Víctor Conde
Solo necesito un segundo más

Impotente, allí detrás de sus ojos, Antonio observaba la pastilla que tenía en la mano. La que había sacado de la cajita encima del aparador. La cajita que estaba al lado del sobre. El sobre que estaba al lado de su angustia.

¿Qué era aquel inofensivo objeto cuya amenaza comportaba tal énfasis? ¿Por qué le pesaba tanto aquella pastilla, que parecía hecha de plomo, cuando hasta un soplo de viento se la podía haber llevado volando? ¿Acaso era un peso subjetivo, el de la culpa? ¿El de sus recuerdos?

Podía oír a su mujer moviéndose nerviosa por las habitaciones. Sin nada que hacer, en realidad, aunque haciendo mil cosas. Estaba muy enfadada, eso podía comprenderlo. Y no dejaba de farfullar esperando que Antonio entrara en razón. Era una mujer disfrazada de conciencia que se le posaba en el hombro, diablillo bueno y malo. Solo que ambos le sugerían lo mismo:

—No lo hagas, no seas estúpido. Si te tragas esa pastilla morirás, por el amor de Dios. Se te freirá el cerebro. ¿Es que no lo comprendes?

Claro que lo comprendo, pensaba él, a quien la larga lista de riesgos le importaba un comino. Pero es que el dolor era tan terrible, tan excesivo… Su psicólogo había intentado mitigar la angustia metiéndole ideas falsas en la cabeza. Que en la vida hay tragedias que no se pueden evitar, que lo único que nos queda es intentar seguir adelante, que hay que mirar con optimismo a un nuevo amanecer, y bla bla bla. Basura de diván. ¿El dolor no es real? Anda y que te den, exprimesesos. Claro que era real, espantosamente real: nada menos que frustración y pena conjugándose para formar un síndrome poco común: la nostalgia. La espantosa sensación de vacío que deja atrás la partida de un ser querido.

Una ráfaga de aire se coló por los visillos y alzó la punta del sobre. Debajo, la carta de defunción que «lamentaba comunicarle que…»

Un nombre grabado en letras más oscuras:  PATRICIA C. J.

Las lágrimas se condensaron otra vez.

La garra famélica volvió a oprimirle el alma. Dicen que cuando unos niños se van corriendo de una habitación dejan el sonido de su risa tras de sí, empapando el aire. Cuando Patricia se marchó, pasó lo mismo, solo que la habitación vacía que quedó atrás fue el corazón de Antonio.

Registró el mueble bar y regurgitó un vodka. Tintineo de cubitos, minué para cristal y hielo. La quemazón del líquido bajándole por la garganta. Un portazo a su espalda: su esposa.

—Si haces eso te juro que te abandonaré —lo amenazó—. Me iré por esa puerta y no volverás a verme nunca. Estás cometiendo un gravísimo error, Antonio.

—Error… —La palabra le sonó vacua, como si no pudiera contenerse a sí misma. ¿Errores? Que se lo dijeran al capullo de Dios y su desastrosa administración de la Creación. Quién vive y quién muere. ¡Ja! Números en una ruleta.

—Sabes lo peligrosísimo que es el Psylocibe 5. Lo que puede hacerle a tu cerebro. ¿De cuántos casos de lobotomización química hemos oído hablar? ¿De cuántas historias de gente que quería volar y acabó enterrada en una cama?

—Ya lo sé, todo eso lo sé, joder… —murmuró, barriendo los argumentos a un lado. Por supuesto que conocía los riesgos: aquella pastilla era puro veneno alucinógeno, ácido para sus neuronas. ¿Pero sabes qué?, quiso decirle a su mujer, aunque no tuvo valor: Que no me importa. Solo necesito un segundo más con ella. Si pudiera recuperarla aunque solo fuera por un instante, la imagen parcial de una escena cotidiana recuperada de la trastienda de su memoria…

—Pues entonces, deja la pastilla en la caja —le suplicó ella—. Tíralo todo a la basura, por favor.

Al mismo tiempo que se lo pedía, la mano de Antonio estaba acercándose unos milímetros más a su boca. La pastilla, la pastilla azul y negra. La bala cromada disfrazada de producto farmacéutico. Su pasaporte a un mundo mejor.

La teoría era simple: una trampa química y su cerebro olvidaría todo lo ocurrido en las últimas horas. Antonio dejaría de saber que el cartero le había traído aquel sobre nefasto; dejaría de saber que su adorada Patricia había muerto; dejaría de preocuparle el hecho de que sin ella no podía seguir adelante. Notaría el peso del plomo de la pastilla en la lengua, un bloque de hierro que bajaba por el mismo camino que había engrasado el vodka. Y luego, un efecto de prisma: un fogonazo de estática verdosa, una especie de sopor seguido de un instante de percepción elevada… y la magia estaría hecha. Volvería a ver a Patricia de nuevo, trotando como una loca por aquellas mismas habitaciones. Y para su mente sería tan real como la bronca que ahora mismo le estaba echando su esposa.

Cuando los niños se van, dejan atrás…

—Es cuestión de un simple segundo, un recuerdo más —murmuró—. Y luego la dejaré marchar para siempre, lo juro.

Se puso la pastilla en la punta de la lengua. Estaba fría. A través de la ventana, un trozo cuadrado de ciudad estaba empapado en azul prealba.

La brisa volvió a levantar la esquina de la carta: «Lamentamos comunicarle que…».

—No lo hagas, Antonio, por favor —le suplicó ella por última vez—. ¿Merece más la pena un simple recuerdo que tu propia vida, tu opción de seguir adelante?

Comenzó a hacer el gesto de tragar, pero su mujer lo zarandeó por los hombros, lo abofeteó, intentó meterle dedos en la boca. Antonio escupió la pastilla, pero se la quedó guardada en el puño.

—¡Déjame en paz, no tienes derecho a impedírmelo!

—¡Claro que lo tengo! —lloró ella—. ¡Porque te quiero! ¿Es que no lo comprendes? ¡Tienes que cerrar ese capítulo y enterrar tu dolor, o el dolor te matará!

—¡Pues que me mate, me da igual! —Los ojos de su esposa se le clavaban como estiletes. Eran tan claros que le hicieron pensar en lejía—. Lo único que pido es poder llevarme al otro lado un último atisbo de… de…

—Ella ya te ha olvidado, Antonio. Se fue. Se la llevó la vida.

—No. —Se tocó la frente con un dedo—. Está aquí. Y puedo rescatarla.

Entonces, se fijó en un detalle: la cajita de pastillas estaba abierta, por supuesto, ya que acababa de sacar una cápsula. Pero había algo raro: en la regleta no faltaba una. Había dos huecos libres. Sin embargo, sabía que la acababa de comprar en la farmacia, y de retirar el precinto de plástico protector. Nadie había podido usarla antes, a menos que…

Miró a su mujer, que estaba detrás de él, a pocos pasos. Lo miraba fijamente con esa cara que pertenecía a su arsenal de reproches, y que Antonio había aprendido a amar: ojos azules, arrugas de mediana edad, una malhumorada salpicadura de acné sobre mejillas pálidas y estrechas. Un rostro que amaba y temía a un tiempo, porque representaba una forma más cabal de observar el mundo que la suya propia.

—¿Fuiste tú, te la tomaste? —le preguntó. Ella, sin embargo, negó con la cabeza.

—No, Antonio, no he sido yo. Yo asimilé las cosas tal y como vinieron, y nunca tuve tiempo de plantearme si las quería de otro modo.

—No tuviste tiempo —murmuró—. Claro, el accidente tan fue repentino, nadie tuvo tiempo de pensar. Ni siquiera de ver pasar la vida ante sus ojos. Una película demasiado extensa…

La mano de su mujer, suave, se paseó por su mejilla.

—Pero si hubiese tenido tiempo para meditarlo bien, habría preferido que los que sí pueden escoger siguieran adelante, sin ponerse en peligro por un vano sueño.

—Los que seguimos adelante… —susurró Antonio, y miró a las habitaciones del fondo, al pasillo que se perdía en la distancia. Vio pasar a Patricia, pero no a la que tenía delante, mirándolo con dureza, sino a otra rescatada de un recuerdo más feliz: atareada preparando unas vacaciones que se iban a tomar por su aniversario, preparando maletas, bolsos, neceseres… Bromeando con él sobre cómo le quedaban aquellas botas con tacones laqueados, que le enfundaban sus diminutos pies en brillante plata mejicana. En el suelo había un montoncito de arena blanca, producto de un jardín de esos zen que habían comprado en un chino, con su rastrillo para peinar la arena en ondas. Se le había caído al suelo con tanto trajín, y no había tenido tiempo de recogerlo. Ese montoncito se quedó ahí hasta que volvieron de sus vacaciones, y entonces vieron que una colonia de hormigas lo había convertido en su montaña sagrada. Una de ellas incluso estaba descendiendo de la cima con tablillas de la ley en las antenas cuando él recogió el montón con una pala y lo tiró sin más ceremonia a la basura.

Otra Patricia distinta, en braguitas y con una camiseta blanca de estar por casa, se cruzó con la anterior llevando un álbum de fotos, que le enseñaba al Antonio recién casado mientras le decía que tenían que imprimir más en soporte de papel, para que no se les perdieran si se les estropeaba el disco duro. Aquellas instantáneas contenían rostros que fueron importantes en otra época, de gente que hacía mucho que no habían visto: sus amigos de entonces, el barbudo Antonio, la pizpireta Patricia y Luis estaban por allí; y también Carmina, y Pedro el Flojo y Laura la Empollona y Águeda la de la tienda. Mil rostros en el bosque de neón, ociosos, buscavidas, allá donde el cielo era níquel envenenado y los sentimientos buscaban una forma de escapar, de ir más allá del cráneo. Todas las Patricias desaparecieron menos la que tenía delante, una especie de amalgama que las fusionó en una mirada piadosa.

—¿Lo entiendes?

Antonio abrió lentamente el puño. La otra pastilla seguía allí. La segunda bala.

—Ya me he tomado una… y me borró los recuerdos de tu muerte. Y también el hecho de que había tomado el medicamento. —«Lamentamos comunicarle que…»—. Pero… pero el efecto… se está agotando… —«Lamentamos…».

—Has disfrutado de mí… bueno, de tus recuerdos de ella, unas pocas horas más —le sonrió el fantasma—. Pero ya se acabó. Has tenido tu epílogo. Ahora debes dejarla ir. Si te tomas esa sobredosis, morirás. ¿Entiendes por qué estoy enojada?

Los lacrimales de Antonio se licuaron, torrentes salvajes. Sí, sabía que se le agotaba el tiempo. Que su última oportunidad, su tiempo prestado, quemaba los últimos cartuchos. La única posibilidad que le quedaba era intentar prolongarlo con otro chute químico, con otra bala. Sin embargo, ella tenía razón: una sobredosis sería fatal para su cerebro. Pero le daba igual. Ya nada tenía importancia. Se metió la pastilla en la boca mientras el fantasma de Patricia se desvanecía.

Estaba dispuesto a arriesgarlo todo, incluso su cordura, por un simple segundo más con ella.