
Bruno Puelles
Un minuto antes del fin del mundo
UNA SEMANA ANTES DEL FIN DEL MUNDO
El coche, un escarabajo de color berenjena, no es de Genoveva. Ella se compró, en su momento, un modelo práctico y discreto, gris, que alguien le robó en las primeras semanas del apocalipsis. A todo el mundo le sorprendió que el fin del mundo no ocurriese de golpe, llevándose todo por delante de una, sino escalonadamente, con un despliegue de catástrofes diversas. Tras el pánico inicial, a excepción de unos pocos que activamente buscaron soluciones, la mayor parte de la gente tomó las precauciones que menos la alejasen de su día a día cotidiano y continuó con su vida normal. Genoveva ha estado yendo al trabajo hasta anteayer, andando, e incluso se había planteado adquirir otro coche. La epifanía de que todo es inútil y el final está cerca llegó súbitamente, al volver muerta del asco de la oficina a su casa impoluta y solitaria, en la que solo había alimentos bajos en calorías en la nevera y, cogiendo polvo en la mesilla de noche, ese libro de ensayo que todo el mundo le decía que era lo mejor que se había escrito ese año, aunque ella lo había empezado ya ocho veces.
En lugar de abrirlo de nuevo, ojeó perezosamente una revista que anticipaba las tendencias de moda del siguiente verano. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que no merecía la pena la operación bikini. Todo terminaría antes de mayo. Así que bajó a un 24h y, por primera vez desde antes de la adolescencia, compró chocolatinas. Se comió seis allí mismo, seguidas por una buena cantidad de patatas fritas y gominolas, y le preguntó al empleado si tenían PinkBubble.
Eligió mal el antojo: no tienen esa golosina ni en aquel local ni en ningún otro de la ciudad. Le consta, porque se pasó la noche entera buscándola. Esa es la razón por la que robó el escarabajo berenjena que encontró con una puerta abierta y las llaves puestas en la calle. Lleva un rato circulando en reserva, pero ve la gasolinera al otro lado de la curva y, cuando el coche se detiene, lo abandona sin pudor. Continúa a pie con dificultad; sus tacones no están pensados para tanto trote.
Ve la sombra a través de los cristales y se detiene, cautelosa, en la puerta. Hay un hombre en el interior. Empuja un carrito de la compra que va cargando de alimentos. Un niño de unos ocho años camina tras él. Lleva la capucha del abrigo puesta, pero eso no impide a Genoveva ver la mugre que cubre sus orejas y avanza hacia su frente. Ella da un paso atrás para no acercarse a ellos; la mugre no es contagiosa, pero la desgracia tal vez lo sea. El hombre, alertado por el ruido de sus pasos, le lanza una mirada hosca. Saca el carrito de la gasolinera, pasando junto a ella, y se aleja por la carretera con el niño a los talones, agarrado a su chaqueta. Un golpe sordo sobresalta a Genoveva: un gato negro, al que ella no había visto, baja de un salto de uno de los estantes y corre tras ellos.
Ella no espera a que desaparezcan de su vista. Entra presurosa, localiza la estantería en la que se apilan las cajas vacías de dulces y busca la de PinkBubble. No está. Pasa a registrar la trastienda, donde tiene algo más de suerte: halla un envase viejo con el logo de PinkBubble, la dirección de la fábrica y un número de teléfono. Llama desde el fijo de la gasolinera, pero nadie responde.
Genoveva se figura que, si queda PinkBubble en algún sitio, será en la fábrica o su almacén. También razona que, si va a viajar hacia el norte, debe cambiar de zapatos. Encuentra una selección de botas de goma tras el mostrador. Un par de color turquesa son de su talla. Bonitas, aunque excéntricas, Genoveva nunca se las habría puesto por miedo a destacar o a hacer el ridículo. Se las calza ahora. Le parece que le quedan bien.
Intenta llenar un bidón de gasolina, pero no logra hacer funcionar la máquina apagada, así que echa a andar por la carretera en dirección contraria a la del coche color berenjena. El camino es largo y aburrido. Piensa en el hombre con el niño y el gato; aunque ni siquiera le haya dirigido la palabra, ella imagina que hacer el viaje acompañada probablemente sería más entretenido.
El sol caldea el aire. Genoveva se va quitando capas hasta, finalmente, quedar desnuda de cintura para arriba. Otra cosa que jamás habría hecho meses atrás. Hoy se broncea a gusto. No hay ni un alma cerca y el fin del mundo llegará antes que el cáncer.
SEIS DÍAS ANTES DEL FIN DEL MUNDO
La pista de tierra que entra en casa de sus padres es mala, pero cuando un tío le da golpecitos en la ventana para decirle que se le va a joder el coche, Lena le hace el corte de mangas y acelera. No está de humor, punto uno, y lleva mucho tiempo sin tolerar que le digan lo que tiene que hacer, punto dos. El coche va a atravesar la pista, sí o sí.
No es el mejor día para tocarle las narices. Hace demasiado poco que le llegó la noticia de que su familia, como muchas otras, se había marchado sin decir nada a nadie, tal vez a uno de esos refugios que los estafadores aseguran que son seguros con o sin apocalipsis, quién sabe. Eso ya es bastante malo de por sí, pero lo peor ha sido que a Lena no le ha puesto triste. No, ni siquiera el detalle de que no la hayan avisado le ha sorprendido. Lleva quince años sin contacto con sus padres. No tiene lazos con ellos.
En realidad, es eso lo que le ha apenado. La falta de emociones ha sido la prueba de que ella no tiene familia. No hay vínculos que la unan a esa gente. Eso es lo que la ha hecho sentirse vacía, lo que la ha impulsado a coger el coche y visitar la casa en la que creció.
Aparca el coche delante. La puerta está cerrada, pero recuerda cómo forzar la ventana de la cocina para entrar. Fueron muchas escapadas durante la adolescencia huyendo del control restrictivo de sus padres, para ir a conciertos, ver a sus amigos o, más adelante, a su novia.
La casa está medio vacía, como si hubiese una mudanza en proceso. No hay ropa en los armarios, pero todavía quedan cajas en los altillos. Lena lo revisa todo y se detiene en ellas. Carpetas de cartas que firma Domicia, la abuela de Lena, a la que ella nunca conoció. La abuela vivía en una casa en un rincón recóndito del norte, que se negó a abandonar pese a las recomendaciones, súplicas y amenazas de sus hijos. Nadie mandaba sobre la abuela Domicia, ella hacía lo que quería. Cuando Lena oía rezongar a su padre, quejándose de lo último que hubiese hecho la anciana, no podía sino admirarla.
Lena lee las cartas de su abuela. Se figura que su padre respondería por teléfono. No se lo imagina con la paciencia de escribir a mano. No hay sobres en la carpeta, por lo que no puede consultar el remite, pero sí guarda una fotografía que la abuela envió, en la que se la ve a ella misma y, detrás, la fachada de la casa. Después, Lena consulta los álbumes de fotos antiguos: le suena que hay algunas Polaroid tomadas en casa de los abuelos. No se equivoca: en el dorso, junto a los nombres de los retratados, dice: «1971, casa del Roble». Lena sabe que el pueblo es Floria, por lo que Roble debe ser el nombre de la calle. Con esa información y la foto, no debe ser difícil de localizar el sitio exacto.
En ese momento se da cuenta de que ha tomado una decisión. El mundo se acaba y ella va a visitar la casa de la abuela Domicia por primera vez en su vida. Esa mujer, la otra rebelde de la familia, es un vínculo débil entre Lena y los suyos, pero es el único que encuentra.
Está a punto de salir cuando se fija en el post-it que hay pegado en la nevera. Lo sujeta un imán por doble precaución. Contiene un número de teléfono móvil. La letra es del padre de Lena. Ella se pregunta por un instante si lo ha dejado porque ha adivinado que ella vendría.
Lo guarda, pero no llama. Sale de la casa por la ventana, entra en el coche, lo obliga a salir por la misma pista por la que ha entrado, pese a que se queje y se atasque. Sale a la carretera. El tío que le ha hablado antes se ha ido, no es testigo de su victoria.
Encuentra una gasolinera abierta, debe ser la última. La encargada es una negacionista del apocalipsis que vende combustible en envases grandes y regala teorías de la conspiración. Una vez sobre el asfalto, Lena supera el límite de velocidad. Da lo mismo. Los radares no funcionan y tiene gasolina de sobra. Se plantea no detenerse hasta llegar al norte, pero frena apenas una hora después, cuando ve a una mujer con botas de agua turquesa y medio desnuda que camina por el arcén. La desconocida se gira al oír el coche. Una sonrisa conquista su rostro. Levanta el pulgar.
Lena para el coche.
CINCO DÍAS ANTES DEL FIN DEL MUNDO
Siempre se ha sentido muy cómoda a solas, pero admite para sí, a regañadientes, que el apocalipsis tiene otro color en compañía de Genoveva. La tía va hasta arriba de azúcar, charla por los codos y coge desprevenida a Lena al hacerla reír. El viaje melancólico en busca de sus raíces se convierte en una roadtrip.
Se turnan para conducir hasta la noche. Refresca, cierran las ventanillas, se abrigan. Estar quietas no ayuda a combatir el frío. Lena para en el aparcamiento vacío de un hostal de carretera.
―¿Nos harán precio por ser el fin del mundo? ―Contiene una sonrisa cuando Genoveva suelta una carcajada.
El sentido del humor ante la catástrofe inevitable es lo que la proactividad frente a la evitable. Lena ha perdido la cuenta de los memes que surgieron nada más poner fecha al apocalipsis; aunque no tenga muchas ganas de fiesta, incluso ella tiende a hacer bromas, porque rellenan el silencio y acallan el miedo.
―El blue monday definitivo ―añade Genoveva―. No hay un lunes más triste que este.
―Lo habrá la semana que viene. ―Lena se encoge de hombros.
Entran en el hostal. No hay nadie en recepción.
―¿Hola?
Oyen pasos apresurados en uno de los pisos superiores, pero nadie responde. Las dos mujeres intercambian una mirada. ¿Les inquieta esa presencia lo suficiente como para regresar al coche? Lena sacude la cabeza. Es la primera en subir la escalera.
―¿Hola? ―repite.
No encuentran más que habitaciones y literas vacías. Deciden dormir juntas en la sala de estar del piso inferior, porque son demasiado conscientes de que hay alguien en el edificio, pero después ponen en común los víveres de cada una sobre la mesa, Genoveva enciende la chimenea y Lena le cuenta su historia familiar, la diferencia de opiniones en cuestiones fundamentales, los reproches, el control, la negación, el rechazo. Genoveva comprende, hace preguntas, expresa apoyo. Su madre también era muy exigente con ella, aunque en su caso la presión iba por otro lado: el peso, la imagen, el éxito en todos los ámbitos.
―Conversaciones como esta me hacen sentirme agradecida por no tener hijos ―comenta Lena―. Seguro que nos criticarían.
―Injustamente, además ―sonríe Genoveva―, porque nosotras hemos aprendido de nuestros padres todo lo que no hay que hacer y seríamos madres perfectas.
Lena se ríe. Las dos han conseguido, durante unas horas, olvidar por qué están donde están y, sobre todo, que no están solas. Por eso las sobresalta el hombre que atisba desde la puerta, medio oculto, como un animal asustadizo. Lena se pone en pie de un salto, pero se relaja al ver que él está más espantado que ella.
―Perdón ―murmura el desconocido.
A primera vista parece un chaval, aunque cuando da unos pasos hacia el interior de la sala se ve que debe estar cerca de los treinta.
―Estabas aquí antes que nosotras, ¿no? ―pregunta Genoveva―. ¿Por qué no has respondido cuando te llamamos?
―No sabía si erais las dueñas ―contesta él, con evidente apuro―. Lo siento.
―Soy Genoveva ―se presentó ella, decidida―. Y esta es Lena. Estamos viajando hacia el norte, nos iremos mañana.
―No nos molestes y no te molestaremos ―propone Lena.
―¿Cómo te llamas tú? ―Genoveva tiene un enfoque más amigable.
―Dog.
―Dog? ¿Como «perro»?
El nombre le va al pelo. El chico prácticamente baja las orejas.
―Douglas ―corrige―. Dog es un mote.
―¿Eres inglés? ¿Te llamaban así en el colegio?
Lena se reclina contra el respaldo, les deja hablar a ellos. Su silencio es interpretado por Dog como una invitación, y se sienta en la esquina más alejada del sofá.
―Mi padre era australiano. Me llamaban así en la cárcel. ―Genoveva se tensa. Dog alza los ojos, suplicante, como si pidiera tiempo para explicarse y comprensión―. Estuve desde los dieciocho. Drogas. Y otras cosas, pero al final era todo por el tema drogas. Estoy bien ahora. ―Rebusca apresuradamente en sus bolsillos, saca una chapa que muestra con el orgullo tímido de un niño exhibiendo su mejor dibujo ante un público crítico―. Y cumplí mi condena.
―¿Cuándo saliste? ―pregunta Lena.
―Hace casi un mes.
―Pues, hijo, qué mala suerte.
―Sí.
Dog no tiene comida, así que ellas le ofrecen de la suya. El resultado es que lo que quizá podía haberles sobrado para el día siguiente desaparece. No pasa nada. De todos modos el hambre iba a ser un problema a corto plazo, y en la cocina del hostal no hay nada. Tendrán que buscar provisiones en otro sitio.
―Yo también voy al norte ―admite Dog al cabo de un rato.
―¿Para qué?
Él se lo piensa antes de responder.
―Quizá sea una tontería ―advierte―. Quiero ver el mar. Y nadar. He pasado muchos años sin poder hacerlo…
―No es una tontería ―replica Genoveva―. Hay que aprovechar el tiempo que nos queda, ahora más que nunca, digo yo. ¿No te parece? Nunca es tarde. Mira, por ejemplo, yo estoy descubriendo un montón de cosas de mí misma en estos días nada más. Por ejemplo, y voy a ser muy sincera, antes nunca me habría juntado con alguien que me transmitiera la vibración que tienes tú. No sé si me explico. Y me habría perdido conocer a un tío la mar de majo.
Él sonríe.
―Gracias ―responde, con sencillez.
Lena quiere decir que bueno, que todavía no lo conocen, pero se calla. También quiere reclamar su derecho sobre el coche y no añadir a un nuevo pasajero, pero sabe que una oferta le garantizará el aprecio tanto de Dog como de Genoveva. Se repite a sí misma que no necesita la aprobación de nadie sino la propia; ella se ha hecho a sí misma, es lo que tiene ser una alienígena en su propia familia. No, no tiene por qué anhelar la simpatía de los otros dos, pero aun así lo hace y se desprecia a sí misma por decir:
―Podrías venir con nosotras.
Es tarde. Él duerme en el piso de arriba; ellas, en los sofás de la sala. Por la mañana beben del grifo, se duchan con agua fría y salen al aparcamiento a tiempo para ver cómo su coche se pone en marcha y se aleja por la carretera. Genoveva lo persigue, gritando, un buen trecho. Lena se queda atrás, furiosa.
―¿Había alguien más en el hostal?
Dog sacude la cabeza.
―Debe haber llegado ahora…
A un lado del aparcamiento hay un carrito de la compra vacío.
CUATRO DÍAS ANTES DEL FIN DEL MUNDO
El camino a pie es penoso. La carretera parece alargarse bajo sus pies, el sol ha desaparecido tras las nubes, puede que vaya a llover. Aunque van ligeros de equipaje, les pesa la certeza de que a esa velocidad no llegarán a su destino a tiempo.
Genoveva se queja sin parar: esto no es lo que ella necesita, ese imbécil no solo les ha robado el coche, sino sus últimos días, de un valor incalculable… Lena y Dog escuchan, pero no dicen nada.
Cincuenta y seis horas antes del fin del mundo
Si el ladrón del coche hubiese conducido sin pausa, habría sido imposible que lo alcanzaran. Sin embargo, hizo un viaje muy corto: a primera hora de la tarde del día siguiente, cuando el dolor en los huesos por haber dormido en el suelo deja paso al hambre, distinguen el vehículo aparcado en una vía de servicio. Lena se acerca corriendo, pese al cansancio, para comprobar que la llave no está puesta. Hace un gesto a sus compañeros y echa a andar hacia el restaurante abandonado: que el ladrón haya dejado el coche cerrado revela, además de que es menos imprudente que Lena, que piensa volver a cogerlo. No puede andar muy lejos.
Lo encuentran al otro lado del edificio, junto a una pequeña caseta llena de herramientas que tiene la puerta abierta. El ladrón ha volcado un cubo que contenía palas de distintos tamaños al sacar una sin cuidado. Está a unos metros de distancia, cavando en el suelo con determinación rabiosa, desesperada. A su lado, yace tendido en el suelo el cuerpo de un niño.
Los tres recién llegados distinguen la mugre que se escapa por las mangas del abrigo del pequeño hasta las manos, que se extiende por sus mejillas y que señala que uno de los muchos males del apocalipsis ha provocado su muerte anticipada.
Dog es el primero en reaccionar. Se acerca y, cuando el ladrón levanta la mirada hacia él, baja los ojos respetuosamente. Toma otra pala. Como pidiendo permiso, hace ademán de clavarla en la tierra. El ladrón no se opone, así que Dog cava a su lado. Genoveva mira a Lena, con dudas, pero ella ya se ha decidido. Coge otra herramienta y ayuda.
Ninguno de los cuatro habla. Cuando terminan, el ladrón y Dog levantan al niño. No tocan las manchas negras de la piel, que la gente llama mugre, porque aunque la enfermedad no sea contagiosa rozarla parece tentar a la suerte.
Hay un grifo en la fachada del edificio. Lo utilizan para beber y limpiarse el sudor. El ladrón se llama Lucas; abre el coche para descubrir un alijo de provisiones escondidas en el maletero. Se sientan en el bordillo a comer, con los zapatos sobre el asfalto. Lucas les da las gracias y Lena echa en falta una disculpa por el robo del coche, pero no lo menciona. No es apropiado.
―Hay un sitio en el norte en el que está el Árbol de las Brujas, así lo llaman ―explica Lucas―. Sale en un libro que le gustaba a mi hijo.
Dog termina de comer el primero. Utiliza el recipiente de plástico vacío para regar las macetas que hay junto a la puerta del restaurante. Están mustias, pero parecen reanimarse con el agua. Les ha regalado una semana más de vida; lo cual dadas las circunstancias seguramente no marque ninguna diferencia.
―El coche es mío ―declara Lena.
Lucas asiente. Su mirada se desvía hacia la tumba improvisada, sobre la cual se ha tumbado el gato negro que suele acompañarle. No sabe qué hacer, su viaje ha perdido su razón de ser.
―Puedes venir con nosotros ―sugiere Genoveva―, si todavía quieres ver el árbol.
Es mejor que la perspectiva de quedarse solo en la estación de servicio. Ellos vuelven al coche y le dan a Lucas un momento, aunque él no lo necesita. Se despidió el día anterior, cuando el niño empeoró; se despidió durante la noche en vela; se despidió sin despedirse. Quizá haya sido mejor así.
CINCUENTA Y DOS HORAS ANTES DEL FIN DEL MUNDO
Dog no sabe conducir, pero los demás se turnan. Esto les permite continuar el viaje de noche; Lucas al volante, Lena de copiloto, los otros dos y el gato duermen en el asiento trasero. Las luces largas iluminan unos metros de carretera, el resto está sumido en una oscuridad penetrante que convierte el coche en una burbuja de seguridad con atmósfera íntima. Lena no termina de fiarse de Lucas, por lo cual le hace preguntas. Quiere hacerle hablar, encontrar algo que no encaje, un detalle que legitime su recelo. Que robase el coche podría ser motivo suficiente si no fuera porque llevaba consigo a un niño enfermo y estaba desesperado; preguntar y arriesgarse a que ellos fuesen en otra dirección o no quisieran cargar con un pasajero mugroso no había sido una opción. Lena prefiere operar sola a depender de otros, y por eso en el fondo le entiende. Ella también habría cogido el coche sin preguntar.
Lucas no siente el menor remordimiento. No puede, porque el instante en el que se encontró en el coche fue el primero en el que por fin creyó que llegaría a tiempo. Andando habría sido imposible; el niño se encontraba cada vez más débil y la única forma de insuflarle energía era permitir que hablase del objeto de su fascinación. Mencionar a las brujas bastaba para que se iluminase su rostro.
―Llegaremos pronto al árbol, ¿verdad? ―La pregunta más repetida del viaje, también esa última noche.
―Sí ―mentía Lucas―. Mañana o pasado…
El niño guardaba un papel arrugado en el bolsillo. Cayó al suelo cuando Lucas lo transportó en brazos hasta el terreno junto a la estación de servicio. Lo recogió después, pero olvidó devolverlo a su dueño. Lo lleva Lucas ahora, en la chaqueta, aunque no lo ha abierto. No se atreve: si resulta ser algo irrelevante, perderá su poder como talismán.
Por la mañana, Genoveva toma el relevo. Lucas y Lena aún no se han dormido cuando llegan al desvío en el que deben elegir el camino corto, a través del puente nuevo, o el largo, que hace eses entre las montañas. Se deciden por el primero. Quizá las barreras del peaje estén bajadas, pero a apenas unos días del fin del mundo ese sería el menor de sus problemas.
Genoveva da conversación a Lena, que está desvelada en el asiento del copiloto. La admira: ha hecho siempre lo que ha querido, mientras que ella tiene la sensación de que, hasta hace muy poco, se ha plegado constantemente a lo que los demás esperaban de ella.
―O, peor, a lo que yo interpretaba que los demás esperaban de mí ―se corrige―. Lo cual, lo mires como lo mires, es demencial.
A Lena le agrada que Genoveva la considere un espíritu libre. Le habla de su abuela Domicia, de la casa en la que esta fue feliz y que se negó a abandonar.
VEINTICUATRO HORAS ANTES DEL FIN DEL MUNDO
Lena y Genoveva charlan en los asientos delanteros. Lucas agradece que Dog esté dormido. Le permite abstraerse, mirar por la ventana, desaparecer. El gato se aovilla en su regazo y ronronea muy bajito, nadie más que él lo escucha. Lucas lo acaricia distraídamente. Quién hubiera imaginado que un gato le seguiría hasta el fin del mundo, literalmente. Nunca le prestó demasiada atención en casa, las mascotas no son lo suyo. Y sin embargo aquí están, los dos.
Solo quedan ellos.
La primera fue Iris. Las manchas negras, tan pequeñas que parecían lunares, aparecieron antes incluso de que se hablase de la mugre en los medios; cuando todavía se creía que el fin del mundo lo formaban guerra, hambre y catástrofes, pero no plagas. Ella seguía haciendo vida normal; iba al trabajo, le leía cuentos a su hijo. El álbum ilustrado de las brujas fue un regalo suyo. A Lucas le había parecido mala idea llenarle la cabeza con tonterías, cuando podría dársele un libro que enseñase cosas que de verdad fueran útiles, pero Iris era una defensora de la imaginación y la capacidad de maravillarse.
Para él, en la vida hay lo que hay y ya está. Lo fantástico no significa nada, solo importan el trabajo y la familia. Cuando su mujer murió, Lucas dejó el primero para centrarse en la segunda. Estaba dedicado al cuidado de su hijo cuando la empresa colapsó y todos sus compañeros se fueron a la calle. Él y el niño se aislaron completamente. Lucas estaba decidido a protegerle de todos los males que asolaban el mundo a la vez, pero no pudo evitar que enfermase.
No hay cura para la mugre, así que lo único que pudo ofrecerle a su hijo fue un último deseo. El niño pidió visitar el Árbol de las Brujas. Se marcharon de inmediato, con un equipaje mínimo que, para decepción del pequeño, no incluía el libro. Solo se llevaron lo que cupo en la mochila con la que cargaba Lucas. Menos mal, porque el coche se averió y tuvo que ser abandonado, los trenes y autobuses no funcionaban y ellos, dos personas y un gato, tuvieron que continuar a pie. Con el niño cada vez peor.
No llevaban ni un día de viaje cuando se toparon con una caravana de camiones. Lucas los hizo parar para pedir ayuda: uno de los conductores se apeó, le arrebató la mochila y regresó a su vehículo. A partir de entonces, Lucas evitó cruzarse con otras personas.
Ni siquiera sabe el nombre del gato. Está seguro de que Iris le puso uno, pero él no lo recuerda.
―Mierda.
Un frenazo brusco lo arranca de sus pensamientos. Lena ha parado el coche.
―¿Qué pasa? ―Dog se ha despertado con la sacudida.
La conductora no responde. No hace falta. Todos pueden ver que el puente ha caído; un tramo de unos cien metros se ha precipitado en pedazos barranco abajo.
VEINTE HORAS ANTES DEL FIN DEL MUNDO
Bajan del coche, las puertas se quedan abiertas. El barranco es profundo, desigual, lleno de desniveles. Rocas grises cubiertas de musgo. Húmedas, aunque el hilo de agua que corre por el fondo no parece caudaloso. Está rodeado de verde y sería un espectáculo bellísimo de no ser porque el estado del puente significa que tienen que volver atrás y tomar el camino largo, aun cuando eso llevará tanto tiempo que no llegarán a la costa norte antes del fin del mundo, y por lo tanto su viaje ha sido en vano. Morirán en carretera, en medio de la nada.
O allí. En un lugar precioso, cara a cara con la destrucción de lo construido por humanos.
Lena, Genoveva y Lucas valoran sus opciones, protestan por su mala suerte, pronuncian palabras duras dirigidas no se sabe bien a quién. Dog escucha en silencio. Le abruma la inmensidad. Tiene que cerrar los ojos para apreciar la brisa, el intenso olor a humedad, el calor suave del sol de la tarde. Se hace de noche sin que logren trazar un plan. Genoveva se tumba en el asiento trasero, Lucas se queda meditando, grave y sombrío, pero se duerme sentado. Lena ha ocultado la cara en los brazos, cruzados sobre el capó del coche. Dog no sabe si está despierta o no.
No han cenado. Queda poca comida.
Dog toma la linterna que se ha quedado encendida sobre el techo del coche. Se aleja para explorar, baja con precaución algunas rocas. No es un terreno fácil: constantemente corre el peligro de resbalar. Aun así, decide que el descenso no es imposible.
Regresa hasta el coche.
―Podemos seguir ―propone.
No levanta la voz, pero el sueño de los demás es ligero.
―¿A oscuras?
―¿Qué es lo peor que puede pasar? ―dice Lucas, con algo de humor negro―. ¿Que nos matemos antes de llegar?
Lena sacude la cabeza. Se niega a admitir la derrota y esperar al final en aquel sitio perdido. Prefiere seguir adelante, aunque sea estúpido, aunque sea insensato. Se da cuenta, por primera vez, de que es capaz de aceptar el apocalipsis si logra que el final, su final, sea significativo. Aunque solo se lo resulte a ella.
―Vamos.
Dog va el primero, porque es quien porta la luz.
Tardan horas en cruzar el barranco. Se les empapan los zapatos y los pantalones al vadear el agua:
―¡Yo estoy bien! ―exclama Genoveva―. ¡Tengo botas de agua! ―Resbala en las rocas según lo dice, pero por suerte Lena tiene el reflejo de sostener su brazo―. ¡Estoy bien!
La oscuridad es total cuando alcanzan la carretera de nuevo, al otro lado, y la siguen hasta un pequeño aparcamiento. No se les ocurre qué podría haber ahí, en plena montaña, así que se detienen a investigar, con la esperanza de que, sea lo que sea, tenga una despensa o una cocina.
Es una estación de teleférico. La puerta está abierta.
Dog y Genoveva descubren con alegría una máquina expendedora. Lucas les ayuda a volcarla para romper el cristal. Con cuidado para no cortarse, la saquean a conciencia. Mientras tanto, Lena se ha perdido en el interior de la estación. Un sonido en el exterior llama la atención de Dog, que se asoma a mirar: el teleférico se ha puesto en marcha.
Lena aparece por una de las puertas, con una sonrisa.
―Chicos, he pensado que quizá estéis hartos de caminar…
El amanecer les pilla en uno de los vagones, sobrevolando el bosque y los campos, montaña abajo. Llenan el suelo de envoltorios de chocolatinas, caramelos, patatas fritas, sándwiches industriales.
Las vistas son increíbles.
SEIS HORAS ANTES DEL FIN DEL MUNDO
La costa les da la bienvenida con una miríada de pueblecitos, coches abandonados, bicicletas, casas sin ocupantes en las que no es difícil encontrar camas y provisiones, e incluso un supermercado cuyos estantes no han quedado aún del todo vacíos. Descansan y comen, aunque no demasiado. Cada vez queda menos tiempo. Todos tienen aún una misión que cumplir.
Excepto Dog. Dog se encuentra ante el mar. Los demás lo dejan allí, frente a la playa. Entienden que ese es el final de su camino.
Él avanza hasta la arena. Se descalza para sentirla bajo los pies. Se acerca al agua, camina por ella, se remanga los pantalones por encima de las rodillas. El mar. Durante el viaje, cuando le han preguntado, ha hablado de una infancia en una ciudad costera. En realidad, nació y creció en la ciudad. Salvo en películas, solo había visto el mar en el cuadro que su madre tenía colgado en el salón. Ni la pintura ni la pantalla le habían advertido del olor a sal. Le resulta extraño pero agradable. Lo disfruta.
Es una injusticia que un mundo que tiene mar se acabe. Eso piensa Dog.
Se sienta en la orilla. Lo contempla. Los demás se han ido y él ha quedado otra vez a solas con la realidad de que su vida volvió a empezar hace un mes y está a punto de terminar.
Dog respira hondo. En su experiencia, cuando las cosas van todo lo mal que puede ser, solo les queda mejorar antes o después. Reflexiona sobre eso y sobre que tal vez sea estúpido creer algo así justo antes de un apocalipsis.
Solo han encontrado dos coches con la llave puesta, que ya son muchos, pero Genoveva lo entiende: si ella estuviese huyendo del fin del mundo tampoco se complicaría la vida con menudencias como aparcar bien o llevarse la llave. ¿Para qué? Cuando las cosas no sirven para nada, la gente las deja atrás y se centra en lo importante. Como ella, que no parará hasta volver a meterse un PinkBubble en la boca y tener otra vez siete años. Es lo único que desea. La fábrica no queda lejos, así que ha cedido los coches a sus compañeros y ahora pedalea con energía por la carretera, siguiendo los carteles.
El edificio es anodino. Si no fuera por el pequeño letrero a un lado de la puerta, no estaría segura de haberlo encontrado. Es una monstruosidad de ladrillo oscuro en un parque industrial. Fábrica y almacén, pequeños los dos. Una empresa familiar, quizá. El letrero está oxidado, es difícil descifrarlo. Las puertas y ventanas las han cerrado con tablones cruzados, lo cual hace sospechar que no se trata de algo improvisado. Los dueños no se han marchado por el apocalipsis, a todo correr. Han cerrado a conciencia y ni siquiera ha sido hace poco.
Genoveva es una mujer de recursos. Salta la valla hasta el descampado de al lado, transporta laboriosamente pedruscos cada vez más grandes hasta delante de la fábrica y los lanza con todas sus fuerzas contra una de las ventanas. El cristal se rompe, la madera cede. Ella termina el trabajo a patadas.
El almacén está vacío. Genoveva chilla cuando atraviesa la tela de araña más densa que ha tenido la mala suerte de tocar en su vida. Con desesperación, después de abrir todos los armarios y cajones, de revisar todas las estanterías, se cuela en la fábrica. Pasea la linterna arriba y abajo, pero no encuentra nada. Ni una sola caja de PinkBubble. En un despacho polvoriento, encuentra documentos de papel quebradizo. La fábrica cerró hace treinta y cuatro años. Hace cálculos. Debió ser meses o semanas después de que ella comiese el último PinkBubble.
No podría haber seguido consumiéndolos ni aunque hubiera querido. Ni aunque la hubiesen dejado. Ni aunque la cantidad de calorías fuese razonable.
La decisión de no hacerlo, forzada o no, fue irrelevante. Genoveva sabe que no tiene nada que ver, pero los años de tener cuidado con lo que comía se le hacen absurdos. Las náuseas al tragar demasiado. Las ganas de vomitar al mirar los ingredientes en el envase y ver que había ingerido más azúcar de la cuenta.
Piensa en todo lo que alguna vez quiso hacer pero no hizo. No solo en lo relativo a la comida. Todo aquello que antes o después iba a ser imposible por causas externas, como el cierre de una fábrica o el fin del mundo, todo lo que pudo haber disfrutado pero desperdició la oportunidad.
Piensa en su madre, en lo cómodo que es hacerla responsable. Se pregunta dónde acaba la influencia y comienza su propia decisión. No es capaz de trazar una línea.
Sale de la fábrica. La luz del sol es cegadora.
Se quita la mochila y vuelca su contenido. Los colores brillantes del plástico de las golosinas le parecen repugnantes. Se pone enferma solo de pensar en ellas. Vuelve montada sobre la bicicleta. Hace unos momentos le faltaban horas y ahora le sobran.
Quiere pasar el tiempo que le queda haciendo lo que desee, nada más. Algo que sea solo decisión suya, sin interferencias. Algo que en este momento y en el futuro, si lo hubiera, solo pueda atribuirse a sí misma, para bien o para mal.
No le hace falta darle muchas vueltas para saber cómo va pasar esos últimos minutos. Está decidido. YOLO.
El gato y Lucas bajan del coche. El sendero que conduce al Árbol de las Brujas solo puede recorrerse a pie. El hombre camina deprisa, forzando la marcha, el gato lo sigue con paso elástico, atento al bosque que los rodea. La caminata habría sido agradable en otra situación. Se oye trinar a los pájaros, el sol se cuela entre las hojas, por algún sitio cercano corre un arroyuelo que se escucha pero no se ve.
El claro es amplio. Se encuentra junto a la ladera rocosa, protegido por ella. La piedra marca una mitad del círculo, los árboles, como centinelas, la otra. En medio está el Árbol de las Brujas, milenario, con un ancho tronco lleno de rugosidades. Son como las arrugas de un anciano: el pensamiento hace que Lucas se estremezca. A los pies del árbol hay algunas ofrendas que la gente ha dejado. Pan, flores, estatuillas. Una muñeca.
Basura, piensa Lucas. El árbol está bien, pero el lugar no tiene nada de impresionante. El gato olisquea las plantas, desinteresado.
Lucas piensa en Iris y desea tener su capacidad para maravillarse.
El gato regresa con él y se pone de pie sobre sus patas traseras, apoyando las delanteras en su rodilla. Él se agacha para levantarlo. Al hacerlo, un crujido en su chaqueta le llama la atención. Mete la mano en el bolsillo. Saca el papel arrugado que había llevado encima su hijo.
Deshace la bola. Es una página del libro sobre las brujas, precisamente la que menciona el Árbol. La ilustración es muy libre, una licencia artística en toda regla. Lucas suelta un bufido irónico antes de leer el texto. Pasa con escepticismo por todas las cualidades que en principio tiene aquel lugar y se detiene en el fragmento que menciona que, junto al Árbol de las Brujas, la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos es muy fina; tanto, dice el libro, que se puede volver a ver a aquellos que se han marchado.
Cierra los ojos un momento, con el ceño fruncido. La comprensión del deseo de su hijo es dolorosa como el alcohol que desinfecta una herida.
Se encuentra pensando que ojalá fuera verdad. Ojalá las barreras que hay entre los mundos y entre la incredulidad y la fe cayesen para permitir al Árbol de las Brujas, que por lo demás no parece para tanto, traerles de vuelta, solo un momento.
El gato se acurruca contra su pecho y ronronea. Solo él puede oírlo.
Floria está a menos de media hora en coche. Lena conduce con calma, segura de que ha conseguido llegar a tiempo. Solo pierde la serenidad cuando, una vez en el pueblo, descubre que en la calle el Roble no hay ninguna casa como la de la fotografía. Las aceras están vacías, no consigue encontrar a un vecino que pueda decirle si hay o no otra vía tocaya en Floria. Lena la recorre varias veces, mirando con fijeza las fachadas. Si ha habido una reforma, puede que sea difícil reconocerla. O peor: alguien podría haber derribado la casa de la abuela Domicia para construir desde cero.
Esta a punto de desgastar la carretera de tanto ir y venir. Siguiendo un último ramalazo de inspiración, recorre el pueblo entero, peinando sus calles, muy despacio, examinando cada una de las casas.
La encuentra.
En la calle Álamo, número doce, dos pisos, de piedra y tejas grises, con un jardín delantero. Todo es igual. Incluso el rosal trepador que aparece en la foto está todavía en la entrada.
¿Por qué nunca ha oído hablar de esta dirección? ¿Por qué en las Polaroids aparece la otra?
Lena trepa por la verja del jardín. Hasta donde sabe, la casa quedó deshabitada tras la muerte de la abuela Domicia; su padre no pudo venderla y no se molestó en acudir para vaciarla. Todavía pertenece a su familia y, por ende, en cierto modo, también a ella. Eso la hace sentirse un poco menos mal al romper una ventana para entrar.
La luz no funciona, pero Lena abre las contraventanas según avanza y la claridad del día se derrama por las habitaciones. Los muebles están cubiertos de sábanas. Un salón, una cocina, un pasillo largo, una salita con un piano destartalado. Jarrones vacíos. Lena los imagina llenos de flores, una mujer tocando el piano para sus amigos, que la escuchan desde el sofá y disfrutan de la vista del jardín.
En el piso de arriba hay dos dormitorios, uno de los cuales, el principal, conecta con un despacho pequeño y agradable. Las estanterías están cubiertas de libros. Una gruesa capa de polvo impide distinguir los títulos o el color de los lomos. Lena quita la tela que tapa el escritorio. Uno de los cajones está cerrado con llave, pero con una investigación minuciosa la encuentra en una cajita de madera escondida en uno de los estantes.
El cajón contiene cartas y fotografías. Son de una tal Inés de quien Lena nunca ha oído hablar. Contempla las imágenes de dos chicas y, más adelante, dos mujeres. Una de ellas es Domicia.
Lena se lleva el fajo de cartas hasta la ventana. Se sienta en el suelo con ellas, las lee una a una.
Entiende por qué la casa del abuelo estaba en la calle del Roble y esta otra en la del Álamo. Son dos casas distintas. La abuela dejó al abuelo y se fue a vivir a aquel lugar…
Asiste a la conversación entre ella e Inés como quien espía una llamada telefónica y solo escucha a una de las dos partes. Inés y Domicia hablaban de sus vidas, de sus pasiones, de sus intereses, del mundo. De cómo el hijo de Domicia culpaba a Inés de la separación de sus padres, cómo jamás perdonó a su madre que tuviera una existencia independiente de su familia y de él, con sus propias necesidades. Del sufrimiento que esto supuso para Domicia.
Además de consuelo, las cartas de Inés contienen un afecto sin límites, expansivo. Un amor como Lena pocas veces ha conocido, o ninguna. Piensa en su novia, en cómo ella le dijo hace un tiempo que lo que sentía no era suficiente, y lo comprende ahora. Es verdad, quizá lo que ellas tenían no era amor. No como el que había entre Domicia e Inés, al menos.
Lena saca el móvil del bolsillo y marca el número que su padre dejó en la puerta de la nevera. Nadie responde. Al ir a devolver las cartas al cajón, encuentra un diario. Sin candado. La letra, esta vez, es la de Domicia. Lena lo coge, sale con él al jardín y lo lee de principio a fin.
Horas más tarde, antes de irse, vuelve a tapar los muebles con las telas. Lanza una última mirada al jardín y a la casa que su abuela tanto quiso y que ella, si todo fuese distinto, podría haber querido también.
Se lleva consigo el diario.
QUINCE MINUTOS ANTES DEL FIN DEL MUNDO
Lucas aparca el coche, se asoma por el paseo marítimo para ver a Dog y a Genoveva en la playa y piensa que incluso lo peor es lo mejor cuando se está con alguien. Otro coche aparca justo detrás del suyo, haciendo saltar la alarma y asustando al gato, que huye con la cola como un cepillo de deshollinador. Se pierde entre las sombras, cada vez mayores: está terminando de anochecer y la única luz es la de las farolas y la luna.
―Te perdono por habernos robado el coche ―dice Lena, apeándose. Él arquea las cejas. No sabía que estaba pendiente de perdón, pero admira la paz mental que parece haber alcanzado ella. Lena está en armonía con el universo―. Todo el mundo tiene un motivo para actuar como lo hace.
―Gracias. ―Lucas espera. Intuye que hay una historia detrás de esa reflexión.
―De nada. ―Ella se coloca a su lado y contempla el mar en su inmensidad. Respira profundamente―. He descubierto por qué mi padre fue un gilipollas conmigo cuando salí del armario.
Lucas la mira de refilón. Tiene curiosidad, pero piensa que si ella no da más detalles es mejor no interrogarla.
―Me alegro ―responde, con cautela―. Aunque, siendo así que eso es cierto y está bien tenerlo en cuenta, tampoco significa que haya que tolerarlo todo. ―Lena le mira, en silencio. Esto es algo que ella se ha planteado: si comprende por qué su padre la trató mal, ¿debería sentirse culpable por haber roto lazos con él? ¿Debería haberse quedado, aunque doliese, haber sido la responsable y la educadora, aunque él fuese el adulto?―. Hay que ser justo con uno mismo, digo yo.
Ella asiente. No está de acuerdo ni en desacuerdo. Tiene que pensarlo, aunque probablemente no vaya a darle tiempo.
Bajan juntos a la playa. Genoveva se ha desnudado y se mete en el mar. Lena se quita los zapatos y el pantalón para acompañarla. Lucas se sienta junto a Dog.
―¿Qué haces que no estás en el agua? Pensaba que echabas de menos el mar.
El chico suspira. Lucas reformula su pregunta:
―¿Te gusta nadar o era también parte de la excusa?
―No sé nadar.
El gato, más tranquilo, se acerca por el muro del paseo marítimo. Salta hasta la arena y corre, a saltos, hasta ellos. Le da repelús la playa, pero no quiere estar solo. Lucas se pregunta cómo de escasas deben ser las relaciones humanas de Dog para forzarle a mentir con tal de pasar los últimos días con alguien. Si él mismo hubiese pasado sus primeros años de juventud en la cárcel, ¿con cuántos de sus amigos seguiría en contacto a la salida? ¿Con cuántos familiares? Le gustaría pensar que la familia seguiría ahí, pero no le pregunta por la suya a Dog. No quiere hurgar en la herida.
En lugar de eso, se vuelve hacia él.
―Yo te enseño.
Se meten los dos en el agua. En la playa, en el vaquero abandonado de Lena, se ilumina la pantalla de un móvil. Lena sale corriendo, saltando sobre las olas, y les salpica. Ellos gritan y se ríen. No tardan en reunirse con Genoveva.
―Si el mundo no acabase hoy, ¡qué distinta sería mi vida! ―comenta ella, espontáneamente.
Les parece muy divertido, pero no sabrían explicar por qué.
UN MINUTO ANTES DEL FIN DEL MUNDO
Desde la playa, Lena observa a sus amigos mientras habla, sosteniendo el móvil con las dos manos. Se le acaba la batería.
―Te quiero ―dice, antes de que el teléfono se apague.