Marina Tena
Tres vidas por un alma

La primera vez que vi al diablo tenía trece años. Acababa de dejar atrás el puente de los suicidas, que conectaba la ciudad con mi barrio. A pesar del nombre, era una simple estructura de hierro y piedras viejas sobre una carretera desde la que muy de vez en cuando se elevaba el zumbido del motor de un coche. Los suicidas eran leyendas, un nombre para dar cierto morbo al aburrido puente.

La calle estaba desierta y olía a cemento, alquitrán y orina de perro. Lamía el helado que se derramaba por el cono de barquillo. El calor agobiante y pesado del verano moribundo se dejaba caer sobre mis hombros, exhalando vapor en mi nuca. Notaba el sudor deslizarse por mi espalda como si yo también me estuviera derritiendo. También lo notaba entre los dedos de los pies, apretados en las bailarinas rojas que me había empeñado en ponerme a pesar de que ya me quedaban estrechas.

El diablo estaba sentado en la parada de autobús y se liaba un cigarro con movimientos lentos y relajados. Al principio no lo reconocí del todo, pero noté su poder como notaba el calor y el sudor de la nuca. Vestía la piel de un chico de veintipocos años, rizos negros, ojos acuosos y soñadores entre las largas garras de las pestañas. La saliva se volvió espesa entre mis dientes, con sabor a polvo. Me costaba dar cada paso como si mis piernas tuvieran engranajes oxidados, pero tampoco podía dejar de caminar.

No alzó la vista, pero desenredó la sonrisa. Acarició el papel con la lengua antes de cerrar con cuidado el cigarro. No podía dejar de mirarlo. No podía irme. Junté los pies sintiéndome sudada y sucia, notando cómo el helado se derramaba sobre mis dedos y sin poder moverme. Atrapada frente a ese chico que no era un chico. Cuando encendió su cigarro escuché crepitar las llamas del infierno.

Decían mi nombre.

—Te estaba esperando.

El diablo tenía la voz como el rasgueo de una guitarra. Me miró entonces, con un océano de mercurio removiéndose entre las sombras de sus ojos. Tragué saliva. Jamás en la vida me había sentido tan vulnerable. Como un insecto con bailarinas rojas y la piel pegajosa por el sudor y el helado.

—¿A mí?

—A alguien como tú. Valdrás.

—Por favor, deja que me vaya.

Mi voz estaba manchada de pánico. Creo que fue eso lo que alargó su sonrisa aún más, con el movimiento lento de las serpientes estirándose sobre las ramas.

—No voy a dejar que te vayas. He venido para llevarme una cosa de ti.
—¿El qué?

—Tu alma.

Las lágrimas me nublaron la vista antes de derramarse por mis mejillas como sudor. Apreté los dientes.

—Por favor, no…

—No suelo conceder favores, niña.

—¡Te daré lo que quieras!

—Pero ya te he dicho qué es lo que quiero.

—¡Te daré a otra persona!

El diablo se llevó el cigarrillo a esos labios finos como culebras, demasiado estirados para parecer humanos. Mis hombros se sacudían y mi espalda dolía de la tensión. El humo olía a volcán y a carne quemada.

—¿Matarías por salvarte?

Asentí. Respiraba entre dientes y escupía desesperación al aire. Las lágrimas se lanzaban al vacío desde la línea de mi mandíbula.

—Una muerte no me basta. Pero sé ser generoso.

Podemos hacer un trato. Entrégame tres vidas y te dejaré ir.

Asentí de nuevo. Sorbí por la nariz antes de preguntar.
—¿Hoy?

—He dicho que soy generoso, niña. Tienes siete años para dármelas. Pero, si quieres un consejo, yo no dejaríatodo el trabajo para el final.

—Siete años y tengo que… A tres. ¿Matar a tres personas?

—¿Tenemos un trato? —Me extendió la mano arqueando las cejas.

Tenía una sonrisa demasiado larga y el brillo de sus ojos no era humano. Su mano era suave y fresca cuando estrechó la mía.

—Trato.

Mis piernas volvieron a ponerse en marcha como si no fuera yo quien las controlase. Rompí a llorar cuando por fin empecé a moverme. Con hipidos y el cuerpo entero temblando bajo el insoportable calor del verano. Me restregué la palma de la mano contra los ojos. No me volví a mirarle. No hacía falta.

Yo sabía que el diablo ya no estaba.

No me vio nadie llegar a casa. El perro sí, y en vez de correr hacia mí, se quedó quieto en el patio, mirándome con acusación en sus ojos castaños. Entré rápido sin devolverle la mirada. Escuché a Lorena jugar con sus muñecas en nuestro cuarto y a la abuela trastear en la cocina. Nuestros padres debían de seguir fuera. Me encerré en el baño y las arcadas me hicieron devolver una crema dulce que manchó de marrón y rosa el agua. Vomité hasta que el estómago me dolía y se quedó en las encías el sabor amargo de la bilis. Luego lloré sentada en el váter, con las manos apretadas contra los labios para que no me escuchasen. Hasta que me quedé sin fuerzas ni para sollozar. De alguna forma, deshacerme en lágrimas calmó un poco mi miedo. O al menos lo hizo más llevadero. Tenía trece años y una deuda con el diablo.

Pensé que, con el paso de los días, el recuerdo se haría menos real hasta desvanecerse como un delirio. No lo creía en realidad, pero lo deseaba. No pasó: no lograba olvidar al chico de pestañas largas y afiladas, ni el rasgueo de su voz. Lo peor era que no pude quitarme de encima la sensación que dejó en mi piel, la de calor con olor a azufre y asfalto. No dejaba de sentirme pegajosa y sucia pese a todas las veces que me lavaba con agua fría. Froté mis manos con jabón, lejía y lavavajillas, hasta levantarme la piel, pero seguían sucias y pegajosas. Por las noches, cuando intentaba dormir, escuchaba el crepitar de huesos sobre las llamas. Apenas dormía. El cansancio se me pegaba bajo los párpados y el miedo hacía una madriguera en mi estómago mordisqueando las tripas y el hueso con afilados dientes de rata.

Siete años no es tanto tiempo.

Tenía que hacerlo. Me encontraba pensándolo una y otra vez. Tenía que hacerlo. Tenía que salvarme porque no iba a durar ni siquiera siete años si no lo hacía. También sabía que no tenía ni fuerzas ni conocimientos para salir bien parada de un asesinato. Necesitaba elegir una víctima fácil. Y sí, por mucho que quiera olvidarlo, el primer asesinato que consideré fue el de mi hermana. Lorena era menuda y confiaba en mí. Podría hacerlo, y al darme cuenta, enterré la cara en la almohada, intentando sacudirme el horror por lo que estaba pensando.

Una amiga de Lorena. Una de las amigas de mi hermana sería mejor. No me importaría tanto. Pero incluso entonces comprendía que a los niños nunca se los deja de buscar, y a sus asesinos se les persigue sin descanso. Llené mi diario de posibles nombres, armas y formas de matar a alguien que fueran más seguras, hasta que un día me di cuenta de que la solución siempre había estado delante de mí.

Mi abuela volvió a caerse. Esta vez no se rompió nada, solo se hizo un moratón feo en el muslo, pero mi padre se enfadó con ella.

—¡Estás mayor ya, madre! ¡Imagina que vuelves a romperte la cadera!

—¿Y qué hago? ¿Me quedo quieta todo el día, abanicándome?

—Ten un poco más de cuidado.

—Si cuidado tengo…

Mi madre apretaba los labios, mirando al frente, evitando siempre meterse en las discusiones con mi abuela. Tenía la espalda recta y las manos entrecruzadas en la mesa con los nudillos blancos. Quería a mi abuela, por supuesto que todos la queríamos. Pero mi madre también se cansaba de contenerse, y yo de escuchar el infierno en llamas cada noche, y de su olor pegado a la piel. Mi abuela era mayor de todas formas. Si le preguntase, elegiría morir para salvarme. Estaba segura.

Me puse la alarma en el despertador a las tres de la mañana, pero no pude dormir de todas formas. El olor de las cenizas y la carne quemada impregnaba mi cuarto tan fuerte que me sorprendía que nadie más lo notase. Se quedaba pegado a mis fosas nasales y a mi garganta. Los ojos me picaban y no había ninguna postura cómoda en la cama. Lorena se movía en la suya, con una respiración profunda que me crispaba los nervios. Había sido muy amable con la abuela. Había hecho esos días muy agradables para ella. No es que quisiera matarla, pero mi abuela era mayor y no iba a vivir muchos años más. No tenía muchas más opciones.

Apagué la alarma antes de que dieran las tres y salí de puntillas del cuarto. Sentía que mis pies dejaban una huella húmeda de sudor en cada baldosa. Mi abuela dormía en el cuarto de Lorena. O el que había sido el cuarto de Lorena antes de que ella viniese a vivir con nosotras. Yo me había callado como nuestra madre, y había intentado que no me importase, pero me importaba. Era demasiado mayor para compartir mi cuarto con una niña que dejaba sus juguetes por todas partes y manoseaba todo lo mío. Tragué saliva con esfuerzo antes de entrar en el dormitorio. La abuela roncaba suave, durmiendo boca arriba, con la mandíbula suelta y los dientes vigilantes sonriéndome desde la mesita de noche. Ojalá no los hubiera visto. Esa sonrisa sin rostro me erizó la piel aunque aparté la mirada para concentrarme en mi abuela. Cogí la almohada. La tela del borde se agitaba como un fantasma. Notaba los dedos entumecidos tratando de que la almohada se quedara quieta mirando el rostro de mi abuela. Era buena con nosotras, aunque nuestra madre evitase estar con ella en la misma sala. También era un poco pesada a veces, pero no la iba a matar por eso, ni porque le hubiera quitado el cuarto a Lorena. La iba a matar porque ella misma se hubiera ofrecido a morir por salvarme.

Y porque había hecho un trato con el demonio.

Mi abuela soltó el aire con un último ronquido. Supe que si no me atrevía, no lo haría nunca. Apreté los dientes y empujé la almohada con fuerza contra su rostro.

Matar no es fácil.

Mi abuela se revolvió y se resistió. No sabía que podía tener tanta fuerza. Por un par de segundos logró separar la almohada de su cara y soltó un aullido que logré ahogar dando un salto sobre ella para empujar con todo mi peso. No fue rápido. No fue fácil. Sus manos blancas y de huesos redondos y prominentes daban zarpazos al aire, intentando arañar mi cara. El corazón me latigueaba y sabía que cualquier ruido podría despertar a mis padres. Pero ella luchaba con tanta desesperación como yo para aferrarse a su vida. Las muñecas me dolían cuando por fin dejó de moverse. No dejé de apretar. Olía a sangre.

Conté hasta treinta. Cuando terminé, empecé a contar otra vez. Mi abuela no se movía, su pecho estaba inmóvil y lo único que tenía movimiento eran sus rizos blancos, que se sacudían con el temblor de mis brazos. Conté hasta treinta tres veces más y solo entonces aparté la almohada.

La sangre le manchaba el labio y la mejilla. Su nariz estaba torcida y me estremecí al pensar que yo la había roto. Mi abuela tenía los ojos cerrados y la piel tan blanca que me dio una arcada. Atrapé la bilis cerrando los labios y me la tragué antes de manchar el colchón, o el camisón arrugado de mi abuela. Aparté la mirada. El silencio perforaba mis oídos y lo único que lo rompía era mi propia respiración agitada.

No había forma de que pareciese que había muerto dormida. Tampoco hacía falta que lo pareciera. «Imagina que vuelves a romperte la cadera». Me puse a su lado y la empujé al borde de la cama. Los muertos pesan. Sentía que el cuerpo de mi abuela era un muñeco hinchable relleno de cemento. Empujé con el hombro, con los codos clavados en el colchón. Lo que quedaba de ella cedió, centímetro a centímetro, y finalmente cayó al suelo con un golpe que hizo chirriar su mesilla de noche y un sonido apagado contra el suelo. Me quedé quieta en la cama, muy quieta. Traté de controlar los jadeos hasta convertirlos en una respiración suave, para escuchar cualquier paso, cualquier voz, cualquier sonido que se acercase. Pero la casa estaba en silencio.

Las sábanas olían a vejez y a muerte. Los asesinatos dejan un aroma suave a óxido: muy sutil, dulce y perforante en el fondo del paladar. Había caído boca abajo. No parecía una mujer, ni una anciana; parecía algo roto y vacío, como si nunca hubiera estado viva. Bajé de la cama y coloqué la almohada bajo su cara antes de irme de puntillas. Tenía nervios por todo el cuerpo cuando me metí en la cama y di por hecho que me esperaba otra larga noche de escuchar crepitar el infierno y tratar de no ahogarme con su humo. Pero tan pronto como cerré los ojos, el sueño más profundo me arropó en sus alas y no desperté hasta bien entrada la mañana, cuando nuestro padre entró en nuestro cuarto. Se sentó en la cama para decir con voz que olía a madera húmeda y una sonrisa rota que la abuela se había ido mientras dormía.

El alivio era agua fría sobre piel quemada.

Vi al demonio de nuevo en el funeral. Esta vez tenía el cuerpo de una mujer rubia de unos cincuenta años. Alta, elegante, de movimientos elásticos y sonrisa roja. Llevaba un traje negro y se quedó en las puertas de la iglesia, sin poner un pie dentro. La gente lo veía como yo, pero nadie le preguntó qué hacía allí o si conocía a mi abuela. Apartaban la vista bajando la cabeza, con un estremecimiento que olvidaban en cuanto seguían andando. El demonio dejaba en su piel el rastro frío y desagradable de su presencia, pero no su recuerdo. Ese honor se lo reservaba para mí.

A mí me miraba directamente y me dirigió una sonrisa aprobadora. Le di la espalda, incapaz de tragar saliva. Noté durante toda la ceremonia su mirada sobre mi nuca, pero no volví a girarme. Cuando metimos el ataúd de mi abuela en su nicho de piedra, quise pedirle perdón, pero no encontré las palabras.

Ni un arrepentimiento sincero con el que acompañarlas.

El demonio camina en nuestro mundo y pisa las mismas calles que recorres camino al trabajo. Tiene un taburete preferido en el garito al que vas los viernes con los que quedan de tu grupo. El diablo cruza los pasos de cebra a tu lado, en la piel de una niña que salta pisando solo las líneas blancas. Otras veces es el chico guapo que te ofrece un cigarro, o que te pide tu alma a cambio de un sueño imposible. Su verdadera presencia se siente en los huesos, como una explosión de frío desde dentro de la columna. Pero apartas la mirada, te encoges y te olvidas.

Los que tenemos un pacto con él no olvidamos. Nos reconocemos unos a otros como dos cocainómanos se entienden con una primera mirada. Nos miramos y no decimos nada, no preguntamos un «qué te vendió a ti» o «con qué te amenazó». No nos decimos nada. Solo lo pensamos y apartamos la mirada. A mí me dio siete años y dejé pasar cinco desde mi primer sacrificio. Podía dormir sin que mi cuarto apestara a humo y sin escuchar el fuego danzar sobre los huesos de los muertos. Pero cuando cumplí los dieciocho empecé a encontrarme más a menudo con el príncipe del infierno. A veces sus ojos eran negros, a veces, de un aburrido azul frío, pero su mirada siempre me hacía sentir pequeña, sudada, sucia. Me recordaba que tenía una deuda pendiente y que el tiempo se me agotaba.

La segunda persona a la que maté no tiene nombre. No quise saberlo. Evité leer los periódicos locales y escuchar las noticias los días que siguieron. Solo la vi de espaldas, caminando por la carretera estrecha y solitaria por la que conducía. Su coleta, de pelo castaño y rizado, se balanceaba a un lado y al otro, al ritmo de sus pasos. Supe lo que iba a hacer como si hubiera tomado la decisión mucho antes, como si estuviera escrito. Mientras aceleraba el viejo coche de mi madre pensaba en lo creíble que sonaría decir que se me escapó el control, que había poca visibilidad, que ella estaba caminando por la carretera…

Salió despedida con un golpe seco. No frené. Al pasar por encima escuché un chasquido que podría ser su cráneo, o mi imaginación. Seguí sin querer mirar por el retrovisor, sin detenerme, sin despegar las manos que temblaban sujetándose con fuerza al volante.

El coche estaba bien, y limpié con la manguera el polvo y la sangre. Esperé con el estómago revuelto el día que la policía viniera a mi puerta, o que mis padres entraran con rostro serio a mi cuarto para hacerme unas preguntas, pero ese día nunca llegó.

Supongo que el diablo cuida de los suyos.

Estaba cerca de cumplir los veinte años y notaba una mano de humo que empezaba a hacerse sólida alrededor de mi cuello. También sentía el sudor pesado del verano deslizarse por mi nuca y la mirada del demonio cada vez más cercana.

No quería hacerlo.

Pero eso tampoco importaba.

Sabía que iba a matar a otra persona y me hubiera gustado no saber su nombre, como la chica de la carretera. A veces pensaba en ella, en el movimiento pendular de su pelo marrón y en el sonido de su cráneo al reventar, que a lo mejor no había sido real, pero resonaba con claridad en mis recuerdos. Pero no podía esperar a tener una oportunidad como esa, porque el tiempo se acababa. Por eso me puse el vestido rojo y fui al cine con Iván.

No creo que me quisiera de verdad, por eso nunca me he sentido culpable de no quererle. Se había formado una imagen cómoda de mí sin conocerme realmente: la chica tímida y determinada que le dejaba los apuntes en bachillerato. La que era amable con él y a la que le gustaban los mismos temas solo porque le escuchaba cuando hablaba. La que admiraba esa faceta suya de amante del teatro que no le llevaba a ninguna parte. Insegura en vez de poco interesada. Frágil en vez de reservada. Iván había pintado sobre mí la imagen que quería ver, y cuando me besaba en realidad besaba a esa chica imaginaria que nunca fui yo.

Dejé que él eligiera la película bélica y que creyese que me gustaba verla. Iba a ser lo último que hiciera y no soy un ser sin alma. Cuando estaba empezando, el diablo se sentó en la butaca libre que había a mi lado. Olía a humo y su presencia me dio calor y miedo. Iván arrugó la nariz pero no hizo ningún otro gesto para mirarlo.

El diablo vestía la piel de un hombre de unos treinta, con camisa blanca y corbata roja, las ojeras de una noche sin dormir y barba rubia de un par de días.

—Te queda poco.

Asentí sin atreverme a despegar los labios, mirándolo solo de reojo. Con una mirada de pedir permiso y una sonrisa burlona, estiró la mano por encima de mi regazo
para coger palomitas de Iván. Mi novio inclinó hacia él
la bolsa sin darse cuenta de lo que hacía. El demonio las
lanzó a su boca abierta, donde los dientes asomaban sus
puntas muy blancas. Las hizo crujir al masticarlas.

Sonaba al chasquido de una calavera que estalla.

—Te veo muy distinta, muy fuerte. No creo que esté
siendo tan malo, ¿verdad?

Tenía una sonrisa larga, como una serpiente que estira su cuerpo sobre las ramas. No quería mirarlo, pero tampoco podía evitarlo. En la pantalla del cine uno de los civiles que cayó al suelo, con la nariz rota y sangrando, tenía el rostro de mi abuela y los ojos clavados en mí. Los soldados apuntaron a la chica que corría de espaldas. Su coleta se movía a un lado y al otro, balanceándose con cada zancada. Le acertaron primero en la columna. El segundo tiro le rompió el cráneo. El cine olía a azufre y palomitas y quería gritar.

Iván se giró hacia mí y me estrechó la mano, con una
sonrisa húmeda por el aceite de sus labios.

—Estoy seguro de que algún día saldré en la gran pantalla.

Tuve ganas de vomitar. Le sonreí de vuelta. La risa del diablo apestaba a ceniza y sal.

Hay drogas demasiado fáciles de conseguir. Que hacen que una persona sea mansa como un corderito cuando se las disuelves en la copa. Había leído que, para cuando lo analizaran, no iban a encontrar ningún rastro en su sangre. Pero el alcohol sí que seguiría localizable. Me acompañó dejándose llevar como un niño bobalicón mientras tiraba de su mano. No teníamos mucho tiempo antes de que se desmayase del todo.

Sudaba tanto que la camiseta se me pegaba a la espalda. Iván se quedó al borde del puente de los suicidas, mirando la carretera vacía como si bajo nuestros pies hubiera un desfile de estrellas. Me pregunté si tendría que empujarle, como empujé a mi abuela para que cayese de la cama. Me pregunté si tendría fuerzas.

Iván me lanzó una sonrisa confiada y desenfocada.

—Salta —le pedí.

Y lo hizo.

Fue así de simple.

El sudor se volvió frío cuando caminaba de vuelta a casa. Para cuando escuché las sirenas estaba lejos. Me preguntarían, pero no importaba. No me importaba nada en realidad. No sentía nada.

El diablo me estaba esperando en la puerta de mi casa. Tenía mi cuerpo y mi cara, con una sonrisa más larga. Mis mejillas salpicadas de pecas y la misma marca de nacimiento en forma de luna sobre la ceja derecha.

—Te estaba esperando —dijo con mi voz.

—Te he dado tres vidas.

Su sonrisa no era la mía. Dejaba ver las puntas de sus dientes, muy blancos, muy afilados. El demonio tenía mis ojos y mi olor a sudor y miedo.

—Por eso —replicó con voz suave—. Has arrancado tres vidas. Eso basta para condenarte, ¿no crees, pequeña?

Quise correr, pero no podía moverme. Del suelo borboteaba un calor insufrible. Llamas invisibles que se enredaban en mis piernas y las devoraban, arrastrándome al infierno.

La primera vez que vi al diablo tenía trece años. Me dio siete más para que manchase mi alma de sangre y muerte. Para que fuera suya cuando viniera a reclamarla.