo pero no le extrañó tanto como las rarezas que observó cuando Deltoide abrió la puerta. El interior del apartamento estaba lleno de curiosidades sapiens de principios del siglo veintiuno. El suave suelo de plastilina tenía una alfombra de lana blanca y había un sofá con cojines.

—¿Vive, ríe, ama? —preguntó Rombo leyendo en la pared una placa de madera.

—Una idea popular entre los sapiens del último siglo. —dijo Deltoide encogiéndose de hombros. —Uno de tres no es malo, ¿verdad?

Rombo siguió a Deltoide a otra habitación.

—Esta es nuestra cocina —explicó Deltoide. —Aquí preparamos nuestros alimentos.

—¿Preparamos?

—Triángulo y yo.

—¿Él ha visitado tu morada?

—Triángulo y yo… cohabitamos.

—¿Por qué hacéis eso? —Rombo hizo esa pregunta mientras en él afloraba el sentimiento peculiar que lo había abordado antes.

—Porque estamos enamorados. O, por lo menos, yo creía que lo estábamos.

—Cohabitación. Qué práctica tan arcaica.

—Mayormente se trata de cerrar cosas que el otro ha abierto y abrir cosas que el otro ha cerrado. ¿Podrías girar el selector hasta los ciento setenta y cinco grados mientras engraso el molde para la tarta?

—Será un placer.

—¿Podrías pasarme los huevos? —preguntó poco después Deltoide mientras empezaba a batir la leche de avena, el azúcar y la mantequilla.

—Será un placer —replicó Rombo. —¿Qué son?

—Los óvulos no fecundados de una especie avícola.

Rombo se preguntó si aquellos huevos serían la desdichada descendencia de alguna de las golondrinas mencionadas en el libro.

Deltoide rompió uno.

—Ugh. ¡Qué olor!

—¡Sulfuro! —exclamó Rombo. —¿Se supone que deben oler así? No pueden estar pasados, ¿verdad?

—He leído que los «huevos de cien años» eran un manjar para ciertos sapiens, por lo que asumo que todavía deben ser comestibles. —Deltoide añadió los ingredientes restantes y continuó batiendo la mezcla pegajosa y fétida al tiempo que sostenía un paño que tapaba sus orificios nasales.

Cuando Deltoide transfirió la masa al molde para tartas, Rombo la introdujo en el horno.

—Treinta minutos —anunció Deltoide —y entonces tendremos una tarta de cumpleaños como las de los sapiens.

“Como las de los sapiens,” pensó Rombo con cinismo. —Qué irónico… se llamaban sapiens pero no parecían muy sabios. Me dan pena sus pequeñas y tristes vidas.

—Aun así nos maravilla su creatividad y no comprendemos del todo la magnitud de sus emociones —rebatió Deltoide.

El temporizador del horno sonó mientras ella mezclaba el glaseado de chocolate en una fuente grande. —¿Puedes sacar la tarta del horno por mí?

—Será un placer.

Rombo abrió la puerta del horno y el hedor lo invadió de tal manera que habría reprimido las náuseas de disponer de dicho reflejo. Alcanzó con rapidez el preparado plano y maloliente que borboteaba en el molde.

—¡Aaaay! —gritó, revolviéndose hasta caer.

—¡Oh, no, Rombo! ¡Tus hermosas manos!

—Agarré el molde y…

—Iré a por el botiquín.

Deltoide salió corriendo de la habitación.

Rombo echó un vistazo a los dígitos de su mano derecha. Las yemas chatas estaban despellejadas y cada dedo latía como si contuviera su propio corazón. Nunca volvería a ser el más rápido y preciso solucionador de todos los cuadrantes. Pero Deltoide había dicho que sus manos eran hermosas y aquel cumplido por sí solo le hizo olvidar el dolor agudo, al menos por un momento.

—No te muevas.

Deltoide se arrodilló junto a Rombo y le apuntó el aerosol del botiquín a las manos. El spray cicatrizante envolvió veloz los dedos.

—Lo siento tanto —lloriqueó Deltoide.

—¿Deltoide?

—¿Sí?

—Estás llorando.

—¿En serio? —Deltoide se secó los ojos con la manga de su guardapolvo. —¡Estoy llorando! No creí que fuera posible. Pero… ¡lágrimas!

Deltoide rodeó con sus brazos a Rombo.

—Soy tan feliz.

—Ejem.

Deltoide y Rombo alzaron la vista y vieron a Triángulo detrás de ellos con una mirada ensayada de estupor en su rostro.

—Espero no estar interrumpiendo nada.

—Triángulo — empezó Deltoide— estábamos terminando tu tarta de cumpleaños…

—¿Tarta de cumpleaños? —exclamó Triángulo analizando el quemado ladrillo abyecto.

—Se suponía que iba a ser una sorpresa. —Deltoide hizo una pausa— ¡Sorpresa!

Triángulo frunció el entrecejo.

—Esta no es una reproducción correcta.

—No —aceptó Deltoide —No había levadura en polvo y los huevos…

—Se verá mejor con el glaseado de azúcar —propuso Rombo levantándose del suelo.

—No lleva velas— observó Triángulo.

—¿Velas? —preguntó Deltoide. —No estaban en la lista de ingredientes.

Triángulo entornó la mirada casi de forma imperceptible ante el rictus de Deltoide.

—Por lo general una tarta de cumpleaños se adorna con bastoncillos de cera combustible llamados velas. Uno extingue las llamas y piensa un deseo, una petición silenciosa que le gustaría que se le concediera. El deseo es la mejor parte. Sin velas… —Triángulo negó con la cabeza. —… esto es solo una tarta.

—Entiendo. Velas… —Deltoide agachó la cabeza, derrotada.

—Creo que hay muchas velas en el Arka 72 —dijo Rombo. —Iré y las encontraré.

A Deltoide se le iluminó el rostro.

—¿De verdad?

—Tal vez deberías acompañar a Rombo —sugirió Triángulo— mientras yo limpio este desastre.

—¿Puedo acompañarte, Rombo? —preguntó Deltoide, aunque ella ya sabía lo que él iba a contestar.

—Será un placer— respondió Rombo y, esta vez, realmente lo sentía así. Mientras caminaban a la estación de velocideras, Rombo sintió la imperiosa necesidad de llenar el silencio.

—Bueno, Deltoide —empezó —Tenías razón respecto a Triángulo. Ha conseguido dominar a la perfección la expresión de disgusto.

—Sí— dijo Deltoide con aire ausente mientras buscaba en la lista de estados emocionales de los sapiens en su telescáner. Quería identificar aquel que la anegaba discretamente.

Lo más cerca que encontró fue el de melancolía. Pero no era exacto. No podía dar con la palabra precisa pero crecía en ella el sentimiento de que algo había empezado y algo había terminado.