Istvan Vizvary

Traducido por Emilia Jankowska

Valió la pena

Arrojo mi mochila al vagón, me levanto y salto tras ella. Lucho por mantener el equilibrio sobre el fondo cubierto de polvo de hierro. El tren da una violenta sacudida cuando se pone en marcha. Me apoyo con la mano; el borde afilado de la pared de acero me corta la piel de la muñeca. Siseo del dolor mientras que una risa surge de la oscuridad. Me giro y bajo la luz de la luna, veo el blanco de los ojos y el gris de tres camisetas imperios sucias en el lado opuesto del vagón. ¿Pero dónde está su equipaje? Al menos deberían llevar bolsa de plástico, es la norma aquí, transportar sus pertenencias en ese tipo de saco, la pobreza hasta el punto de chillar, como ocurre en África. Entonces me doy cuenta de otra cosa. Un destello, luego un segundo y un tercero: cuchillos. ¿Y ahora qué? ¿Alguna pista? Mi mano se acerca a mi cintura. Ahí está: un revólver magnum, pesado, pero eficaz. Ellos dan un paso adelante, como si prefirieran permanecer juntos, en una línea de escaramuza, aunque sólo fueran tres. Tengo que aprovechar la ventaja que me da su distancia: aprieto el gatillo, enderezo la mano y disparo, prácticamente a ciegas. El del medio cae, gritando, los otros dos retroceden. Probablemente no debería estar sonriendo, matando a un hombre, pero ¿qué puedo hacer? Satisfacción es una puta, aunque sea barata. ¿Van a dejarlo pasar? No, sólo me miden con la mirada y mientras el vagón se tambalea en la curva, ambos se acometen como si estuvieran cazando una liebre. Le doy a uno una patada directa en la mandíbula, el hueso se rompe y el atacante aturdido por el dolor cae, pero el otro me clava la hoja directamente en el muslo hasta el mango. El suelo se desliza bajo mis pies y a través de la niebla, veo las huellas borrosas de las estrellas. Sin embargo, enseguida quedan tapados por el rostro del superviviente. El último aliento está lleno de olor a ajo y carne podrida. Así es como termina un viaje a través de África, desde el mismo Cabo, pero no hasta El Cairo, sino hasta algún lugar en ninguna en medio de Mauritania. Luego todo se desvanece.

***

Awe salió de la bañera y se envolvió en una sábana, que recogió encarecidamente el gel resbaladizo de ella. Se pilló su mano tocando el lugar donde la hoja le había alcanzado. Reprimió la idea de que cien años atrás, antes de Custodia, una historia así no habría acabado solamente en desmayo. «Misericordioso», sonó en algún lugar en el fondo. El matón habría jugado con ella y luego la habría arrojado del vagón para que muriera junto a las vías en el desierto. Aplastó sus sombríos pensamientos y se ocupó de la higiene. Al fin y al cabo, para eso servía el ensueño, seis horas desperdiciadas de cada precioso día. ¿No podían pensar en algo más económico? ¿Para qué salir del baño? Para no cagar en el gel, se sentaba en el retrete. ¿Y por qué comer, no se puede inyectar, como nano cada semana? La flora intestinal tiene sus propias necesidades. Sin ella, estarías muerto en una semana, tiró de la cadena. No se vive para morir, se dio una palmada en el culo y se metió en la cabina de ducha. Apoyada en la pared, dejó que los chorros de espuma caliente la acariciaran. Después, la depilación, la exfoliación y todo lo demás. Se acarició la piel de la barriga y se felicitó: eres la nonagenaria más sexy que conozco. Y esos músculos, se pasó la yema de su dedo por los bíceps. Comió, se hizo una mueca, no hay nada como enreal y una comida decente, volvió al baño y terminó su higiene. Se pasó la lengua por los dientes, lisos, limpios, parejos, y le vinieron a la memoria la dentadura postiza de su abuela y la mordida cruzada de su madre. De la mitad de la familia. De toda la puta gente apestosa de hace mucho, mucho tiempo. Se puso la máscara, conectó el enlace y sumergió

***

Odio el despegue. Me tiembla todo, las tetas, los muslos, incluso la nariz y hasta las mejillas, como si fuera un saco de carne y grasa. De hecho, si lo piensas, eso es lo que soy. Por eso lo dejo temblar y lo disfruto. Hombre: un saco de carne y grasa. Humano, aunque suena orgulloso, bastante orgulloso de verdad. El señor de la situación, en este caso de un viaje de una semana a Ceres, directo a una mina de lomium, la mierda más valiosa de todo el Sistema Solar. Inspección del dominio, eso también suena ufano. ¿Cómo es ser la mujer más rica del mundo, querida? Locamente, créeme, frenéticamente, créeme. Así que aguanto pacientemente los últimos siete segundos de temblor, y luego silencio, y luego ligereza, y ya no me pesa nada ni me importa nada. Sacudo la cabeza y miro el mechón que se ha escapado por debajo del gorro, joder, ¿para qué necesito este gorro? ¿Cuántos años lo esperaba? ¿Cuatro? ¿Cinco? Podéis iros todos a la mierda, voy a volar a Ceres sola. A la vuelta me pasaré por Elon, en Marte, quizá me invite a un orchan de suyas patéticas plantaciones. ¿De dónde sacó esa idea en primer lugar, cuando casi no hay agua allí? Y hace frío, todo tiene que ser geotérmico. A propósito, ¿por qué hace frío aquí? Mayor Tom al control de vuelo, tenemos un problema de calefacción. ¿Puedes subirla un poco? Ya no sé si el silencio ensordecedor me emputa o me inquieta más. ¿Y ahora qué? ¿Alguna pista? No voy a arreglar nada después de todo, tendría que

***

Awe abrió los ojos y se estremeció. Le dolía la piel hasta el punto de sentir escalofríos y temblores, el gel le estaba succionando el calor del cuerpo y sus mitocondrias aparentemente no podían mantener el ritmo de producción de energía. Se quitó la mascarilla, desconectó el enlace y se levantó, chorreando de una bazofia resbaladiza. Resbaló en el suelo al salir de la bañera demasiado deprisa y apenas pudo mantener el equilibrio. Cogió una sábana limpia y se envolvió en ella. Luego en otra y en otra. El pánico germinó en su estómago, pero una vez había oído hablar de una avería que no fue reparada antes de que el hombre tuviera siquiera la oportunidad de enterarse. Alguien una vez se había quedado sin energía y sin condumio, sin embargo era poco probable que se había quedado sin agua. No lo recordaba. ¿Dos horas duró, o tal vez dos días? Sintió que el corazón le latía con más fuerza por el miedo. Pues no iba a ensoñar dos días. Ni siquiera sabía si podría hacerlo, si eso era saludable. Además, el puto gel estaba completamente frío. Se acercó al dispensador y a pesar de su misma, porque al fin y al cabo no tenía hambre, pidió algo espeso: Sabor del día, pero un poco crujiente. Caliente, joder, o me volveré loca del frío. Nada, cero, sordo y vacío. El estómago se apretó con fuerza y dolor, y algo se ablandó en los brazos, como si una corriente los hubiera atravesado y les hubiera quitado toda fuerza.

«Hola, ¿me oyen?», sintió ganas de gritar, pero se contuvo. Nunca había hablado en ensueño y ni siquiera sabía si el nano se cuidaba por sus cuerdas vocales. Tenía miedo de lo que pudiera oír: un graznido, un gruñido, algo que no tiene nada que ver con la suave piel de su cuello. Con piernas suaves y temblorosas, se acercó a la columna. Dudó un momento, después de lo cual rompió la cubertura y pulsó el botón rojo. Hacía mucho tiempo, había imaginado que sonaría el aullido de una sirena, y una vez, cuando la Custodia le había perturbado los enreales, había tenido ganas de comprobarlo de pura rabia, pero al final había logrado controlarse. Ahora lo sabía: no había ninguna sirena. Sólo oyó el chirrido sordo de un resorte. Volvió a apretar el botón, ahora con más fuerza, pero sólo emitió un gemido más fuerte, aún sin efecto.

Se apoyó contra la columna con las manos, luego con la cabeza, y sintió que sus piernas se le ablandaban debajo y se deslizaba en el suelo, duro y frío. ¿Por qué hace tanto maldito frío? De repente se dio cuenta de que eso estaba ocurriendo de nuevo, pero con mucha más fuerza. Otra vez, la Custodia le había jodido el enreal para que pareciera a un ensueño. En lugar de enviarla a Ceres, la había traslado aquí, a una copia de su piso en algún mundo. E inmediatamente se emocionó porque, después de todo, la palabra «enreal» no se usa en el enreal. Simplemente estás allí. Así que sí es un fracaso. Bueno, a menos que el fallo sea ese, que se sabe que eso es el enreal. ¡Joder! Tan pronto como esto termine, ella hará un zipizape. Sin embargo, por ahora mismo, tenía que lidiar. Seguro que hay una manta aquí, por si falla la calefacción. Recorrió el piso con la mirada: el baño, la puerta del cuarto de aseo, la cocina y la columna. Nada. Entonces en el vestíbulo. Echó un vistazo a la salida, reprimió el miedo infantil que siempre le inspiraba y abrió el trastero. Había tres mantas. Además, había una especie de mono, abotonado como las camisas de África. Se vistió con él, luchando por meter los botones en los agujeros, cogió las mantas y dispuso las dos en una capa gruesa, como un colchón, cerca del dispensador de comida. Se tumbó y se cubrió con la tercera. Luego todo se apagó.

***

Se despertó congelada, acurrucada en el suelo junto a una maraña de mantas. Masticó de desagrado e hizo una mueca, tragando saliva amarga. Tenía la garganta reseca. Irritada. Arañada.

Se levantó, se estiró y echó un vistazo al piso: el dispensador de comida no funcionaba, el gel de la bañera estaba turbio y olía agrio. ¿Y ahora qué? ¿Alguna pista? No había ventanas, sólo una puerta de escape, así que probablemente tendría que ir allí, pero después de todo, no tal y como estaba, sin herramientas ni artilugios En la taquilla encontró una mochila, algunas barritas de proteínas y botellas de agua. Ningún arma, ningún comunicador, mapa o bloc de notas. Por tanto, la primera pista tenía que ser: ¡primero sobrevivir, cariño! Sobrevivir dos días, porque eso era lo que calculaba que durarían las provisiones.

Abrió la puerta. Esperaba ver una escalera, polvorienta, llena de chatarra, quizá incluso con uno o dos cadáveres putrefactos (¿y si había tocado un apocalipsis zombi?). En su lugar, vio un conjunto de tuberías, válvulas y ni puta idea qué más: y ni siquiera sabía cómo llamarlo. Cables, bucles, tejidos y bobinas. Burbujas, nudos, escombros. Tejidos. Láminas de algún tipo, e hilados, infinitamente finas y opalescentes a la luz que desde algún lugar

Entrecerró los ojos y miró hacia arriba. A través de la espesura, brillaba el cielo azul y claro. El piso debía estar en la primera planta, porque una escalera estrecha y empinada llevaba al piso inferior. Apoyándose a las rugosas protuberancias de las paredes del túnel, bajó unas decenas de escalones y salió directamente a

Un cañón de kilómetros de longitud y decenas de metros de altura.

La desemboca de la escalera estaba justo encima del fondo. Fibras de un metro de grosor trepaban por las paredes hacia el cielo, entrelazadas con otras más finas, y éstas a su vez con otras aún más finas. Con cada mirada, se hacía más fuerte la convicción de que estaba rodeada de una jungla, pero sin plantas, una selvarara de metal y hormigón, o hecha de lo que sea. Algunas de las estructuras eran definitivamente recipientes, con algo fluyendo, burbujeando, brillando en verde y púrpura, opalescente y plateado nacarado. Estaba a unos doce metros de la fachada opuesta (¿por qué le vino a la mente esa misma palabra?). Algo no iba bien, había algo que no encajaba. Deberías estar trepando ya, como una araña o un mono, como ese alienígena de Ganímedes con brazos de siete metros de largo. ¿Por qué te quedas quieta, querida? ¿Qué es lo que te abruma tanto? ¿La incomprensibilidad de todo, tu propia futilidad, la insignificancia? ¿La fragilidad? Tenía ganas de gritar, pero temía que algo entrara volando, algo alado y despiadado, que la arrebatara, que la arrojara desde lo alto sobre

Miró bajo sus pies. El fondo de la calle (porque al fin y al cabo se llama así, ¿no?, una calle, ya que has salido del piso, de la casa, pues has salido por la calle), el fondo estaba forrado de placas metálicas, cubierto de algo verdoso, a primera vista con algo resbaladizo. Dio con cuidado el primer paso y se paró con los dos pies sobre una placa que resultó estar caliente. Ni un poco resbaladiza. ¿Entonces qué? ¿Y ahora qué? ¿Alguna pista? O simplemente debería volver al piso, porque todo a su alrededor no es más que una gran señal: vuelve a tu casa. Claro, volver y aburrirse allí dos días hasta que pase algo. ¡Ni de coña! Dio un paso hacia delante por el suelo del cañón, mirando a su alrededor, buscando señales, pistas, reglas. Alguna lógica de este lugar. Probablemente escondida en algún lugar profundo, porque cuanto más caminaba, menos entendía. Las gruesas tuberías no tenían juntas claras, ya que se dividían como ramas de árboles, uniéndose de dos en dos y de tres en tres, creciendo del suelo y de las paredes. Los más finos brillaban con todos los colores del arco iris, a veces se ramificaban en una maraña de hilos, de veces en cuando fluidamente se convertían en una fina telaraña o tela, como una venda o una fina película. Una vez, cuando se paró un rato más para beber, porque la temperatura subía, como si se acercara una ola de calor, sintió como si pudiera ver algo reconfigurándose, fluidamente desconectándose y reconectándose.

Aparte de esta selvarara y de los vestigios de desarrollo urbano que asomaban aquí y allá, no vio absolutamente nada. Ninguna persona, ningún perro, gato ni rata. Ninguna paloma ni corneja. Ninguna mosca. Ninguna hierba. Tampoco árboles ni arbustos. Sólo en los tubos transparentes una maleza verde y morada burbujeaba silencioso aquí y allá, cuando la maleza se abría a un túnel que se adentraba en los edificios, estalactitas y carámbanos verdosos y plateados colgaban de las bóvedas.

El cañón la llevo a un espacio que, desde lejos, le pareció una plaza, pero resultó ser una profunda hondonada rodeada sólo por un saliente no muy ancho y desigual, hecho por supuesto de extraños tejidos selváticos. En lo alto, a su izquierda, una torre cubierta de trenzas púrpuras y plateadas se elevaba hacia el cielo. Aquí las paredes descendían abruptamente y le ofrecían una vista de otras tres calles-cañones semejantes, que parecían a

Se quedó de pie en el borde del embudo, absorbiendo la vista e intentando dejar entrar un recuerdo, una comprensión de dónde estaba realmente. Acechaba tímidamente en el umbral de la conciencia. Por fin, con un silencioso chirrido de bisagras no engrasadas, la puerta del pasado se abrió ligeramente. Antes de volver a cerrarse, dejó escapar tres palabras: «intersección de», «Mickiewicz», «Kościuszko». Sombras del nombre de ese lugar, ahora de una fosa en el suelo, antaño lleno de túneles, arterias, pasadizos, edificios, colores, sonidos y olores. Estás en Łódź, viejita.

***

Aferrándose a los barrotes, lazos y nidos con los que se emplumaba la maleza sobre la cornisa, se arrastró a cuatro patas, tratando de no echar un vistazo al abismo que se abría a su lado. Desde allí el aire fluía caliente, lleno de olor a quemado y a algo más, sutil pero completamente desconocido para ella, y además la superficie negra del embudo estaba salpicada de manchas de algo amarillo y brillante. Por fin llegó a la salida de la siguiente calle. Agotada, sudorosa, hambrienta.

Se sentó contra la pared e intentó comprender lo que ocurría. Tres veces su pierna se hundió profundamente en la estructura frágil y Awe agonizó para liberarse, como si algo la hubiera agarrado, entrelazado, intentado detenerla. Una vez estuvo a punto de rodar por el embudo cuando el tubo al que se había agarrado se desprendió de la pared con un quejido estrepitoso. En lugar de la satisfacción del camino recorrido, de la curiosidad por saber qué va a pasar luego, de la impaciencia por seguir adelante, sólo sentía que había estado a punto de morir y que ya no tenía fuerzas.

Se comió una barrita, era asquerosa, sin ningún sabor y áspera en la boca, como si estuviera masticando el envoltorio de una nueva cabeza del enlace; bebió agua que era dulce y tibia; se miró las manos y las rodillas rozadas bajo las perneras desgarradas de su traje (¿por qué no se curan, joder?). Luego se puso a llorar.

Estaba escuchando sus sollozos, saboreó la pegajosa salinidad de sus lágrimas y ya no supo por sí misma si debía amarse u odiarse. Consolarse o reprenderse. Decirse que todo iría bien o encontrar unas palabras mezquinas como «cálmate vieja». No tenía ni idea de lo que se hace con la gente que llora.

Entonces vio la chimenea. Y una fresa. Sintió que una sonrisa se dibujaba en su rostro aún húmedo y se aferró a la esperanza con todas sus fuerzas. ¡Por fin había encontrado el hilo! El sol brillaba por encima de su cabeza, aún quedaba mucho tiempo hasta el anochecer y, antes de subir a lo alto, podía tomarse un momento para contemplar esa pequeña cosa que le recordaba que no todo estaba perdido. Se acercó a la fachada opuesta (ahí estaba de nuevo esa palabra estúpida, le tocaba los huevos, le recordaba a alguien pretencioso que solía conocer o quizá incluso a quien solía ser) y se agachó. En el hueco entre la placa metálica del suelo y la pared crecía un pequeño arbusto. Tres tallos, cada uno de los cuales terminaba en una gruesa y jugosa hoja verde que también se dividía en tres. Y un cuarto, doblado casi hasta el suelo bajo el peso de un fruto rojo y brillante. Un quinto con uno pequeño, aún verde, esperando su turno. La sexta apenas perceptible, la promesa de un tallo más que algo tangible. Alcanzó una fruta madura, la arrancó del pedúnculo y se la metió en la boca. Era dulce, pero sabía pálida, como un recuerdo o una imitación. Pensó que se debía a sus lágrimas, que con la nariz tapada era imposible saborear bien, porque el gusto es en realidad olfato, eso aún lo sabía. Se sacó los mocos en el suelo, como aquellos obreros en Estados Unidos durante la Gran Depresión, ya estaba harta de aquel lugar, la aburría y la asustaba al mismo tiempo, y tenía que esperar a los otros dos, querían tocar en la big band, idiotas. Extendió la pulpa aplastada sobre su paladar con la lengua, incluso tragó un poco, pero nada cambió. El sabor casi había desaparecido.

Un maullido silencioso detrás de ella la sacó de su torrente de pensamientos tontos. Se giró bruscamente, perdió el equilibrio y cayó torpemente de culo. No era un gato. Era algo. Compuesto de otros alguitos que parecían a la vez unidas y separadas, y uniéndose así y separándose así, estaba quieto y fluía simultáneamente, aunque al fin y al cabo sólo eran unos pocos. Y una al mismo tiempo. Además, parecía ser alguien, aunque no como persona, sino más bien como perro u oso: sin palabras acechando bajo sus labios, pero con intenciones y propósitos. Bueno, y estaba claro que miraba, aunque era difícil decir con que concretamente, porque estaba hecho de bultos y grumos, de pétalos crujientes y tallos metálicos flexibles. Y de alguna manera sabía, de alguna manera sentía, que esta cosa, esta y diez a la vez, estaba mirando y admirando, todo eso era sólo asombro y contemplación. Y asco también, creo. ¿Asombro? No estaba mirando a Awe, sin embargo, estaba mirando el arbusto contra la pared. El arbusto de fresas más hermoso y asqueroso de los alrededores. Tal vez incluso en la vida de la cosa que colgaba allí, un metro por encima del suelo, maullando y retorciéndose.

Estornudó. Fuerte y caliente. Seco, agrio y

El arbusto ha desaparecido. Lo que quedaba de él era una sombra en la pared. Colorido, jugoso, perfecto. Como la mejor fotografía.

La cosa maullante se reconfiguró, se desmembró en diez y se reunió, retrocedió un metro y volvió a mirar. Críticamente, como entrecerrando un ojo que no tenía. Da igual, joder, de lo que estaba haciendo la criatura, Awe sintió náuseas, aunque no sabía muy bien por qué. Intentó alejarse, arrastrando torpemente sus pies. Uno de los diez, el más pequeño, se apartó del resto, se acercó, rodando por el aire como una piedra en una pendiente, y se apoyó en la pared con un gemido insonoro. Algo sonó, algo gimió húmedamente y un hilillo claro y viscoso de mucosidad corrió por la pared, en la que quedó suspendida una mota negra apenas perceptible. Awe la siguió mientras se deslizaba, reteniendo el contenido de su estómago con creciente dificultad. La diminuta décima regresó al conjunto, que volvió a revolverse y de nuevo retrocedió ligeramente, como si tomara nota de algo para más tarde.

Cuando la mota negra tocó el suelo y desapareció en alguna grieta invisible, el estómago de Awe ganó. Le parecía que el torrente de vómito no terminaría nunca. A pesar de sí misma, miró el escaso charco. Vio los restos de una barrita descuidadamente masticada y pizcas de fruta roja. Lo ha sembrado, el cabrón, vuela por la ciudad y siembra fresas, caga semillas por todas las paredes, y la gente estúpida pasea y cree que el arbusto ha crecido. Y se lo comen, cagado por

Volvió a sentir un nudo en el estómago, pero lo contuvo. No tenía tiempo para vomitar: tenía que subir a la chimenea. Intentó infructuosamente eliminar la amargura agria y nauseabunda de su garganta con agua y después se puso en marcha.

***

La chimenea resultó ser una escalera vieja y solitaria de algún edificio alto, que se elevaba sobre una colina cubierta de espesura de basura: pernos, barras, ladrillos, restos de muebles, vajilla, ropa. Una vez que hubo subido a lo alto de esta pila, se impulsó con esfuerzo hasta la abertura donde antaño había estado atrancada la puerta que llevaba al primer piso. Se sentó con las piernas colgando hacia fuera, descansando, sorprendida por su propio cansancio, y contemplaba los silos gigantes que crecían en la selvarara al otro lado de la antigua avenida. Eran semitransparentes, llenos de algo verde que ondulaba y espumaba, como cientos de toneladas de algas en un gigantesco acuario de cristal con forma de cilindro de unas decenas de metros (había un bloque de torres en Londres, ¿recuerdas, querida? Allí rescataste a alguien de los chinos). ¿Qué demonios se suponía que era eso?

Luego subió otras cinco plantas y llegó a la cima: a una plataforma cuadrada de hormigón.

Una espesura la selvarara se extendía hasta el horizonte, en todas direcciones, como el océano visto desde la única montaña de una isla solitaria. Crecía por encima de la ciudad, recreando en un patrón de cañones y barrancos la forma de las antiguas avenidas y calles. Cubrió los rascacielos y trepó por los viaductos. Awe recordó Tokio, probablemente allí por la tercera vez luchaba contra yakuza. Había recibido dos disparos, pero detuvo la hemorragia con un tirante del sujetador y chicle. Se suponía que un helicóptero debía recogerla en la torre de televisión, pero algo se jodido y se quedó atrapada allí durante dos horas, absorbiendo la demencial vista del océano, las montañas y la ciudad, que se superponían y absorbían mutuamente. Intentó comprender la diferencia entre aquel momento y éste. Observó, contempló y abrazó con la mirada. Al final lo pilló: aquella fusión de ciudad, montañas y océano era un todo armonioso y natural. En aquel momento, probablemente era difícil encontrar algo menos natural que un monstruo urbano de varias decenas de millones, que brillaba como una galaxia durante noche y día, porque profundamente, en el fondo de las calles siempre estaba oscuro. Aquel Tokio era tal vez un termitero de hormigón y electricidad, un océano de gases de escape y vidrio, tal vez incluso un vertedero de basura viva, pero todo el tiempo seguía siendo un producto de la naturaleza, el resultado de satisfacer las necesidades humanas de la vida. Se le ocurrió que de lo que estaba viendo ahora y de lo que había observado de camino a este lugar, no podía entender absolutamente nada. De modo reflejo había buscado la selva en una maraña de platos y cables, y asombro o consideración en el comportamiento de quien-destruye-las-fresas, pero ahora veía claramente que no era posible de otro modo. No tenía palabras para lo que la rodeaba, pero no porque no hubiera oportunidad de aprenderlas. No existían y nunca debieron existir. Lo que la rodeaba se salía de lo que era común a los humanos, los animales y las plantas. Se salía de la naturaleza, de la división entre animales, plantas y rocas, entre vivos y muertos, entre comestibles, no comestibles y hostiles. Estaba por encima de todo.

En la media hora que Awe pasó mirando y reflexionando, tres veces algo enorme (un cohete, no te engañes, cariño, era un cohete) se desprendió de la superficie de aquella no-selva antinatural y voló alto, dejando tras de sí una estela brillante, como confeti o motas de limo en el agua de un lago. Desapareció en la inmensidad y no había duda de que la no-selva estaba enviando algo al espacio. Algo vital o valioso para ella, probablemente ni siquiera había palabras para designarlo, y todo lo que había – yacía en montones de escombros como el que había quince metros más abajo.

Fuera lo que fuera este enreal, viniera de donde viniera – de una broma de algún colega, inspirada por alguna conversación, o quizá realmente de un fallo, fuera lo que fuera, pero seguramente era: una pesadilla.

Decidió volver abajo y buscar algunas pistas. Sólo un último vistazo. Entonces lo vio: el Jardín. Lejos, al oeste. Inmediatamente lo llamó así, a pesar de que lo único que veía era una mancha de fresco verdor, tal vez algo de hierba, o quizá apenas unos pocos árboles que habían sobrevivido allí por razones que nunca llegaría a comprender. Justo al lado se alzaba uno de los silos, envuelto en espirales de rayas verdes y moradas. Decidió ir allí: este Jardín debía de ser la siguiente pista.

***

Descendiendo por la colina que rodeaba la no-chimenea, resbalando de hecho, porque no tenía nada a lo que agarrarse, nada contra lo que frenar, deslizándose y corriendo a veces, se cayó y se cortó la pierna con algún trasto afilado, ni siquiera sabía qué concretamente era. Se concentró en el dolor que se extendía exactamente desde el mismo lugar donde el bandido la había apuñalado en el tren en Mauritania. Esta molestia, sin embargo, era completamente diferente de aquel dolor africano era: ardiente, nauseabundo, adormecedor y aterrador. La sangre fluía en un hilillo ágil, completamente diferente de lo habitual en que se había herido en el enreal. La pernera se empapó por completo hasta que Awe se la arrancó, empezando por donde se desgarraba junto con la piel.

Encontró un lugar en la ladera, entre la basura, que parecía una madriguera cálida y apacible y se acurrucó allí, sofocando muy, muy hondo todos los pensamientos que intentaban salir. Esperaba morir por la noche, levantarse del baño en ensueño, comerse una espesa caliente y rezumante y ponerse de una puta vez a reclamar.

***

La despertó el dolor. Hasta ahora, siempre había asociado esta sensación con la búsqueda de un giro en los acontecimientos, ayuda del lado menos esperado, un oasis o escondite milagrosamente encontrado. Y ahora era sólo sufrimiento, aunque no de los peores, sí de cuatro en una escala del uno al diez. Su pierna se había hinchado un poco, algo de mierda amarillenta supuraba de la herida. Si no muero, viviré, surgió de alguna parte.

Si no muero.

Se levantó de pie, vació de un trago la botella que había abierto la noche anterior y la arrojó tras de sí. Luego, refunfuñando de dolor una y otra vez, empezó a bajar la pendiente, de espaldas al sol y de cara al Jardín, que se escondía e n algún lugar al pie de un alto silo. En un punto donde la basura formaba una repisa más ancha, se detuvo para aliviar su pierna herida. Sintió un escalofrío bajo la palma de la mano, apoyada en la pared vertical. Se dio la vuelta. Un espejo. Probablemente el cristal, de hecho, sobrevivió milagrosamente de la fachada del edificio por cuya escalera subía. ¿Y en el espejo? Retrocedió cautelosamente hasta el borde de la cornisa derruida y miró delante de ella.

Vio un gusano blanco, una larva por así decirlo, pero flaca, así que quizá no una larva, quizá un nematodo, un gusano retorciéndose a la luz del sol sacado de su sombra segura, de una brecha en la muralla o de un agujero en la tierra. Supuestamente no se retorcía, supuestamente permanecía quieta sobre sus piernas flacas, andando como quinceañera, pero algo bajo aquella piel pálida se movía inquietamente, molestaba, intentaba salir a la superficie y gritar algo. Ella tenía miedo de dejarlo hablar, no quería oírlo. Ya lo sabía. Lo que estaba participando era algo mucho peor que una pesadilla. Era la realidad.

Todavía se le pasó por la cabeza la idea de que debía comprobar si todo en el piso había empezado a funcionar de repente, pero la peor ya había salido del cajón de sus pensamientos negros y balanceó las piernas despreocupadamente, buscando a su alrededor vodka y cigarrillo para pasar en la manera más agradable el tiempo que les quedaba a los dos: nada volverá a funcionar, cariño. Tienes que cuidarte, porque ya nadie lo hará por ti.

Algo muy, muy dentro de Awe se dio cuenta de que se había producido un cambio significativo en el mundo aquel día en que voló a Ceres, sumergida en una bañera de gel. Lo ocultó a su conciencia, pero ya sabía que el Custodio había renunciado a los humanos y se había centrado en algo totalmente distinto. Cianobacterias, bacterias, algo más rentable o tal vez gracioso. Y entonces, también en secreto para ella, comprendió la diferencia básica entre microorganismos y humanos. Porque, ¿cuándo fue la última vez que alguien vio a un bebé? Fuera del enreal, aquí en el mundo real, antes conocido como “enseño”. Nadie, joder. Aquí ya nadie tenía hijos.

Se apartó de su pálido y delgado ser y siguió cojeando por la cornisa, luego por la ya amplia ladera, hasta que por fin llegó a la franja de asfalto de un metro de ancho que serpenteaba a lo largo del valle de la antigua ruta W-Z, bordeando colinas, presas y morrenas cubiertas de púrpura y verde. Primero con el sol a sus espaldas, luego sobre su mano izquierda y finalmente frente a él. La piel pálida lo odiaba, protestaba, picaba y ardía. No vuelvas a hacer eso, le dijo, cuando el atardecer por fin mostró compasión a ella. Te prometo que no durará mucho, respondió Awe, mirando hacia el Jardín. Ya había vaciado todas las botellas, se había comido la penúltima barra, se detenía de vez en cuando para convencer al dolor de que ya no era bienvenido, de que el día del hotel había terminado, de que seguramente alguien en algún lugar le necesitaba más. En vano. Se sintió en casa, conquistó nuevos territorios, colonizó su espinilla y su cadera, su ingle y su nalga, incluso se aventuró en su pie. ¿Entonces, por qué, Awe no se rebeló? ¿No gritó, no intentó decirse a sí misma y al mundo que sólo era un sueño, una ilusión, una fantasma? ¿Cómo se encariñó con ese dolor, se apegó a él como a un perro callejero? Lo sabía muy bien, pero fingía para sí misma que no lo sabía. Estaba esperando al Jardín, allí lo diría en voz alta.

Pues, a menos que no la dejen entrar.

***

La dejan pasar.

El Jardín no era un jardín, sino un viejo huerto salvaje. Awe sólo reconoció los manzanos, por la fruta que colgaba de las ramas nudosas y cansadas. Miró a su alrededor después de todo, podría haber un propietario, un habitante, un vigilante escondido en la penumbra, pero sólo vio sombras pegadas a los troncos. Cogió y mordió: agria; suave; jugosa. Una manzana, pero no una manzana. Distinto de esa del enreal. Ácida; pequeña; rica.

La fresa tenía menos sabor; la manzana tiene más. ¿Porque ayer y porque hoy? ¿Ha cambiado algo durante esa noche? ¿Se le ha olvidado algo? ¿O ha recordado algo? ¿Lo ha entendido?

– Estoy viva – dijo en voz alta. Una voz áspera, vieja y arrugada. Así que, después de todo, no cuidaban de las cuerdas vocales. O era a ella a quien no le cuidaban. A quién le importa. – Estoy viva.

Comió dos más: manzanas, incluso manzanitas, porque le cabía cada una en la palma de su mano (¿es una variedad así, o las manzanas se encogen con la vejez?) y se tumbó bajo el árbol, demasiado cansada de repente para quedarse quieta ni un minuto más. Pensó «buenas noches» al dolor y se sumió en el sueño.

***

Llevábamos tanta broza como si fuéramos a encender cuatro hogueras esa noche, o a sentarnos alrededor de ésta hasta la siguiente, o como si las llamas fueran a alcanzar las nubes. Embutimos salchichas en palos y las horneamos con cuidado, y las comimos aún con más cuidado, calientes y grasientas, riendo y gritando. Niños. Llena, me limpié la boca y me levanté, me acerqué al arroyo y me eché agua en la mano. Por un periodo largo bebí un zumo, dulce, de frambuesa, salado y ácido, con olor a piña y ortiga. Espeso, negro, caliente. Cuando levanté mi cabeza, la ciudad ya no estaba a mi alrededor, sólo las olas rozaban el banco de arena, haciéndome señas, atrayéndome a las profundidades, tentándome con tesoros de hace mil tormentas. Las aguas se separaron ante mis pies, revelando un fondo lleno de pequeñas piedras, me agaché y recogí un puñado de ellas, cada una tenía mi cara en el lado plano, cráteres y mares en el lado convexo, las deseché con disgusto. Empezaron a reírse, levanté la cabeza, todos estaban sentados alrededor, un público completo, incluso Alina y Piotr en la logia, e incluso Lodovico, aunque después de todo estaba muerto, aunque debían de haber pasado doscientos años desde que nos separamos allí, bajo el puente, el viento soplando del mar, y él sumergido y sumergido, aún más y más profundo, aún hasta el cuello y cuello, aun gritando y gritando, como si no pudiera terminar de ahogarse, y aun así han pasado doscientos años, cuántos años uno puede morir. Cojo un perrito caliente cada uno en mis manos, uno con kétchup, el otro con mermelada de fresa y mostaza, como le gustan a Lady, así es como más le gustan, vamos Lady, vamos corriendo a dar un paseo, no hay tiempo para correa, nos pondremos el collar, para qué necesitas correa en el prado, estamos corriendo, saltando, plantando, brincando, Lady, ¿dónde estás, Lady? Porque al fin y al cabo cogí la correa, pero me quedé sola entre las flores allí, cerca del pozo, sola. Y Lodovico y Lady, e incluso Alina, todos allí abajo, me llaman, y tengo miedo de saltar. El agua está tan fría, estoy temblando, tengo la piel de gallina, esta agua está fría. No quiero a

***

Me despierta un escalofrío. Y la lluvia. Ambos fríos y penetrantes, ambos recorriendo mis brazos, ambos los odio, pero entonces recuerdo que no tengo más agua en mis botellas, así que abro la boca y agarro las gotas, una, dos, tres. Se me ocurre la maravillosa idea (vive, hermana, vive) de despojarme de mi traje, rígido por la suciedad y el sudor, para lavarme en la tormenta, porque los relámpagos también están ahí, en lo alto, las nubes iluminadas de vez en cuando con un resplandor eléctrico, así que me elevo y

Caigo antes de poder levantarme bien, la explosión en mi pierna supera a las de la altura, algo allí estalla en la parte superior, una costra tal vez, o tal vez piel incluso, algo espeso y caliente fluye desde dentro, apestando a algo amargo, pegajoso, desagradable. El dolor lame, la pierna se entumece, a la luz del relámpago parece negra desde la cadera hasta la rodilla y más abajo, una línea gruesa, pero miro hacia otro lado para no saber. Para no saber. Después de todo, qué más da, ya hay suficiente fruta madura… ¿cuánto tiempo me queda?

Así que persisto, tan horizontal y ennegrecida, desabrochándome y bajándome el mono todo lo que puedo, mangas, hombros, abajo, abajo, sólo mis caderas no se levantan, gotas tibias recorren mi pecho, alejo el recuerdo de aquel roce, bebo la lluvia de la mañana y espero el amanecer, contando los truenos. A los cuarenta y dos el cielo se aclara claramente por el este, a los cuarenta y tres las hojas ya están vestidas de verde, debo haberme dormida un poco, vuelvo a temblar, otra vez la piel de gallina, como antes, como en aquel sueño de hoguera.

Estaba soñando.

De verdad, estaba soñando.

Sólo estaba soñando.

Estaba soñando.

No era la primera vez en mi vida, después de todo, pero sí la primera en mucho tiempo. En setenta años. Desde la primera vez que entré en la bañera. Desde que conocí enreal. Y ahora enreal no está ahí, tampoco ensueño, sólo está húmedo, hambriento, entumecido e hinchado en realidad. Doloroso y rezumante de mierda apestosa y pegajosa. He cambiado enreal por un buen sueño y parece que no me arrepiento de nada. Es demasiado tarde para arrepentirse de nada, de todas formas, nada depende de mí. Ya ni siquiera puedo tumbarme boca arriba. Todo lo que tengo es lo que tengo, que es absolutamente nada, y por fin puedo, como corresponde al final, reflexionar sobre lo que he conseguido en la vida. Si ha valido la pena.

Pensemos. Contemos. Repasemos la lista de contenidos importantes.

Comí manzanas.

Sentí dolor, de verdad.

Me tumbé desnuda bajo la lluvia (casi desnuda, pero aun así cuenta, por supuesto que se cuenta).

Hablé en voz alta, y qué, que sólo una palabra.

Bebí agua.

Vomité.

Y ahora veo un arco iris, uno doble, allá en el oeste. Precioso.

Valió la pena.

Sí, definitivamente valió la pena.